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Silence

Pétalos de nieve y el calor de la clandestinidad

El invierno en Sugisawa no era solo una estación; era un muro de silencio que aislaba al pueblo del resto del mundo. Sin embargo, para Megumi Fushiguro, aquel manto blanco se había convertido en su mejor aliado. Bajo el amparo de las noches más largas y las mañanas de niebla cerrada, el "milagro" del pueblo había aprendido a burlar la vigilancia de su padre con la precisión de un fantasma.

Tres veces por semana, cuando Toji se sumergía en sus asuntos con los comerciantes de la ciudad o se encerraba en su despacho a beber sake frente a la chimenea, Megumi escapaba. Ya no le importaba arruinar sus ropas costosas ni que el frío le agrietara la piel de porcelana. Cada paso que daba hacia la cabaña de los Itadori era un acto de reclamación sobre su propio cuerpo y su propio destino.

Esa tarde, el cielo amenazaba con una nueva ventisca, pero Megumi ya estaba allí, observando a Yuji desde el linde del bosque. El Alfa estaba hachando troncos caídos para asegurar el calor de la noche. Sus movimientos eran rítmicos, potentes, y el vapor de su respiración se mezclaba con el sudor que, a pesar del frío, empapaba su camisa de algodón rústico.

Megumi se acercó en silencio, disfrutando de la vista antes de hacerse notar. Había algo profundamente honesto en la forma en que Yuji trabajaba la tierra; no había pretensión, solo supervivencia y fuerza.

—Si sigues golpeando con esa saña, no quedará madera para la chimenea, solo astillas —dijo Megumi, saliendo de entre los árboles.

Yuji se detuvo en seco, dejando caer el hacha. Una sonrisa radiante, capaz de derretir el hielo más antiguo de las montañas, iluminó su rostro.

—¡Fushiguro! —exclamó, limpiándose la frente con el antebrazo—. Pensé que la nieve de anoche te mantendría encerrado. Tu padre debe estar de un humor de perros con este clima.

—Mi padre cree que estoy durmiendo una siesta reparadora —respondió Megumi, acercándose hasta quedar a pocos pasos—. Gojo me ayudó a cubrir mi rastro. Creo que ese hombre disfruta engañando a mi padre tanto como yo disfruto de la libertad.

Yuji soltó una carcajada y se acercó a él. Sin mediar palabra, tomó las manos de Megumi entre las suyas. Ya no había guantes que las protegieran, solo la piel desnuda encontrándose con la calidez rugosa del Alfa.

—Estás helado —murmuró Yuji, frunciendo el ceño con preocupación—. Ven adentro. He puesto a calentar un poco de té de hierbas que dejó mi abuelo.

—Primero terminemos con esto —insistió Megumi, señalando la leña—. He venido a ayudarte, no solo a ser una carga.

Yuji negó con la cabeza, divertido.

—No eres una carga, pero tus manos no están hechas para cargar troncos, Megumi.

—Mis manos están hechas para lo que yo decida —replicó el Omega con esa terquedad que tanto fascinaba a Yuji—. Dame esa cesta.

Pasaron la siguiente hora trabajando juntos. Megumi recogía las piezas pequeñas y las apilaba con un orden meticuloso que hacía sonreír a Yuji, mientras este se encargaba de las piezas más pesadas. En ese espacio compartido, lejos de las miradas de adoración y los susurros de "milagro", Megumi se sentía humano. No era un símbolo de fertilidad ni una bendición divina; era simplemente un joven de quince años ayudando al chico que le gustaba.

Cuando la luz del sol comenzó a desvanecerse, tiñendo la nieve de un color violeta melancólico, se refugiaron en la cabaña. El interior olía a madera quemada, a té de jengibre y a ese aroma personal de Yuji que Megumi ya empezaba a identificar como su hogar.

—Quítate el abrigo, Megumi. Te mojarás si la nieve se derrite sobre la lana —dijo Yuji mientras avivaba el fuego.

Megumi obedeció. Se quitó la capa pesada, la bufanda azul y, por primera vez, se sintió lo suficientemente seguro como para ir más allá. Con dedos temblorosos debido al frío y a los nervios, comenzó a desabotonar la camisa de cuello alto que Toji le obligaba a usar para ocultar su cuello.

Yuji, que estaba de rodillas frente a la chimenea, se quedó inmóvil al escuchar el roce de la tela. Se giró lentamente y vio a Megumi despojándose de las capas que lo asfixiaban. Bajo la camisa, el Omega vestía una camisola ligera de seda blanca. Sus hombros eran delgados, su piel tenía el brillo de la leche bajo la luz de las llamas y su cuello, largo y elegante, estaba finalmente expuesto.

El Alfa tragó saliva, sintiendo que su instinto rugía de una forma que nunca antes había experimentado. No era lujuria ciega; era una mezcla de asombro y una necesidad desgarradora de proteger esa vulnerabilidad.

—Te ves... —Yuji se quedó sin palabras.

—Me siento ligero —dijo Megumi, dejando caer la camisa pesada sobre un banco—. Odio esas ropas. Siento que cada botón es un recordatorio de que no soy dueño de mí mismo. Pero aquí, contigo...

Megumi se acercó a Yuji y se sentó en el suelo, frente a él. La diferencia de tamaño era evidente, pero la conexión entre sus ojos nivelaba cualquier disparidad física. Yuji extendió una mano y, con una delicadeza extrema, recorrió la línea de la mandíbula de Megumi hasta llegar a su cuello.

—Tu padre me cortaría las manos si supiera que te estoy mirando así —susurró Yuji.

—Mi padre no está aquí —respondió Megumi, cerrando los ojos ante el contacto—. Solo estamos nosotros.

Yuji se inclinó hacia adelante, capturando los labios de Megumi en un beso que ya no era el roce tímido del cementerio. Este era un beso profundo, hambriento, que sabía a la urgencia de los amores prohibidos. Megumi soltó un pequeño gemido y se aferró a los hombros de Yuji, tirando de él para acortar cualquier distancia.

La lengua de Yuji delineó el labio inferior de Megumi antes de pedir permiso para entrar, y cuando Megumi se lo concedió, el mundo exterior desapareció por completo. El calor de la chimenea no era nada comparado con el fuego que corría por las venas del Omega. Se sentía abrumado por las sensaciones: el sabor a té de Yuji, la aspereza de sus manos contra su piel fina, el peso reconfortante de un Alfa que no quería dominarlo, sino adorarlo.

Se separaron jadeando, con las frentes apoyadas la una contra la otra.

—Eres demasiado para este pueblo, Megumi —dijo Yuji, su voz vibrando en el pecho del otro—. A veces tengo miedo de que, si parpadeo, te desvanezcas como la nieve al sol.

—No me voy a desvanecer —prometió Megumi, acariciando el cabello rosado de Yuji—. He pasado quince años esperando a alguien que me mirara y viera a Megumi, no a una bendición. No voy a soltar eso ahora que lo he encontrado.

Yuji sonrió y besó la punta de su nariz, tratando de disipar la intensidad del momento con un poco de su habitual alegría.

—Bueno, "Megumi", si vas a seguir quitándote la ropa, tendré que poner más leña al fuego o te resfriarás antes de que podamos planear nuestra huida a la ciudad.

Megumi soltó una risita, un sonido raro y cristalino que rara vez se escuchaba en la mansión Fushiguro. Se dejó caer hacia atrás, apoyando la cabeza en el regazo de Yuji, observando las sombras que las llamas proyectaban en el techo de vigas de madera.

—Háblame de la ciudad otra vez, Yuji —pidió—. Háblame de los trenes y de las luces que nunca se apagan.

Yuji comenzó a acariciar el cabello azabache de Megumi, desenredando los nudos que el viento del invierno había formado.

—Los trenes son como bestias de metal que rugen —comenzó Yuji con voz suave—, pero te llevan a lugares donde nadie sabe tu nombre. Y las luces... bueno, por la noche, las calles de Tokio brillan tanto que parece que las estrellas han bajado a caminar entre nosotros. Hay teatros, hay bibliotecas gigantescas y hay parques donde los Omegas y los Alfas caminan de la mano sin que nadie se persigne al verlos.

—¿Crees que podríamos caminar así nosotros? —preguntó Megumi, cerrando los ojos, imaginando la escena—. ¿Sin guantes? ¿Sin miedo?

—Te lo prometo —dijo Yuji con una convicción que no dejaba lugar a dudas—. Algún día, te llevaré a un lugar donde la única razón por la que la gente se detenga a mirarte sea porque eres la persona más hermosa que han visto, y no porque crean que les vas a conceder un deseo.

Megumi se quedó en silencio, saboreando la promesa. En ese momento, en la pequeña cabaña rodeada de nieve, la ciudad parecía un sueño lejano, pero el calor de Yuji era real. Era la primera vez que Megumi sentía que su cuerpo le pertenecía, que su belleza no era una carga pública, sino un regalo que él decidía compartir con quien amaba.

—Yuji... —murmuró Megumi tras un rato—. A veces, cuando estoy en casa y mi padre me mira con esa tristeza en los ojos, me siento culpable. Sé que perdió a mi madre y que soy todo lo que le queda. Pero luego recuerdo este frío, y recuerdo tus manos, y me doy cuenta de que no puedo vivir mi vida para compensar su pérdida.

Yuji suspiró, continuando con sus caricias.

—Tu padre te ama, Megumi. Pero el amor de Toji es como una tormenta de nieve; intenta protegerte del mundo exterior, pero acaba congelándote por dentro. Él tiene que aprender que un milagro no es algo que se guarda en una caja fuerte. Un milagro es algo que debe volar.

—Él nunca lo entenderá —dijo Megumi con tristeza—. Él ve el mundo como una amenaza.

—Entonces tendremos que ser más fuertes que sus miedos —concluyó Yuji—. Pero por ahora, olvida a Toji. Olvida al pueblo. Solo somos tú y yo.

Megumi se incorporó un poco y buscó de nuevo los labios de Yuji. Esta vez, el beso fue lento, una exploración meticulosa de cada rincón de sus sentimientos. Megumi se permitió relajarse, dejando que sus manos vagaran por el pecho musculoso de Yuji, sintiendo los latidos constantes de un corazón que latía solo para él.

Pasaron las horas entre susurros y caricias castas pero cargadas de una intimidad que trascendía lo físico. Megumi se permitió quitarse también los calcetines, dejando que Yuji masajeara sus pies fríos, riendo cuando el Alfa le hacía cosquillas sin querer. Eran momentos de una cotidianidad que Megumi nunca había conocido, una "normalidad" que para él era el verdadero milagro.

Sin embargo, el tiempo siempre era el enemigo. El reloj de pared de la cabaña marcó las nueve, y Megumi supo que debía partir antes de que Toji hiciera su ronda nocturna final.

—Tengo que irme —dijo Megumi con un suspiro, buscando su camisa en el suelo.

—Lo sé —respondió Yuji, ayudándolo a vestirse. Se aseguró de abotonar cada botón de la camisa de cuello alto, ocultando de nuevo la piel que hace unos momentos había estado expuesta solo para él—. Pero no estés triste. Mañana Gojo tiene que ir a la botica de la aldea vecina y me ha pedido que lo acompañe. Pasaremos cerca de tu jardín.

Megumi sonrió mientras se ponía la bufanda azul.

—Estaré en la ventana de la biblioteca.

Yuji lo acompañó hasta la puerta. El frío los recibió con una ráfaga violenta, pero Megumi ya no temblaba. El calor que llevaba dentro era suficiente para atravesar cualquier tormenta.

—Ten cuidado, Megumi —dijo Yuji, dándole un último beso rápido en la frente—. Y recuerda lo que te dije. La primavera vendrá.

—La primavera ya está aquí —respondió Megumi, señalando su propio corazón antes de echarse a correr por el sendero nevado.

Yuji se quedó en el porche hasta que la silueta de Megumi se perdió entre los árboles. Sabía que el camino que tenían por delante sería peligroso. Toji Fushiguro no era un hombre que aceptara la derrota con facilidad, y el pueblo de Sugisawa no soltaría su "bendición" sin luchar. Pero mientras miraba las huellas de Megumi en la nieve, Yuji sintió una determinación inquebrantable.

Él no era un sabio como su abuelo, ni un guerrero como Toji. Era solo un joven Alfa que se había enamorado de un milagro que quería ser humano. Y por ese humano, estaba dispuesto a derribar cada muro, cada tradición y cada prejuicio del siglo XX.

Megumi llegó a la mansión justo a tiempo. Entró por la ventana de la cocina, se quitó las botas mojadas y subió las escaleras con la agilidad de un gato. Al entrar en su habitación, se lanzó sobre la cama, aún respirando con dificultad. Su cuello todavía conservaba el hormigueo del tacto de Yuji, y sus labios aún guardaban el sabor de aquel té de hierbas amargo y dulce.

Se miró en el espejo de su tocador. Ya no veía a la muñeca de porcelana que su padre intentaba preservar. Veía a un joven con los ojos brillantes, las mejillas encendidas por el frío y el alma despierta.

—Ya no soy tu milagro, padre —susurró Megumi a la oscuridad de la habitación—. Soy de Yuji. Y sobre todo, soy mío.

Afuera, la nieve seguía cayendo, borrando las huellas de su escapada. Pero nada podía borrar el cambio que se había operado en él. El invierno de Sugisawa podía ser eterno, pero Megumi Fushiguro ya había descubierto que el fuego más potente no se encontraba en las chimeneas, sino en el roce clandestino de dos manos que se negaban a vivir en las sombras.