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Bajo la sombra de los Búnkers
El amanecer en Barcelona trajo consigo una calma tensa. Nicolle se despertó antes de que la alarma de su móvil —ahora con un número nuevo que solo cinco personas conocían— empezara a sonar. Se quedó mirando el techo de su habitación, escuchando el lejano rumor de la ciudad despertando. La llamada del día anterior todavía resonaba en su cabeza como un eco sucio, pero al bajar a la cocina y ver a Pedri preparando café con la mirada fija en su tableta, analizando jugadas, el miedo se disipó un poco.
—¿Has dormido algo, pequeña? —preguntó Pedri sin levantar la vista, aunque su tono delataba que él tampoco había descansado mucho.
—Lo suficiente —mintió ella, acercándose para servirse una taza—. ¿Has hablado con el club?
—Sí. —Pedri dejó la tableta sobre la encimera y se giró hacia ella. Tenía unas ligeras ojeras, pero sus ojos castaños estaban llenos de una determinación inquebrantable—. He hablado con el jefe de seguridad. Han reforzado la vigilancia en los alrededores de la casa y en la Ciudad Deportiva. Además, el abogado ha solicitado una ampliación de la orden de alejamiento alegando acoso telefónico. No te va a pasar nada, Nicolle. Te lo prometo por lo que más quiero.
Nicolle asintió, refugiándose en el calor de la taza. Sabía que Pedri se sentía responsable. Desde que eran niños, él había asumido el papel de escudo, interponiéndose entre ella y la volatilidad de un padre que nunca supo serlo. A veces le dolía que su hermano tuviera que cargar con ese peso mientras intentaba ser uno de los mejores futbolistas del mundo, pero también sabía que no podía ganar esta batalla sola.
—Gavi llegará en diez minutos —dijo Pedri, intentando aligerar el ambiente—. Dice que ha traído cruasanes de esa pastelería que te gusta. Está más nervioso que tú, si es que eso es posible.
—Pablo siempre exagera —rio Nicolle, sintiendo un cosquilleo al pensar en él.
—No es exageración, pequeña. Es que te quiere. A su manera bruta y de central agresivo, pero te quiere —añadió Pedri con una sonrisa de medio lado—. Aunque sigo pensando que debería mantener las distancias. Diez centímetros, Nicolle. Ni uno menos.
Justo en ese momento, el timbre sonó con una insistencia rítmica que solo podía pertenecer a una persona. Gavi entró en la casa como un torbellino, con una bolsa de papel en una mano y las llaves del coche en la otra. Se veía impecable con la ropa de entrenamiento del Barça, pero su rostro se iluminó de una forma especial al ver a Nicolle.
—¡Ya estoy aquí! —anunció, dejando la bolsa sobre la mesa y rodeando la cintura de Nicolle con un brazo antes de que Pedri pudiera protestar—. ¿Cómo estás? ¿Has descansado? ¿Has desayunado? ¿Necesitas algo?
—Respira, Pablo —dijo ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Estoy bien.
—He estado pensando toda la noche —dijo Gavi, ignorando por completo la mirada de advertencia de Pedri—. Después del entreno, nos vamos directos a los Búnkers. He hablado con un amigo que tiene un contacto allí para que nos dejen una zona un poco más apartada de los turistas. Quiero que veas el atardecer sin pensar en nada más que en lo bonita que es esta ciudad.
—Me parece un plan perfecto —respondió Nicolle.
La mañana pasó lenta para ella. Mientras los chicos estaban en la Ciudad Deportiva, Nicolle se quedó con Alejandra, que había ido a hacerle compañía. Estuvieron organizando la ropa que Nicolle había traído de Estados Unidos, llenando el armario de nuevo, un gesto que se sentía como echar raíces otra vez.
—No dejes que él gane, Nic —le dijo Alejandra mientras doblaba una sudadera—. Tu padre solo tiene el poder que tú le des. Aquí tienes a Pedri, a Gavi, me tienes a mí... y tienes a todo un club que te protegería si hiciera falta. Eres intocable.
—Lo sé —susurró Nicolle—. Es solo que... a veces siento que mi presencia aquí les complica la vida. Mira a Pedri, está más pendiente de las cámaras de seguridad que de su recuperación.
—Pedri es feliz cuidándote. Es su forma de ser. Y Gavi... bueno, Gavi simplemente está contando los minutos para que termine el entrenamiento y pueda volver a verte.
A las cuatro de la tarde, el coche de Gavi aparcó frente a la casa. Esta vez venía solo. Pedri se había quedado en el gimnasio haciendo trabajo extra, pero le había enviado a Nicolle un mensaje: "Disfruta. Gavi lleva un guardaespaldas del club en el coche de atrás por si acaso. No te agobies, es solo precaución. Te quiero".
Nicolle subió al coche de Gavi y él le tomó la mano de inmediato, entrelazando sus dedos sobre la palanca de cambios.
—¿Lista para las mejores vistas de Barcelona? —preguntó él con esa chispa de travesura en los ojos.
—Contigo siempre —respondió ella.
Condujeron hacia la parte alta de la ciudad, subiendo por las calles empinadas que llevaban al Turó de la Rovira. Gavi conducía con una mano, relajado, contándole anécdotas sobre Ferran Torres y cómo se había picado con él durante un rondo esa mañana. Nicolle lo escuchaba, deleitándose en la normalidad de su voz, en la forma en que su acento se marcaba cuando se emocionaba.
Al llegar a los Búnkers del Carmel, el sol empezaba a teñir el cielo de tonos anaranjados y violetas. Tal como Gavi había prometido, se instalaron en una zona un poco más elevada, lejos del bullicio de los grupos de jóvenes que subían con música y bebidas. El aire allí arriba era puro y soplaba con una brisa que refrescaba el ambiente.
Se sentaron sobre una manta que Gavi había sacado del maletero. A sus pies, Barcelona se extendía como un tapiz infinito: la Sagrada Familia destacando entre los edificios, el mar brillando al fondo y las luces de la ciudad empezando a parpadear.
—Es increíble —susurró Nicolle, abrazándose a sus rodillas.
Gavi se sentó detrás de ella, rodeándola con sus brazos y apoyando la barbilla en su hombro.
—Hacía mucho tiempo que quería traerte aquí —dijo él—. En las videollamadas siempre te decía que te enseñaría mi lugar favorito.
—Gracias por esto, Pablo. De verdad.
Se quedaron en silencio un rato, simplemente disfrutando de la compañía del otro. Por primera vez desde que aterrizó, Nicolle sintió que los músculos de su espalda se relajaban por completo. No había llamadas ocultas, no había sombras, solo el chico que amaba y una ciudad que la acogía.
—¿Tienes miedo de lo que pase el domingo? —preguntó Gavi de repente—. Por lo de ir al estadio.
—Un poco —confesó ella—. No por las cámaras, sino por si él intenta algo. Pedri dice que es imposible que entre, pero...
—Escúchame —dijo Gavi, girándola ligeramente para que lo mirara a los ojos—. En ese estadio hay cien mil personas, pero también hay cientos de agentes de seguridad. Y en el campo, estaré yo. Cada vez que robe un balón, cada vez que dé un pase, voy a mirar hacia donde estés tú. Eres mi motivación, Nicolle. No voy a dejar que ese hombre arruine tu regreso.
—A veces olvido que eres tan intenso —rio ella, acariciándole la mejilla—. El "Gavi" del campo y el "Pablo" que está aquí conmigo son muy diferentes.
—En el campo tengo que ser un animal para que no nos marquen —admitió él con una sonrisa encogida—. Pero contigo... contigo solo quiero ser yo. El chico que te esperaba despierto hasta las cuatro de la mañana porque en Estados Unidos era tarde y quería darte las buenas noches.
Nicolle se inclinó y lo besó. Fue un beso que sabía a libertad, a reencuentro y a la promesa de un futuro que ya no parecía tan incierto. Gavi la estrechó más contra sí, como si quisiera fundirse con ella, protegiéndola del mundo exterior con su propio cuerpo.
—Te he traído algo —dijo él después de separarse, buscando en el bolsillo de su sudadera.
Sacó una pequeña caja de terciopelo. Nicolle abrió los ojos de par en par.
—Pablo, ¿qué es esto?
—No es un anillo de compromiso, tranquila —rio él, aunque sus mejillas se tiñeron de un ligero rojo—. Es solo... una promesa.
Dentro de la caja había una fina cadena de oro con una pequeña medalla grabada. Por un lado tenía la fecha en la que empezaron a salir a distancia, y por el otro, una frase sencilla: "Siempre en casa".
—Para que cuando sientas miedo, la toques y recuerdes que tu casa no es un lugar, sino la gente que te quiere —explicó Gavi, con la voz algo ronca por la emoción—. Estás aquí, Nicolle. Y nadie va a volver a sacarte de tu casa.
Nicolle sintió que las lágrimas acudían a sus ojos, pero esta vez eran lágrimas de felicidad. Se giró para que él pudiera ponerle la cadena. El metal frío contra su piel se sintió como un amuleto, una armadura invisible contra cualquier mal.
—Es preciosa —susurró ella, acariciando la medalla—. Gracias, de verdad.
—No me des las gracias —dijo él, besándole el cuello—. Solo prométeme que vas a intentar ser feliz aquí. Que no vas a dejar que el pasado te robe el presente.
—Te lo prometo.
Se quedaron allí hasta que el sol desapareció por completo y las estrellas empezaron a asomar. La ciudad bajo ellos era un mar de luces doradas. En ese momento, Nicolle se sintió invencible. Tenía a su hermano, que era su roca; tenía a Gavi, que era su corazón; y se tenía a sí misma, una mujer que había decidido dejar de huir.
Al bajar de los Búnkers y subir al coche, el teléfono de Gavi sonó. Era Pedri.
—¿Dónde estáis? —preguntó la voz de su hermano por el altavoz—. Mamá ha hecho cena y ya es tarde. Gavi, espero que estés cumpliendo la regla de los diez centímetros.
—¡Que sí, pesado! —exclamó Gavi rodando los ojos—. Ya vamos para allá. Ten las croquetas listas.
—Más te vale —advirtió Pedri, aunque se notaba su alivio al escucharlos reír—. Nicolle, pequeña, ¿estás bien?
—Estoy muy bien, Pedri —respondió ella con firmeza—. Estoy mejor que nunca.
El viaje de vuelta fue tranquilo. Gavi puso música suave y Nicolle se dedicó a observar las calles de la ciudad que tanto había extrañado. Al llegar a la casa de Castelldefels, vieron que todas las luces estaban encendidas. Pedri los esperaba en el porche, con los brazos cruzados y una expresión que intentaba ser seria pero que terminaba en una sonrisa de satisfacción al verlos llegar sanos y salvos.
—Mañana es el último entrenamiento antes del partido —dijo Pedri mientras entraban en la casa—. Xavi ha preguntado por ti, Nicolle. Dice que te quiere ver en el palco el domingo, que eres el amuleto de la suerte de este equipo.
—¿Xavi ha dicho eso? —preguntó ella sorprendida.
—Bueno, quizá yo le he dicho que estás aquí y él se ha alegrado mucho —admitió Pedri encogiéndose de hombros—. Todo el vestuario se alegra de que hayas vuelto. Eres parte de la familia del Barça también.
Esa noche, la cena fue una celebración tranquila. Hablaron del partido, de la táctica y de cómo Nicolle iba a empezar a mirar universidades en Barcelona para continuar sus estudios. El tema de su padre no volvió a salir, no porque lo hubieran olvidado, sino porque habían decidido que no merecía ni un segundo más de su tiempo.
Cuando Gavi se despidió para irse a su casa, se detuvo un momento en la puerta con Nicolle, mientras Pedri fingía estar muy ocupado revisando unos papeles en el salón.
—El domingo será un gran día —susurró Gavi—. Vas a ver cómo ruge el estadio cuando digan tu nombre por megafonía.
—¿Van a decir mi nombre? —preguntó ella asustada.
—No, tonta, es broma —rio él, dándole un beso rápido—. Pero lo sentirás. Sentirás que todo el mundo está de tu lado.
Nicolle cerró la puerta y se apoyó en ella, suspirando. Pedri se acercó y la miró con ternura.
—Has crecido mucho este año, pequeña —dijo él—. Ya no tienes esa mirada de susto que tenías antes de irte a USA.
—Es porque ahora sé que no tengo que correr más, Pedri.
—Nunca más —afirmó él—. Ahora, a la cama. El domingo tenemos un partido que ganar, y tú tienes que estar radiante en ese palco.
Nicolle subió a su habitación, se puso la sudadera de su hermano y se acostó. Tocó la medalla que Gavi le había regalado y cerró los ojos. Por primera vez en años, el silencio de la noche no se sentía vacío ni peligroso. Se sentía como una caricia. Estaba en Barcelona, estaba con los suyos, y el futuro, por fin, le pertenecía solo a ella. La pequeña de los Gonzales no solo había vuelto; había reclamado su lugar en el mundo, y nada ni nadie iba a ser capaz de arrebatárselo de nuevo.