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Soccer and love

El eco de las mallas y el alma

La mañana en la Ciudad Deportiva Joan Gamper tenía ese aroma característico a césped recién cortado y a la intensidad de los sueños que se forjan bajo el sol del Mediterráneo. Artemisa caminaba por la banda del campo de entrenamiento, con su cámara colgando del cuello como si fuera una extensión natural de su propio cuerpo. A su lado, Alejandra charlaba animadamente sobre su último examen de derecho, pero Artemisa apenas podía concentrarse. Sus ojos cafés buscaban constantemente una figura específica entre el grupo de jugadores que realizaban ejercicios de calentamiento.

— Si lo sigues mirando con esa intensidad, vas a quemarle la camiseta con la mirada —comentó Alejandra con una sonrisa pícara, dándole un codazo amistoso.

Artemisa se sonrojó, ajustando el enfoque de su lente para disimular.

— No sé de qué hablas, Ale. Solo estoy buscando el mejor ángulo para la luz de esta mañana. Xavi me pidió algunas fotos para el archivo del club y quiero que salgan perfectas.

— Sí, claro, y por pura casualidad el "mejor ángulo" siempre coincide con el dorsal número seis —rio Alejandra—. No me engañes, Arte. He visto cómo os miráis desde la cena en la Barceloneta. Pablo está completamente perdido por ti.

Artemisa no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en su rostro. La llave que Gavi le había entregado días atrás pesaba gratamente en su bolsillo, un recordatorio constante de que, por primera vez, alguien la veía no como una pieza de ajedrez familiar, sino como la dueña de su propio destino.

— Es diferente a todo lo que he sentido antes —admitió Artemisa en voz baja, bajando la cámara—. Con él no tengo que fingir. No tengo que ser la hija perfecta de los Gonzales. Solo soy yo, con mis dudas y mis fotos.

— Te lo mereces, pequeña —dijo Alejandra, volviéndose seria por un momento—. Después de todo lo que habéis pasado tú y Pedri con vuestros padres, encontrar a alguien que te dé esa paz es un milagro.

En ese momento, el silbato de Xavi marcó el final de la primera parte de la sesión. Los jugadores comenzaron a caminar hacia los banquillos para hidratarse. Pedri fue el primero en acercarse a ellas, secándose el sudor con la camiseta, dejando ver su habitual sonrisa tranquila.

— Buenos días, equipo —saludó Pedri, dándole un beso en la mejilla a su hermana y otro a su novia—. ¿Habéis sacado alguna foto buena o solo habéis estado cotilleando?

— Tu hermana dice que la luz es "honesta" hoy —bromeó Alejandra—, pero yo creo que lo único honesto aquí es que Gavi no le ha quitado el ojo de encima a la banda en todo el rondo.

Pedri miró hacia atrás, donde Gavi venía trotando con esa energía inagotable que lo caracterizaba. El castaño ya no llevaba el cabestrillo; su hombro se había recuperado milagrosamente rápido, aunque todavía llevaba un vendaje compresivo bajo la ropa de entrenamiento.

— Es un pesado —bufó Pedri con afecto—. Anoche me llamó a las doce solo para preguntarme si creía que a Artemisa le gustaría un marco de madera oscura o clara para una de las fotos del estudio. ¡A las doce, Arte!

— Solo quería asegurarme de que fuera perfecto —intervino Gavi, llegando al grupo y deteniéndose justo frente a Artemisa.

Sus ojos negros brillaron con una intensidad que hizo que el mundo alrededor de Artemisa se desvaneciera. Ignorando las bromas de Pedri, se acercó un paso más a ella.

— Hola, rubia —susurró Gavi, con esa voz ronca que a ella tanto le gustaba.

— Hola, Pablo —respondió ella, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo tras el ejercicio—. ¿Cómo va el hombro? No te has excedido en el contacto, ¿verdad?

— Estoy como nuevo —aseguró él, haciendo un amago de mover el brazo para demostrarlo, aunque una pequeña mueca de dolor lo delató—. Vale, quizá un poco de molestia, pero nada que no se cure con una de tus sonrisas.

— ¡Qué empalagoso eres, Gavi! —exclamó Pedri, fingiendo arcadas—. Vámonos, Ale, antes de que empiecen a recitar poesía barata. Tenemos que ir a ver lo de la reserva para el fin de semana.

Alejandra rió y se dejó arrastrar por Pedri hacia el edificio de vestuarios, dejando a la pareja a solas junto al césped. El silencio que quedó entre ellos era cómodo, lleno de palabras no dichas y de una complicidad que crecía con cada segundo.

— ¿De verdad vas a venir esta tarde al estudio? —preguntó Artemisa, rompiendo el silencio—. Tengo que organizar los negativos de la serie de la Barceloneta y es un trabajo bastante aburrido.

— Iría contigo hasta al fin del mundo a contar granos de arena si me lo pidieras —respondió Gavi con total sinceridad—. Además, me gusta verte trabajar. Tienes una cara de concentración que... no sé, me hace sentir que todo está bien.

Artemisa levantó su cámara y, casi por instinto, le tomó una foto de cerca. En la imagen quedó capturada la gota de sudor que bajaba por su sien, el brillo de sus ojos y la sinceridad de su sonrisa.

— Esta será para mi colección privada —dijo ella, guardando la tarjeta—. No quiero que nadie más vea este lado tuyo.

— Soy todo tuyo, Arte. Lo sabes —dijo él, tomando su mano y entrelazando sus dedos—. Oye, he estado pensando... Mis padres quieren venir a Barcelona el próximo mes. Quieren conocerte oficialmente. No como la hermana de Pedri, sino como... bueno, como mi novia.

Artemisa sintió un pequeño vuelco en el corazón. La palabra "novia" sonaba tan real, tan definitiva.

— Me encantaría, Pablo. De verdad. Pero me da miedo que... bueno, ya sabes cómo es mi familia. No quiero que vuestra relación se vea afectada por el caos que siempre me rodea.

Gavi se detuvo y la obligó a mirarlo a los ojos, con una seriedad que rara vez mostraba fuera del campo de juego.

— Escúchame bien. Tu familia no eres tú. Tu padre puede intentar controlar el dinero o los contactos, pero no puede controlar lo que siento por ti. Mis padres son gente humilde, de pueblo, y lo único que les importa es que sea feliz. Y desde que volviste de Estados Unidos, soy más feliz que nunca. Eso es lo único que necesitan saber.

Artemisa asintió, sintiendo que un nudo se deshacía en su garganta. Se inclinó y apoyó la cabeza en su hombro, inspirando el aroma a esfuerzo y a hogar que él desprendía.

— Gracias por ser mi ancla, Pablo.

— Y tú eres mi brújula, rubia. Sin ti, solo daría vueltas en el campo sin saber a dónde ir.

De repente, el teléfono de Artemisa vibró en su bolsillo. Con un suspiro, lo sacó y miró la pantalla. Su expresión cambió al instante, volviéndose pálida.

— ¿Qué pasa? —preguntó Gavi, poniéndose en alerta de inmediato.

— Es un mensaje de mi madre —dijo ella, con la voz temblorosa—. Dice que mi padre ha salido del hospital. Que está en casa y que... que quiere que vaya a verle. Dice que tiene algo importante que decirme sobre el testamento de mi abuela.

Gavi apretó la mandíbula. Conocía bien las tácticas de los Gonzales. Siempre usaban la herencia o los lazos familiares para atraer a sus hijos de vuelta al redil.

— No tienes que ir si no quieres, Arte. Pedri puede encargarse de eso.

— No, Pablo —dijo ella, guardando el teléfono con determinación—. Mi abuela fue la única que siempre me apoyó en mi deseo de ser artista. Si hay algo que ella me dejó, no voy a permitir que mi padre lo use como moneda de cambio. Tengo que ir. Pero esta vez no iré con miedo.

— Irás conmigo —sentenció Gavi—. Me da igual lo que diga el club o la prensa. No vas a entrar en esa casa sola nunca más.

— Pablo, no puedes. Si mi padre te ve allí, montará un escándalo.

— Que lo monte —dijo él, encogiéndose de hombros con esa rebeldía que lo hacía tan especial—. Soy Pablo Gavi, estoy acostumbrado a los estadios llenos gritándome. Tu padre es solo un hombre enfadado en un despacho caro. No me asusta.

Artemisa lo miró y, por primera vez en su vida, sintió que realmente tenía un ejército a su espalda. No necesitaba que nadie peleara sus batallas, pero saber que él estaba allí, dispuesto a recibir el golpe por ella, le daba una fuerza que nunca imaginó poseer.

— Está bien. Vamos esta tarde, después de pasar por el estudio. Quiero llevar mi cámara. Quiero que mi padre vea que ya no soy la niña que se escondía en los rincones.

Unas horas más tarde, el coche de Gavi se detuvo frente a la imponente mansión de la Bonanova. El lugar, que antes representaba una prisión para Artemisa, ahora le parecía simplemente un edificio frío y carente de alma.

— ¿Lista? —preguntó Gavi, apagando el motor.

— Lista —respondió ella, apretando la correa de su cámara.

Caminaron juntos hacia la entrada. El servicio los recibió con una mezcla de sorpresa y temor. Al llegar al despacho del padre, Artemisa se detuvo un segundo antes de abrir la puerta. Gavi le apretó la mano, transmitiéndole su fuerza.

— Entramos juntos —susurró él.

Al entrar, encontraron al señor Gonzales sentado tras su escritorio de caoba. Se veía demacrado tras su paso por el hospital, pero su mirada seguía siendo afilada. Al ver a Gavi entrar detrás de su hija, su expresión se endureció.

— Te pedí que vinieras sola, Artemisa —dijo el hombre, con una voz que intentaba recuperar su antiguo mando.

— Y yo he decidido que ya no hago las cosas sola, papá —respondió ella, manteniéndose firme en el centro de la habitación—. Pablo es parte de mi vida. Si tienes algo que decirme, puedes decirlo delante de él.

El hombre soltó un suspiro de desprecio, pero al ver la determinación en los ojos de su hija, pareció comprender que las reglas habían cambiado. Abrió un cajón y sacó un sobre amarillento.

— Tu abuela dejó una cláusula específica en su fideicomiso. El estudio del Born... el que crees que has alquilado con tus ahorros... en realidad ella lo compró para ti hace años. Estaba a nombre de una sociedad interpuesta hasta que cumplieras veinticinco años o hasta que "encontraras tu propio camino", según sus palabras.

Artemisa sintió que las lágrimas acudían a sus ojos. Su abuela siempre lo supo. Siempre supo que ella necesitaría un refugio.

— Así que es mío —dijo ella, con la voz entrecortada—. No es de la familia, es mío.

— Legalmente, sí —admitió su padre, lanzando el sobre sobre la mesa—. Pero no creas que esto te da total independencia. El mantenimiento, los impuestos...

— De eso nos encargaremos nosotros —intervino Gavi, dando un paso al frente—. Artemisa tiene su trabajo y yo tengo el mío. No necesitamos ni un céntimo de esta casa para que ella pueda cumplir sus sueños.

El señor Gonzales miró al joven futbolista con una mezcla de odio y respeto forzado. Sabía que no podía competir con la lealtad que Gavi le ofrecía a su hija.

— Has ganado esta ronda, Artemisa —dijo el padre, volviendo la vista a sus papeles—. Pero el mundo del arte es cruel. Ya veremos cuánto tiempo duras sin el apoyo del apellido Gonzales.

— El apellido me lo diste tú, papá —respondió Artemisa, acercándose para tomar el sobre—. Pero el talento me lo dio la vida. Y el valor... el valor me lo dio la gente que me quiere de verdad. Quédate con tus galas y tus contactos. Yo me quedo con mi luz.

Salieron del despacho sin mirar atrás. Al cruzar el umbral de la casa, el aire de la calle pareció más puro, más dulce. Artemisa se detuvo en el jardín y miró hacia el cielo, donde las primeras estrellas empezaban a asomar.

— ¿Estás bien? —preguntó Gavi, rodeándola con sus brazos desde atrás.

— Estoy mejor que nunca, Pablo —dijo ella, girándose para mirarlo—. Mi abuela me dejó un hogar. Un sitio donde nadie puede decirme qué hacer.

— Y yo te prometo que ese sitio estará lleno de fotos, de risas y de nosotros —dijo Gavi, antes de besarla bajo la sombra de los árboles que una vez la vieron llorar.

Esa noche, en el estudio del Born, no hubo ruidos de mudanza ni de abogados. Hubo música suave, el sonido de los obturadores de la cámara y dos personas sentadas en el suelo, compartiendo una pizza y planeando un futuro que ya no pertenecía a nadie más que a ellos.

Artemisa tomó una última foto de la noche: la llave de Gavi y la llave de su estudio entrelazadas sobre la mesa de madera. La tituló "El inicio de la libertad".

— ¿Sabes qué es lo más irónico de todo? —preguntó Gavi, mientras se recostaba contra la pared, mirando a Artemisa con adoración.

— ¿Qué? —preguntó ella, dejando la cámara a un lado.

— Que tu padre cree que el apellido Gonzales es su mayor tesoro. Y no se da cuenta de que el verdadero tesoro es la chica rubia de ojos cafés que acaba de retratar su alma.

Artemisa se acercó a él y se sentó entre sus piernas, sintiendo que por fin, después de un año en Estados Unidos y una vida de sombras, el sol había salido para quedarse.

— Te quiero, Pablo Gavi.

— Y yo a ti, Artemisa Gonzales. Para siempre.

Barcelona dormía fuera, pero en aquel pequeño rincón del Born, la luz de la luna iluminaba un amor que había nacido entre el césped y el corazón, y que ahora, libre de cadenas, estaba listo para volar tan alto como los sueños de una chica que nunca dejó de mirar a través de un objetivo para encontrar la verdad.