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Spencer

El silencio de las cicatrices

El edificio de la UAC nunca había parecido tan frío. Spencer Reid caminaba por los pasillos con la mirada perdida, ignorando las estadísticas que habitualmente poblaban su mente. Por primera vez en su vida, los números no le servían de consuelo. La probabilidad de que Lia fuera víctima de un crimen violento en el distrito de Columbia era de un 0.04% anual, pero la realidad se había encargado de pisotear sus cálculos.

Llevaba tres días sin dormir. Sus ojos, enrojecidos tras las gafas, escaneaban una y otra vez el informe del caso que nunca debió llegar a su escritorio. "El Escultor". Un sujeto que secuestraba mujeres jóvenes, las mantenía cautivas durante semanas y utilizaba sus cuerpos como lienzos para una forma de arte macabra, realizando cortes precisos que imitaban patrones geométricos antes de abandonarlas, ya sin vida, en parques públicos.

Lia había sido la única en sobrevivir.

— Reid, tienes que ir a casa —la voz de Aaron Hotchner sonó firme a sus espaldas, pero cargada de una compasión inusual.

Spencer se tensó, apretando los bordes del expediente.

— Si me voy, el tiempo de procesamiento de los perfiles geográficos se retrasará un 15% —respondió con voz mecánica—. El sujeto sigue ahí fuera. Ella escapó, pero él no ha terminado su "obra".

— La policía la encontró hace doce horas —dijo Hotchner, acercándose—. Está en el hospital St. Jude. Los médicos dicen que físicamente está estable, pero el trauma es... profundo. No ha dicho una sola palabra desde que la rescataron.

Spencer sintió un nudo en la garganta que le impedía tragar. La imagen de Lia, siempre tan llena de luz, tan vibrante y persistente, ahora reducida a un silencio absoluto, era algo que su cerebro se negaba a procesar.

— Ella me buscó —susurró Spencer, casi para sí mismo—. La última vez que la vi, la rechacé. Le dije que era superficial. Le dije que no quería que estuviera cerca de mí.

— No podías saberlo, Spencer —intervino JJ, que se había unido a ellos en el área común—. Nadie podía.

— Yo soy perfilador, JJ —dijo él, volviéndose con una expresión de puro dolor—. Mi trabajo es predecir el comportamiento humano. Y fallé en lo más básico. Vi una amenaza en su amor y no vi el peligro real que la acechaba.

Sin decir una palabra más, Spencer tomó su bolso y salió del edificio. No fue a su casa. Condujo directamente al hospital, con las manos temblando sobre el volante. Durante todo el trayecto, las palabras de Lia resonaban en su cabeza: "Me etiquetas para poder descartarme".

Al llegar a la habitación 402, se detuvo ante la puerta de cristal. A través del vidrio, la vio.

Lia estaba sentada en la cama, envuelta en una bata blanca que parecía demasiado grande para su cuerpo ahora frágil. Su melena azabache, antes sedosa, estaba enredada y opaca. Pero lo peor eran las marcas. Un hematoma violáceo le cubría la mejilla izquierda y parte del cuello. Sus brazos, aquellos que ella había intentado usar para abrazarlo tantas veces, estaban cubiertos de vendajes que ocultaban los cortes quirúrgicos del "Escultor".

Spencer sintió que el aire le faltaba. Entró lentamente, tratando de no hacer ruido, respetando ese espacio personal que él mismo siempre había exigido con tanto ahínco.

— Lia... —murmuró.

Ella no se movió. Ni siquiera parpadeó. Sus ojos verdes, que antes parecían retener toda la luz de Quantico, ahora estaban fijos en un punto indeterminado de la pared opuesta. Eran dos pozos vacíos, carentes de cualquier rastro de la mujer que lo había perseguido con cafés y sonrisas.

Spencer se acercó un paso más, manteniendo una distancia de seguridad. Su instinto le decía que no debía tocarla, no solo por su propia aversión al contacto, sino porque sabía que para una víctima de tortura, cualquier roce podía ser un disparador de pánico.

— Lia, soy yo. Soy Spencer.

Silencio. Un silencio tan denso que se podía sentir en los pulmones.

— Los médicos dicen que estás a salvo —continuó él, su voz quebrándose ligeramente—. El equipo está trabajando en el caso. Vamos a encontrarlo, te lo prometo. No volverá a tocarte.

Lia ni siquiera giró la cabeza. Era como si Spencer fuera invisible, como si él fuera ahora el ruido blanco que ella había decidido ignorar para sobrevivir.

Spencer se sentó en la silla de madera junto a la cama, manteniendo las manos entrelazadas sobre su regazo. Pasaron los minutos, convirtiéndose en horas. Él comenzó a hablarle, no de crímenes ni de perfiles, sino de lo único que sabía hacer para llenar los vacíos: datos.

— ¿Sabías que los pulpos tienen tres corazones? —dijo en voz baja—. Dos bombean sangre a las branquias y uno al resto del cuerpo. A veces pienso que la naturaleza es redundante por una razón. Para que, si un corazón se rompe, los otros sigan funcionando.

Lia no reaccionó. Una lágrima solitaria resbaló por su mejilla herida, pero su expresión permaneció petrificada.

— Lo siento —dijo él de repente, la lógica abandonándolo por completo—. Tenías razón. Soy un idiota. Fui superficial contigo porque tenía miedo de lo que me hacías sentir. Te puse en una caja para no tener que lidiar con la posibilidad de que alguien tan hermosa pudiera querer a alguien tan roto como yo. Y mientras yo me escondía detrás de mis libros, tú... tú estabas pasando por el infierno.

Spencer bajó la cabeza, ocultando su rostro entre las manos. El remordimiento era una emoción física, un peso en su pecho que le impedía respirar con normalidad. Recordó cada vez que la había rechazado, cada vez que había evitado su mirada, cada vez que le había dicho que ella no era lo suficientemente real para su mundo oscuro.

— Por favor, di algo —suplicó—. Grítame, dime que me odias, dime que es mi culpa por no haberte protegido. Pero no te quedes ahí donde no puedo alcanzarte.

Lia movió ligeramente los dedos sobre la sábana, un movimiento casi imperceptible, pero no habló. Sus ojos se cerraron con fuerza, y Spencer pudo ver cómo su cuerpo temblaba sutilmente, una respuesta fisiológica al trauma que el cerebro no podía procesar.

En ese momento, la puerta se abrió y entró una enfermera.

— Doctor Reid, debe retirarse. Necesitamos cambiarle los vendajes y darle su medicación.

Spencer se puso de pie, sintiéndose más impotente que nunca. Miró a Lia una última vez antes de salir. Ella seguía siendo una estatua de dolor, una obra de arte rota por un monstruo que él aún no había atrapado.

Fuera de la habitación, en el pasillo aséptico, se encontró con Morgan y Rossi. Ambos lo miraron con preocupación.

— No habla, Morgan —dijo Spencer, su voz cargada de una desesperación que rara vez mostraba—. No me mira. Es como si la Lia que conocía hubiera muerto en ese sótano.

— Es el mecanismo de defensa, chico —dijo Rossi, poniendo una mano en su hombro, algo que Reid permitió por primera vez en mucho tiempo—. Se ha retirado a un lugar donde nadie puede herirla. Incluyéndote a ti.

— Ella me amaba —dijo Spencer, y la palabra "amor" ya no le sonaba a un riesgo bioquímico, sino a una pérdida irreparable—. Y yo usé mi inteligencia para construir muros entre nosotros. Ahora que quiero derribarlos, ella ha construido su propio muro, y es mucho más alto que el mío.

— Entonces tendrás que ser paciente —dijo Morgan—. Ella estuvo ahí para ti cuando tú no la querías. Ahora te toca a ti estar ahí para ella, aunque ella no pueda decirte que te necesita.

Spencer asintió, secándose los ojos con el dorso de la mano. Regresó a la UAC con una determinación fría y cortante. Pasó las siguientes cuarenta y ocho horas sin salir de la sala de mapas, analizando cada corte, cada patrón, cada centímetro de la zona donde Lia había sido encontrada.

Finalmente, la conexión apareció. El "Escultor" no elegía a sus víctimas al azar. Las elegía por su capacidad de representar una emoción pura. Y Lia, con su persistencia y su esperanza inquebrantable, había sido para él la representación de la "Devoción".

Cuando el equipo finalmente rodeó la casa del sospechoso en las afueras de Virginia, Spencer fue el primero en salir del SUV. No era el procedimiento estándar, y Hotchner le gritó que esperara, pero Reid no escuchó. Entró en la vivienda con el arma en alto, su mente procesando cada sombra, cada ángulo.

Encontraron al sospechoso en el taller, rodeado de fotografías de Lia. El hombre, un artista fracasado llamado Marcus Thorne, se giró con un escalpelo en la mano.

— Ella era la mejor —dijo Thorne con una sonrisa psicópata—. Su piel aceptaba el dolor con una elegancia que nunca había visto. Lástima que se escapara antes de que pudiera terminar el último trazo en su corazón.

Spencer sintió una rabia que nunca antes había experimentado. No era la rabia de un agente de la ley, sino la de un hombre que había visto cómo destruían lo más puro que se le había ofrecido en la vida.

— Suelta el arma —ordenó Spencer, su voz era un susurro letal—. Ahora.

— ¿O qué, doctor? —se burló Thorne—. ¿Va a recitarme estadísticas sobre la violencia?

— No —dijo Spencer, dando un paso adelante, sus ojos fijos en el hombre que había lastimado a Lia—. Voy a asegurarme de que nunca vuelvas a ver la luz del día. Y no necesito estadísticas para saber exactamente dónde disparar para que no mueras, pero desees haberlo hecho.

Morgan y el resto del equipo entraron en ese momento, reduciendo a Thorne antes de que Spencer tuviera que apretar el gatillo. Mientras se llevaban al sospechoso, Spencer se quedó mirando las fotos de Lia esparcidas por la mesa. En todas ellas, ella sonreía. En todas ellas, ella era la mujer que él había rechazado sistemáticamente.

Esa noche, Spencer regresó al hospital. Llevaba consigo un libro pequeño, una edición antigua de "El Principito". Se sentó en la misma silla de madera. Lia estaba en la misma posición, pero esta vez, al verlo entrar, sus ojos se movieron apenas un milímetro hacia él.

Él no intentó tocarla. No intentó pedirle que hablara. Simplemente abrió el libro y comenzó a leer.

— "Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, empezaré a ser feliz desde las tres" —leyó Spencer con voz suave—. "Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro, me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón..."

Spencer se detuvo y miró a Lia. Por primera vez en días, ella lo estaba mirando. No era la mirada de antes, era una mirada llena de miedo, de cansancio y de una tristeza infinita.

— No supe preparar mi corazón, Lia —dijo él, cerrando el libro—. Me diste todas las señales, me diste todas las oportunidades, y yo solo sabía cómo calcular riesgos. Tenías razón, soy un cobarde. Pero si me dejas, me quedaré aquí. No tienes que hablar. No tienes que sonreír. Solo... déjame estar en la misma habitación que tú.

Lia respiró hondo, un sonido entrecortado que terminó en un sollozo silencioso. Extendió su mano derecha, la que no estaba tan vendada, y la dejó descansar sobre la sábana, con la palma hacia arriba.

Era una invitación.

Spencer sintió que el corazón le daba un vuelco. Sabía cuánto le costaba a él el contacto físico, pero sabía que para ella, en ese momento, ese gesto era un acto de valentía sobrehumana.

Lentamente, con los dedos temblando, Spencer extendió su propia mano. No la apretó, no la rodeó. Simplemente rozó la punta de sus dedos con los de ella.

Lia cerró los ojos y una nueva lágrima cayó, pero esta vez no fue de vacío.

— Spencer... —el nombre salió de sus labios como un susurro roto, casi inaudible, pero para él fue más potente que cualquier grito.

— Aquí estoy —respondió él, sin soltarla—. No me voy a ir. No importa cuánto tiempo tome, no importa cuántos muros tengamos que derribar. Aquí estoy.

El silencio volvió a la habitación, pero ya no era el silencio frío del trauma. Era un silencio compartido, un espacio donde el genio que lo sabía todo y la mujer que lo había perdido casi todo, comenzaban a entender que la lógica más perfecta del universo es aquella que se permite, por fin, ser vulnerable.

Spencer se quedó allí, sosteniendo la mano de Lia mientras la noche caía sobre Quantico. Sabía que el camino hacia la recuperación sería largo. Sabía que las heridas de Lia, tanto las físicas como las del alma, dejarían cicatrices. Pero también sabía que él ya no quería una vida predecible y segura.

Prefería el caos de estar a su lado, el riesgo de ser lastimado y la incertidumbre de un futuro que no podía calcular. Porque, por primera vez, el doctor Spencer Reid no estaba analizando un perfil. Estaba, simplemente, amando a una persona. Y eso, según todos sus nuevos cálculos, era lo único que realmente importaba.