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Sienna

Entre el Sudor y el Silencio

La libertad de aquella noche de ramen y rebeldía se evaporó en cuanto Megumi cruzó el umbral de la mansión Fushiguro. El silencio de la casa no era de paz, sino de esa tensión eléctrica que precede a la tormenta. Toji Fushiguro no gritaba; su furia era una presencia física, una presión de Alfa que hacía que el aire pesara toneladas.

—¿Ramen? —fue lo único que dijo su padre, sentado en el sillón de cuero del despacho, con un informe de la mánager sobre la mesa—. Te escapas con un boxeador de cuarta, humillas a tu casta frente a los jueces y lo coronas rompiendo tu dieta. ¿Es esa tu forma de demostrar madurez, Megumi?

Megumi mantuvo la mirada baja, pero sus puños estaban apretados.

—Los jueces fueron injustos. Solo les importa que sonría como un muñeco.

Toji se levantó, su figura imponente proyectando una sombra larga sobre su hijo.

—En este mundo, si no eres lo que ellos quieren, no eres nada. Has actuado como un niño malcriado que hace un berrinche porque no le dieron un dulce. Si quieres comportarte como un cachorro, te trataré como tal.

El castigo fue brutal. Durante un mes entero, Megumi fue obligado a entrenar el doble. Sus mañanas comenzaban a las cuatro de la madrugada en la pista de hielo vacía, donde su entrenadora, recuperada de su estupor inicial, lo hacía repetir secuencias de saltos hasta que sus pies sangraban dentro de las botas. No había descansos, no había tardes libres, y cualquier rastro de la calidez que Yuji le había hecho sentir fue sepultado bajo capas de agotamiento y hielo.

Fue durante una de esas sesiones, cuando el cansancio lo hizo tropezar en un cuádruple toe loop, que el rostro de Megumi impactó contra la superficie helada. El golpe fue seco. El resultado: un pómulo inflamado con un moretón que viraba del púrpura al verde, y un pequeño corte en la mejilla que tuvo que ser cubierto con una bandita.

—Levántate —le ordenó su entrenadora, sin un ápice de compasión—. Un Omega que no puede mantener el equilibrio no sirve para la gala de la próxima semana.

Al final del mes, su mánager, buscando "limpiar" su imagen y reintegrarlo a los círculos sociales de élite, decidió que Megumi debía asistir a un evento de alto perfil. No era una gala de ballet, sino una noche de la MMA.

—Es una estrategia de marketing, Megumi —explicó la mujer mientras lo guiaba hacia los asientos de primera fila, justo al borde del octágono—. Los medios aman el contraste: el refinado patinador artístico apoyando el deporte nacional. Sonríe, o al menos intenta no parecer que estás en un funeral.

Megumi odiaba el ruido. El ambiente estaba cargado de feromonas de Alfas excitados por la violencia, el olor a cerveza y el eco de los golpes contra la lona. Sin embargo, cuando se sentó y miró el programa, su corazón dio un vuelco.

Pelea estelar: Yuji Itadori vs. Hanami.

El murmullo de la multitud se convirtió en un rugido cuando Yuji salió al túnel. No era el chico amable de la sudadera que le había invitado a cenar; era una bestia de energía pura. Su piel morena brillaba bajo las luces, sus músculos estaban tensos y su mirada avellana estaba fija en su oponente.

Megumi se hundió en su asiento, tratando de pasar desapercibido detrás de su flequillo negro. Se sentía expuesto con la bandita en el rostro y el moretón que el maquillaje no lograba ocultar del todo.

La pelea fue una danza de violencia técnica. Yuji era rápido, increíblemente fuerte, pero su oponente era un veterano que no cedía terreno. Durante tres asaltos, Megumi se encontró olvidando su propio cansancio, apretando los bordes de su asiento cada vez que Yuji recibía un golpe. Por primera vez, entendía lo que Yuji había querido decir: no se trataba de ser un Omega o un Alfa, se trataba de ser un guerrero.

Sonó la campana del final del cuarto asalto. Yuji caminó hacia su esquina, jadeando, con el pecho subiendo y bajando violentamente. Tenía un corte sobre la ceja y el sudor le empapaba el cabello rosa, pegándolo a su frente.

Su asistente se acercó rápidamente, rociándole agua fría sobre la cabeza para refrescarlo y limpiar la sangre. Yuji echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos por un segundo mientras el agua resbalaba por su cuello y sus hombros anchos.

Fue en ese momento, cuando el agua le despejó la vista, que Yuji abrió los ojos y miró directamente hacia la primera fila.

El mundo pareció detenerse para ambos.

Yuji parpadeó, el agua goteando de sus pestañas. Allí, entre un mar de gente vestida de gala y rostros gritando, estaba Megumi. El pelinegro se veía pequeño en comparación con la magnitud del evento, pero para Yuji, era lo único nítido en la sala.

Sus miradas se cruzaron. Yuji notó de inmediato la bandita en la mejilla de Megumi y el leve tono violáceo en su pómulo pálido. Un gruñido sordo e instintivo vibró en el pecho del boxeador, no de ira hacia Megumi, sino de una protección posesiva que lo golpeó como un camión.

—¿Quién te hizo eso? —articuló Yuji sin emitir sonido, sus labios moviéndose apenas mientras el asistente le daba instrucciones que él ya no escuchaba.

Megumi sintió que el rostro le ardía. Quiso cubrirse la mejilla, pero algo en la mirada de Yuji se lo impidió. Era una mirada de reconocimiento puro. A pesar del golpe, a pesar del cansancio que se le marcaba en las ojeras, Yuji lo miraba como si fuera lo más bello que había visto en toda la noche. Para el boxeador, esa pequeña bandita y el moretón eran medallas de guerra de un luchador que, al igual que él, estaba atrapado en su propia arena.

Yuji sonrió. No fue la sonrisa amplia y juguetona de la primera vez, sino una sonrisa de complicidad, ladeada y llena de una determinación renovada. Se golpeó el guante contra el pecho, justo sobre el corazón, y le guiñó un ojo antes de que el asistente le pusiera el protector bucal para el último asalto.

Megumi sintió que el nudo en su garganta, ese que había estado allí durante todo el mes de castigo, finalmente se aflojaba.

—Ese chico es un animal —comentó su mánager al lado, ajustándose las perlas—. Mira cómo se distrae mirando al público. No durará mucho en este negocio si no se concentra.

Megumi no respondió. No necesitaba hacerlo. Sabía que Yuji no estaba distraído; estaba cargando energías de la única fuente que importaba.

Cuando sonó la campana para el inicio del quinto asalto, Yuji salió de su esquina con una ferocidad que dejó al público en silencio. Cada golpe que lanzaba parecía llevar el peso de la frustración de Megumi, la frialdad de la pista de hielo y la injusticia de los jueces. Era un torbellino de fuerza.

En menos de dos minutos, Hanami estaba en la lona y el árbitro declaraba el final del combate por KO técnico.

El estadio estalló. Yuji levantó los brazos, pero antes de celebrar con su equipo, volvió a buscar la primera fila. Megumi ya no estaba escondido; se había puesto de pie, ignorando las miradas reprobatorias de su mánager.

—¡Fushiguro! —gritó Yuji por encima del estruendo, señalándolo con su guante ante la confusión de las cámaras que intentaban seguir su gesto.

Megumi no pudo evitarlo. Una sonrisa real, pequeña pero cargada de un alivio inmenso, iluminó su rostro. Se llevó una mano a la mejilla, rozando la bandita, y asintió levemente.

—Vámonos, Megumi —dijo la mánager, tirando de su brazo—. Ya hemos cumplido con la cuota de prensa.

—Váyase usted —respondió Megumi, soltándose con una firmeza que hizo que la mujer retrocediera—. Tengo que hablar con un amigo.

—¿Amigo? ¿Ese salvaje? Tu padre se enterará de esto...

—Dígale —replicó Megumi, empezando a caminar hacia la zona de vestuarios, donde los de seguridad ya conocían su rostro por la fama de su familia—. Dígale que el "niño malcriado" ha decidido que ya no le tiene miedo al frío.

Mientras caminaba por el pasillo, Megumi sintió que el peso del mes de castigo desaparecía. No le importaba si mañana tenía que entrenar el triple de nuevo. No le importaba la desaprobación de Toji.

Al final del pasillo, Yuji lo esperaba, todavía envuelto en una toalla, con la adrenalina de la pelea calmándose pero con los ojos brillando de una forma que solo Megumi parecía provocar.

—Te ves bien con esa bandita, Fushiguro —dijo Yuji, apoyándose en la pared con un suspiro de cansancio—. Te da aspecto de tipo duro.

—Cállate, Itadori —respondió Megumi, aunque no pudo ocultar el brillo de sus ojos verdes—. Has peleado fatal en el tercer asalto.

Yuji soltó una carcajada limpia y sonora que llenó el pasillo de concreto.

—Lo sé, lo sé. Estaba pensando en que te debía otro ramen. Y esta vez, no voy a dejar que nadie nos interrumpa.

Megumi miró al boxeador, cubierto de sudor y gloria, y luego miró sus propias manos, todavía marcadas por el frío del hielo. Por primera vez en diecisiete años, el futuro no se sentía como una rutina de pasos obligatorios, sino como un combate que valía la pena ganar.

—Más te vale que sea el mejor ramen de la ciudad —dijo Megumi, acortando la distancia entre ambos.

El hielo se estaba derritiendo, y bajo la superficie, finalmente comenzaba a brotar la vida.