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Soccer and love

Revelaciones bajo el cielo de Barcelona

La mañana del sábado en el estudio del Born se sentía distinta. El éxito de la exposición había traído una calma inusual, una especie de tregua invisible entre Artemisa y el mundo que antes la asfixiaba. Los rayos de sol entraban por los ventanales altos, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire. Artemisa estaba sentada frente a su mesa de trabajo, limpiando meticulosamente el objetivo de su cámara, cuando el sonido de la puerta al abrirse la hizo sonreír sin necesidad de mirar.

— He traído refuerzos —anunció la voz vibrante de Gavi.

Artemisa se giró y lo vio entrar con dos bolsas de papel que desprendían un olor delicioso a café y bollería recién horneada. El castaño vestía una sudadera gris y unos pantalones deportivos, con el pelo todavía un poco revuelto, señal de que acababa de salir del entrenamiento matutino.

— ¿Refuerzos o un soborno para que deje de trabajar un rato? —preguntó ella, dejando la cámara a un lado y levantándose para recibirlo.

— Un poco de ambos —admitió Gavi, dejando las bolsas sobre la mesa y rodeando la cintura de Artemisa con sus brazos—. Te he echado de menos esta mañana. El vestuario es un caos sin tus fotos recordándonos que somos algo más que tíos corriendo tras un balón.

Artemisa rió y apoyó las manos en su pecho, sintiendo el latido rítmico y fuerte que siempre la calmaba.

— Solo han sido cuatro horas, Pablo.

— Cuatro horas son una eternidad cuando te acostumbras a lo bueno —respondió él antes de inclinar la cabeza para darle un beso corto y dulce—. Además, Pedri está insoportable. No deja de hablar de la cena de esta noche.

Artemisa se tensó ligeramente. La cena de esa noche no era una cena cualquiera; era la primera vez que se reunirían de manera oficial tras la inauguración de la exposición, y Pedri había insistido en invitar a todos a un restaurante en la Barceloneta para celebrar la "nueva etapa". Incluso Alejandra había insinuado que sería el momento perfecto para hablar de ciertos planes de futuro.

— ¿Crees que aparecerán? —preguntó Artemisa en voz baja, refiriéndose a sus padres.

Gavi la miró con esos ojos negros que siempre parecían leerle el alma. La atrajo más hacia él, buscando transmitirle toda la seguridad que sus palabras a veces no alcanzaban a expresar.

— Si aparecen, será porque tú los has invitado, Arte. Este es tu territorio ahora. Ya viste a tu padre en la galería; está perdiendo esa armadura de hierro. Pero si no te sientes lista, le digo a Pedri que cancele todo y nos pedimos una pizza aquí mismo.

— No —dijo ella con determinación, enderezando la espalda—. No voy a seguir huyendo. Si algo he aprendido estas semanas es que el miedo solo tiene el poder que yo le doy.

— Esa es mi chica —sonrió Gavi, dándole un beso en la frente—. Por cierto, Lewandowski me ha dicho que si vuelves a sacar una foto suya donde se le vea "demasiado mayor", te confiscará la tarjeta de memoria.

— ¡Dile que no es mi culpa que la luz de la tarde sea tan honesta! —exclamó ella riendo, rompiendo finalmente la tensión.

Pasaron la mañana entre risas, compartiendo el desayuno y planificando el montaje de una nueva serie de fotografías. Gavi, a pesar de su fama de impulsivo en el campo, mostraba una paciencia infinita cuando se trataba de ayudar a Artemisa. Se sentaba a su lado, escuchando sus explicaciones sobre la composición y el contraste, aunque a veces terminaba simplemente mirándola a ella con una adoración que la hacía sonrojar.

Sin embargo, la paz se vio interrumpida por una llamada al móvil de Gavi. Él frunció el ceño al ver la pantalla y se alejó un poco para contestar.

— ¿Sí? —Su tono cambió, volviéndose más serio—. ¿Ahora? Estoy con ella... Está bien, vamos para allá.

— ¿Qué pasa? —preguntó Artemisa cuando él colgó.

— Era Pedri. Dice que Alejandra ha recibido una notificación legal. Al parecer, la galería no se ha rendido del todo con el tema del contrato y tu padre... bueno, parece que ha vuelto a las andadas. Quiere impugnar la propiedad de algunas de las fotos alegando que se hicieron con equipo pagado por él.

Artemisa sintió un pinchazo de decepción, pero ya no era ese dolor paralizante de antes. Era más bien una molestia, como un ruido de fondo que molestaba pero no impedía la música.

— Nunca se cansa, ¿verdad? —susurró ella.

— Esta vez no va a ganar, Arte —dijo Gavi, tomando su chaqueta—. Pedri dice que nos reunamos en el despacho de los abogados de Alejandra. Ella tiene algo que quiere enseñarnos.

El trayecto en coche fue silencioso. Artemisa miraba por la ventana las calles de Barcelona, dándose cuenta de cuánto amaba esa ciudad y cuánto le había costado sentir que le pertenecía. Gavi conducía con una mano sobre la palanca de cambios y la otra entrelazada con la de ella, un gesto que se había vuelto su lenguaje secreto de apoyo.

Al llegar al despacho, encontraron a Pedri caminando de un lado a otro en la sala de espera, mientras Alejandra revisaba una pila de documentos con una expresión de triunfo que no encajaba con la gravedad de la situación.

— ¡Por fin llegáis! —exclamó Pedri, abrazando a su hermana—. No te preocupes por la cara de Ale, está en modo "tiburón legal".

— Mirad esto —dijo Alejandra, extendiendo un documento sobre la mesa—. Vuestro padre intentó reclamar la propiedad intelectual de las fotos basándose en que él financió el equipo y los viajes a Estados Unidos. Es una táctica vieja y sucia.

— ¿Y puede hacerlo? —preguntó Artemisa con el corazón en un puño.

— Podría, si no fuera porque encontré esto en los archivos de la universidad de California —respondió Alejandra con una sonrisa radiante—. Artemisa, ganaste una beca de materiales el año pasado. El equipo que usas no se compró con el dinero de tu padre; se compró con el fondo de excelencia de la facultad. Los recibos están a tu nombre, no al de la empresa familiar.

Artemisa se dejó caer en una silla, sintiendo que un peso inmenso se levantaba de sus hombros.

— ¿Estás segura?

— Totalmente —afirmó Alejandra—. He mandado una copia a sus abogados hace diez minutos. La respuesta ha sido un silencio absoluto. Han perdido su última palanca de control.

Pedri soltó una carcajada y levantó a su hermana en vilo, dándole vueltas en el aire.

— ¡Eres libre, Arte! ¡Libre de verdad!

Gavi se acercó y puso una mano en el hombro de Pedri, compartiendo la alegría de su amigo, pero sus ojos no se apartaban de Artemisa. Sabía que para ella esto era mucho más que un trámite legal; era la confirmación de que su talento era suyo y de nadie más.

— Creo que esto merece que la cena de esta noche sea la mejor de nuestras vidas —dijo Gavi—. Y yo invito. Y no acepto quejas de los hermanos Gonzales.

La noche cayó sobre la Barceloneta con un cielo teñido de violeta y naranja. El restaurante elegido estaba justo frente al mar, con el sonido de las olas proporcionando la banda sonora perfecta para la velada. Estaban los cuatro: Pedri y Alejandra, que no dejaban de intercambiar miradas cómplices, y Gavi y Artemisa, sentados uno al lado del otro, sintiendo que el futuro por fin era un lienzo en blanco.

— Tengo que confesar algo —dijo Pedri, levantando su copa de vino blanco—. Cuando Artemisa volvió de sorpresa de Estados Unidos, me asusté. Pensé que no iba a ser capaz de protegerla de todo el lío familiar. Pero hoy, viéndola allí en su estudio y viendo cómo ha manejado todo... me doy cuenta de que ella es la que nos ha protegido a todos con su valentía.

— Por Artemisa —brindó Alejandra, chocando su copa.

— Por la mejor fotógrafa de Barcelona —añadió Gavi, mirando a Artemisa con una intensidad que hizo que a ella se le saltaran las lágrimas de felicidad.

— Y por el mejor equipo del mundo —concluyó Artemisa, refiriéndose no al Barça, sino a las tres personas que estaban sentadas a esa mesa.

La cena transcurrió entre anécdotas y risas. Pedri bromeaba con Gavi sobre su falta de estilo fuera del campo, mientras Alejandra y Artemisa planeaban un viaje de chicas para el próximo verano. Sin embargo, en un momento de calma, Artemisa notó que Gavi estaba inusualmente inquieto.

— ¿Estás bien, Pablo? —le susurró ella al oído.

— Sí, solo... necesito un poco de aire. ¿Me acompañas a la terraza?

Artemisa asintió y se levantó, siguiendo al castaño hacia el balcón que daba directamente a la arena. El aire marino era fresco y revitalizante. Gavi se apoyó en la barandilla, mirando hacia la oscuridad del Mediterráneo.

— Sabes —empezó él, sin mirarla todavía—, siempre he tenido miedo de que un día te despertaras y te dieras cuenta de que este mundo de fútbol, prensa y caos no es para ti. Que preferirías estar en una galería tranquila en Nueva York o París, lejos de todo esto.

— Pablo, mírame —dijo ella, tomándole de las manos y obligándolo a girarse—. He estado en esos sitios. He estado en California, rodeada de artistas y de paz. Y lo único en lo que pensaba era en volver aquí. No por la ciudad, sino por ti. Por cómo me haces sentir que no tengo que ser perfecta, solo tengo que ser yo.

Gavi sonrió, esa sonrisa ladeada que siempre desarmaba a Artemisa.

— Lo sé. Pero después de lo de hoy, de saber que eres libre de verdad... quería darte algo. No es un regalo de "protección" como el colgante. Es algo más.

Se metió la mano en el bolsillo y sacó una llave pequeña, atada a un llavero de cuero con las iniciales "A. G.".

— Es la llave de mi casa, Arte. Sé que tienes tu estudio y que amas tu independencia, pero quiero que sepas que mi hogar es el tuyo. Siempre. No tienes que mudarte mañana, ni siquiera el mes que viene. Solo quiero que lleves esta llave contigo para que nunca olvides que, pase lo que pase con tus padres o con el mundo, tienes un lugar donde siempre eres la prioridad absoluta.

Artemisa tomó la llave, sintiendo el metal frío en su palma. Las lágrimas que había estado conteniendo durante toda la cena finalmente rodaron por sus mejillas.

— Pablo... esto es...

— Es lo que siento —la interrumpió él, acortando la distancia entre ambos—. Te quiero, Artemisa Gonzales. Y no te quiero porque seas la hermana de mi mejor amigo, ni porque seas una artista increíble. Te quiero porque eres la luz que me hace querer ser mejor persona cada día.

Artemisa se lanzó a sus brazos, escondiendo el rostro en su cuello.

— Yo también te quiero, Pablo. Mucho más de lo que las fotos pueden mostrar.

Se quedaron así un rato, abrazados bajo la luz de la luna, mientras en el interior del restaurante Pedri y Alejandra los observaban con una sonrisa de satisfacción. Pedri, por primera vez, no sentía la necesidad de intervenir. Sabía que su hermana estaba en las mejores manos posibles.

— ¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —preguntó Artemisa, separándose un poco para mirar los ojos negros de Gavi.

— ¿El qué?

— Que mañana por la mañana no tengo que mirar el teléfono con miedo. Mañana voy a ir al estudio, voy a poner música a todo volumen y voy a empezar a trabajar en mi próximo proyecto.

— ¿Y se puede saber de qué trata? —preguntó él con curiosidad.

— Se llama "El regreso" —respondió ella, entrelazando sus dedos con los de él—. Pero no trata de volver a un sitio, sino de volver a uno mismo. Y tú eres el protagonista de la mitad de las fotos, así que prepárate para ser modelo otra vez.

Gavi soltó una carcajada y la atrajo para un beso apasionado, un beso que sellaba una promesa de libertad y amor que ninguno de los dos estaba dispuesto a romper.

Cuando regresaron a la mesa, el ambiente era de pura celebración. Pedri ya estaba pidiendo el postre y Alejandra estaba enseñando a Artemisa unas fotos de unos locales que podrían servir para ampliar el estudio en el futuro.

— Oye, Gavi —dijo Pedri con tono burlón—, espero que esa llave que le has dado no signifique que vas a dejar de venir a jugar a la PlayStation a mi casa.

— No te preocupes, canario —respondió Gavi, guiñándole un ojo a Artemisa—. Iré, pero ahora tendré que pedirle permiso a la jefa.

Todos rieron, y por primera vez en mucho tiempo, la risa de Artemisa sonó limpia, sin sombras, sin ecos del pasado. La rubia de ojos cafés había vuelto a casa, sí, pero no para refugiarse, sino para conquistar su propio destino.

Mientras salían del restaurante y caminaban por el paseo marítimo, Artemisa sintió el peso de la llave en su bolsillo y el calor de la mano de Gavi en la suya. Miró hacia atrás, hacia las luces de la ciudad que una vez la hicieron sentir pequeña, y se dio cuenta de que ahora Barcelona no era un laberinto, sino un mapa de posibilidades.

— ¿En qué piensas? —preguntó Gavi, notando su silencio.

— En que el próximo capítulo de mi vida va a ser el mejor de todos —respondió ella, mirando hacia el horizonte donde el mar se encontraba con el cielo.

— No tengo ninguna duda —dijo él—. Y yo estaré allí para verlo todo a través de tu lente.

Caminaron juntos hacia el coche, bajo la mirada protectora de Pedri y la sonrisa de Alejandra, dejando atrás las sombras de la Bonanova y adentrándose en una noche que, por fin, les pertenecía por completo. El regreso de Artemisa Gonzales no había sido solo un viaje físico; había sido el renacimiento de una mujer que, con una cámara en la mano y un chico de ojos negros a su lado, estaba lista para fotografiar el mundo con sus propios colores.