Volver al resumen

Siempre te he amado

Planos de Vida, Besos de Menta y un Futuro de Ladrillo

La noticia de que Judy Hopps y Nick Wilde eran oficialmente una pareja corrió por las Madrigueras más rápido que un incendio en un campo de heno seco. Aunque, para ser honestos, la reacción del pueblo fue más un suspiro colectivo de "por fin" que un grito de asombro. En la cena de celebración en la casa de los Hopps, Stu incluso le cobró cinco dólares a uno de sus hermanos mayores porque habían apostado cuánto tardarían en besarse tras su regreso.

—Es un alivio, de verdad —comentó Bonnie, mientras servía más sidra de manzana—. Ya no tengo que fingir que no veo cómo se miran por encima de los planos y los libros de medicina.

Nick, con un brazo rodeando posesivamente los hombros de Judy, le dio un sorbo a su bebida con suficiencia.

—Me ofende que pensaran que éramos tan predecibles, Bonnie —dijo Nick, aunque sus orejas delataban su felicidad—. Yo pensaba que mi técnica de "amigo platónico atormentado" era digna de un Oscar.

—Nick, te quedabas mirando a Judy cada vez que ella parpadeaba —rio Sharla, que estaba presente en la reunión—. Eras tan sutil como un elefante en una cristalería.

Judy se acurrucó contra el costado de Nick, sintiendo el calor de su cuerpo y esa seguridad que solo él le brindaba. Sin embargo, en medio de la alegría, una pequeña sombra de incertidumbre planeaba sobre ellos. Nick había recibido una llamada esa mañana. Una prestigiosa firma de arquitectura en Zootopia quería que liderara un proyecto de renovación urbana. Era la oportunidad de su vida, el tipo de oferta que un arquitecto recién graduado solo ve en sus sueños más ambiciosos.

—Tengo que ir, ¿verdad? —preguntó Nick esa misma noche, mientras caminaban bajo el cielo estrellado hacia la casa de la madre de él.

Judy se detuvo y lo miró a los ojos. Sabía lo mucho que Nick amaba su profesión.

—Es tu sueño, Nick. No dejaría que lo rechazaras por quedarte aquí ayudándome a pintar paredes. Estaré aquí cuando vuelvas. O iré a verte los fines de semana. Somos un equipo, ¿recuerdas?

Nick la besó con una mezcla de gratitud y tristeza. Se fue tres días después, dejando un vacío en las Madrigueras que Judy intentó llenar sumergiéndose en su trabajo en la clínica.

Los meses pasaron. Nick escribía todas las noches, enviándole fotos de los rascacielos que estaba ayudando a remodelar, pero sus mensajes siempre terminaban con la misma frase: "Este lugar es demasiado ruidoso sin tu voz".

Seis meses después, Nick regresó. Pero no regresó para empacar sus cosas y llevarse a Judy a la ciudad. Regresó con una camioneta cargada de equipo de dibujo, una placa de bronce y una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Qué es esto, Wilde? —preguntó Judy, viendo cómo Nick descargaba cajas en un local justo al lado de su clínica dental.

—He decidido que si voy a construir un legado, quiero hacerlo donde los cimientos sean reales —dijo él, mostrándole la placa: *Wilde & Asociados – Arquitectura y Diseño*.— Renuncié a la firma. He ahorrado lo suficiente para abrir mi propio estudio aquí. Las Madrigueras están creciendo, Judy. Necesitan a alguien que sepa cómo hacer que este pueblo luzca como el futuro sin perder su alma.

Judy saltó a sus brazos, llenándole la cara de besos. Nick había vuelto a casa para quedarse.

Con el paso de los meses, la empresa de Nick ganó una popularidad inesperada. No solo diseñaba graneros modernos o casas para familias de conejos en expansión; empezó a recibir contratos de pueblos vecinos e incluso de la capital regional. Se ganó la reputación de ser un arquitecto imponente, meticuloso y, a veces, un poco intimidante por su perfeccionismo y su sarcasmo afilado cuando los contratistas no seguían sus instrucciones al pie de la letra.

Un martes por la tarde, Judy terminó sus consultas temprano. Se quitó la bata blanca, se arregló un poco el cabello y decidió cruzar la calle para darle una sorpresa a Nick en su oficina. Al entrar, el ambiente era tenso.

Nick estaba de pie frente a una enorme mesa de dibujo, rodeado por tres empleados jóvenes (un castor, un tejón y una lince) que parecían estar conteniendo el aliento. Nick tenía las gafas puestas, el ceño fruncido y señalaba un plano con un lápiz de forma acusadora.

—Si este pilar de carga se desplaza dos centímetros a la izquierda, toda la estética del vestíbulo se desmorona —decía Nick con voz fría y autoritaria—. No les pago para que me den aproximaciones, les pago para que sean exactos. Vuelvan a calcular la resistencia del material y no me traigan nada que no sea perfecto.

Los empleados asintieron frenéticamente, tomando notas con manos temblorosas. Nick se frotó las sienes, luciendo genuinamente estresado y distante, como un capitán de industria que no tenía tiempo para trivialidades.

—¿Interrumpo algo, arquitecto gruñón? —preguntó Judy desde la puerta, cruzándose de brazos con una sonrisa divertida.

El cambio fue instantáneo. Como si alguien hubiera pulsado un interruptor, la rigidez en los hombros de Nick desapareció. Sus orejas, que habían estado tiesas y alertas, se relajaron y cayeron un poco. Su rostro se iluminó con una expresión de absoluta adoración que rozaba lo ridículo.

—¡Zanahorias! —exclamó Nick, dejando caer el lápiz sobre el plano sin importarle un bledo el pilar de carga—. ¿Qué haces aquí? Pensé que tenías una endodoncia a esta hora.

Nick prácticamente trotó hacia ella, rodeándola con sus brazos y hundiendo el hocico en su cuello, aspirando su aroma. Parecía un cachorro que acababa de ver a su persona favorita después de una eternidad, ignorando por completo que sus empleados estaban a menos de dos metros de distancia.

—Terminé antes —dijo Judy, acariciándole las orejas—. Parece que estabas teniendo un momento difícil con tus planos.

—Oh, no es nada que un beso tuyo no pueda arreglar —murmuró Nick, totalmente ajeno al mundo exterior—. Estás hermosa hoy. ¿Ese es un nuevo brillo labial? Sabe a menta. Me encanta la menta.

Detrás de ellos, el castor y la lince intercambiaron miradas de incredulidad. El imponente y sarcástico Nick Wilde, el hombre que los hacía temblar con una sola mirada sobre sus errores, se había convertido en una masa de gelatina sentimental en cuestión de segundos.

—Psst —susurró el tejón a sus compañeros—, ¿ese es realmente el jefe? Parece que le han cambiado el cerebro por algodón de azúcar.

Judy alcanzó a oír el comentario y soltó una risita, separándose un poco de Nick, aunque él se negaba a soltarle la mano.

—Nick, creo que estás asustando a tu equipo con tanta... ternura —bromeó ella.

Nick se giró hacia sus empleados, recuperando por un segundo su máscara de seriedad, aunque falló miserablemente porque todavía tenía una mancha de lápiz labial rosa en la mejilla.

—¿Qué miran ustedes? —preguntó Nick, intentando sonar severo—. Vuelvan al trabajo. Los cálculos no se van a arreglar solos porque mi novia sea la coneja más increíble de este estado. ¡Andando!

Los empleados se dispersaron rápidamente, ocultando sus risas tras las carpetas. Nick volvió a centrar toda su atención en Judy, guiándola hacia su oficina privada.

—No les hagas caso —dijo él, cerrando la puerta tras ellos y acorralándola contra el escritorio—. Solo están celosos de que yo tenga a la mejor dentista del mundo y ellos solo tengan calculadoras.

—Eres un caso perdido, Wilde —rio Judy, rodeándole el cuello con los brazos—. Pero me gusta este Nick "blando".

—Solo para ti, Judy —susurró él, besándola con una ternura que hablaba de años de amor acumulado—. Solo para ti.

Los años pasaron volando, como las hojas de un calendario impulsadas por un viento suave y constante. Las Madrigueras cambiaron, se modernizaron bajo la visión arquitectónica de Nick, pero mantuvieron su esencia gracias al espíritu comunitario que Judy fomentaba desde su clínica, que ahora era la más grande de la región.

Un domingo por la tarde, ambos se encontraban sentados en el porche de la casa que Nick mismo había diseñado para ellos. Era una estructura hermosa, con grandes ventanales que daban a un campo de flores silvestres y un diseño que combinaba la calidez de la madera con la vanguardia del cristal.

Nick, con algunas canas plateadas asomando en su pelaje rojizo pero con la misma chispa burlona en sus ojos verdes, observaba a Judy. Ella estaba leyendo un libro, con las gafas de lectura apoyadas en la punta de su nariz, luciendo tan dedicada y hermosa como el día en que regresó de la universidad.

—¿En qué piensas, arquitecto? —preguntó Judy sin levantar la vista del libro, conociendo perfectamente cuando Nick la estaba analizando.

—En que soy un genio —respondió Nick, estirando las piernas—. Pero no por mis edificios.

—¿Ah, no? —Judy dejó el libro a un lado y lo miró con curiosidad.

—No. Soy un genio porque cuando tenía dieciséis años, decidí que no iba a dejar que esos ojos amatista se escaparan de mi vida. Fue el mejor plano que he trazado jamás.

Judy se levantó y se sentó en su regazo, entrelazando sus dedos con los de él. Sus carreras habían sido exitosas, sus nombres eran respetados, pero nada de eso se comparaba con la paz de estar ahí, juntos, en el lugar donde todo comenzó.

—¿Sabes qué es lo mejor de nuestra estructura, Nick? —preguntó ella, dándole un beso en la nariz.

—¿Qué, mi pequeña profesional de la salud bucal?

—Que no importa cuántos años pasen, los cimientos siguen intactos. No era un sentimiento de niños, Nick. Era el plano de toda una vida.

Nick sonrió, esa media sonrisa que todavía hacía que el corazón de Judy diera un vuelco.

—Tienes razón, Zanahorias —dijo él, abrazándola con fuerza mientras el sol se ocultaba tras las colinas—. Y lo mejor es que todavía nos quedan muchas habitaciones por construir en esta historia.

Bajo la luz del atardecer, el zorro y la coneja, el arquitecto y la dentista, contemplaron su hogar. No era solo una casa de madera y cristal; era el testimonio de un amor que había sobrevivido al tiempo, a la distancia y a la madurez. En las Madrigueras, donde las raíces son profundas y los corazones son grandes, Nick y Judy habían construido algo que ninguna tormenta podría derribar: una vida perfecta, diseñada a medida, con espacio de sobra para la felicidad.