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Sienna

Sangre sobre el Hielo y Oro en el Octágono

El vestuario de la arena de la MMA olía a linimento, adrenalina residual y el metálico aroma de la sangre. Para cualquier otro Omega de la alta sociedad, aquel entorno resultaría repulsivo, un asalto directo a los sentidos refinados que se les inculcaban desde la cuna. Pero para Megumi Fushiguro, aquel aire denso se sentía extrañamente honesto. Era un contraste violento con el olor a laca de pelo y desinfectante clínico de las pistas de patinaje.

Yuji estaba sentado en un banco de madera, con las piernas abiertas y los codos apoyados en las rodillas. Su equipo ya se había retirado para dejarles un momento de privacidad, aunque el eco de los vítores aún vibraba en las paredes de hormigón. Cuando Megumi se acercó, el Alfa levantó la vista. Sus ojos avellana recorrieron de nuevo el rostro del pelinegro, deteniéndose en la pequeña bandita adhesiva que cubría el corte en su pómulo.

—Esa marca no es de un entrenamiento normal, Fushiguro —dijo Yuji, con una seriedad que contrastaba con su habitual energía radiante—. Te caíste. Y no fue una caída de esas que tienes cuando estás aprendiendo.

Megumi se tensó, cruzando los brazos sobre el pecho. La chaqueta de marca que su mánager le había obligado a usar se sentía como una camisa de fuerza.

—He tenido un mes difícil —admitió Megumi, desviando la mirada hacia las vendas ensangrentadas que Yuji empezaba a desenredar de sus manos—. Mi padre no se tomó bien lo de la última vez. Me obligó a doblar las sesiones. Diez horas diarias sobre el hielo, repitiendo las mismas transiciones hasta que mis tobillos dejaron de responder.

Yuji soltó un gruñido bajo, un sonido gutural que hizo que el instinto de Megumi diera un vuelco. No era un gruñido de amenaza hacia él, sino una manifestación de pura frustración protectora.

—Diez horas... —repitió Yuji, terminando de quitarse la venda y dejando ver sus nudillos hinchados—. Eso no es entrenamiento, es tortura. Ni siquiera yo entreno tanto antes de una pelea estelar. El cuerpo necesita sanar, Megumi. Si te rompes, no les sirves de nada, ¿es que no lo ven?

—Para ellos soy un activo, Itadori. Un activo que debe producir medallas y mantener una imagen de perfección —Megumi dio un paso más hacia él, rompiendo esa barrera de seguridad que siempre mantenía con los demás—. Me dijeron que mi "rebeldía" me costaría caro. El golpe en la cara fue un accidente, pero mi entrenadora ni siquiera se detuvo a ver si estaba bien. Solo me dijo que me levantara porque estaba manchando el hielo de rojo.

Yuji se puso de pie de un salto. A pesar de los golpes recibidos en el octágono, su presencia seguía siendo imponente. Se acercó a Megumi, y por un momento, el pelinegro pensó que iba a tocarlo. El aroma de Yuji —ese sol de verano y madera— envolvió sus sentidos, calmando el latido errático de su corazón.

—Ven aquí —pidió Yuji con voz suave.

Megumi obedeció casi sin pensar. El Alfa levantó una mano, dudando por un segundo antes de rozar con la punta de los dedos el borde de la bandita en la mejilla de Megumi. El contacto fue eléctrico. La piel de Yuji estaba caliente, áspera por el combate, pero su toque era más delicado que cualquier cosa que Megumi hubiera experimentado jamás.

—Eres tan fuerte —susurró Yuji, mirándolo a los ojos con una intensidad que hizo que a Megumi se le cortara la respiración—. Estás ahí fuera, bajo esas luces frías, fingiendo ser alguien delicado mientras por dentro estás lidiando con todo este dolor. Para mí, esa bandita es más impresionante que cualquier medalla de oro.

Megumi sintió un nudo en la garganta. Estaba acostumbrado a que le dijeran que era elegante, técnico o incluso distante. Pero nadie, nunca, le había dicho que era fuerte por soportar su propia vida.

—Tú también estás herido —logró decir Megumi, señalando el corte sobre la ceja de Yuji—. Has recibido golpes terribles ahí fuera.

Yuji se encogió de hombros, restándole importancia con una sonrisa ladeada.

—Yo elijo recibir estos golpes. Es mi pasión. Pero tú... a ti te están obligando a sangrar por algo que te está robando el alma. Hay una diferencia, Fushiguro.

El silencio se instaló entre ellos, pero no era incómodo. Era un entendimiento silencioso entre dos guerreros de mundos opuestos. Megumi se dio cuenta de que, a pesar de la diferencia de castas y de deportes, Yuji era la única persona que realmente lo veía detrás de la máscara de patinador prodigio.

—Tengo que irme —dijo Megumi de repente, sintiendo el peso de la realidad cayendo sobre sus hombros—. Mi mánager debe estar llamando a mi padre ahora mismo. Si me quedo más tiempo, el castigo del próximo mes será peor.

Yuji lo tomó suavemente del brazo, deteniéndolo.

—Espera. No puedes irte así.

El boxeador buscó entre sus cosas y sacó una sudadera limpia de su equipo, una prenda de algodón gris con su nombre bordado en la espalda.

—Póntela —le ordenó—. Tu chaqueta es demasiado fina y estás temblando. Además... —Yuji se rascó la nuca, un poco avergonzado—, tiene mi aroma. Si tu padre o esa mujer intentan presionarte, tal vez esto ayude a que tus instintos se mantengan tranquilos.

Megumi aceptó la prenda. Al ponérsela, el olor de Yuji lo inundó por completo. Era embriagador, una mezcla de seguridad y calidez que lo hizo sentir, por primera vez en años, que estaba protegido. Era una marca invisible, una declaración silenciosa de que un Alfa de élite lo respaldaba.

—Gracias, Yuji —dijo Megumi, usando su nombre de pila por primera vez.

El rostro de Itadori se iluminó como si acabara de ganar un campeonato mundial.

—Cualquier cosa por mi guerrero favorito —respondió con un guiño—. Y recuerda, Fushiguro: el hielo se rompe, pero tú no.

Megumi salió del vestuario con la sudadera puesta sobre sus hombros, ignorando las miradas de sorpresa de los guardias y de su propia mánager, que lo esperaba al final del pasillo con el teléfono en la mano y una expresión de horror.

—¡Megumi! ¿Qué es eso que llevas puesto? ¡Hueles a... hueles a ese Alfa! —chilló la mujer, acercándose con intención de quitarle la prenda.

Megumi se detuvo en seco. Su mirada verde, normalmente pasiva, brilló con una frialdad que detuvo a la mujer en el sitio.

—No me toques —dijo Megumi, con una voz que cortaba como una cuchilla de acero—. Y no vuelvas a mencionar mi aroma. Vamos al coche. Mañana tengo entrenamiento a las cuatro, ¿no? Pues asegúrese de que el hielo esté listo.

La mánager tartamudeó, desconcertada por el repentino cambio de actitud del joven. Megumi caminó hacia la salida con la cabeza alta. El moretón en su pómulo seguía allí, y la bandita seguía cubriendo su herida, pero ya no se sentía como una marca de vergüenza.

Esa noche, mientras intentaba dormir en su fría habitación de la mansión Fushiguro, Megumi se acurrucó en la sudadera de Yuji. El castigo de su padre continuaría, las horas en la pista seguirían siendo agotadoras y la presión social no disminuiría. Pero ahora tenía un secreto.

Tenía el recuerdo de un Alfa que lo llamaba guerrero. Tenía el eco de una risa que desafiaba al silencio. Y, sobre todo, tenía la certeza de que, aunque el mundo quisiera verlo patinar sobre cristal roto, él ya había aprendido que podía caminar sobre el fuego.

A la mañana siguiente, cuando Megumi llegó a la pista de hielo, su entrenadora lo esperaba con el cronómetro en la mano y una mueca de desprecio.

—Llegas dos minutos tarde, Fushiguro. Quítate esa ropa vieja y entra al hielo. Hoy vamos a trabajar en la combinación de saltos hasta que no puedas sentir las piernas.

Megumi se quitó la sudadera con lentitud, doblándola con un cuidado casi sagrado y dejándola sobre el banco. Se ajustó los patines, sintiendo el cuero apretar sus tobillos lastimados. Pero cuando se deslizó sobre la superficie blanca y fría, ya no se sentía como un prisionero.

Cada vez que sentía el dolor en su pómulo, recordaba la mirada de Yuji. Cada vez que el aire frío quemaba sus pulmones, recordaba el aroma a sol de la sudadera.

—¿Qué estás haciendo? —gritó la entrenadora desde el borde—. ¡Esa no es la expresión que te enseñé! ¡Debes lucir vulnerable, Megumi! ¡Eres un Omega, por el amor de Dios!

Megumi se detuvo en el centro de la pista, la respiración agitada y el cabello negro alborotado sobre su frente. Miró a la mujer, y luego miró su reflejo en el hielo.

—No —dijo Megumi, con una sonrisa que no era de sumisión, sino de desafío—. Hoy no voy a ser vulnerable.

Ejecutó un salto, un cuádruple Axel que desafiaba las leyes de la física. No hubo elegancia fingida, solo una potencia bruta y una precisión técnica que dejó a la entrenadora sin palabras. Al aterrizar, el sonido de la cuchilla cortando el hielo fue como un disparo.

Megumi se enderezó, limpiándose una gota de sudor que resbalaba por su sien. Sabía que el mes de entrenamiento sería un infierno, pero ya no le importaba. Porque sabía que, en algún lugar de la ciudad, en un gimnasio lleno de sudor y esfuerzo real, había alguien que estaba esperando verlo ganar, no como un Omega perfecto, sino como el guerrero que siempre había sido.

Y mientras el sol empezaba a filtrarse por los ventanales de la pista, Megumi Fushiguro se dio cuenta de que el hielo, por muy duro que fuera, siempre terminaba por ceder ante el calor adecuado. Y él acababa de encontrar el sol más brillante de todos.