Soccer
Entre el rugido y la calma
El domingo amaneció con ese azul intenso que solo el cielo de Barcelona sabe lucir cuando hay partido grande. Nicolle se despertó con una sensación de hormigueo en las manos, una mezcla de adrenalina y una pizca de esa ansiedad residual que todavía intentaba aferrarse a ella. Se miró en el espejo del baño y se tocó la medalla que Gavi le había regalado en los Búnkers; el metal estaba tibio contra su piel, un recordatorio constante de que ya no estaba sola en la trinchera.
Abajo, el ambiente era eléctrico. Pedri ya estaba desayunando, concentrado, con esa mirada de "modo partido" que lo transformaba por completo. A pesar de su juventud, manejaba la presión con una madurez asombrosa, pero Nicolle sabía que hoy, parte de esa concentración estaba dividida. Lo veía en la forma en que revisaba su teléfono cada pocos minutos y en cómo se aseguraba de que los cristales de la casa estuvieran bien cerrados.
—¿Nerviosa, pequeña? —preguntó Pedri cuando la vio entrar en la cocina.
—Un poco —admitió ella, sirviéndose un zumo—. No estoy acostumbrada a ser el centro de atención, y menos en un palco.
—Nadie te va a molestar —aseguró él, levantándose para darle un beso en la frente—. Alejandra estará contigo todo el tiempo. Y he hablado con el jefe de prensa; no habrá fotos oficiales tuyas a menos que tú lo pidas. Solo quiero que disfrutes viendo cómo le ganamos al Atlético.
—¿Tan seguro estás? —bromeó ella, intentando relajar la tensión.
—Con Gavi en el campo mordiendo tobillos y yo filtrando pases, no tienen nada que hacer —dijo Pedri con una sonrisa confiada—. Por cierto, Pablo me ha llamado hace diez minutos. Dice que si no te pones la camiseta que te dejó ayer, no piensa marcar.
Nicolle se rió. Gavi le había entregado una de sus camisetas de la temporada pasada, con el número 6 y su nombre a la espalda, insistiendo en que le daría suerte.
—Dile que me la pondré, pero que marque de todas formas.
El trayecto hacia el Estadio Olímpico Lluís Companys —la casa temporal del equipo mientras terminaban las obras del Camp Nou— fue escoltado por un discreto coche de seguridad. Al llegar, la marea azulgrana ya inundaba las calles. Nicolle sintió un nudo en el estómago al ver a tantos aficionados, pero Alejandra la tomó del brazo en cuanto bajaron del coche en la zona privada de jugadores.
—Tú tranquila, Nic. Hoy eres la reina del estadio —le susurró Alejandra con un guiño.
Subieron al palco de familiares, un espacio acristalado y cómodo donde el olor a césped recién cortado y el sonido de los cánticos empezaban a filtrarse. Nicolle se sentó en la primera fila, ocultando sus ojos tras unas gafas de sol, aunque se sentía protegida por el cristal blindado.
Abajo, en el calentamiento, divisó pronto a las dos figuras que conocía tan bien. Pedri se movía con elegancia, haciendo ejercicios de control de balón, mientras que Gavi parecía un resorte a punto de saltar, saltando y haciendo sprints cortos con una intensidad que hacía que el público ya coreara su nombre.
De repente, Gavi se detuvo y miró hacia arriba. Sabía exactamente dónde estaba el palco de las familias. Buscó con la mirada hasta que sus ojos se encontraron con los de Nicolle. Él levantó una mano y se tocó el pecho, justo donde ella llevaba la medalla, antes de volver al ejercicio.
—Ese chico está perdido por ti —comentó Alejandra, sentándose a su lado—. Mira que es bruto en el campo, pero contigo es de plastilina.
El partido comenzó con una intensidad asfixiante. El Atlético de Madrid presionaba arriba, pero Pedri manejaba los hilos del centro del campo con una calma que parecía insultante para los rivales. Nicolle observaba cada movimiento, sufriendo con cada entrada fuerte que recibía su hermano y conteniendo el aliento cada vez que Gavi se lanzaba al suelo para recuperar un balón.
A los treinta minutos de la primera parte, ocurrió. Pedri recuperó un balón en la frontal del área y, con un giro de tobillo que dejó a dos defensas mirando al vacío, filtró un pase milimétrico. Gavi, que había iniciado una carrera desde atrás, apareció como un rayo, controló con el pecho y, sin dejar que la pelota tocara el suelo, soltó un latigazo que se coló por la escuadra derecha.
El estadio estalló. Nicolle se puso de pie de un salto, gritando y aplaudiendo mientras las lágrimas de emoción acudían a sus ojos.
Abajo, Gavi no corrió hacia el córner ni se deslizó por el césped. Se plantó frente a la grada principal, buscó el palco de Nicolle y, con una sonrisa de oreja a oreja, formó un corazón con las manos antes de señalar hacia arriba con insistencia. Pedri llegó corriendo y lo levantó en vilo, ambos riendo, compartiendo un secreto que solo ellos tres conocían.
—¡Te lo ha dedicado! —gritó Alejandra entre el estruendo—. ¡Joder, Nic, te lo ha dedicado delante de todo el mundo!
Nicolle se sentó, con el corazón latiéndole a mil por hora. En ese momento, el miedo al pasado, las llamadas de su padre y la incertidumbre del regreso parecieron desvanecerse bajo el grito de sesenta mil personas. Se sintió poderosa, amada y, sobre todo, segura.
Sin embargo, en el descanso, mientras Alejandra iba a buscar algo de beber, el teléfono de Nicolle vibró en su regazo. Un mensaje de un número desconocido.
"Qué bonito el gol. Lástima que la felicidad no sea eterna. Disfruta del palco, Nicolle. Te queda bien el lujo".
El color desapareció del rostro de Nicolle. Miró hacia las gradas, hacia la gente que caminaba por los pasillos, sintiendo una repentina claustrofobia. ¿Estaba allí? ¿Había conseguido entrar?
—¿Nic? ¿Qué pasa? —Alejandra volvió y la encontró pálida, con el teléfono temblando en su mano.
—Me ha escrito —susurró Nicolle—. Alejandra, creo que está aquí. En el estadio.
Alejandra no perdió un segundo. Llamó a uno de los guardias de seguridad que custodiaban la entrada del palco. En menos de dos minutos, el jefe de seguridad del club, un hombre corpulento y de mirada severa llamado Ferrán, estaba frente a ellas.
—Enséñeme el mensaje, señorita Gonzales —pidió con calma profesional.
Nicolle le entregó el teléfono. Ferrán leyó el texto y asintió para sí mismo.
—No se asuste. Tenemos cámaras de reconocimiento facial en todos los accesos. Si este hombre ha intentado entrar con su nombre real, ya lo sabríamos. Si ha entrado camuflado, lo encontraremos. Pero por favor, no se mueva de aquí. Este palco es el lugar más seguro de Barcelona ahora mismo.
—¿Se lo van a decir a mi hermano? —preguntó Nicolle, con la voz quebrada—. No quiero que se desconcentre, queda toda la segunda parte.
—No les diremos nada hasta que pite el final —aseguró Ferrán—. Pero voy a poner a dos hombres más en la puerta trasera. Usted disfrute del partido. Aquí no va a entrar nadie.
La segunda parte fue un borrón para Nicolle. Intentaba seguir el juego, pero sus ojos no dejaban de escanear a la multitud. Cada vez que alguien se levantaba o hacía un movimiento brusco, ella se tensaba. Pedri y Gavi seguían jugando de forma magistral, ajenos al drama que se desarrollaba a pocos metros de ellos.
Cuando el árbitro pitó el final con un 2-0 a favor del Barça, Nicolle no sintió la alegría del principio, sino un alivio pesado. Alejandra la abrazó con fuerza.
—Ya ha terminado, Nic. Ahora vamos abajo. Estarás con ellos.
Bajaron por los pasillos internos, escoltadas por tres agentes de seguridad. El túnel de vestuarios era un caos de periodistas, técnicos y jugadores sudorosos. Pedri fue el primero en verlas. Venía riendo con Robert Lewandowski, pero su sonrisa se borró en cuanto vio la cara de su hermana y el despliegue de seguridad que la rodeaba.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Pedri, acercándose a ellas a paso rápido. Su voz era un trueno—. Nicolle, mírame. ¿Qué ha pasado?
—Ha enviado otro mensaje, Pedri —dijo Alejandra, ya que Nicolle no encontraba las palabras—. Dice que estaba aquí.
Gavi apareció justo en ese momento, con la camiseta empapada y el pelo alborotado. Al escuchar las palabras de Alejandra, su expresión se volvió gélida. Soltó la botella de agua que llevaba, que rodó por el suelo del túnel.
—¿Que estaba aquí? —Gavi miró a Ferrán con una furia que asustó a los presentes—. ¿Cómo cojones ha entrado? ¿Para qué pagamos seguridad si ese malnacido puede entrar al estadio?
—Tranquilo, Pablo —intervino Ferrán—. No tenemos constancia de que haya pasado los tornos. Probablemente sea un farol para asustarla, un mensaje enviado desde las inmediaciones o mediante una VPN. Hemos revisado las cámaras y no hay rastro de él.
—Me da igual si es un farol —gruñó Pedri, tomando a su hermana por los hombros y pegándola a su pecho—. No va a volver a acercarse. Ferrán, quiero un coche blindado para llevarla a casa ahora mismo. Y quiero que alguien rastree ese número hasta que encuentren hasta el modelo de zapato que usa ese hombre.
—Ya estamos en ello, Pedri —respondió el jefe de seguridad.
—Pequeña, mírame —dijo Pedri, obligándola a levantar la vista—. No vas a volver a tener miedo. Mañana mismo nos vamos a una casa que tiene el club en la montaña, unos días, hasta que esto se aclare. No me importa el entrenamiento, no me importa nada más que tú.
—Pedri, tienes partido de Champions el miércoles —susurró Nicolle—. No puedes dejar el equipo por mi culpa.
—Me importa una mierda la Champions si tú no puedes respirar tranquila —sentenció su hermano.
Gavi se acercó y le tomó la mano, apretándola con fuerza. Sus nudillos estaban blancos.
—Yo voy con vosotros —dijo Gavi, mirando a Pedri—. No pienso dejarla sola ni un segundo. Hablaré con Xavi. Él lo entenderá.
—No hace falta que os vayáis todos —intentó decir Nicolle, pero la mirada que le lanzaron ambos la hizo callar. Era una mirada de protección absoluta, de esa hermandad que iba más allá de la sangre.
Salieron del estadio por una puerta trasera, evitando a la prensa. El trayecto a casa fue silencioso. Nicolle iba en el asiento de atrás, flanqueada por las dos estrellas del Barcelona. Pedri no dejaba de mirar por los espejos retrovisores, y Gavi no le soltó la mano en todo el camino.
Al llegar a la casa de Castelldefels, la seguridad era máxima. Había dos patrullas de los Mossos d'Esquadra en la puerta y varios agentes privados en el jardín. La madre de Pedri los recibió en la puerta, con los ojos llorosos.
—Ya basta —dijo ella, abrazando a Nicolle—. No vamos a dejar que ese hombre nos destruya la vida otra vez.
Esa noche, nadie durmió en la casa de los Gonzales. Se instalaron todos en el salón grande. Pedri y Gavi se turnaban para vigilar las cámaras de seguridad que tenían conectadas a sus portátiles, a pesar de que los profesionales estaban fuera.
—¿Sabes qué es lo que más me duele? —dijo Nicolle de repente, rompiendo el silencio de la madrugada—. Que he vuelto para ser libre y siento que os he traído una cárcel a casa.
Gavi se levantó del sillón y se sentó en el suelo, a los pies de Nicolle, apoyando los brazos en sus rodillas.
—No es una cárcel, Nicolle —dijo él con voz suave—. Es una fortaleza. Y el problema no eres tú, es él. Tú eres la luz de esta casa, y nosotros solo somos los guardias que cuidan que nadie la apague.
—Exacto —añadió Pedri desde la mesa—. Además, tengo una noticia. Ferrán me ha llamado hace un momento. Han localizado el origen del mensaje. No estaba en el estadio. Estaba en un hotel de mala muerte en las afueras de Barcelona. La policía ya va hacia allí.
Nicolle sintió que un peso de mil toneladas se levantaba de sus hombros.
—¿De verdad?
—De verdad —dijo Pedri, acercándose para sentarse al otro lado de ella—. Se acabó el juego de esconderse. Mañana por la mañana este hombre estará donde debería haber estado hace años: en una celda o muy lejos de nosotros.
—¿Prometido? —preguntó ella, mirando a ambos.
—Prometido —dijeron los dos al unísono.
Gavi le dio un beso en la mano y luego miró a Pedri.
—Oye, Pedri... ahora que parece que todo se va a solucionar... ¿la regla de los diez centímetros sigue en pie?
Pedri soltó una carcajada, la primera de toda la noche.
—Por hoy, te la voy a dejar en cinco, Gavi. Pero no te acostumbres.
Nicolle se rió, sintiendo cómo la tensión abandonaba su cuerpo. Se apoyó en el hombro de su hermano y dejó que Gavi le acariciara el cabello. A pesar de las sombras, a pesar de los mensajes y del miedo, allí, en ese salón, rodeada de los dos hombres que darían la vida por ella, Nicolle Gonzales supo que la batalla final ya había comenzado. Y esta vez, el equipo de su vida no iba a dejar que perdiera.
—Mañana saldrá el sol —susurró ella antes de quedarse dormida entre los dos.
—Y nosotros estaremos aquí para verlo contigo —respondió Gavi en un susurro, mientras Pedri le cubría los pies con una manta.
La noche en Barcelona era larga, pero por primera vez, el amanecer no traía incertidumbre, sino la promesa de una justicia que ya no podía esperar más. La pequeña de los Gonzales estaba protegida por los mejores defensas del mundo, y esa era una liga que su padre nunca podría ganar.