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Soccer and love

Entre el césped y el corazón

El sol de Barcelona se filtraba por las persianas del apartamento de Pedri, creando líneas doradas sobre la alfombra. Artemisa se despertó con una sensación de plenitud que no había sentido en meses. Estar de vuelta no era solo haber cruzado el océano; era haber recuperado el aire que le faltaba. Se estiró, sintiendo el aroma a café recién hecho que inundaba el pasillo.

En la cocina, Pedri ya estaba vestido con la ropa de entrenamiento del Barça. Se veía concentrado, revolviendo su yogur con cereales, pero levantó la vista y sonrió en cuanto vio a su hermana aparecer con una de sus camisetas viejas y el cabello rubio revuelto por el sueño.

—Buenos días, marmota —dijo Pedri, acercándole una taza—. Pensé que el jet lag te tendría durmiendo hasta el mediodía.

—Buenos días, pesado —respondió ella, sentándose frente a él—. He dormido mejor que en todo el año. Supongo que saber que no tengo que ir a clase de historia del arte a las ocho de la mañana ayuda bastante.

Pedri se rió, pero su mirada se volvió protectora en un segundo, ese brillo analítico que solo reservaba para ella.

—¿Has mirado el móvil? —preguntó con cautela—. Mamá llamó anoche. No le dije que estabas aquí, Artemisa. No quería arruinarte la primera noche.

La sonrisa de la chica se desvaneció un poco. El tema de sus padres era una herida abierta que nunca terminaba de cicatrizar. En esa casa, el éxito de Pedri era un trofeo y la sensibilidad de Artemisa era una molestia.

—No he mirado nada —admitió ella, rodeando la taza caliente con sus manos—. No quiero que sepan nada todavía. Quiero... quiero ser yo misma unos días más antes de volver a ser "la decepción" o "la sombra".

—Nunca digas eso —la interrumpió Pedri con firmeza—. No eres la sombra de nadie. Eres mi hermana y eres mil veces más fuerte que ellos. Por eso estás aquí conmigo.

Artemisa asintió, agradecida. Sabía que Pedri se había enfrentado a ellos muchas veces para que ella pudiera irse a Estados Unidos, para que tuviera una oportunidad de respirar lejos de las críticas constantes sobre su futuro y su falta de interés en los negocios familiares.

—Bueno, basta de dramas —dijo ella, intentando cambiar el tono—. ¿A qué hora viene Gavi? Dijo que me llevaría a ver el entrenamiento.

Pedri arqueó una ceja, dejando la cuchara sobre la mesa.

—¿"Gavi" ahora es tu chófer personal? —bromeó, aunque había un deje de curiosidad en su voz—. Ayer los vi muy habladores en el balcón. Pablo es mi hermano, Arte, pero es un bruto. A veces no sabe medir su intensidad.

—No fue intenso —mintió ella ligeramente, recordando la calidez de la mirada del castaño—. Fue... amable. Me sorprendió, la verdad. Lo recordaba más como un terremoto que no podía articular dos frases seguidas sin dar una patada a algo.

—Sigue siendo un terremoto —suspiró Pedri—, pero ha madurado. O eso intenta. Solo... ten cuidado. No quiero que nada te distraiga de tu tranquilidad ahora que has vuelto.

El timbre del interfono interrumpió la advertencia de Pedri.

—Ese debe ser el bruto —dijo Artemisa con una sonrisa traviesa, levantándose para ir a cambiarse.

Diez minutos después, Artemisa bajaba al portal. Llevaba unos vaqueros claros, una camiseta blanca básica y su cámara de fotos colgada al cuello. Gavi estaba apoyado en su coche, mirando el móvil con el ceño fruncido, pero en cuanto la vio salir, su expresión se iluminó de una manera que a Artemisa le hizo dar un vuelco el corazón.

—Vaya, la artista ha decidido honrarnos con su presencia —dijo Gavi, enderezándose.

Llevaba la equipación de entrenamiento, pero con una sudadera oscura encima. Sus ojos negros brillaban bajo la luz de la mañana, y Artemisa notó que ese aroma a cítricos que había sentido la noche anterior era aún más intenso de cerca.

—No empieces, Pablo —respondió ella, subiéndose al asiento del copiloto—. Mi hermano ya me ha dado el discurso de "bienvenida" sobre lo peligroso que eres.

Gavi soltó una carcajada mientras arrancaba el motor.

—¿Peligroso yo? Si soy un ángel. Pedri es un exagerado cuando se trata de ti. Aunque lo entiendo.

—¿Ah, sí? ¿Qué entiendes? —preguntó ella, mirándolo de reojo mientras salían al tráfico de Barcelona.

Gavi guardó silencio un momento, maniobrando con destreza. Sus manos sobre el volante se veían fuertes, con las venas ligeramente marcadas.

—Entiendo que quiera protegerte —dijo finalmente, con un tono más serio—. Eres... diferente al resto de las personas que nos rodean, Arte. Tienes luz. Y en este mundo de cámaras y presión, la gente intenta apagar esa luz.

Artemisa se quedó sin palabras. No esperaba esa profundidad de alguien que solía comunicarse a base de empujones y bromas pesadas.

—Gracias, Gavi —susurró ella—. Significa mucho. Especialmente viniendo de ti.

Al llegar a la Ciudad Deportiva, la atmósfera era eléctrica. Los jugadores ya estaban en el campo, y el murmullo de los aficionados que se agolpaban en las vallas se oía desde lejos. Gavi la guio por una entrada lateral, evitando el tumulto.

—Quédate en la zona de los banquillos o en la grada baja —le indicó—. Después del entrenamiento, los chicos querrán saludarte. Todos se acuerdan de la hermana pequeña de Pedri que siempre estaba dibujando en las libretas.

—Ya no dibujo en libretas, ahora uso una cámara profesional —corrigió ella, dándole un golpecito en el brazo.

—Lo que digas, jefa. Nos vemos en un rato.

Artemisa se sentó en la grada, observando el caos organizado del entrenamiento. Sus ojos buscaban constantemente dos siluetas: la elegancia tranquila de su hermano y la energía desbordante de Gavi. Pablo era un espectáculo en sí mismo; corría como si cada balón fuera el último de su vida, chocaba, pedía la pelota y, de vez en cuando, se pasaba la mano por el cabello castaño, sudoroso, lanzando una mirada rápida hacia donde ella estaba sentada.

Cada vez que sus ojos se encontraban a la distancia, Artemisa sentía una chispa eléctrica. Era una conexión nueva, algo que no existía antes de su viaje.

Cuando Xavi pitó el final de la sesión, los jugadores empezaron a estirar. Ferran Torres y Ansu Fati fueron los primeros en acercarse al verla.

—¡No puede ser! ¡La rubia ha vuelto! —gritó Ferran, acercándose para darle un abrazo sudado que la hizo reír—. ¿Qué tal América? ¿Nos has traído hamburguesas?

—Solo he traído mi paciencia, Ferran, y veo que la voy a necesitar con ustedes —bromeó ella.

Pedri llegó poco después, pasando un brazo por su cuello y usándola de apoyo mientras se quitaba las botas.

—¿Te has aburrido mucho? —preguntó su hermano.

—Para nada. He sacado unas fotos increíbles. Gavi sale especialmente bien cuando está a punto de morder a alguien por un balón dividido.

Gavi, que venía caminando detrás de ellos, se unió al grupo con una sonrisa de suficiencia.

—Es mi instinto natural, Arte. No puedo evitarlo.

—Lo que no puede evitar es ser un pesado —intervino una voz femenina. Era Alejandra, que acababa de llegar para encontrarse con Pedri.

Las dos chicas se abrazaron con entusiasmo. Alejandra miró a Artemisa y luego a Gavi, notando algo en el aire que los chicos, sumidos en sus bromas de vestuario, parecían no captar del todo. O al menos, Pedri no quería captarlo.

—Oye, Arte —dijo Alejandra, apartándola un poco del grupo—, vamos a ir a comer al puerto. Vente con nosotros. Gavi también viene.

—Me encantaría —respondió Artemisa, sintiendo la mirada de Gavi clavada en su nuca.

La comida en el puerto fue relajada. El sol calentaba lo justo y el olor a mar traía a Artemisa recuerdos de su infancia en las Canarias, antes de que todo se volviera complicado con sus padres. Por un momento, se olvidó de las llamadas perdidas en su móvil y de la incertidumbre de su carrera artística.

Sin embargo, la calma se rompió cuando el móvil de Pedri vibró sobre la mesa. Su rostro cambió al ver la pantalla. Miró a Artemisa con una mezcla de lástima y frustración.

—Es papá —dijo Pedri en voz baja.

El silencio cayó sobre la mesa. Alejandra le puso una mano en el brazo a Pedri, y Gavi, que estaba sentado al lado de Artemisa, dejó de jugar con su servilleta para observar la reacción de la chica.

—No lo cojas —pidió Artemisa, con la voz temblorosa—. Por favor, hoy no.

—Tengo que hacerlo, Arte. Si no, llamará a la policía pensando que te he secuestrado o algo peor. Saben que aterrizaste ayer. Alguien del aeropuerto debió ver algo o Paco, el de seguridad, se fue de la lengua.

Pedri se levantó de la mesa para atender la llamada a unos metros de distancia. Artemisa bajó la mirada, sintiendo cómo la ansiedad empezaba a trepar por su garganta. Odiaba esa sensación de ser una fugitiva en su propia familia.

Sintió una mano cálida y firme sobre la suya, debajo del mantel. Era Gavi. Sus dedos entrelazaron los de ella con una naturalidad asombrosa, apretando con suavidad para transmitirle seguridad.

—No dejes que te quiten la sonrisa —le susurró Gavi, acercándose a su oído—. No estás sola en esto. Me tienes a mí, y tienes a Pedri. Ellos están lejos, nosotros estamos aquí.

Artemisa lo miró, y por un segundo, el mundo exterior desapareció. Los ojos negros de Gavi no eran oscuros en ese momento; estaban llenos de una chispa de protección feroz. Ella apretó su mano de vuelta, usándolo como ancla.

—Gracias, Pablo —murmuró ella.

Pedri regresó a la mesa un minuto después. Se veía agotado, como si hubiera corrido un maratón en lugar de haber tenido una conversación de dos minutos.

—Quieren que vayas a cenar a la casa de la Bonanova mañana —dijo Pedri, sentándose pesadamente—. Dicen que tienen que hablar sobre "tu futuro" y por qué no te quedaste en California para el máster.

Artemisa cerró los ojos y suspiró.

—No voy a ir sola —sentenció Pedri—. Iré contigo.

—Yo también voy —soltó Gavi de repente.

Todos en la mesa lo miraron con sorpresa. Especialmente Pedri, que frunció el ceño.

—Gavi, esto es un asunto familiar —dijo el canario—. No pintas nada en una cena con mis padres, sabes cómo son. Te van a analizar hasta los cordones de las botas.

—Me da igual —respondió Gavi con esa terquedad que lo hacía famoso en el campo—. Arte necesita apoyo y tú vas a estar demasiado ocupado discutiendo con tu padre. Yo puedo ser la distracción. Además, no voy a dejar que se sienta acorralada.

Artemisa sintió un nudo de emoción en el pecho. Gavi estaba dispuesto a meterse en la boca del lobo solo por ella.

—¿Estás seguro? —preguntó ella, mirándolo a los ojos—. Mis padres pueden ser... muy crueles cuando se lo proponen.

Gavi sonrió, y esta vez fue una de esas sonrisas de lado que volvían locas a las fans, pero que para Artemisa se sentía como un escudo personal.

—He jugado en estadios con ochenta mil personas insultándome, Arte. Tus padres no me asustan. Además —añadió, bajando la voz para que solo ella lo oyera—, te prometí que te cuidaría. Y yo siempre cumplo mis promesas.

Pedri miró a su hermana y luego a su mejor amigo. Vio la mano de Gavi que aún rozaba el brazo de Artemisa y la forma en que ella se inclinaba hacia él buscando refugio. Suspiró, dándose cuenta de que la protección de su hermana ya no era una tarea que tuviera que llevar solo sobre sus hombros.

—Está bien —cedió Pedri—. Pero si mi padre empieza a hablar de finanzas, te prohíbo que le lances un trozo de pan a la cabeza.

—No prometo nada —bromeó Gavi, aligerando el ambiente.

La tarde continuó entre paseos por la Barceloneta. Alejandra y Pedri caminaban delante, compartiendo confidencias, mientras Gavi y Artemisa se quedaban un poco rezagados.

—¿De verdad te preocupaste por mí este año? —preguntó ella, retomando la conversación del balcón.

—Cada día —admitió él, deteniéndose frente al mar—. A veces le preguntaba a Pedri cómo estabas, pero él siempre me daba respuestas cortas. "Está bien", "está pintando", "está cansada". Así que empecé a seguir tus redes sociales... las que no son públicas.

Artemisa se detuvo, sorprendida.

—¿Cómo encontraste mi cuenta de fotografía? No tiene mi nombre.

Gavi se rascó la nuca, un poco avergonzado.

—Tengo mis métodos. Reconocí tu estilo. Siempre sacas fotos a las sombras y a los reflejos en el agua. Me gustaba ver el mundo a través de tus ojos, Arte. Me hacía sentir que no estabas tan lejos.

Ella sintió que el corazón le latía con fuerza. Se acercó a él, quedando a escasos centímetros de su pecho. El sonido de las olas de fondo parecía marcar el ritmo de sus respiraciones.

—Gavi... —empezó ella, pero las palabras se le quedaron atrapadas.

Él levantó una mano y, con una delicadeza que contrastaba con su fama de jugador agresivo, le apartó un mechón de cabello rubio de la cara. Sus dedos rozaron su mejilla, dejando un rastro de fuego.

—Mañana va a ser un día difícil —dijo él en voz baja, mirándola con una intensidad que la dejó sin aliento—. Pero quiero que sepas que cuando salgamos de esa casa, yo estaré allí. Y después, si quieres, podemos ir a cualquier sitio. Lejos de las expectativas de todo el mundo.

—Me gustaría eso —respondió ella, casi en un susurro.

—¡Chicos! ¡Se hace tarde! —gritó Pedri desde la distancia, dándose la vuelta para buscarlos.

Gavi se separó lentamente, pero antes de caminar hacia Pedri, le guiñó un ojo a Artemisa.

—Mañana empieza el verdadero partido, Arte. Y vamos a ganarlo.

Artemisa lo siguió, sintiendo que, por primera vez en su vida, no tenía miedo de enfrentarse a sus padres. Barcelona ya no era solo la ciudad de la que había huido; ahora era el lugar donde alguien la miraba como si fuera el tesoro más valioso del mundo. Y ese alguien era nada menos que el chico que siempre había estado ahí, esperando a que ella volviera para demostrarle que el amor, al igual que el fútbol, es cuestión de estar en el lugar adecuado en el momento preciso.