Spencer
El peso de la luz
El amanecer en el hospital St. Jude tenía una cualidad clínica y despiadada. La luz se filtraba por las persianas de aluminio, segmentando la habitación en franjas de claridad y sombra que Spencer Reid, sentado en su silla habitual, contaba de forma obsesiva para mantener a raya el cansancio. Eran veinticuatro franjas. Veinticuatro, como las horas que habían pasado desde que Lia pronunciara su nombre por primera vez tras el rescate.
Spencer no se había movido, salvo para ir al baño o beber agua tibia de un vaso de plástico. Su mente, aunque agotada, seguía funcionando a una velocidad vertiginosa. Repasaba mentalmente los protocolos de recuperación de estrés postraumático, las fases del duelo y los efectos secundarios de los analgésicos que le administraban a Lia. Pero ninguna estadística podía prepararlo para la realidad física del sufrimiento que tenía frente a él.
Lia se removió en la cama. El sonido de las sábanas de algodón áspero contra los vendajes de sus brazos produjo un ruido seco que hizo que Spencer se tensara. Ella no estaba durmiendo; simplemente mantenía los ojos cerrados, atrapada en esa zona gris entre la vigilia y el terror.
De repente, un gemido bajo y ronco escapó de su garganta. No era un grito de dolor agudo, sino un sonido de frustración profunda y desesperada.
— Lia, ¿qué pasa? —preguntó Spencer, inclinándose hacia adelante, con las manos suspendidas en el aire, temeroso de invadir su espacio—. ¿Necesitas a la enfermera? ¿Es el dolor?
Lia abrió los ojos. Esta vez no estaban vacíos, sino encendidos por una irritación febril. Sus pupilas se dilataban y contraían mientras miraba sus propios brazos, envueltos en gruesas capas de gasa blanca y esparadrapo hipoalergénico.
— Pican —susurró ella, y su voz sonó como cristal roto—. Pican... queman. No los quiero, Spencer. Quítamelos.
Spencer frunció el ceño, su mente médica y lógica tomando el control.
— Son necesarios, Lia. Los cortes del... del sujeto... eran profundos. Las vendas mantienen la pomada antibiótica en su lugar y previenen infecciones por estafilococos o estreptococos. El picor es una señal de que el tejido granular se está formando, es parte del proceso de curación histológica.
Lia lo miró con una intensidad que lo hizo callar. No era la mirada de la modelo de veinte años que lo perseguía por la cafetería; era la mirada de alguien que había sido privada de su autonomía y que estaba luchando por recuperar el control de su propio cuerpo.
— No me importa la histología, Spencer —dijo ella, y esta vez su voz fue más firme, aunque cargada de lágrimas—. Siento que me están asfixiando. Siento que él todavía me está apretando los brazos. Están calientes, me irritan la piel... ¡No puedo más!
Antes de que Spencer pudiera reaccionar, Lia comenzó a forcejear con el esparadrapo de su brazo derecho. Sus dedos, aún torpes por la falta de uso, tiraban con una urgencia maníaca.
— ¡Lia, espera! Vas a lastimarte —exclamó él, levantándose de golpe—. Tienes puntos de sutura. Si tiras así, podrías causar una dehiscencia de la herida.
— ¡Déjame! —gritó ella, y fue la primera vez que mostró una emoción violenta desde el trauma—. ¡Quiero ver qué me hizo! ¡Quiero sentir el aire, no este algodón sucio!
Spencer se vio atrapado en un dilema moral y físico. Odiaba que lo tocaran, y odiaba tocar a los demás sin una razón lógica o una advertencia previa, pero ver a Lia desgarrar su propia curación era insoportable. Se acercó y, con una delicadeza que desafiaba sus propios nervios, puso sus manos sobre las de ella, deteniendo el movimiento frenético.
— Escúchame —dijo él, tratando de mantener la voz baja y estable, el tono que usaba para negociar con sujetos atrincherados—. Si lo haces así, te harás daño. La piel alrededor de los cortes está extremadamente sensible. Déjame llamar a la enfermera, ella tiene una solución salina para disolver el adhesivo.
Lia dejó de forcejear, pero sus hombros empezaron a sacudirse por los sollozos. Sus manos quedaron atrapadas bajo las de Spencer. Él sintió el calor de su piel, la humedad de su sudor y el temblor de sus músculos. Su instinto inicial fue retroceder, protegerse de esa invasión sensorial, pero se obligó a quedarse. Por ella.
— Por favor, Spencer —suplicó ella, mirándolo a los ojos—. No llames a nadie. Hazlo tú. Confío en ti. Solo en ti. Los demás... me miran como si fuera una muñeca rota. Tú me miras como si fuera una ecuación que quieres resolver. Prefiero eso. Quítamelas tú.
Spencer tragó saliva. Sus dedos largos y delgados temblaron ligeramente sobre las manos de Lia.
— Está bien —cedió él—. Pero lo haremos con cuidado. Iré por un poco de agua tibia y gasas limpias. No tires, Lia. Promételo.
Ella asintió, agotada.
Spencer fue al pequeño baño de la habitación. Sus movimientos eran mecánicos, pero su corazón latía a un ritmo errático. Estaba a punto de ver el daño real, no en una fotografía forense, sino en la mujer que, a pesar de sus rechazos, se había convertido en el centro de su universo desordenado. Mojó varias toallas de papel y regresó a la cama.
Se sentó en el borde, lo suficientemente cerca para trabajar pero lo suficientemente lejos para darle aire. Comenzó con el brazo derecho. Con una paciencia infinita, fue humedeciendo el esparadrapo, esperando a que el pegamento cediera antes de levantarlo milímetro a milímetro.
— La picazón —explicó Spencer mientras trabajaba, intentando llenar el silencio con hechos para no derrumbarse—, a menudo se debe a la liberación de histamina. Es una respuesta inflamatoria común. Además, el ambiente oclusivo de la venda puede causar una dermatitis por contacto leve.
— Hablas demasiado cuando estás nervioso —murmuró Lia, esbozando la sombra más tenue de una sonrisa.
Spencer se detuvo un segundo y la miró por encima de sus gafas.
— Estoy en el percentil noventa y nueve de velocidad de habla en situaciones de estrés —admitió él—. Es un mecanismo de defensa cognitivo.
— Lo sé —dijo ella en voz baja—. Me gusta. Me recuerda que sigues siendo tú.
Spencer continuó. Retiró la última capa de gasa. La piel de Lia estaba enrojecida, irritada por el sudor y el roce, pero lo que realmente cortó la respiración de Reid fueron las marcas. Eran finas líneas rojas y violáceas, dispuestas en un patrón geométrico casi perfecto. El "Escultor" había tratado de convertir su antebrazo en una serie de triángulos concéntricos.
Lia soltó un suspiro tembloroso al ver su brazo. Movió los dedos, observando cómo la piel se tensaba sobre las cicatrices.
— Es horrible —dijo ella, y su voz volvió a quebrarse.
— No —dijo Spencer de inmediato, sorprendiéndose a sí mismo—. No lo es.
Él tomó la toalla húmeda y comenzó a limpiar los restos de pomada y sangre seca con una suavidad extrema.
— La belleza es una construcción social muy subjetiva, Lia —continuó él, sin levantar la vista de su trabajo—. Pero desde un punto de vista biológico y evolutivo, las cicatrices no son más que evidencia de supervivencia. Son tejido colágeno que ha reemplazado al original para proteger al organismo. No son marcas de fealdad. Son marcas de resistencia.
Lia lo observaba, hipnotizada por la forma en que él trataba sus heridas. No había asco en sus ojos, no había lástima. Había una concentración pura, casi reverente.
— ¿Crees que podré volver a trabajar? —preguntó ella—. ¿Quién va a querer a una modelo con brazos que parecen un mapa de geometría?
Spencer terminó de limpiar el brazo derecho y pasó al izquierdo.
— Si el mundo de la moda es tan superficial como para no ver que sigues siendo la misma persona, entonces mi teoría inicial sobre ese entorno era correcta —dijo él, y por primera vez, hubo un matiz de ironía en su voz—. Pero Lia... tú eres mucho más que una imagen en una revista. Eres la persona que fue capaz de escapar de un sujeto que ha matado a otras seis mujeres. Eres una anomalía estadística de fuerza y voluntad. Eso es mucho más impresionante que cualquier simetría facial.
Ella dejó que él le quitara las vendas del segundo brazo. Cuando ambos estuvieron libres, Lia extendió los brazos ante sí, sintiendo el aire fresco de la habitación sobre la piel irritada. Suspiró con alivio, cerrando los ojos.
— Gracias, Spencer. Me sentía... atrapada en esa tela.
— Ahora debo ponerte una capa fina de loción de calamina para la irritación —dijo él, buscando el frasco en la mesa de noche—. Y luego, técnicamente, debería volver a vendarte, aunque sea con algo más ligero.
— No —dijo ella, girando las palmas hacia arriba—. No más vendas. Por favor. Quédate así conmigo un rato.
Spencer dudó. El contacto físico prolongado era su mayor barrera. Pero Lia no le estaba pidiendo que la abrazara o que la besara. Le estaba pidiendo presencia. Le estaba pidiendo que aceptara su vulnerabilidad y la suya propia.
Lentamente, Lia acercó sus brazos a los de él. Sus dedos rozaron la manga de la chaqueta de pana de Spencer.
— Spencer —dijo ella, obligándolo a mirarla—. ¿Por qué sigues aquí? Después de todo lo que me dijiste en el aparcamiento... después de rechazarme tantas veces. ¿Por qué no te has ido a casa a leer tus libros?
Spencer dejó el frasco de loción y entrelazó sus propios dedos, luchando con la honestidad que ella le exigía.
— Porque mi lógica falló —confesó él—. Pasé meses construyendo un perfil de ti para justificar mi miedo. Pensé que si te mantenía alejada, si te convencía de que eras "mala" para mí, estaría a salvo. Pero cuando te llevaron... cuando me di cuenta de que podías morir pensando que yo te despreciaba... entendí que el riesgo de ser lastimado por ti es insignificante comparado con el dolor de perderte.
Lia humedeció sus labios, sus ojos verdes brillando con una mezcla de dolor y esperanza.
— ¿Entonces ya no piensas que soy una mala persona?
— Nunca lo pensé de verdad —admitió Spencer, bajando la voz—. Solo era una etiqueta conveniente. Eres... eres la variable más impredecible y maravillosa que me ha pasado, Lia. Y me aterra. Me aterra no saber cómo ser lo que tú necesitas.
Lia se inclinó un poco hacia adelante, ignorando el tirón de sus heridas.
— No necesito que seas otra persona, Spencer. Solo necesito que no te vayas. Incluso si no quieres que te toque, incluso si solo quieres leerme datos sobre pulpos o física... solo quédate.
Spencer sintió una calidez desconocida expandiéndose por su pecho, una sensación que no podía clasificar en ninguna categoría científica. Con un movimiento deliberado, rompiendo su propia regla de oro sobre el contacto físico no planificado, Spencer extendió la mano y acarició con el pulgar la piel sana de la muñeca de Lia, justo por encima de donde terminaban las cicatrices del "Escultor".
— No me voy a ir —dijo él con firmeza—. He memorizado dieciocho mil volúmenes en mi vida, Lia. Pero creo que podría pasar el resto de mis días intentando aprender todo sobre ti y nunca me aburriría.
Lia apoyó la cabeza en la almohada, mirándolo con una paz que no había tenido en semanas.
— Empieza ahora —dijo ella—. Cuéntame algo. Lo que sea. Algo que no esté en un expediente criminal.
Spencer sonrió levemente, una expresión rara y genuina que iluminó su rostro cansado.
— ¿Sabías que las abejas pueden reconocer rostros humanos? —comenzó él, acomodándose en la silla—. Tienen un sistema de procesamiento visual que, a pesar de tener un cerebro del tamaño de una semilla de sésamo, funciona de manera similar al nuestro. Podrían recordarte, Lia. Si fueras a un jardín, ellas sabrían quién eres.
Lia cerró los ojos, escuchando el ritmo hipnótico de la voz de Spencer. Las marcas en sus brazos seguían allí, un recordatorio cruel de lo que había pasado, pero el picor había cesado. El aire en la habitación ya no se sentía clínico ni frío. Se sentía, por primera vez en mucho tiempo, como un nuevo comienzo.
Spencer continuó hablando, encadenando datos sobre astronomía, literatura y botánica, construyendo con palabras un puente sobre el abismo que el trauma había cavado entre ellos. Y mientras Lia se quedaba dormida bajo el sonido de su voz, Spencer se dio cuenta de que ya no necesitaba paredes ni muros. Las cicatrices de ella eran reales, su miedo era real, y su propio amor, ese que tanto había intentado negar, era la realidad más absoluta de todas.
Esa mañana, el doctor Spencer Reid no buscó la salida. Se quedó allí, vigilando el sueño de la mujer que le había enseñado que, a veces, la única forma de salvarse es permitirse caer.