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Soccer and love

Sombras que se desvanecen bajo el sol

La mañana del miércoles amaneció con un peso invisible sobre los hombros de Artemisa. El aire en el apartamento de Pedri se sentía denso, cargado con la expectativa de la cena en la casa de sus padres en la Bonanova. Para cualquier otra persona, una cena familiar sería un evento rutinario, pero para los hermanos Gonzales, era entrar en un campo de minas donde cada palabra era un proyectil y cada silencio, una acusación.

Artemisa estaba sentada en el borde de la cama, mirando el vestido que Alejandra le había prestado. Era elegante, sobrio, exactamente lo que sus padres esperarían de una "señorita de su posición". Sin embargo, al tocar la tela, sintió una opresión en el pecho que no la dejaba respirar.

— ¿Artemisa? —La voz suave de Alejandra llegó acompañada de un par de toques en la puerta.

La chica levantó la vista. Alejandra entró con dos tazas de té, cerrando la puerta con el pie. Al ver el rostro pálido de su cuñada, supo de inmediato que algo no iba bien.

— No puedo hacerlo, Ale —susurró Artemisa, dejando caer el vestido sobre la colcha—. Siento que si entro en esa casa, voy a volver a ser la niña de diez años que se escondía en el jardín para no oír los gritos sobre sus notas o su ropa. He pasado un año siendo libre en California... No quiero perder eso en una sola noche.

Alejandra dejó las tazas en la mesita de noche y se sentó a su lado, rodeándola con un brazo.

— Escúchame bien. No tienes que ir. No eres una prisionera, Arte. Eres una mujer adulta que ha vuelto a casa para ser feliz, no para ser juzgada.

— Pero Pedri... él ya se lo dijo. Y Gavi también quiere ir para protegerme. Si no voy, los dejaré en evidencia. Mi padre se pondrá furioso con Pedri.

— Pedri sobrevivirá —dijo Alejandra con una sonrisa decidida—. Él prefiere mil veces aguantar el mal humor de tu padre que verte a ti rompiéndote por dentro. Y en cuanto a Gavi... bueno, ese chico te seguiría al fin del mundo si se lo pidieras, así que no te preocupes por él.

Artemisa suspiró, sintiendo que un poco del nudo en su garganta se aflojaba.

— ¿De verdad crees que puedo decir que no?

— No solo creo que puedes, sino que te voy a ayudar —declaró Alejandra, levantándose y guardando el vestido en el armario—. Vamos a hacer un plan. Le diremos a los chicos que te sientes mal, lo cual no es mentira, porque la ansiedad te está matando. Yo me quedaré contigo. Tendremos un día de chicas, lejos de fútbol, de padres controladores y de presiones.

En el salón, Pedri y Gavi estaban listos. Pedri se ajustaba el reloj, visiblemente tenso, mientras Gavi caminaba de un lado a otro con una energía nerviosa. El castaño llevaba una camisa azul oscuro que resaltaba la intensidad de sus ojos negros. Estaba decidido a ser el escudo de Artemisa esa noche.

Cuando Alejandra salió de la habitación, ambos se detuvieron en seco.

— ¿Y Artemisa? —preguntó Pedri, frunciendo el ceño—. Se nos hace tarde para el tráfico de la tarde.

— No va a ir —soltó Alejandra con calma, cruzándose de brazos.

Gavi se detuvo a mitad de un paso, su expresión pasando de la sorpresa a una preocupación inmediata.

— ¿Qué ha pasado? ¿Se encuentra bien? —preguntó el castaño, dando un paso hacia el pasillo.

— Está bien, pero no va a ir —repitió Alejandra, deteniéndolo con una mirada—. Ha tenido un ataque de ansiedad. La idea de esa cena la está consumiendo, Pedri. Tú mejor que nadie sabes lo que esa casa le hace a su cabeza. Así que hoy, Artemisa se queda conmigo.

Pedri bajó los hombros, soltando un suspiro que parecía llevar contenido todo el estrés de la semana. Se sentó en el sofá, frotándose las sienes.

— Sabía que esto pasaría —murmuró el canario—. Es demasiado pronto. Sus padres son como un veneno para ella.

Gavi, sin embargo, no parecía tan resignado.

— ¿Puedo verla? Solo un momento —pidió, con una voz que denotaba una urgencia que no podía ocultar.

Alejandra asintió levemente. Gavi caminó por el pasillo y llamó suavemente a la puerta de la habitación. Al entrar, encontró a Artemisa sentada junto a la ventana, mirando hacia la calle. Ella se giró, y al ver la preocupación genuina en los ojos negros de Pablo, sintió una punzada de culpa.

— Lo siento, Gavi —dijo ella en voz baja—. Te habías preparado para ir y ahora te dejo plantado.

Gavi se acercó y se puso de cuclillas frente a ella, obligándola a mirarlo.

— Me importa una mierda la cena, Arte. Me importa que estés bien. Si no quieres ir, no vas. Punto. Tu hermano y yo nos inventaremos cualquier excusa. Diremos que tienes una gripe terrible o que el jet lag te ha dejado fuera de combate.

— Gracias, Pablo —respondió ella, sintiendo cómo el calor regresaba a sus mejillas—. De verdad quería verte enfrentar a mi padre, habría sido épico.

Gavi soltó una pequeña risa y le tomó las manos. Sus dedos rozaron los de ella, y por un momento, el silencio en la habitación fue absoluto, cargado de una promesa silenciosa.

— Lo haré otro día, te lo prometo. Pero hoy, hazle caso a Alejandra. Salid, distraeros. No mires el móvil. Yo me encargaré de que Pedri no se meta en demasiados líos.

— Ten cuidado —advirtió Artemisa—. Mi padre puede ser muy hiriente cuando quiere.

— No te preocupes por mí, rubia —dijo él, dándole un beso rápido en la frente antes de levantarse—. Soy un experto en recibir golpes y seguir adelante.

Gavi salió de la habitación y se encontró con Pedri, que ya tenía las llaves del coche en la mano.

— Vamos, Pablo. Cuanto antes lleguemos, antes saldremos de ese infierno —dijo Pedri, aunque su mirada hacia la puerta de su hermana seguía siendo de pura protección.

— Ve tú delante —dijo Gavi—. Yo te sigo en mi coche. Si la cosa se pone fea, te sacaré de allí antes del postre.

Una vez que los chicos se marcharon, el apartamento quedó en un silencio reparador. Alejandra entró en la habitación con una sonrisa de oreja a oreja.

— Muy bien, Gonzales. Paso número uno: apagar el teléfono. Paso número dos: ropa cómoda. Nos vamos de aquí.

— ¿A dónde? —preguntó Artemisa, sintiéndose mucho más ligera.

— A ser libres.

La tarde fue un torbellino de aire fresco. Alejandra llevó a Artemisa a un pequeño café escondido en las calles estrechas del Barrio Gótico, un lugar que los turistas aún no habían descubierto. Allí, entre tazas de chocolate y pastas artesanales, hablaron de todo menos de la familia o del Barcelona.

— Cuéntame de California —pidió Alejandra—. ¿Hubo algún surfista rubio que te robara el corazón?

Artemisa se rió, negando con la cabeza.

— Muchos lo intentaron, pero ninguno tenía... no sé, esa chispa. Además, estaba demasiado ocupada intentando que mis profesores no me echaran por usar demasiada pintura en los lienzos.

— ¿Y qué me dices de Gavi? —preguntó Alejandra con una mirada pícara—. No soy ciega, Arte. La forma en que te mira... parece que el resto del mundo desaparece cuando entras en la habitación.

Artemisa bajó la mirada, jugueteando con su cuchara.

— Es diferente ahora. Antes era solo el amigo pesado de mi hermano. Pero este año, a través de los mensajes... se convirtió en alguien importante. Me escuchaba cuando nadie más lo hacía. Y ahora que lo tengo cerca... me asusta lo mucho que me gusta.

— No tengas miedo —le aconsejó Alejandra, tomando su mano—. Gavi es intenso, sí, pero tiene un corazón de oro. Y Pedri lo sabe, por eso lo permite, aunque le cueste admitirlo.

Después del café, caminaron por el Paseo Marítimo mientras el sol empezaba a ponerse, tiñendo el Mediterráneo de tonos rosados y naranjas. Artemisa sacó su cámara y empezó a disparar fotos. No a los monumentos, sino a las personas: una pareja de ancianos de la mano, un niño corriendo tras un perro, el reflejo de la luz en las olas.

— Esto es lo que soy —dijo Artemisa, mostrando una foto a Alejandra—. No soy la hija perfecta que quiere gestionar empresas. Soy esto.

— Y es precioso —respondió Alejandra—. No dejes que nadie te diga lo contrario.

Mientras tanto, en la casa de la Bonanova, la atmósfera era muy distinta. Pedri y Gavi estaban sentados en una mesa de comedor inmensa y fría. El padre de Artemisa, un hombre de mirada severa y gestos calculados, observaba a Gavi con desdén.

— Así que tú eres el joven del que tanto habla la prensa —dijo el señor Gonzales, cortando su carne con precisión quirúrgica—. Un poco impulsivo, según he oído.

— Prefiero llamarlo pasión, señor —respondió Gavi, manteniendo la mirada sin pestañear—. En el campo y en la vida, si no vas con todo, mejor no ir.

Pedri intervino rápidamente para desviar la conversación.

— Artemisa siente mucho no haber podido venir. Realmente el viaje la dejó muy agotada y hoy no se encontraba bien.

— Siempre tan delicada —comentó la madre de Artemisa desde el otro extremo de la mesa—. Esperábamos que este año en el extranjero la hubiera endurecido un poco. Tenemos mucho que discutir sobre su regreso a la universidad aquí.

— Ella es fuerte —soltó Gavi, su voz sonando un poco más dura de lo que Pedri habría deseado—. Quizás no de la forma en que ustedes esperan, pero tiene una fuerza que muchos envidiarían.

El señor Gonzales dejó los cubiertos sobre el plato con un ruido metálico que resonó en toda la estancia.

— No creo que un futbolista de diecinueve años sea la persona más indicada para darnos lecciones sobre nuestra hija.

— Con todo el respeto —continuó Gavi, ignorando la patada de advertencia que Pedri le dio por debajo de la mesa—, soy la persona que ha estado hablando con ella casi todas las noches mientras estaba sola en otro país. Sé lo que sueña y sé lo que la asusta. Y lo que más la asusta es precisamente esta mesa.

El silencio que siguió fue sepulcral. Pedri sintió que el corazón le iba a mil por hora. Por un lado, quería desaparecer; por otro, sentía un orgullo inmenso por su amigo.

— Creo que es hora de irnos —dijo Pedri, levantándose bruscamente—. Gracias por la cena, pero tenemos entrenamiento temprano mañana.

Salieron de la casa casi corriendo. Una vez en la calle, bajo el aire fresco de la noche, Pedri soltó una carcajada nerviosa.

— ¡Estás loco, Pablo! ¡Le has dicho eso en su cara!

— No podía quedarme callado, Pedri —dijo Gavi, todavía con la adrenalina a tope—. Ver cómo hablaban de ella como si fuera un objeto defectuoso... me hervía la sangre.

— Gracias, tío —dijo Pedri, poniendo una mano en el hombro de su amigo—. De verdad. Nadie se había atrevido a hablarle así a mi padre.

— Lo haría mil veces más por ella.

Mientras los chicos regresaban, Artemisa y Alejandra terminaban su día en la terraza de un pequeño bar frente al mar, compartiendo unas tapas y riendo. Artemisa se sentía renovada. El miedo que la había paralizado por la mañana se había transformado en una determinación serena.

Cuando finalmente regresaron al apartamento, se encontraron con Pedri y Gavi esperándolas. Pedri estaba tirado en el sofá, pero Gavi estaba de pie, apoyado en la encimera de la cocina, esperándola.

Alejandra le dio un beso a Pedri y se lo llevó hacia la habitación, dándole a la pareja un momento de privacidad.

— ¿Cómo fue? —preguntó Artemisa, acercándose a Gavi.

Él la miró de arriba abajo, notando que el brillo en sus ojos cafés había vuelto. Estaba despeinada por el viento del mar y olía a sal y a libertad.

— Tu padre no me va a invitar a su cumpleaños, eso seguro —bromeó Gavi, aunque su expresión se volvió tierna al instante—. Pero no importa. Lo importante es que tú no estuviste allí para escucharlos.

— Pedri me ha mandado un mensaje diciendo que fuiste mi caballero andante —dijo ella, acortando la distancia entre ellos.

— Solo dije la verdad —respondió él, rodeando la cintura de Artemisa con sus brazos—. Que eres la persona más fuerte que conozco.

Artemisa se apoyó contra su pecho, escuchando el latido rápido del corazón de Gavi. Se sentía tan natural estar allí, como si todas las piezas del rompecabezas finalmente encajaran.

— Gracias por defenderme, Pablo. Incluso cuando no estaba allí.

Gavi se inclinó, rozando su nariz con la de ella.

— Siempre voy a estar de tu lado, Arte. Contra tus padres, contra la prensa, contra quien sea. Tú solo preocúpate de seguir sacando esas fotos increíbles y de sonreír así.

Artemisa levantó la vista y, sin pensarlo más, acortó los últimos milímetros que los separaban. El beso fue suave al principio, una exploración tímida de sentimientos que llevaban meses creciendo en la distancia. Pero pronto se volvió más intenso, cargado de la pasión que definía a Gavi y de la ternura que Artemisa siempre había guardado bajo llave.

Cuando se separaron, ambos estaban un poco sin aliento. Gavi la miró con una mezcla de adoración y triunfo.

— Definitivamente —susurró él—, este ha sido un día mucho mejor que una cena en la Bonanova.

Artemisa se rió, sintiendo que por fin, después de tanto tiempo, Barcelona era realmente su hogar. No por las calles o las playas, sino por las personas que estaban dispuestas a luchar sus batallas junto a ella.

— Mucho mejor —coincidió ella, entrelazando sus dedos con los de él—. Mucho mejor.

Esa noche, mientras la ciudad dormía, Artemisa revisó las fotos que había sacado con Alejandra. Entre imágenes de olas y calles antiguas, había una que destacaba: una foto borrosa de Gavi riendo en el entrenamiento de esa mañana. La guardó en una carpeta especial, sabiendo que ese era solo el primer capítulo de una historia que apenas comenzaba a revelarse bajo la luz de la luna de Barcelona.