Sombras de Acero y Rizos
Sinfonía de Aceite y Piel
El coche que Tak Mashido envió no era el típico sedán negro de vidrios tintados que uno esperaría de un magnate. Era un deportivo eléctrico de líneas tan agresivas que parecía un arma blanca sobre ruedas. Kathe lo vio llegar desde la ventana de su taller, mientras terminaba de pelearse con su propio reflejo. Se había dejado los rizos libres, una cascada rebelde que desafiaba cualquier intento de orden, y vestía una chaqueta de cuero desgastada sobre un vestido rojo que caminaba por la delgada línea entre lo elegante y lo peligroso.
—Si no vuelvo en tres horas, llama a la policía. O a un exorcista —le dijo Kathe a Bailey, que estaba ayudando a Max a limpiar las articulaciones de Noisy Boy.
—Si no vuelves en tres horas, asumiré que estás negociando los derechos de autor de tu ADN —bromeó Bailey, aunque sus ojos mostraban una preocupación genuina—. Ten cuidado, Kathe. Ese hombre no tiene un corazón, tiene un reactor de fusión. Quema a cualquiera que se acerque demasiado.
Kathe bajó las escaleras y subió al coche. El interior olía a coche nuevo y a ese vacío aséptico que Tak llamaba hogar. El vehículo la llevó, en un silencio casi fantasmal, no a un restaurante, sino hacia las colinas que dominaban la bahía de San Francisco, deteniéndose ante una estructura de cristal y acero que parecía flotar sobre el acantilado.
Tak la esperaba en la terraza, con una copa de vino en la mano y la chaqueta del traje descartada en algún lugar. Se veía más humano así, con las mangas de la camisa blanca remangadas, revelando unos antebrazos firmes que delataban que, en algún momento de su vida, él también había empuñado herramientas.
—Llegas tarde —dijo Tak sin girarse, observando las luces de la ciudad.
—El tráfico de los barrios bajos no se ajusta a tus algoritmos de precisión, Mashido —replicó Kathe, caminando hacia él. El tacón de sus botas resonaba con fuerza contra el suelo de mármol.
Él se giró y, por un segundo, el tiempo pareció dilatarse. Tak la recorrió con la mirada, desde los rizos que el viento de la bahía agitaba hasta el rojo encendido de su vestido. Sus ojos, antes fríos como el nitrógeno líquido, brillaron con algo que Kathe reconoció como hambre pura.
—Dije que yo elegía el sitio —continuó ella, tratando de ignorar el nudo en su estómago—. Así que deja ese vino caro. Nos vamos.
—¿A dónde? —preguntó él, arqueando una ceja con curiosidad.
—A un lugar donde las máquinas no son perfectas y la gente no finge serlo.
Media hora después, Tak Mashido se encontraba sentado en un taburete de madera destartalado en un puesto de tacos frente a la bahía, rodeado de estibadores, mecánicos y el humo embriagador de la carne asada.
—Esto es... insalubre —murmuró Tak, mirando con desconfianza el plato de plástico que Kathe le acababa de poner delante.
—Esto es vida, Tak —dijo ella, dándole un mordisco a su taco con un deleite que hizo que él tragara saliva—. No todo tiene que pasar por un filtro de laboratorio. Prueba. Es una orden de la dueña del robot que pateó el trasero de tu campeón anoche.
Tak, movido por un orgullo que no le permitía ser menos que ella, tomó un taco. Lo probó con cautela y luego, para su propia sorpresa, cerró los ojos.
—Tiene... matices —admitió, su voz perdiendo parte de su rigidez—. Picante, pero equilibrado.
—Se llama pasión, algo que no puedes programar en Zeus por mucho que lo intentes —dijo Kathe, apoyando los codos en la mesa—. Cuéntame algo, Tak. Y no quiero oír hablar de procesadores de cuatro núcleos o de la fibra de carbono de los pistones. Cuéntame por qué un hombre que lo tiene todo parece estar tan solo en esa casa de cristal.
Tak dejó el taco y la miró fijamente. La luz de los neones del puesto se reflejaba en sus ojos, dándoles un matiz iridiscente.
—La perfección es solitaria, Kathe. Cuando diseñas el futuro, el presente se vuelve aburrido. La gente es predecible. Sus miedos, sus ambiciones... todo sigue un patrón. Hasta que apareciste tú con ese montón de chatarra púrpura.
—Noisy Boy no es chatarra —le corrigió ella, su voz bajando de tono—. Es un guerrero que fue traicionado por alguien que solo veía en él una victoria rápida. Charlie no lo entendió. Tú lo creaste como un símbolo, pero yo... yo le di una razón para levantarse.
—Le diste algo más —dijo Tak, inclinándose hacia ella. El olor a cilantro y especias se mezclaba con su perfume caro—. Le diste una voluntad propia. Eso es peligroso. Si los robots empiezan a elegir, nosotros dejamos de ser necesarios.
—¿Tienes miedo de dejar de tener el control, Tak? —Kathe alargó la mano y rozó los dedos de él sobre la mesa. Su piel estaba caliente, vibrante—. ¿O tienes miedo de que alguien descubra que, bajo ese traje de tres mil dólares, hay un hombre que todavía recuerda lo que es sentir algo que no puede controlar?
El silencio que siguió no fue incómodo, sino denso, cargado de una tensión que hacía que el aire alrededor de ellos pareciera vibrar. Tak no retiró la mano. Al contrario, entrelazó sus dedos con los de ella.
—Eres una anomalía en mi sistema, Kathe —susurró él—. Y los ingenieros odiamos las anomalías. Pero los hombres... los hombres nos obsesionamos con ellas.
—Vámonos de aquí —dijo ella, sintiendo que el corazón le martilleaba en el pecho.
El regreso a la mansión de Tak fue diferente. No hubo palabras. Solo el sonido del motor eléctrico y la respiración sincronizada de dos personas que sabían que habían cruzado un punto de no retorno. Al entrar en el gran salón de cristal, Tak no encendió las luces. La luna se filtraba por los ventanales, bañando todo en un tono plateado.
Él la tomó por la cintura, atrayéndola hacia sí con una urgencia que rompió cualquier rastro de su habitual compostura. Kathe echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello, y él no perdió el tiempo. Sus besos eran exigentes, marcando territorio, mientras sus manos se perdían en la masa de rizos oscuros.
—Dijiste que querías que te viera a ti —dijo Tak contra su piel, su voz ronca y cargada de una pasión contenida—. Te estoy viendo, Kathe. Y lo que veo me está volviendo loco.
—Entonces deja de pensar —respondió ella, tirando de su camisa con impaciencia—. Por una vez en tu vida, Mashido, deja que el hardware falle.
Se movieron hacia la habitación principal, un espacio de minimalismo frío que pronto se calentó con el roce de la piel y el sonido de la ropa cayendo al suelo. Cuando Tak finalmente la poseyó sobre las sábanas de seda negra, no hubo rastro del diseñador calculador. Era un hombre entregado a la intensidad de una mujer que le devolvía cada caricia, cada empuje, con una ferocidad que lo dejaba sin aliento.
Kathe sentía la fuerza de los músculos de Tak bajo sus manos, la solidez de un cuerpo que era tan preciso como sus máquinas, pero que ahora ardía con una humanidad desbordante. En el clímax de su pasión, mientras ella enterraba las uñas en sus hombros y él pronunciaba su nombre como una oración o una maldición, la barrera entre el creador y la rebelde se desintegró por completo.
Horas más tarde, Kathe estaba envuelta en las sábanas, observando a Tak, que dormía a su lado con una expresión de paz que probablemente nunca mostraba al mundo. Se levantó en silencio y caminó hacia el ventanal. A lo lejos, podía imaginar su taller, a Noisy Boy esperando en las sombras, y a Max y Charlie soñando con la gloria de la WRB.
Una mano cálida se posó en su cintura. Tak se había despertado.
—No te vayas —dijo él, abrazándola por la espalda y apoyando la barbilla en su hombro.
—Tengo un robot que preparar para la próxima pelea, Tak. Y tú tienes un imperio que dirigir.
—Ese robot ya no necesita preparación, Kathe. Lo que necesita es a ti. Y yo... —Él hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Yo necesito entender cómo lo hiciste. Cómo lograste que el código sintiera.
Kathe se giró en sus brazos, mirándolo con una mezcla de ternura y desafío.
—No fue el código, Tak. Fue el respeto. Él sabe que no lo veo como una herramienta, sino como un compañero. Si quieres aprender eso, vas a tener que bajar de tu torre más a menudo.
—Lo haré —prometió él, besando su frente—. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que Noisy Boy y Zeus nunca se enfrenten. No quiero tener que destruir lo que tú has amado tanto.
Kathe soltó una carcajada suave, una que resonó en el silencio de la habitación de cristal.
—Oh, Tak. Qué poco me conoces. No tienes miedo de destruir a Noisy Boy. Tienes miedo de que mi "chatarra" humille a tu dios frente a todo el mundo.
Tak sonrió, una sonrisa auténtica que llegó a sus ojos.
—Tal vez tengas razón. Pero por ahora, dejemos que los gigantes duerman.
A la mañana siguiente, el taller de la zona portuaria bullía de actividad. Charlie estaba intentando convencer a un promotor por teléfono de que Noisy Boy era la próxima gran sensación del circuito profesional, mientras Max le enseñaba al robot nuevos movimientos de sombra.
—¡Kathe! ¡Llegaste! —exclamó Max, corriendo hacia ella—. ¿Dónde estuviste? Charlie estaba a punto de llamar a la guardia costera.
—Estaba... cerrando un trato técnico —respondió ella, evitando la mirada inquisitiva de Bailey, que la observaba desde el rincón con una sonrisa de suficiencia.
—¿Un trato técnico, eh? —dijo Bailey, acercándose—. Tienes una marca en el cuello que parece un error de sistema muy interesante.
Kathe se subió el cuello de la chaqueta, sintiendo que el calor subía a sus mejillas.
—Mashido es un negociador difícil, Bailey.
—Me lo imagino —replicó su amiga—. Por cierto, llegó esto para ti hace una hora.
Bailey le entregó una tableta de última generación, envuelta en una funda de cuero con el logo de Mashido Studios. Kathe la encendió. No había mensajes de texto, solo un archivo de video.
Al reproducirlo, vio una simulación de combate. Era Noisy Boy, pero mejorado con una tecnología que Kathe reconoció como la que se usaba en Zeus. Sin embargo, no era una actualización forzada. Era una simbiosis. El robot púrpura se movía con su estilo callejero, pero con una potencia y una velocidad que lo hacían prácticamente invencible.
Al final del video, apareció una sola línea de texto:
"Para el alma de la máquina. Nos vemos en la cena. Yo elijo el postre. T."
Kathe sonrió y miró hacia el gigante púrpura que dominaba el taller. Noisy Boy inclinó la cabeza ligeramente, y por un momento, sus ojos brillaron con una intensidad que no era producto de ninguna batería.
—¿Qué es eso, Kathe? —preguntó Max, asomándose a la pantalla.
—Es el futuro, Max —dijo ella, acariciando el brazo de metal de su robot—. Un futuro donde ya no tenemos que pelear solos.
Charlie se acercó, rascándose la cabeza.
—No sé qué está pasando entre tú y el japonés, Kathe, pero mientras Noisy Boy siga ganando, no me importa. Solo espero que no nos venda a la WRB.
—Él no nos va a vender, Charlie —aseguró Kathe, mirando hacia el horizonte donde la torre de Mashido brillaba bajo el sol—. Él finalmente ha entendido que hay cosas que el dinero no puede comprar. Y que hay batallas que se ganan fuera del ring.
La historia de Noisy Boy apenas comenzaba, pero la de Kathe y Tak ya había escrito su capítulo más importante. Entre el aceite, el acero y la piel, habían encontrado una frecuencia común. Una que no necesitaba cables para conectarse, ni comandos para ser obedecida. Una frecuencia que, al igual que el guerrero púrpura, se negaba a ser silenciada.