Silence
Lágrimas de cristal y el rugido del acero
El invierno en Sugisawa parecía haberse estancado en un ciclo infinito de ventiscas y cielos plomizos, pero dentro de la mansión Fushiguro, la atmósfera era aún más asfixiante. Megumi caminaba por los pasillos con una quietud que a Toji le resultaba alarmante. Ya no discutía, ya no protestaba por los guantes de seda ni por el cuello alto de sus camisas. Sin embargo, esa sumisión era solo una máscara; tras sus ojos verdes, una determinación fría como el hielo del norte comenzaba a cristalizarse.
—Padre —dijo Megumi una mañana, mientras Toji limpiaba su escopeta de caza frente a la chimenea—, quiero ir a la ciudad.
Toji ni siquiera levantó la vista. El sonido del paño frotando el metal era el único ruido en la estancia.
—Ya hemos hablado de esto, Megumi. La ciudad es un nido de enfermedades y gente sin escrúpulos. Aquí estás a salvo. El pueblo te cuida.
Megumi se acercó, deteniéndose justo en el límite donde el calor del fuego empezaba a quemar.
—El pueblo no me cuida, padre. El pueblo me observa como si fuera una pieza de museo. Tengo quince años y no conozco nada más allá de estos campos de trigo que ahora están muertos bajo la nieve. Si de verdad soy el "milagro" que dices, ¿no debería ver el mundo que se supone que vine a bendecir?
Toji se detuvo. Sus ojos negros se clavaron en los de su hijo, buscando cualquier rastro de la influencia del chico Itadori. Pero Megumi había aprendido a mentir con el rostro impasible.
—¿Por qué ahora? —preguntó Toji con sospecha.
—Porque me estoy marchitando —respondió Megumi, y esta vez no era una mentira—. Siento que las paredes de esta casa se cierran sobre mí. Solo pido un día. Un día en la ciudad para comprar libros nuevos y ver las luces de las que Gojo siempre habla. Si no me dejas ir, terminaré odiando este lugar... y tal vez a ti también.
El silencio que siguió fue tenso. Toji Fushiguro era un hombre que no temía a nada, excepto a perder el último vínculo que lo unía a su difunta esposa. El miedo a que Megumi lo despreciara fue más fuerte que su instinto de protección.
—Iremos la próxima semana —gruñó Toji, volviendo a su tarea—. Pero no te separarás de mi lado. Usarás el sombrero de ala ancha y no hablarás con extraños. ¿Está claro?
—Sí, padre —dijo Megumi, bajando la vista para ocultar el brillo de triunfo en sus pupilas—. Está claro.
Esa misma noche, Megumi se deslizó por la ventana de la cocina. El frío le caló los huesos, pero no le importó. Corrió por el sendero conocido hasta la cabaña de los Itadori, donde una pequeña luz en la ventana le indicaba que Yuji lo esperaba.
—¡Lo logré! —susurró Megumi nada más entrar, jadeando por el esfuerzo—. Iremos a la ciudad el próximo martes. Mi padre ha cedido.
Yuji, que estaba sentado junto a la mesa de madera vieja, se levantó de un salto y lo envolvió en un abrazo que olía a pino y a esperanza.
—Sabía que lo conseguirías —dijo Yuji, separándose un poco para mirar el rostro encendido de Megumi—. Mi abuelo solía decir que no hay nada más persistente que un Omega que ha descubierto su propio deseo. Escucha, tengo el plan listo.
Se sentaron juntos frente al fuego, con las cabezas juntas, trazando una estrategia que requería la precisión de un relojero.
—Toji me llevará a la Gran Estación —explicó Megumi—. Su intención es ir directamente a la zona de las sastrerías de lujo y luego a la librería central. No me dejará solo ni un segundo.
—Ahí es donde entro yo —dijo Yuji con una sonrisa traviesa—. Gojo me ha prestado su motocicleta. Es una máquina ruidosa y vieja, pero corre como el demonio. Llegaré a la ciudad antes que ustedes. En la librería central hay una sección de mapas en el segundo piso que tiene una salida de incendios que da a un callejón trasero.
—Es arriesgado, Yuji. Si mi padre me pierde de vista, se volverá loco.
—Solo necesito una hora, Megumi —suplicó Yuji, tomando sus manos—. Una hora para mostrarte la ciudad como yo la veo. Sin sombreros, sin guardias, sin el peso de ser un milagro. Solo tú y yo entre la multitud. Gojo dice que él se encargará de distraer a Toji en la planta baja. Parece que le debe un favor al boticario de la ciudad y usará eso como excusa para llevar a tu padre a una charla "de hombres".
Megumi sintió un nudo de nervios y emoción en el estómago. Era una locura. Estaban jugando con fuego, desafiando al Alfa más temido de Sugisawa. Pero cuando miró a Yuji, vio en sus ojos dorados una libertad que valía cualquier castigo.
—Una hora —asintió Megumi—. Estaré en la sección de mapas a las dos de la tarde.
El martes llegó con un cielo inusualmente despejado, aunque el frío seguía siendo cortante. Toji vestía su abrigo largo de cuero y portaba una mirada que advertía a cualquiera que se atreviera a mirar a su hijo más de lo necesario. Megumi, por su parte, iba envuelto en capas de seda y lana, con el sombrero cubriéndole la mitad del rostro, pareciendo más que nunca una joya preciosa protegida por un dragón.
El viaje en el tren fue un torbellino de sensaciones para Megumi. El rugido del acero contra las vías, el vapor que empañaba los cristales y la velocidad con la que el paisaje rural desaparecía para dar paso a las estructuras grises de la civilización.
—No te alejes —repitió Toji mientras bajaban en la estación central.
La ciudad era un caos de ruidos y olores. Megumi se sintió mareado por un momento; había tanta gente, tantos aromas mezclados de Alfas, Betas y Omegas que su instinto se sentía abrumado. Pero entonces, recordó la promesa de Yuji y recuperó la compostura.
Gojo Satoru apareció entre la multitud, luciendo un abrigo de piel que atraía todas las miradas.
—¡Toji! ¡Megumi-chan! —exclamó con su habitual energía—. Qué alegría ver que el milagro de Sugisawa ha decidido bendecir la capital con su presencia.
—Cállate, Satoru —masculló Toji—. Vamos a la librería. Tengo cosas que comprar y no quiero estar aquí más tiempo del necesario.
—Oh, qué coincidencia —dijo Gojo con una sonrisa de suficiencia—, justamente el boticario Ieiri me dijo que tenía ese tónico que tanto buscabas para tus viejas heridas de caza. Está justo aquí al lado de la librería. ¿Por qué no dejamos que Megumi explore los libros mientras nosotros arreglamos nuestros asuntos de viejos gruñones?
Toji entrecerró los ojos, mirando a Gojo y luego a Megumi.
—Estaré en el segundo piso, padre —dijo Megumi con voz suave y sumisa—. En la sección de historia. Estaré a la vista de los dependientes.
Toji suspiró, el peso de la ciudad y la insistencia de Gojo finalmente lo vencieron.
—Treinta minutos, Megumi. Si me muevo de la planta baja y no te veo desde la escalera, nos volvemos al pueblo en ese mismo instante.
—Entendido.
Megumi subió las escaleras de madera crujiente de la librería con el corazón latiéndole en la garganta. Al llegar al segundo piso, caminó rápidamente hacia la sección de mapas, un rincón polvoriento y poco transitado. Allí, entre estanterías que olían a papel antiguo y cuero, lo vio.
Yuji estaba apoyado contra una ventana, vistiendo una chaqueta de aviador que le quedaba un poco grande y sin rastro del barro de la granja. Se veía diferente, más urbano, más vibrante.
—Llegas tarde, Fushiguro —susurró Yuji con una sonrisa.
—Mi padre es un paranoico —respondió Megumi, acercándose rápidamente—. ¿Cómo salimos de aquí?
Yuji abrió la pequeña puerta de metal de la salida de incendios. El aire frío de la ciudad entró de golpe, pero Megumi lo recibió con los brazos abiertos. Bajaron las escaleras metálicas a toda prisa, riendo en voz baja como niños traviesos.
Al llegar al callejón, Yuji señaló una motocicleta negra que rugía suavemente.
—Súbete. No tenemos mucho tiempo.
Megumi se montó detrás de Yuji, rodeando su cintura con los brazos. Por primera vez, no le importó que su ropa se arrugara o que el sombrero saliera volando, cosa que ocurrió en cuanto Yuji aceleró. El cabello azabache de Megumi se liberó, ondeando al viento mientras cruzaban las calles de la ciudad.
—¡Mira, Yuji! —gritó Megumi, señalando los grandes carteles luminosos y los escaparates llenos de tecnología que nunca había imaginado—. ¡Es increíble!
Yuji conducía con destreza, llevándolo por las avenidas principales donde la gente caminaba sin detenerse. Megumi se sintió, por primera vez en quince años, invisible. Nadie se arrodillaba, nadie murmuraba oraciones, nadie lo llamaba bendición. Era solo un chico en la parte trasera de una moto, abrazando a un Alfa que olía a gasolina y libertad.
Se detuvieron en un pequeño parque en lo alto de una colina desde donde se divisaba toda la metrópolis. El sol de la tarde bañaba los edificios de un color ambarino.
—Esto es lo que quería mostrarte —dijo Yuji, bajando de la moto y ayudando a Megumi—. No es un milagro, es solo el mundo. Es ruidoso, es sucio y a veces es cruel, pero es real.
Megumi se quitó los guantes y tocó la barandilla de hierro frío. Miró sus manos, que ahora tenían pequeñas manchas de grasa de la moto.
—Es hermoso —dijo Megumi, y sus ojos se llenaron de lágrimas—. Gracias, Yuji. Gracias por traerme aquí.
Yuji se acercó y lo tomó por la cintura, atrayéndolo hacia sí. En medio de la ciudad, bajo el cielo inmenso, el Alfa besó al Omega con una pasión que hablaba de promesas futuras y de un amor que ya no cabía en los límites de un pueblo pequeño.
—Te sacaré de allí, Megumi —susurró Yuji contra sus labios—. Algún día, este será nuestro hogar. No serás una reliquia guardada bajo llave. Serás libre.
—Ya me siento libre ahora —respondió Megumi, escondiendo el rostro en el cuello de Yuji, aspirando su aroma una última vez antes de tener que volver a la realidad.
El regreso fue una carrera contra el reloj. Yuji lo dejó en el callejón de la librería justo cuando el reloj de la torre marcaba las dos y veinticinco. Megumi subió las escaleras, se alisó la ropa y trató de recuperar el aliento. Cuando Toji apareció en la planta baja, acompañado por un Gojo que parecía muy satisfecho de sí mismo, Megumi estaba hojeando un libro sobre la flora de las montañas, con el rostro sereno.
—Vámonos —dijo Toji, observando a su hijo con sospecha—. Ya has tenido suficiente ciudad por hoy. ¿Dónde está tu sombrero?
Megumi fingió sorpresa y se tocó la cabeza.
—Se debe haber caído cerca de la ventana por el viento, padre. No pude encontrarlo.
Toji gruñó, pero estaba demasiado cansado para discutir.
—No importa. Te compraré otro en el pueblo. Muévete.
Mientras caminaban hacia la estación, Megumi sintió el roce de algo en su bolsillo. Metió la mano y encontró una pequeña margarita de metal, un broche que Yuji debió haber deslizado allí durante su abrazo en el parque. Una flor que nunca se marchitaría, un símbolo de que el invierno de Sugisawa tenía los días contados.
Toji caminaba delante, creyendo que había cumplido con su deber de protector, manteniendo a su "milagro" a salvo de las garras del mundo moderno. No sabía que, detrás de él, Megumi Fushiguro ya no era el niño que salió de la mansión esa mañana.
El rugido del tren de regreso al pueblo ya no sonaba como una condena para Megumi, sino como el eco de la motocicleta de Yuji. La ciudad se quedaba atrás, pero el fuego que había prendido en su interior iluminaría las noches más oscuras de Sugisawa hasta que llegara el momento de partir para siempre. Porque Megumi había descubierto que el mayor milagro no era nacer en una época de escasez, sino encontrar a alguien que te amara lo suficiente como para dejarte ser, simplemente, humano.