Silence
El susurro de la nieve y el peso del silencio
La nieve había transformado a Sugisawa en un paisaje de cristal y ceniza. Lo que antes eran campos de trigo dorados, ahora eran extensiones blancas e infinitas que parecían devorar cualquier rastro de vida. En el interior de la mansión Fushiguro, el silencio era tan espeso que se podía sentir en la garganta. Megumi permanecía sentado junto al gran ventanal de la biblioteca, observando cómo los copos se amontonaban contra el cristal.
Llevaba tres días sin salir. Tres días desde el funeral de Wasuke, y tres días desde que Toji había impuesto un régimen de vigilancia que rozaba lo carcelario. Su padre no era un hombre de muchas palabras, pero su presencia en los pasillos, pesada y cargada de feromonas de advertencia, era suficiente para recordar a Megumi su posición: él era el tesoro, el milagro, y los milagros no se mezclan con el barro del camino.
—¿Vas a quedarte ahí hasta que se congele el mundo? —La voz de Toji llegó desde la puerta.
Megumi no se volvió. Sus ojos seguían fijos en la dirección donde, más allá de la colina, se encontraba la cabaña de los Itadori.
—No tengo otro lugar a donde ir, ¿verdad? —respondió Megumi con una amargura que no intentó ocultar.
Toji entró en la habitación. Sus botas resonaron contra el suelo de madera pulida. Se detuvo a unos pasos de su hijo, observando la nuca pálida y el cabello azabache que contrastaba con el cuello blanco de su camisa.
—Es por tu bien, Megumi. La gente en este pueblo es supersticiosa. Ahora que el invierno ha llegado con tanta fuerza tras la muerte de Wasuke, empezarán a buscar señales. No quiero que seas tú quien deba cargar con sus plegarias o sus culpas.
—¿Y qué hay de lo que yo quiero? —Megumi finalmente se giró. Sus ojos verdes destellaban con una chispa de rebelión que Toji no recordaba haber visto antes—. Quieres protegerme del pueblo, pero me estás ahogando. Yuji tenía razón.
El nombre del forastero hizo que los músculos de la mandíbula de Toji se tensaran.
—Ese chico es un problema. Es un Alfa sin raíces, sin respeto por las jerarquías de este lugar. Ha estado merodeando por los límites de la propiedad ayer y hoy.
El corazón de Megumi dio un vuelco. ¿Yuji había ido a buscarlo?
—¿Vino aquí? —preguntó, tratando de mantener la voz neutral.
—Lo eché antes de que pusiera un pie en el jardín —dijo Toji con frialdad—. Si vuelve, no seré tan amable. No quiero que vuelvas a mencionarlo, Megumi. Prepárate para la cena. Vendrá Satoru.
Toji se retiró, dejando a Megumi con una mezcla de esperanza y desesperación. Yuji no se había ido. A pesar de las amenazas de su padre, a pesar de la nieve y de la hostilidad del pueblo, el Alfa de cabello rosado seguía allí.
Esa noche, la cena fue un ejercicio de tensión. Gojo Satoru, con su habitual aire de despreocupación, intentaba animar el ambiente, pero incluso él parecía notar que algo fundamental había cambiado en Megumi. El joven Omega no probó bocado, limitándose a remover la sopa con la cuchara mientras escuchaba las noticias del pueblo.
—La gente está inquieta, Toji —decía Gojo, ajustándose las gafas oscuras—. Dicen que la muerte de Wasuke ha roto el equilibrio. Creen que el invierno será el más duro en cincuenta años. Ya sabes cómo son... empiezan a decir que el "milagro" debe hacer algo.
—El milagro es un niño de quince años que necesita cenar —espetó Toji, lanzando una mirada de advertencia a su amigo.
—Solo digo lo que escucho en la botica —se encogió de hombros Gojo—. Por cierto, el joven Itadori ha estado preguntando por medicinas para el frío. Parece que se va a quedar a pasar el invierno en la cabaña. Es un chico valiente, considerando que apenas tiene leña y que el señor más temido de la región quiere colgar su cabeza en la chimenea.
Megumi apretó los cubiertos. Sus manos, que Toji obligaba a cubrir con guantes incluso dentro de casa si había visitas, temblaban bajo la seda.
—No tiene leña suficiente —murmuró Megumi, rompiendo su silencio.
Toji y Gojo lo miraron.
—No es asunto tuyo, Megumi —dijo su padre.
—Su abuelo acaba de morir. Está solo en esa casa vieja. Si el invierno es tan duro como dicen, se congelará.
—Es un Alfa —replicó Toji—. Si no es capaz de sobrevivir a un poco de nieve, no merece estar en este pueblo.
Megumi se levantó de la mesa abruptamente.
—Con su permiso, no me siento bien. Iré a mi habitación.
No esperó respuesta. Subió las escaleras casi corriendo, cerró la puerta de su cuarto y se apoyó contra ella, respirando agitadamente. La injusticia de la situación le quemaba el pecho. Yuji estaba sufriendo, solo y con frío, mientras él estaba encerrado en una jaula de oro, rodeado de lujos que no deseaba.
Se acercó a su armario y sacó la ropa más gruesa que tenía. Pantalones de lana, una túnica pesada y la bufanda azul que Gojo le había regalado. Miró por la ventana. La nieve seguía cayendo, pero el viento se había calmado. Sabía que había una salida por la cocina que Toji rara vez vigilaba de noche, confiando en que el frío sería suficiente disuasivo para su hijo.
Pero Toji no contaba con la determinación de un Omega que acababa de descubrir que el mundo era mucho más grande que las paredes de su casa.
Escabullirse fue más fácil de lo que esperaba. El frío exterior lo golpeó como una bofetada, pero Megumi apretó los dientes y avanzó. Sus botas se hundían profundamente en la nieve virgen, y cada paso era un esfuerzo titánico para sus piernas delgadas. El pueblo estaba sumido en la oscuridad, con solo algunas luces parpadeantes en las ventanas lejanas.
Cuando llegó a la cabaña de los Itadori, estaba exhausto y tiritando. No había luz en las ventanas, y el silencio era absoluto. Por un momento, el pánico lo invadió. ¿Y si Yuji se había marchado? ¿Y si le había pasado algo?
Golpeó la puerta con los nudillos entumecidos.
—¿Yuji? —llamó en un susurro que el viento se llevó—. ¡Yuji, soy yo!
Unos segundos después, se escucharon pasos pesados. La puerta se abrió con un gemido de las bisagras, y la figura de Yuji apareció en el umbral. Estaba envuelto en una manta vieja, con el cabello más alborotado que de costumbre y el rostro pálido por el cansancio.
Al ver a Megumi, sus ojos dorados se abrieron de par en par.
—¿Fushiguro? ¿Estás loco? ¡Vas a morir de frío!
Sin esperar respuesta, Yuji lo tomó por los hombros y lo metió dentro de la casa, cerrando la puerta rápidamente para evitar que entrara la nieve. El interior de la cabaña estaba apenas más cálido que el exterior; un pequeño fuego agonizaba en la chimenea.
—¿En qué estabas pensando? —preguntó Yuji, su voz una mezcla de regaño y profunda preocupación. Comenzó a frotar los brazos de Megumi para devolverle el calor—. Tu padre me matará, y luego te matará a ti.
—Me enteré de que no tenías leña —dijo Megumi, su voz temblaba tanto que apenas podía articular las palabras—. Y que mi padre te echó de la propiedad. No quería que estuvieras solo.
Yuji se detuvo y lo miró fijamente. La luz tenue de las brasas bañaba el rostro de Megumi, resaltando la delicadeza de sus facciones y la intensidad de su mirada. El Alfa sintió que algo se rompía dentro de él. Nadie, en toda su vida, había hecho algo tan imprudente y tan puro por él.
—Eres un idiota, Megumi Fushiguro —susurró Yuji. Pero no había malicia en sus palabras.
Lo llevó hacia la chimenea y lo hizo sentarse en una silla de madera raída. Yuji se arrodilló frente a él y comenzó a desatarle las botas empapadas. Sus manos eran grandes y cálidas, y el contacto con los pies fríos de Megumi hizo que este soltara un pequeño suspiro.
—Tus pies están como el hielo —dijo Yuji, envolviéndolos con un trozo de manta seca—. Quédate aquí. Voy a avivar el fuego.
Megumi observó a Yuji moverse por la pequeña habitación. A pesar de la pobreza del lugar, el Alfa emanaba una energía que llenaba el espacio. No había rastro de la altanería que Megumi asociaba con otros Alfas; solo había una honestidad cruda.
—¿Por qué te quedaste? —preguntó Megumi mientras las llamas comenzaban a crecer de nuevo—. Gojo dijo que podrías haber vuelto a la ciudad.
Yuji se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la chimenea, cerca de las piernas de Megumi.
—Al principio, me quedé por mi abuelo. Quería honrar su memoria. Pero después... —Se rascó la nuca, evitando la mirada de Megumi—. Después te vi a ti. Sin el sombrero. En el cementerio. Y me di cuenta de que si me iba, nadie en este pueblo te vería nunca como realmente eres. Todos seguirían rezándole a una estatua de porcelana.
Megumi bajó la vista hacia sus manos, que ahora descansaban sobre sus rodillas.
—A veces yo también siento que soy una estatua. Mi padre me cuida como si fuera un objeto que se rompe con el viento. Me prohíbe hablar, me prohíbe sentir...
—Pero no eres una estatua —interrumpió Yuji, tomando una de las manos de Megumi. Esta vez, el Omega no llevaba guantes—. Tu piel está fría, pero tu pulso es rápido. Estás vivo, Megumi. Más vivo que cualquiera en este pueblo.
El silencio que siguió no fue incómodo. Era un silencio compartido, una burbuja de realidad en medio de un mundo que insistía en tratarlos como arquetipos. Yuji acarició con el pulgar el dorso de la mano de Megumi, maravillado por la suavidad de su piel.
—¿Tienes miedo de lo que pasará cuando regreses? —preguntó Yuji en voz baja.
—Tengo más miedo de quedarme encerrado para siempre —confesó Megumi—. Mi padre cree que me protege, pero solo está construyendo un mausoleo a mi alrededor. Yuji... ¿es verdad lo que dicen de la ciudad? ¿Es verdad que a nadie le importa quién eres?
Yuji sonrió, una sonrisa triste pero reconfortante.
—A la mayoría no le importa. Pero siempre encuentras a alguien a quien sí. En la ciudad podrías caminar kilómetros sin que nadie te llamara "milagro". Podrías usar pantalones cortos, o faldas, o lo que quisieras, y solo serías un chico guapo caminando por la calle.
—Suena como el paraíso —murmuró Megumi.
—Podría serlo —dijo Yuji, apretando suavemente su mano—. Pero la ciudad también es dura. No hay campos de margaritas, solo edificios grises y humo. Aunque... si estuvieras allí, yo me encargaría de encontrarte flores, aunque fuera en los mercados más escondidos.
Megumi sintió que su corazón se aceleraba. La declaración de Yuji, hecha con tanta naturalidad, era el regalo más preciado que jamás había recibido. No eran margaritas dejadas en una ventana por un pretendiente anónimo; era la promesa de un hombre que lo veía en su totalidad.
—¿Por qué me tratas así? —preguntó Megumi, su voz apenas un susurro—. Apenas me conoces. Me dijiste que era un niño.
—Lo dije para protegerme a mí mismo —admitió Yuji, levantando la vista para encontrar los ojos de Megumi—. Eres tres años menor, sí. Y eres el hijo del hombre más peligroso de la región. Pero cuando te veo, no veo a un niño. Veo a alguien que tiene más fuerza en su silencio de la que yo tengo en mis brazos. Me gustas, Megumi. Y no me gustas porque seas un milagro. Me gustas porque eres tú.
Megumi se inclinó hacia adelante, impulsado por una fuerza que no comprendía pero que no quería resistir. El aroma de Yuji lo envolvía ahora por completo: el humo de la leña, el frío de la nieve y ese olor a Alfa cálido y protector que lo hacía sentir, por primera vez en su vida, completamente seguro.
—Tú también me gustas, Yuji —dijo Megumi.
Yuji extendió una mano y acunó la mejilla de Megumi. Su piel era tan blanca que parecía brillar en la penumbra. Con una lentitud casi agónica, Yuji acortó la distancia entre ellos. Fue un beso breve, apenas un roce de labios, pero para Megumi fue como si el mundo entero hubiera estallado en colores que nunca antes había visto. Era cálido, sabía a invierno y a libertad.
Cuando se separaron, ambos estaban respirando con dificultad.
—Tienes que volver —dijo Yuji, su voz cargada de pesar—. Si Toji se despierta y no estás, vendrá aquí con una escopeta. No puedo permitir que te pase nada por mi culpa.
—No quiero irme —protestó Megumi, aferrándose a la chaqueta de Yuji.
—Lo sé. Yo tampoco quiero que te vayas. Pero escucha... —Yuji lo tomó por los hombros, obligándolo a mirarlo—. El invierno pasará. Y cuando la nieve se derrita y las margaritas vuelvan a salir, encontraremos la forma. No voy a dejar que te quedes encerrado en esa casa. Te lo prometo.
Megumi asintió, sintiendo una nueva determinación recorrer sus venas. Se puso las botas, que ahora estaban secas y calientes gracias al fuego. Yuji lo acompañó hasta la puerta, envolviéndolo bien con la bufanda azul.
—Ten cuidado en el camino de regreso —advirtió Yuji—. Camina por donde la nieve esté más dura, será más fácil.
—Lo haré. Yuji... gracias. Por el caldo, por el fuego y por... por verme.
Yuji le dio un último apretón en la mano antes de dejarlo salir al frío.
El camino de regreso fue igual de duro, pero Megumi ya no sentía el peso de la desesperación. Cada vez que el viento soplaba con fuerza, recordaba el calor de las manos de Yuji y el sabor de su beso. Llegó a la mansión justo cuando las primeras luces del alba comenzaban a teñir el cielo de un gris pálido. Entró por la cocina, moviéndose como una sombra, y logró llegar a su habitación sin ser detectado.
Se quitó la ropa empapada y se metió en la cama, cubriéndose hasta la barbilla. Apenas unos minutos después, escuchó los pasos de Toji en el pasillo. La puerta se abrió lentamente. Megumi cerró los ojos y fingió dormir.
Toji se quedó en el umbral durante un largo rato. Su olfato de Alfa captó algo en el aire de la habitación. No era solo el olor a frío y nieve que entraba por las rendijas de la ventana; había algo más. Un rastro tenue, casi imperceptible, de madera de cedro y sol.
El hombre mayor apretó los puños, pero no dijo nada. Cerró la puerta y se alejó.
Megumi abrió los ojos cuando escuchó que los pasos de su padre se perdían escaleras abajo. Sabía que la tregua sería corta. Sabía que el pueblo seguiría pidiendo milagros y que Toji seguiría construyendo muros. Pero mientras miraba sus manos, aún rosadas por el roce de Yuji, Megumi Fushiguro sonrió.
El invierno del siglo XX era cruel, y las tradiciones de Sugisawa eran cadenas pesadas. Pero en el corazón de un Omega atrapado, una semilla de libertad había comenzado a germinar bajo la nieve. Y ningún muro, por alto que fuera, podría detener la llegada de la primavera.