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Soccer

Bajo el cielo de Castelldefels

La cena en casa de los Gonzales no era una cena cualquiera; era un banquete de bienvenida que olía a hogar, a croquetas de la madre de Pedri y a esa paz que Nicolle solo encontraba entre aquellas paredes. El salón estaba iluminado con una luz cálida, y el bullicio de las risas llenaba cada rincón. Sin embargo, a pesar de la alegría, Pedri no podía evitar observar a su hermana con ese ojo clínico que solo un hermano mayor que ha ejercido de padre y protector puede tener.

Nicolle estaba sentada entre él y Gavi, picando algo de comida mientras escuchaba una de las anécdotas exageradas de Pablo sobre el último entrenamiento. Se la veía feliz, sí, pero Pedri notaba cómo, de vez en cuando, sus ojos se perdían en la ventana o cómo sus dedos jugueteaban nerviosos con el borde de la servilleta. Sabía que las sombras del pasado, las que involucraban a su padre, no desaparecían solo con cruzar el Atlántico.

—¿Seguro que no quieres más, pequeña? —preguntó Pedri, acercándole la fuente de calamares—. Estás más delgada. ¿Es que en Estados Unidos solo comen hamburguesas?

—He comido bien, Pedri, no exageres —respondió Nicolle con una sonrisa suave—. Solo que tengo el estómago un poco cerrado por la emoción de estar aquí.

Gavi, que no le había soltado la mano por debajo de la mesa en toda la noche, apretó sus dedos con ternura.

—Déjala en paz, Pedri —intervino Gavi con ese tono medio en broma, medio en serio que siempre usaba con su mejor amigo—. Que acaba de llegar y ya la estás agobiando con la comida. Parece que quieres que se ponga como un lateral para que te ayude en la defensa.

—Lo que quiero es que recupere fuerzas —replicó Pedri, aunque su mirada se suavizó—. Alejandra, dile algo, que a ti te hace más caso.

Alejandra, que estaba sentada frente a ellos disfrutando de la escena, se limitó a reír.

—Déjalos, Pedri. Han pasado meses separados. Lo que Nicolle necesita es dormir en su cama, sin despertadores y sin pensar en zonas horarias.

La cena transcurrió entre bromas y planes para los próximos días. Hablaron de ir a la playa, de las próximas jornadas de Liga y de cómo Nicolle se integraría de nuevo en la rutina de Barcelona. Pero cuando la noche avanzó y los platos se retiraron, un silencio más íntimo se instaló en el salón. Los padres de Pedri se habían retirado a descansar, y Alejandra se despidió con un beso, prometiendo ver a Nicolle al día siguiente para una tarde de compras y confidencias.

Se quedaron los tres solos en la terraza, viendo las luces de Castelldefels a lo lejos. El aire era fresco, pero agradable.

—Oye, pequeña —dijo Pedri, apoyándose en la barandilla—. Sabes que he reforzado la seguridad de la casa, ¿verdad?

Nicolle suspiró, sabiendo a dónde iba esa conversación.

—Lo sé, Pedri. Me lo dijiste por teléfono hace un mes.

—No es solo por los paparazzi —continuó él, bajando la voz—. Es por él. He hablado con el abogado. Sigue en las islas, pero no quiero que te sientas desprotegida ni un segundo. Si necesitas que contrate a alguien para cuando salgas...

—No hace falta —interrumpió Gavi de inmediato, poniéndose de pie—. Para eso estoy yo. Si ese hombre se acerca a un kilómetro de ella, se las verá conmigo. Y ya sabes que yo no tengo mucha paciencia en el campo, imagínate fuera.

Nicolle miró a Gavi. Sus ojos rubios brillaban con una determinación feroz. A veces olvidaba que, detrás de esa cara de niño y de su risa contagiosa, había un hombre que se enfrentaba a los delanteros más temibles del mundo sin pestañear. Pero ver esa protección en él, sumada a la de su hermano, le generaba una mezcla de alivio y una punzada de culpa.

—No quiero ser una carga para ninguno de los dos —susurró Nicolle—. He vuelto para ser libre, no para que vivan con miedo por mi culpa.

Pedri se acercó y la rodeó con el brazo, pegándola a su costado.

—Nunca serás una carga. Eres mi hermana pequeña. Cuidarte es lo único que me importa, más que cualquier Champions o cualquier trofeo. Si estoy tranquilo en el campo es porque sé que estás bien.

—Y ahora que estás aquí —añadió Gavi, acercándose también—, no vamos a dejar que nada te borre esa sonrisa. Mañana tenemos entrenamiento suave, así que después te llevaré a ese sitio de la Barceloneta que tanto te gusta. Sin cámaras, sin presiones. Solo nosotros.

Nicolle asintió, sintiendo cómo el nudo en su garganta se deshacía.

—Gracias. A los dos.

—Bueno —dijo Pedri, rompiendo el momento sentimental con una palmada en la espalda de Gavi—, ya es tarde. Gavi, te vas a tu casa. No quiero encontrarte mañana durmiendo en el sofá de mi hermana.

—¡Venga ya, Pedri! —protestó Gavi, indignado—. ¡Si casi soy de la familia!

—Casi, casi —rio Pedri, empujándolo hacia la puerta—. Pero hoy Nicolle necesita descansar. Y yo necesito asegurarme de que no me robas el coche para escaparte con ella a las tres de la mañana.

Nicolle los observó pelear de forma amistosa, sintiendo que el mundo volvía a estar en su eje. Se despidió de Gavi en la puerta, un beso rápido pero intenso que le dejó el sabor de la promesa de un mañana mejor.

—Te quiero, pequeña —le susurró Gavi antes de irse.

—Y yo a ti, rubio.

Cuando la puerta se cerró, Pedri se quedó mirando a su hermana un momento más. La examinó de arriba abajo, asegurándose de que, efectivamente, estaba allí, a salvo.

—¿Estás bien de verdad? —preguntó con una seriedad que solo reservaba para ella.

—Estoy en casa, Pedri. Con eso basta.

—Mañana será un gran día —dijo él, besándole la coronilla—. Ve a dormir. Te he dejado tu sudadera favorita en la cama.

Nicolle subió las escaleras de la casa familiar, sintiendo el tacto de la madera bajo sus pies descalzos. Al entrar en su habitación, todo estaba tal cual lo había dejado, pero con ese olor a limpio que indicaba que su madre la había estado esperando cada día. Se puso la sudadera de Pedri, que le quedaba enorme, y se tumbó en la cama.

Por primera vez en mucho tiempo, no miró el teléfono con miedo a recibir un mensaje de un número desconocido. No revisó si la puerta estaba cerrada con doble llave. Simplemente cerró los ojos, escuchando el sonido lejano del mar y la respiración tranquila de su hermano en la habitación de al lado.

A la mañana siguiente, el sol de Barcelona entró con fuerza por la ventana. Nicolle se despertó con el sonido de unos golpes rítmicos en el jardín. Se asomó al balcón y vio a Pedri y Gavi abajo. El entrenamiento oficial era más tarde, pero ellos ya estaban allí, dándole toques a un balón de fútbol.

Gavi levantó la vista y, al verla, se le iluminó la cara.

—¡Buenos días, bella durmiente! —gritó, haciendo un pase largo hacia Pedri.

—¡Baja ya! —añadió Pedri—. ¡Mamá ha hecho tortitas!

Nicolle se rió, se cambió rápidamente y bajó las escaleras casi saltando. En la cocina, el ambiente era frenético. Su madre servía café mientras su padre (el de Pedri, el hombre que la había adoptado en el corazón como propia) leía el periódico deportivo.

—Mírala, si parece que nunca se fue —dijo su madre, abrazándola de nuevo.

—Déjala desayunar, mujer, que estos dos la van a volver loca con el fútbol antes de las diez —bromeó el padre.

Después del desayuno, mientras Pedri y Gavi se preparaban para irse a la Ciudad Deportiva, Gavi la arrinconó un momento en el pasillo.

—He pensado una cosa —dijo él, rascándose la nuca, un poco nervioso—. El domingo jugamos en casa. Quiero que vengas al palco.

Nicolle se tensó un poco. El palco significaba cámaras. Significaba que el mundo sabría que la hermana de Pedri y el "niño maravilla" del Barça seguían juntos y que ella estaba de vuelta.

—¿Estás seguro? —preguntó ella—. Sabes que no me gusta mucho llamar la atención.

—Quiero que estés allí —insistió Gavi, tomándole las manos—. Quiero dedicarte un gol. Bueno, si es que marco, que ya sabes que lo mío es más robar balones y pelearme con los delanteros. Pero si marco, será para ti.

—Me encantaría —aceptó ella, conmovida por el gesto.

—¡Gavi! ¡Mueve el culo! —gritó Pedri desde el coche, haciendo sonar el claxon—. ¡Xavi nos va a poner a correr series si llegamos tarde por tu culpa!

—¡Ya voy, pesado! —respondió Gavi, dándole un último beso a Nicolle—. Te veo luego. No abras a nadie que no sea Alejandra, ¿vale?

Nicolle se quedó en el porche viendo cómo el coche se alejaba. Por un momento, la soledad de la casa la hizo sentir un poco pequeña, pero luego recordó las palabras de su hermano. Ella era una Gonzales. Era fuerte. Había sobrevivido a lo peor y ahora le tocaba vivir lo mejor.

El resto de la mañana la pasó con su madre, ayudándola en el jardín y poniéndose al día de todos los cotilleos del barrio. Era una normalidad casi abrumadora, pero necesaria. Sin embargo, a media tarde, su teléfono vibró sobre la mesa de la terraza.

Era un número oculto.

El corazón de Nicolle dio un vuelco. El miedo, ese viejo conocido, intentó abrirse paso de nuevo por su garganta. Se quedó mirando la pantalla, dudando si contestar o no. Recordó la cara de Pedri, la determinación de Gavi. Recordó que ya no estaba sola en una residencia de estudiantes en otro continente.

Aceptó la llamada, pero no dijo nada.

—Hola, Nicolle.

La voz de su padre biológico era la misma: fría, manipuladora, cargada de ese falso arrepentimiento que tanto daño le había hecho.

—Sé que estás en Barcelona —continuó la voz—. No puedes esconderte de mí para siempre. Tu hermano cree que puede protegerte, pero la sangre es la sangre.

Nicolle sintió que el mundo se volvía borroso por un segundo, pero luego apretó el puño. Miró hacia la entrada de la casa, donde el coche de Pedri acababa de aparecer.

—No vuelvas a llamar a este número —dijo Nicolle con una voz que ni ella misma reconoció, firme y gélida—. Ya no soy la niña que podías asustar. Si te acercas a mí, a Pedri o a Pablo, te juro que te arrepentirás. Tengo una familia de verdad ahora. No vuelvas a buscarme.

Colgó antes de que él pudiera responder y, de inmediato, bloqueó el número. Respiró hondo, tratando de calmar los latidos de su pecho.

Cuando Pedri entró en la terraza, la vio allí de pie, un poco pálida. Su radar de hermano se activó al instante.

—¿Qué pasa? —preguntó, dejando la bolsa de deporte en el suelo y acercándose a ella—. ¿Ha pasado algo?

Nicolle lo miró. Podría habérselo ocultado, podría haber fingido que todo estaba bien, pero sabía que la base de su seguridad era la confianza con él.

—Me ha llamado, Pedri.

El rostro de Pedri se transformó. La calma habitual desapareció, sustituida por una expresión de pura furia contenida. Sus ojos se oscurecieron y sus mandíbulas se tensaron.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó, su voz ahora era un susurro peligroso.

—Que sabe que estoy aquí. Pero le he dicho que no vuelva a buscarme. Lo he bloqueado.

Pedri la tomó por los hombros y la miró fijamente a los ojos.

—Escúchame bien, Nicolle. No va a tocarte. Ni siquiera va a respirar el mismo aire que tú. Voy a llamar ahora mismo al abogado y a los de seguridad del club. Si hace falta, pongo un guardaespaldas en la puerta de tu habitación.

—No hace falta tanto, Pedri...

—Sí que hace falta —intervino Gavi, que acababa de entrar detrás de Pedri y había escuchado parte de la conversación—. Nicolle, no es broma. Ese tipo es peligroso.

Gavi se acercó a ella, y por primera vez, Nicolle vio al central del Barcelona en modo "partido de máxima tensión". Su postura era rígida, su mirada alerta.

—No tengas miedo —dijo Gavi, suavizando el tono solo para ella—. Mañana mismo vamos a cambiar tu número. Y no vas a ir a ningún sitio sola hasta que estemos seguros de que se ha largado de vuelta a su agujero.

Nicolle asintió, sintiéndose protegida pero también un poco abrumada.

—Solo quiero ser normal —susurró ella.

—Lo serás —prometió Pedri, abrazándola con fuerza—. Pero primero vamos a asegurarnos de que nadie perturbe tu paz. Eres mi pequeña, y nadie toca a mi familia.

Esa noche, el ambiente en la casa era más serio, pero no por ello menos unido. Pedri se pasó horas al teléfono, haciendo gestiones con una eficacia que sorprendió a Nicolle. Gavi, por su parte, no se movió de su lado. Vieron una película en el sofá, aunque ninguno de los dos prestó mucha atención a la pantalla.

—¿Sabes qué? —dijo Gavi de repente, rompiendo el silencio—. Mañana, después del entrenamiento, vamos a ir a ver el atardecer al Búnker del Carmel. Estaremos nosotros dos, con un par de amigos de seguridad si Pedri se pone muy pesado, pero vamos a disfrutar de Barcelona. No vas a vivir encerrada.

Nicolle sonrió, apoyando la cabeza en su hombro.

—Gracias, Pablo. Por estar aquí.

—Siempre voy a estar aquí, Nicolle. A 10 centímetros de distancia, como dice tu hermano, o a mil kilómetros, pero siempre contigo.

La vuelta de Nicolle a Barcelona no iba a ser un camino de rosas, eso estaba claro. Las sombras del pasado seguían acechando, pero ahora tenía algo que antes no tenía: un ejército personal. Tenía a un hermano que era capaz de mover cielo y tierra por ella, y a un novio que la amaba con la misma intensidad con la que jugaba cada minuto en el Camp Nou.

Mientras el sueño empezaba a vencerla, Nicolle se dio cuenta de que el regreso no era solo volver geográficamente a un lugar. Era volver a sentirse dueña de su vida. Y con Pedri y Gavi a su lado, sabía que la luz del sol de Barcelona acabaría por disipar cualquier sombra, por larga que fuera. La pequeña de los Gonzales estaba en casa, y esta vez, nadie iba a lograr que se fuera.