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Sombras de Acero y Rizos

Entre el Acero y la Piel

La noche previa al combate no trajo el descanso que Kathe esperaba. El submundo de las peleas de robots en San Francisco no dormía; era un organismo vivo que respiraba vapor de alcantarilla y aceite quemado. En el taller, el silencio solo era interrumpido por el zumbido sistémico de Noisy Boy, que parecía procesar su nueva existencia en un estado de vigilia electrónica.

Kathe se despertó al alba, con el cuerpo entumecido por haber dormido contra la pierna metálica del robot. Se estiró, sintiendo cómo sus rizos protestaban contra el nudo de la bandana, y se dirigió a la pequeña cafetera que era, en su opinión, la pieza de tecnología más importante del lugar después de su terminal de datos.

—¿Ya estás dándole vueltas a la cabeza? —La voz de Bailey llegó desde la puerta. Traía una bolsa con pan dulce y una expresión de preocupación maternal—. Charlie y Max están cargando el camión. Dicen que si vamos a llegar a "El Matadero" antes de que la policía empiece a patrullar, tenemos que movernos ya.

Kathe tomó un sorbo de café negro, sintiendo cómo el calor le devolvía el alma al cuerpo.

—No es la policía lo que me preocupa, Bailey —admitió Kathe, mirando hacia la entrada del taller como si esperara ver aparecer un coche de lujo—. Es él. Mashido no es un hombre que acepte desafíos a la ligera.

—Ese hombre vive en una torre de marfil —dijo Bailey, dejando el pan sobre la mesa de herramientas—. No sabe lo que es ensuciarse las manos. Pero ten cuidado, Kathe. Los hombres como Tak Mashido no vienen a los barrios bajos por curiosidad. Vienen por conquista.

Kathe asintió, aunque en su fuero interno sabía que había algo más. La forma en que Tak la había mirado no era la de un conquistador examinando un territorio, sino la de un hombre que ha encontrado una anomalía en su universo perfecto y no puede dejar de tocarla.

El viaje hacia "El Matadero", un antiguo almacén de empaquetado de carne reconvertido en arena ilegal, fue tenso. Charlie conducía el camión con una energía nerviosa, hablando sin parar sobre las apuestas, mientras Max revisaba los controles del mando de voz que Kathe había modificado.

—Recuerda, Max —dijo Kathe, dándose la vuelta desde el asiento del copiloto—, tú solo das las órdenes básicas de posición. Noisy Boy se encargará de la ejecución. No intentes microgestionarlo como hacía tu padre. Él ahora tiene instinto.

—Lo sé, Kathe —respondió el niño con los ojos brillando de emoción—. Siento que me escucha. No como una máquina, sino como... como si estuviéramos en la misma frecuencia.

—Eso es porque lo están —murmuró ella.

Al llegar, el ambiente era eléctrico. El olor a sudor, cerveza barata y ozono llenaba el aire. En el centro del almacén, un ring vallado esperaba a sus gladiadores. El oponente de esa noche era "Midas", un robot dorado y brutal que Charlie conocía bien por sus deudas pasadas.

Kathe ayudó a descargar a Noisy Boy. Mientras ajustaba los últimos servos del cuello, sintió una presencia que hizo que los vellos de su nuca se erizaran. No necesitaba mirar para saber quién era. El aroma a sándalo y elegancia gélida cortaba el aire viciado del almacén.

Tak Mashido estaba allí, tal como prometió. Sin escoltas visibles, vestido con un jersey de cuello alto negro y un abrigo de lana que costaba más que todo el taller de Kathe. Se mantenía en las sombras, observando la decadencia del lugar con una expresión de fascinación clínica.

Kathe se limpió las manos en un trapo grasiento y caminó hacia él.

—Pensé que te darías cuenta de que este lugar no es digno de tus zapatos de tres mil dólares —dijo ella, deteniéndose a un paso de él.

—Los zapatos se pueden limpiar, Kathe —respondió Tak, su voz baja y resonante bajo el estruendo de la multitud—. La oportunidad de ver si tu teoría del "alma de la máquina" sobrevive a un martillo de diez toneladas es mucho más difícil de reemplazar.

—Viniste a verlo fallar —acusó ella con una sonrisa desafiante.

—Vine a ver la verdad. Aunque admito que el entorno es... pintoresco. —Tak dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. Sus ojos recorrieron el rostro de Kathe, deteniéndose en una mancha de aceite cerca de su sien—. Tienes algo aquí.

Antes de que ella pudiera reaccionar, él levantó la mano. Sus dedos, largos y finos, rozaron la piel de la mejilla de Kathe. No fue un movimiento técnico, ni frío. Fue un contacto deliberadamente lento que hizo que el ruido de la arena se desvaneciera para ella. El contraste entre sus dedos cálidos y el aire frío del almacén fue como una descarga eléctrica.

—Puedo limpiarme sola, Mashido —susurró Kathe, aunque no se apartó.

—Lo sé —dijo él, su pulgar acariciando suavemente el pómulo de la mujer—. Pero me gusta ver cómo reaccionas cuando algo rompe tu control. Eres tan volátil como el código que escribes.

—¡Kathe! ¡Es hora! —El grito de Charlie rompió el momento.

Ella retrocedió, recuperando el aliento.

—Mira bien, Tak. Porque después de esto, vas a deberme una cena. Y no será en uno de tus restaurantes con estrellas Michelin.

El combate fue una carnicería de metal. Midas era una bestia de fuerza bruta, pero Noisy Boy... Noisy Boy era un bailarín. Bajo la nueva programación de Kathe, el robot púrpura no solo bloqueaba; predecía. Se movía con una fluidez que desafiaba la física robótica tradicional. No era el estilo rígido de la WRB, era boxeo callejero elevado a una forma de arte.

Desde la esquina, Kathe no miraba al robot. Miraba a Tak. El diseñador estaba estático, con los ojos fijos en los movimientos de Noisy Boy. Su máscara de indiferencia se había roto. Su boca estaba ligeramente abierta, y sus manos se aferraban a la barandilla de metal con tal fuerza que sus nudillos estaban blancos. Estaba presenciando algo que su lógica le decía que era imposible.

Cuando Noisy Boy asestó el golpe final —un gancho ascendente que arrancó la mandíbula dorada de Midas y lo mandó a la lona en medio de una lluvia de chispas—, el almacén estalló.

Max y Charlie saltaron al ring, celebrando como locos. Kathe, sin embargo, bajó de la plataforma y caminó directamente hacia Tak. Él no se movió.

—Dilo —exigió ella, jadeando por la adrenalina—. Di que es mejor de lo que jamás fue bajo tu mando.

Tak la miró. Había algo oscuro y hambriento en su mirada, algo que no tenía nada que ver con la robótica.

—Es una aberración —dijo él en un susurro cargado de intensidad—. Es hermoso, caótico y carece de toda lógica estructural. Es exactamente como tú.

Sin previo aviso, Tak la tomó del brazo y la arrastró hacia el pasillo oscuro que conducía a las oficinas traseras del almacén, lejos de los gritos de la multitud y los flashes de las cámaras de los apostadores.

—¿Qué haces? —preguntó Kathe, aunque su cuerpo no ofrecía resistencia.

Él la empujó suavemente contra la pared de ladrillo frío y cerró la distancia entre ambos. El calor que emanaba de él era embriagador.

—Has ganado, Kathe —dijo Tak, su rostro a milímetros del de ella—. Has hackeado mi creación, has humillado mi filosofía y ahora estás aquí, triunfante. ¿Es esto lo que querías? ¿Verme derrotado?

—Quería que me vieras a mí —respondió ella, clavando sus dedos en las solapas de su abrigo—. No a la mecánica, no a la latina de barrio. A mí.

Tak soltó un gruñido bajo, una mezcla de frustración y deseo, y selló la distancia besándola. No fue un beso suave; fue una colisión de años de rivalidad, de intelectos chocando y de una atracción que ambos habían intentado enterrar bajo capas de código y metal. Kathe respondió con la misma ferocidad, enredando sus dedos en el cabello oscuro de Tak, tirando de él mientras el sabor a café y el aroma a acero se mezclaban.

Él la levantó ligeramente, presionándola contra la pared, y sus manos bajaron por su espalda, encontrando la piel desnuda donde su mono de trabajo terminaba. El contacto hizo que Kathe soltara un gemido que se perdió en la boca de él.

—Te odio —susurró ella contra sus labios, buscando su cuello con desesperación.

—Lo sé —respondió Tak, su voz ronca mientras enterraba el rostro en la melena rizada de ella—. Y eso es lo único que nos mantiene cuerdos.

Se separaron solo cuando el ruido de los pasos de Charlie y Bailey se acercó al pasillo. Kathe se arregló la ropa con manos temblorosas, mientras Tak recuperaba su compostura con una rapidez que a ella le resultó irritante.

—Mañana a las ocho —dijo Tak, recuperando su tono gélido, aunque sus ojos aún ardían—. Pasa por mi hotel. Te enviaré un coche.

—Dije que yo elegía el lugar, Mashido —le recordó ella, tratando de que su voz no temblara—. Y no será un lugar donde necesites corbata.

Él esbozó esa media sonrisa que Kathe empezaba a encontrar peligrosamente adictiva.

—Como desees. Después de lo que he visto hoy, creo que puedo sobrevivir a cualquier cosa que me lances.

Tak se dio la vuelta y se marchó justo cuando Charlie doblaba la esquina, con Max a hombros.

—¡Kathe! ¡Lo logramos! ¡Somos ricos! Bueno, no ricos, ¡pero tenemos para pagar el alquiler de seis meses! —gritó Charlie, radiante—. ¿Dónde estabas? ¿Y dónde se metió el estirado de Mashido?

Kathe miró hacia el pasillo vacío por donde Tak había desaparecido y luego a Noisy Boy, que estaba siendo remolcado hacia el camión, con sus luces púrpuras brillando en un estado de calma triunfal.

—Se fue, Charlie —dijo ella, permitiéndose una sonrisa—. Tenía cosas que procesar.

—Ese tipo es raro —comentó Max, bajándose de los hombros de su padre—. Pero cuando Noisy Boy ganó, se quedó mirándote como si fueras un robot nuevo que nunca había visto.

Bailey, que se había quedado atrás observando la escena con ojos analíticos, se acercó a Kathe y le puso una mano en el hombro.

—Eso no era la mirada de un ingeniero, Max —dijo Bailey en voz baja para que solo Kathe la oyera—. Ten cuidado, niña. Jugar con fuego es divertido hasta que te das cuenta de que el incendio no tiene salida de emergencia.

Kathe simplemente asintió, sintiendo todavía el calor de los labios de Tak sobre los suyos. Sabía que Bailey tenía razón. Había despertado a un gigante en el ring, pero también había despertado algo en el hombre que lo creó. Y no estaba segura de cuál de los dos era más peligroso.

Esa noche, de vuelta en el taller, Kathe no durmió bajo el robot. Se quedó sentada en su mesa de trabajo, mirando una línea de código que Tak le había enviado a su tableta personal poco después de irse. No era una mejora, ni un comando. Era un mensaje simple, escrito en el lenguaje que ambos compartían.

"01010100 01110101 01101001 01100001"

Kathe sonrió al traducirlo mentalmente. *Tuya*. O quizás, *Tuyo*.

Miró a Noisy Boy, que permanecía en las sombras, imponente y renovado.

—Bueno, azulito —susurró ella, cerrando la tableta—. Parece que mañana la pelea no será en el ring.

El Shogun de la Justicia parecía observarla, un guardián de metal en una ciudad que nunca dormía, mientras Kathe se preparaba para el combate más difícil de su vida: uno donde el acero no servía de escudo y donde el corazón era el único componente que no se podía reparar con una llave inglesa.