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Silence

Piel de porcelana y el primer frío del invierno

El aire de la mañana en Sugisawa había cambiado. Ya no portaba el aroma dulce de los campos de trigo maduro, sino un frío seco que calaba hasta los huesos y anunciaba la llegada de un invierno prematuro. Sin embargo, para los habitantes del pueblo, el frío no era la noticia principal. El tema de conversación en cada esquina, en cada puesto del mercado y en cada cocina, era el mismo: Megumi Fushiguro había caminado por la calle principal sin sombrero, sin guantes y sin la sombra protectora de su padre, para consolar al nieto del viejo Wasuke.

Para Megumi, la sensación de la brisa fría golpeando directamente sus mejillas era una revelación. A medida que caminaba hacia la casa de los Itadori para ayudar con los preparativos del funeral, sentía las miradas clavadas en él como alfileres. Pero ya no le pesaban.

—¡Miren eso! —susurró una anciana, dejando caer su cesta de mimbre—. Es... es más hermoso de lo que decían las leyendas.

Megumi ignoró el comentario, aunque sintió cómo la punta de su nariz se tornaba de un color rosado intenso debido al clima. Sus nudillos, expuestos por primera vez al rigor del exterior, también mostraban ese tono rojizo y delicado que contrastaba violentamente con la palidez casi traslúcida de su piel. Parecía una muñeca de porcelana que acababa de cobrar vida, una criatura hecha de nieve y pétalos de cerezo.

Al llegar a la cabaña de los Itadori, encontró a Yuji sentado en el porche, tallando una pequeña pieza de madera. El Alfa levantó la vista y, por un segundo, se quedó sin aliento. Había visto a Megumi el día anterior, sí, pero bajo la luz cruda de la mañana y sin el filtro de la tragedia inmediata, la belleza del Omega era casi dolorosa de presenciar.

—Has vuelto —dijo Yuji, dejando el cuchillo a un lado. Su voz era ronca, marcada por el insomnio—. Y sigues sin llevar los guantes. Te vas a resfriar, Megumi.

—Ya te lo dije, no soy un niño de cristal —respondió Megumi, acercándose. Sus pasos eran ligeros, pero su determinación era sólida—. He traído un poco de caldo que preparó la señora Shoko. Tienes que comer algo antes de que lleguen los hombres para el entierro.

Yuji observó las manos de Megumi mientras este le entregaba el cuenco de cerámica. Los dedos del Omega eran largos y finos, con las articulaciones rosadas por el frío, dándole un aspecto etéreo, casi irreal. Yuji sintió un impulso irracional de tomar esas manos entre las suyas para calentarlas, pero se contuvo. Para él, Megumi seguía siendo un misterio envuelto en demasiadas capas de expectativas ajenas.

—Gracias —murmuró Yuji, tomando el cuenco—. La gente no deja de mirar hacia aquí. No están acostumbrados a verte así, tan... expuesto.

—Que miren lo que quieran —replicó Megumi, sentándose a su lado en el escalón de madera—. Mi padre se ha encerrado en su estudio. Creo que finalmente entendió que no puede detenerme si decido salir. O quizás simplemente está demasiado cansado para pelear.

Yuji bebió un sorbo del caldo, sintiendo cómo el calor le devolvía un poco de vida. Desde su perspectiva, Megumi era una contradicción andante. Tenía la mirada de alguien que ha visto mil inviernos, pero la piel de alguien que nunca ha sido tocado por el sol. El Alfa se sentía extrañamente protector, no porque creyera que Megumi fuera débil, sino porque el mundo en el que vivían era tosco y cruel, y Megumi parecía pertenecer a una época más noble, o quizás a un sueño.

—Sabes, en la ciudad la gente no se detiene a mirar a los demás de esta forma —comentó Yuji, tratando de aligerar el ambiente—. Allí todos corren, siempre tienen prisa. Nadie es un "milagro". Eres solo una persona más en la multitud.

—Suena maravilloso —suspiró Megumi, abrazando sus rodillas—. Ser nadie. Ser invisible.

Yuji soltó una risa seca, negando con la cabeza.

—Dudo que pudieras ser invisible, Fushiguro. Incluso en la ciudad más grande, alguien como tú destacaría. Tienes un... no sé cómo explicarlo. Un aura. Es como si el mundo se detuviera un poco cuando pasas.

Megumi sintió que el calor subía a sus mejillas, compitiendo con el frío del ambiente.

—Eso es lo que todos dicen. Pero tú me trataste como si fuera un estorbo el primer día. "¿Qué haces aquí, niño?", eso fue lo que dijiste.

—Porque estaba asustado —confesó Yuji, bajando la mirada al cuenco—. Mi abuelo se estaba muriendo y de repente aparece este chico que parece salido de un cuadro, vestido como si fuera a conocer a un rey. Me sentí fuera de lugar. Sentí que mi realidad sucia y triste no encajaba con tu perfección.

—No soy perfecto, Yuji —dijo Megumi en voz baja, extendiendo una mano para tocar el brazo del Alfa—. Tengo miedo todo el tiempo. Miedo de decepcionar a mi padre, miedo de que el pueblo tenga razón y yo sea solo un amuleto de buena suerte y no un hombre.

Yuji dejó el cuenco a un lado y, esta vez, no se contuvo. Cubrió la mano de Megumi con la suya. La piel del Omega estaba helada, pero su tacto envió una descarga eléctrica por el brazo de Yuji.

—Para mí no eres un amuleto —dijo Yuji con seriedad—. Eres el chico testarudo que me trajo caldo y que desafía a su padre para sentarse en un porche lleno de polvo. Eso es mucho más interesante que un milagro.

El momento fue interrumpido por la llegada de un grupo de hombres del pueblo, encabezados por Gojo Satoru, quien lucía inusualmente solemne con un abrigo negro largo. Al ver a Megumi allí, sentado junto al forastero y con el rostro descubierto, Gojo se detuvo un momento, una sonrisa enigmática curvando sus labios.

—Vaya, vaya —exclamó Gojo, acercándose—. Parece que el invierno ha traído flores inesperadas a la casa de los Itadori. Megumi, tu padre está buscándote por todo el pueblo, aunque sospecho que sabe perfectamente dónde estás.

Megumi se levantó de un salto, sintiendo de nuevo la timidez golpearlo al verse rodeado de adultos que lo observaban con una mezcla de reverencia y curiosidad pecaminosa.

—Solo estaba ayudando a Itadori-kun —dijo Megumi, recuperando su compostura—. Ya me iba.

—No tienes que marcharte por nosotros —dijo uno de los hombres, un Alfa mayor que siempre había sido amable con Toji—. Es bueno que la bendición del pueblo acompañe al viejo Wasuke en su último viaje.

Megumi apretó los dientes. "La bendición". Otra vez esa palabra. Miró a Yuji, esperando ver una burla en sus ojos, pero solo encontró comprensión.

—Él no es una bendición —intervino Yuji, poniéndose de pie y colocándose ligeramente frente a Megumi, como un escudo—. Es mi amigo. Y ha venido a ayudar a un amigo. Eso es todo.

Un silencio sepulcral cayó sobre el grupo. Nadie en Sugisawa se había atrevido nunca a contradecir la narrativa de Megumi como un ser divino, excepto quizás Toji por pura sobreprotección. Que un forastero, un Alfa joven y sin raíces en el pueblo, lo reclamara como "amigo" era casi un sacrilegio.

Gojo soltó una carcajada que rompió la tensión.

—¡Bien dicho, muchacho! —palmoteó el hombro de Yuji—. Megumi, si vas a quedarte, al menos ponte esto. No queremos que el "amigo" de Itadori muera de neumonía antes del mediodía.

Gojo le lanzó una bufanda de lana gruesa que Megumi atrapó al vuelo. Era de un color azul profundo que hacía resaltar aún más sus ojos verdes.

El funeral fue una ceremonia sencilla pero cargada de una pesadez emocional que Megumi sentía en cada poro de su piel. Mientras bajaban el ataúd de Wasuke a la tierra fría, Megumi se mantuvo al lado de Yuji. No se tocaron, pero la cercanía era suficiente. Megumi podía oler el aroma de Yuji: madera de cedro, sol y un toque de algo amargo como el café, un aroma de Alfa que no intentaba dominar, sino sostener.

Cuando la última palada de tierra cubrió el foso, los vecinos comenzaron a retirarse lentamente, lanzando miradas furtivas al Omega que seguía allí, con la nariz roja por el frío y el cabello alborotado por el viento.

—Deberías irte —dijo Yuji, una vez que estuvieron solos bajo el cielo gris—. Tu padre vendrá pronto y no quiero causarte más problemas.

—No me importa mi padre —mintió Megumi, aunque sabía que Toji probablemente lo castigaría con semanas de encierro por esta exhibición—. ¿Qué vas a hacer ahora, Yuji? ¿Te volverás a la ciudad?

Yuji miró la tumba de su abuelo y luego a Megumi. Por un momento, su mirada se detuvo en los labios del Omega, que temblaban ligeramente por el frío.

—No lo sé —admitió Yuji—. Mi abuelo quería que cuidara de esta casa, pero la ciudad tiene mis estudios y mi vida. Pero... —Se detuvo, rascándose la nuca con timidez—. Hay cosas aquí que no encontraré en la ciudad.

—¿Como qué? —preguntó Megumi, dando un paso hacia él.

—Como la forma en que el sol se pone sobre el trigo —dijo Yuji, aunque sus ojos no se apartaban de los de Megumi—. Y como la gente que es capaz de desafiar a todo un pueblo solo por traer un poco de caldo.

Megumi sintió un nudo en la garganta. Por primera vez en sus quince años, sintió que alguien lo veía de verdad. No al Omega milagroso, no al hijo de Toji Fushiguro, sino al chico que quería usar pantalones cortos y sentir la lluvia en la cara.

—Si te quedas —susurró Megumi—, te enseñaré dónde crecen las mejores margaritas en primavera. No son tan elegantes como las flores de la ciudad, pero son fuertes. Sobreviven a todo.

Yuji sonrió, y esta vez fue una sonrisa llena de una promesa silenciosa.

—Me gustaría mucho ver eso, Megumi.

—¡Megumi! —La voz de Toji tronó desde el camino principal.

El Alfa caminaba hacia ellos con paso firme, su presencia oscureciendo el ambiente. Su rostro estaba contraído por la furia y la preocupación. Al llegar frente a ellos, ignoró a Yuji por completo y tomó a Megumi por el brazo, no con fuerza, pero sí con una autoridad indiscutible.

—A casa. Ahora —ordenó Toji.

—Padre, estaba ayudando...

—He dicho a casa —repitió Toji, sus ojos fijos en los de su hijo—. Has causado suficiente revuelo por hoy. Todo el pueblo está hablando de cómo te has exhibido como una mercancía barata.

Megumi sintió una punzada de indignación.

—¡No soy una mercancía! ¡Soy una persona! —gritó, zafándose del agarre de su padre.

Toji pareció sorprendido por la rebelión. Miró a Yuji, evaluando al joven Alfa con una mirada que prometía violencia si se acercaba un paso más.

—Señor Fushiguro —dijo Yuji, manteniendo la voz calmada pero firme—, Megumi solo ha sido un buen vecino. No hay deshonra en la compasión.

—Tú no sabes nada de este pueblo, muchacho —gruñó Toji—. Ni de lo que significa proteger lo que es valioso. No vuelvas a acercarte a él.

Toji prácticamente arrastró a Megumi hacia la carreta que esperaba a unos metros. Megumi miró por encima de su hombro, viendo la figura solitaria de Yuji en medio del cementerio. El frío parecía haber aumentado, y la bufanda azul que Gojo le había dado se sentía como el único rastro de calidez que le quedaba.

Al llegar a la mansión Fushiguro, Toji cerró la puerta principal con un estruendo que resonó en toda la casa.

—Te advertí, Megumi —dijo Toji, dándose la vuelta—. Te advertí que el mundo no es amable. ¿Has visto cómo te miraban? Como si fueras un trofeo. Como si pudiesen arrancarte un pedazo de piel solo por tocarte.

—Me miraban porque por fin pudieron verme —respondió Megumi, con lágrimas de frustración en los ojos—. Y a Yuji no le importaba mi piel o si soy un milagro. Él me habló como a un igual.

—Nadie es igual a ti en este lugar —sentenció Toji—. Eres un Omega nacido en una época de esterilidad. Eres la esperanza de este pueblo, y mi deber es asegurarme de que esa esperanza no se marchite antes de tiempo. A partir de mañana, no saldrás de los límites de la propiedad sin mi supervisión.

—¡No puedes hacerme esto! —exclamó Megumi—. ¡Tengo quince años!

—Y por eso mismo, no sabes lo que es mejor para ti.

Toji se retiró a su estudio, dejando a Megumi solo en el gran salón. El joven Omega se acercó a la ventana y miró hacia los campos que ahora comenzaban a cubrirse con una fina capa de escarcha. Sus manos, aún rosadas por el frío, temblaban. Se quitó la bufanda de Gojo y la apretó contra su pecho, inhalando el aroma que aún quedaba de la cabaña de los Itadori.

En su mente, las palabras de Yuji resonaban como un mantra: "La normalidad es algo que uno mismo se construye".

Esa noche, Megumi no durmió. Se quedó sentado frente al espejo, observando su propio reflejo. Vio la piel pálida, los ojos profundos y la belleza que todos llamaban bendición, pero que para él era una celda. Sin embargo, también vio algo nuevo: una chispa de desafío.

Si el pueblo quería un milagro, él les daría uno. Pero no el que ellos esperaban.

Mientras tanto, en la cabaña al final del camino, Yuji Itadori soplaba la última vela de la noche. Su mente estaba llena de la imagen de un chico con nudillos rosados y ojos de bosque. Sabía que quedarse en Sugisawa sería difícil, que Toji Fushiguro era un enemigo formidable y que el pueblo entero guardaba a Megumi como un dragón guarda su oro.

Pero Yuji siempre había sido bueno rompiendo cosas. Y si tenía que romper las tradiciones de un siglo entero para volver a ver esa sonrisa sin la sombra de un sombrero, lo haría.

—Espérame, Megumi —susurró Yuji a la oscuridad—. El invierno apenas comienza.

Afuera, la primera nevada del año comenzó a caer, cubriendo el pueblo de Sugisawa con un manto blanco que borraba las huellas, pero no los deseos que empezaban a arder en el corazón de un Omega que ya no quería ser un milagro, sino simplemente un joven amado.