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Sombras de Acero y Rizos

Sincronía de Sistemas y Secretos

El taller de la zona portuaria nunca había estado tan silencioso, o al menos así lo sentía Kathe mientras observaba la pantalla de su terminal. El resplandor azulado de los datos bailaba sobre sus rizos, que caían desordenados sobre sus hombros tras una noche de poco sueño y demasiadas preguntas. Noisy Boy descansaba a sus espaldas, con los sistemas en modo de hibernación, pero Kathe podía jurar que sentía el calor residual de sus núcleos de energía, como si el gigante púrpura estuviera compartiendo su expectación.

La puerta metálica chirrió al abrirse, rompiendo la burbuja de concentración. Charlie entró cargando una caja de piezas de repuesto, seguido por Max, quien no soltaba su tableta de control.

—Kathe, tienes que ver esto —dijo Charlie, dejando la caja sobre la mesa con un golpe seco—. Los promotores de la liga regional están llamando como locos. El video de la pelea contra Midas se volvió viral. Dicen que el "Shogun" ha vuelto de entre los muertos con un estilo que nadie puede clasificar.

Max se subió a un taburete, con los ojos brillando.

—¡Incluso dicen que Zeus tiene competencia! —exclamó el niño—. Kathe, ¿qué le hiciste exactamente? Sus reflejos son... no son normales. Es como si supiera lo que el otro va a hacer antes de que los sensores lo procesen.

Kathe se giró lentamente, frotándose los ojos. No podía decirles que la mitad del éxito se debía a un "hackeo" emocional que ella misma apenas comprendía, y la otra mitad a una noche de pasión y debate técnico con el hombre que originalmente diseñó la máquina.

—Solo le di autonomía, Max —respondió ella, tratando de mantener la voz firme—. Le quité las correas que Mashido le puso hace años. Noisy Boy siempre fue un guerrero, solo necesitaba que alguien confiara en su instinto metálico.

—Hablando del diablo —murmuró Charlie, mirando hacia la entrada.

Un elegante sedán plateado se detuvo frente al taller. No era el deportivo de la noche anterior, sino algo más discreto, aunque igualmente costoso. Tak Mashido bajó del vehículo, luciendo un traje gris carbón que parecía repelente a la grasa y el polvo del lugar. Su expresión era la misma máscara de porcelana de siempre, pero cuando sus ojos se encontraron con los de Kathe, una chispa de reconocimiento —y algo mucho más profundo— cruzó su mirada.

—Kenton. Joven Max —saludó Tak con una inclinación de cabeza casi imperceptible—. He venido a supervisar el estado de mi... de la propiedad de Kathe.

—¿Supervisar? —Charlie se cruzó de brazos, soltando una risa sarcástica—. Hace dos días decías que era chatarra. Ahora vienes aquí como si fueras el padrino de la criatura.

—Las circunstancias cambian, Charlie —replicó Tak, avanzando hacia el centro del taller. Se detuvo frente a Noisy Boy, observando las nuevas placas de refuerzo que Kathe había soldado—. Especialmente cuando alguien demuestra que mis teorías sobre la rigidez del software estaban... incompletas.

Kathe se acercó a él, sintiendo la electricidad habitual que emanaba de su presencia. El recuerdo de sus manos sobre su piel la noche anterior amenazaba con distraerla, pero se obligó a mantener la profesionalidad frente a los Kenton.

—¿Vienes a criticar mi soldadura o a traerme más juguetes, Mashido? —preguntó ella con una sonrisa desafiante.

—Vengo a invitarte a un lugar —respondió él, bajando la voz para que solo ella pudiera oírlo—. Un lugar donde podamos hablar sin el ruido de la nostalgia de Kenton. Y sí, he traído algo.

Tak hizo una señal y su chofer entró cargando un maletín reforzado. Lo colocó sobre la mesa de trabajo principal y lo abrió. Dentro, descansaba un procesador de núcleo líquido envuelto en gel refrigerante, algo que Kathe solo había visto en planos conceptuales de la WRB.

—Es un prototipo de respuesta neuronal —explicó Tak, dirigiéndose ahora a todos—. Si Kathe logra integrarlo en la arquitectura de Noisy Boy, su velocidad de procesamiento se triplicará. Pero requiere una sincronización manual extremadamente delicada.

Max se acercó, boquiabierto.

—Eso es... eso es lo que usa Zeus para su modo automático, ¿verdad?

—Similar —dijo Tak, mirando al niño con un respeto inusual—, pero este no busca la perfección fría. Busca la adaptabilidad. Exactamente lo que Kathe ha estado intentando lograr.

Charlie miró el procesador y luego a Kathe. Había una sombra de duda en su rostro, la misma que siempre tenía cuando algo parecía demasiado bueno para ser verdad.

—¿Y qué quieres a cambio, Mashido? —preguntó Charlie—. Nadie regala tecnología de punta por amor al arte.

Tak guardó silencio por un momento, mirando a Kathe.

—Quiero ver si mi creación es capaz de superar a su creador —respondió finalmente—. Consideradlo un experimento científico de alto nivel.

Kathe tomó el procesador. Estaba frío al tacto, pero sabía que contenía el fuego necesario para llevar a Noisy Boy a la cima.

—Lo haré —dijo ella—. Pero lo haré a mi manera. No quiero tus técnicos aquí, Tak. Solo tú y yo.

Charlie suspiró, dándose cuenta de que ya no tenía voz ni voto en esa alianza.

—Está bien. Max y yo iremos a buscar suministros y a ver si Bailey necesita ayuda en el gimnasio. No rompan nada que no puedan arreglar.

Cuando los Kenton se fueron, el ambiente en el taller cambió drásticamente. El aire pareció volverse más denso, cargado con el peso de lo que no se había dicho desde que Kathe abandonó la mansión de Tak esa mañana.

—No has dormido nada —dijo Tak, rompiendo el silencio mientras se quitaba la chaqueta del traje y la colgaba con cuidado en el respaldo de una silla vieja.

—El café hace milagros —respondió Kathe, conectando los cables de diagnóstico al procesador—. Y tu mensaje de anoche no ayudó precisamente a que conciliara el sueño.

Tak se acercó a ella, deteniéndose justo detrás. Podía sentir su aliento en la nuca, un contraste cálido con el metal frío de la mesa.

—¿Te molestó? —preguntó él, su voz volviéndose esa seda peligrosa que la desarmaba.

—Me confundió —admitió ella, girándose para enfrentarlo—. Un momento eres el genio arrogante que desprecia los robots "con alma", y al siguiente me envías códigos binarios que dicen... bueno, lo que decían.

Tak extendió la mano y tomó un mechón de sus rizos, jugueteando con él con una delicadeza que no encajaba con su reputación.

—Kathe, en mi mundo todo es binario. Cero o uno. Éxito o fracaso. Pero contigo, he descubierto que hay una frecuencia intermedia. Un ruido que no puedo filtrar. No es que desprecie el alma de las máquinas, es que me aterra no poder controlarla.

—El amor no se controla, Tak —dijo ella, bajando el volumen de su voz hasta un susurro—. Ni el que se le tiene a una máquina, ni el que se siente por una persona.

—Lo sé —respondió él, acortando la distancia—. Y por eso estoy aquí. No solo por el robot.

Él la besó con una urgencia que parecía una disculpa y una declaración al mismo tiempo. Kathe correspondió, subiéndose a la mesa de trabajo y rodeando su cintura con las piernas, ignorando el desorden de herramientas a su alrededor. El contraste entre la sofisticación de Tak y la rudeza del taller creaba una atmósfera eléctrica. Sus manos, expertas en manipular los circuitos más complejos del mundo, recorrían ahora las curvas de Kathe con una devoción casi religiosa.

—Tak... —susurró ella entre besos—, tenemos que trabajar. El procesador...

—El procesador puede esperar diez minutos —dijo él, bajando sus besos hacia el escote de su mono de trabajo—. El mundo no se detendrá si el gran Tak Mashido llega tarde a su propia genialidad.

Kathe soltó una risa ahogada, rindiéndose al placer de sentirlo cerca. En ese momento, no eran la mecánica rebelde y el diseñador corporativo; eran simplemente dos mentes brillantes que habían encontrado un lenguaje común en la piel del otro.

Después de un tiempo que pareció suspenderse en el espacio, ambos se separaron, respirando con dificultad pero con una sonrisa compartida. Kathe se arregló el cabello y Tak se ajustó la camisa, recuperando su compostura, aunque sus ojos seguían brillando con una intensidad nueva.

—Bien —dijo Kathe, tomando la llave de torque—, ahora enséñame cómo integrar esta maravilla sin que Noisy Boy sufra un cortocircuito emocional.

Pasaron las siguientes horas sumergidos en una danza técnica. Fue una colaboración pura, algo que ninguno de los dos había experimentado antes. Tak aportaba la precisión matemática y los límites del hardware, mientras que Kathe aportaba la intuición y el conocimiento de las "cicatrices" de Noisy Boy.

—Si conectamos el puente neuronal directamente al lóbulo frontal del procesador, el tiempo de respuesta será de 0.02 milisegundos —explicó Tak, señalando un esquema en la tableta.

—Demasiado rápido —objetó Kathe—. El chasis de Noisy Boy no es de Zeus. Si se mueve a esa velocidad sin una rampa de aceleración, sus servos estallarán por la presión hidráulica. Necesitamos un limitador adaptativo.

Tak la miró, impresionado.

—Tienes razón. No estoy considerando la fatiga del metal antiguo. Estás pensando en él como en un atleta que necesita calentar, no como en una máquina que solo recibe impulsos.

—Exacto. Él tiene memoria física, Tak. Si lo obligas a actuar como una máquina nueva, se romperá. Hay que dejar que su experiencia guíe la potencia.

Mientras trabajaban, la conversación derivó hacia temas más mundanos, algo que Tak rara vez hacía con nadie. Hablaron de sus infancias; ella le contó sobre su abuelo en el Caribe, que arreglaba motores de barcos con nada más que alambre y fe, y él le habló de la presión asfixiante de su familia en Japón para ser el mejor en todo.

—Mi padre nunca entendió por qué me gustaban los robots —dijo Tak, mientras ajustaba un cable minúsculo—. Él quería que fuera un político o un banquero. Para él, jugar con metal era cosa de obreros.

—Y ahora eres el hombre que define el entretenimiento mundial —replicó Kathe, pasándole un destornillador—. Supongo que le demostraste que estaba equivocado.

—A medias. Él ve el éxito, pero no ve la belleza. Tú, en cambio... tú ves la belleza incluso en la chatarra.

—No hay chatarra, Tak. Solo hay cosas que esperan ser entendidas.

Al caer la tarde, el trabajo estaba terminado. Noisy Boy permanecía en el centro, pero algo en su postura parecía más alerta, más vibrante. Kathe inició la secuencia de prueba.

Las luces púrpuras se encendieron con un brillo cegador. El robot realizó una serie de movimientos de sombra, ganchos y bloqueos, con una velocidad y una gracia que hicieron que incluso Tak diera un paso atrás, asombrado. No había el menor rastro de vibración o retraso. Era perfecto.

—Es magnífico —susurró Tak—. Es mejor que cualquier cosa que haya salido de mis laboratorios oficiales.

—Es porque tiene una parte de ti y una parte de mí —dijo Kathe, apoyando la cabeza en el hombro de él—. Es nuestro, de alguna manera.

La puerta se abrió de nuevo y Bailey entró, deteniéndose en seco al ver la escena: Kathe y Tak juntos frente al robot, en una armonía que desafiaba toda lógica de rivalidad.

—Siento interrumpir el momento de "creación divina" —dijo Bailey, con una sonrisa pícara—, pero hay un problema. Un problema grande.

—¿Qué pasa? —preguntó Kathe, separándose de Tak.

—Farra Lemkova —respondió Bailey, mencionando a la implacable promotora de Zeus—. Se ha enterado de que Mashido está pasando demasiado tiempo en este taller. Ha enviado un mensaje. Dice que si Noisy Boy quiere demostrar que es real, tiene que pelear este fin de semana en la cartelera principal de la WRB. Contra Twin Cities.

Kathe sintió un frío en el estómago. Twin Cities era un monstruo de dos cabezas, una pesadilla de coordinación y fuerza bruta.

—Es una trampa —dijo Tak de inmediato, su voz volviéndose gélida—. Twin Cities está diseñado para desmantelar robots de la vieja generación. Farra quiere humillarte, Kathe. Quiere demostrar que mi tecnología no puede salvar a una reliquia.

—O quiere demostrar que tú me estás ayudando y usarlo para sacarte de la junta directiva —añadió Kathe, mirando a Noisy Boy—. Es un movimiento político.

—No lo hagas —pidió Tak, tomándola de las manos—. No están listos. El procesador aún necesita días de calibración.

Kathe miró a Noisy Boy. El robot parecía estar escuchando, con sus kanjis parpadeando en un ritmo constante. Luego miró a Tak, viendo la preocupación genuina en los ojos del hombre que se suponía que no sentía nada.

—Si no aceptamos, siempre seremos el "experimento de garaje" —dijo Kathe con determinación—. Noisy Boy merece estar bajo las luces de nuevo. Y yo confío en lo que hemos hecho aquí hoy.

—Kathe, es un riesgo suicida —insistió Tak.

—Tú mismo dijiste que la humanidad es una falla en el sistema, Tak. Pues bien, esta es mi falla. Voy a pelear. Y voy a ganar.

Tak guardó silencio durante un largo minuto, procesando la terquedad de la mujer que amaba. Finalmente, suspiró y una pequeña sonrisa de orgullo apareció en su rostro.

—Si vas a hacer esto, no lo harás sola. Yo estaré en la esquina. No como Tak Mashido, el creador de Zeus, sino como tu ingeniero de apoyo.

Bailey soltó un silbido.

—Eso va a causar un terremoto en la WRB. El mundo va a explotar cuando vean a Mashido en el rincón de un robot de desguace.

—Que explote —dijo Tak, mirando a Kathe—. Ya es hora de que el mundo aprenda que la perfección no es lo más importante.

Esa noche, mientras la ciudad dormía, el taller seguía iluminado. Noisy Boy, Kathe y Tak formaban un triángulo de acero y voluntad. Sabían que el fin de semana no solo se jugaban la reputación de un robot, sino el futuro de una relación que había nacido en las cenizas del odio y florecido en la sincronía del genio.

Kathe se acercó a Noisy Boy y le puso la mano en el pecho, sintiendo la vibración del nuevo procesador.

—Prepárate, azulito —susurró—. Vamos a demostrarles que el Shogun no solo ha vuelto. Ha evolucionado.

A su lado, Tak Mashido observaba la escena, dándose cuenta de que, por primera vez en su vida, no le importaba el resultado de la pelea. Lo único que le importaba era la mujer rizada que había logrado hackear su corazón, un sistema que él creía impenetrable, y que ahora latía al mismo ritmo que el gigante púrpura de acero.