Spencer
El zumbido de la felicidad
La luz de finales de octubre en Washington D.C. tenía un matiz cobrizo, como si el mundo entero se estuviera preparando para una larga siesta bajo una manta de hojas secas. En el salón del apartamento de los Reid, el caos era de una naturaleza muy distinta a la que Spencer solía enfrentar en la Unidad de Análisis de Conducta. No había expedientes, ni fotos de escenas del crimen, ni perfiles de asesinos seriales. En su lugar, había retazos de fieltro amarillo, una pistola de silicona caliente y un par de antenas con pompones que vibraban peligrosamente.
— Spencer, por favor, quédate quieto. Solo necesito medir la circunferencia de tu tórax una vez más —dijo Lia, que estaba arrodillada en la alfombra, rodeada de materiales de costura.
Reid, que permanecía de pie con los brazos extendidos como si fuera un espantapájaros de madera, dejó escapar un suspiro cargado de una resignación adorable.
— Lia, sigo insistiendo en que la antropomorfización de los insectos para fines festivos es una tradición socialmente fascinante pero logísticamente cuestionable. Además, el fieltro no es un material transpirable. Si la temperatura en la fiesta de García sube por encima de los veintidós grados centígrados, mi tasa de sudoración aumentará un quince por ciento, lo que podría provocar una irritación cutánea —explicó, ajustándose las gafas con el dedo corazón, la única parte de su cuerpo que se atrevía a mover.
Lia levantó la vista y le dedicó una de esas miradas que, años atrás, solían desarmar sus defensas de cristal y que ahora, siendo su esposa, simplemente lo derretían.
— Es Halloween, Spencer. Y no es cualquier Halloween. Es el primero de Nate. Me prometiste que este año no te esconderías detrás de un libro de física cuántica.
— No me estoy escondiendo —replicó él con dignidad—. Estoy cuestionando la integridad estructural de las alas que has diseñado. Según mis cálculos, la envergadura es insuficiente para generar sustentación si realmente fuera una *Apis mellifera*.
— ¡Pero no eres una abeja real! —rio ella, poniéndose de pie y rodeándole el cuello con los brazos—. Eres mi abeja. Y vas a ser el papá abeja más guapo de todo Quantico.
Spencer relajó los hombros y permitió que la calidez de Lia lo invadiera. A veces, todavía le costaba creer que esta era su vida. Que la mujer hermosa y persistente que una vez rechazó por miedo a ser herido era ahora la madre de su hijo y la dueña de su corazón. Cada vez que recordaba su propia frialdad del pasado, sentía una punzada de arrepentimiento, pero Lia siempre se encargaba de borrarla con una sonrisa.
— ¿Dónde está el pequeño zángano? —preguntó Spencer, usando el apodo que se había convertido en un código cariñoso entre ellos.
— Durmiendo la siesta. Pero en cuanto despierte, comienza la transformación —anunció Lia con un brillo travieso en los ojos—. Prepárate, doctor Reid. El destino de la colmena depende de nosotros.
Dos horas después, el apartamento estaba sumido en una actividad frenética. Nathaniel, que ya tenía seis meses, había despertado con una energía desbordante y una curiosidad insaciable por las antenas de su padre.
— ¡Ba! ¡Ba-ba! —balbuceaba el pequeño Nate, sentado en su trona mientras intentaba atrapar el pompón amarillo que colgaba de la cabeza de Spencer.
— Sí, Nathaniel, es un fenómeno de oscilación mecánica —dijo Spencer, inclinándose para que su hijo pudiera alcanzar el juguete—. Se llama movimiento armónico simple. ¿Ves cómo rebota?
Lia apareció desde el dormitorio, y Spencer sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Ella llevaba un vestido de rayas amarillas y negras que realzaba su figura recuperada, y unas alas delicadas de gasa que brillaban bajo las luces del salón. Pero lo que realmente lo dejó sin palabras fue lo que traía en las manos.
Era un mameluco diminuto, acolchado y extremadamente suave, con franjas negras y amarillas, y un pequeño aguijón de tela que no pinchaba a nadie.
— Es hora, Nate —dijo Lia con voz cantarina.
El proceso de disfrazar a un bebé de seis meses resultó ser más complejo que descifrar un código criptográfico. Nate no dejaba de patalear, emocionado por la atención, y Spencer tuvo que usar sus conocimientos de anatomía para ayudar a Lia a pasar los brazos del pequeño por las mangas sin causar ninguna dislocación accidental.
Cuando terminaron, Nathaniel Reid era, oficialmente, la criatura más adorable del hemisferio norte. El disfraz era tan acolchado que el bebé parecía una pequeña pelota de tenis con rayas. Lia le colocó una gorrita negra con dos antenas minúsculas que se movían al ritmo de sus balbuceos.
— Míralo, Spencer —susurró Lia, con los ojos empañados por la emoción—. Es perfecto.
Spencer se acercó y tomó a su hijo en brazos. El contraste entre el agente federal de la UAC, serio y analítico, y el hombre disfrazado de abeja sosteniendo a un bebé-abeja, era una imagen que habría hecho que Morgan se riera durante una década entera.
— Biológicamente hablando —dijo Spencer, mirando a Nate con una devoción absoluta—, la probabilidad de que un organismo sea tan estéticamente armonioso es mínima. Es un milagro de la genética, Lia.
— Es tu hijo, Spencer. Por eso es tan guapo —replicó ella, dándole un beso en la mejilla—. Ahora, vamos. García nos va a matar si llegamos tarde, y ha prometido una fuente de chocolate que, según ella, desafía las leyes de la gravedad.
La fiesta en casa de Penélope García era exactamente lo que uno esperaría: una explosión de colores, luces de neón, decoraciones de telarañas brillantes y música que hacía vibrar las ventanas. Cuando los Reid entraron, el silencio se hizo por un segundo antes de que estallara una ovación.
— ¡Oh, por todos los dioses de la tecnología! —gritó García, que iba disfrazada de una especie de hada cibernética con alas de fibra óptica—. ¡Mi genio favorito es una abeja! ¡Y miren a ese pequeño polinizador! ¡Vengan aquí ahora mismo!
Derek Morgan, disfrazado de un convincente James Bond, se acercó con una copa en la mano y una sonrisa que amenazaba con partirle la cara.
— Reid... —dijo Morgan, recorriendo con la mirada el disfraz de fieltro de su amigo—. Siempre supe que tenías un lado dulce, pero esto es otro nivel. ¿De verdad te has puesto antenas?
— Es una representación simbólica de la unidad familiar y la importancia de los polinizadores en el ecosistema mundial, Morgan —respondió Spencer con toda la seriedad que pudo reunir mientras Nate intentaba comerse su propia antena—. Además, Lia lo hizo a mano. La resistencia a la tracción de las costuras es admirable.
— Estás increíble, chico —dijo Morgan, dándole una palmada en el hombro—. Y ese pequeño va a romper corazones antes de que aprenda a decir "perfil geográfico".
La noche transcurrió entre risas, anécdotas y una cantidad alarmante de dulces. Spencer, que normalmente odiaba las fiestas y el contacto físico excesivo, se encontró extrañamente cómodo. Quizás era porque Nate era el centro de atención y servía como un escudo social perfecto, o quizás era porque, por primera vez, no sentía la necesidad de analizar a todos los presentes. Estaba allí, simplemente siendo un padre y un esposo.
En un momento de la noche, Lia y Spencer se retiraron a un rincón más tranquilo del balcón de García para que Nate pudiera descansar del ruido. El aire fresco de la noche era reconfortante. Spencer sostenía al bebé, que ya empezaba a quedarse dormido contra su pecho, con el disfraz de abeja sirviendo como una almohada mullida.
— ¿En qué piensas? —preguntó Lia, apoyando la cabeza en el hombro de Spencer.
— En la justicia de la colmena —respondió él en voz baja, mirando las luces de la ciudad—. ¿Recuerdas cuando me lo dijiste en el hospital? Pensé que era una metáfora sobre la venganza o la protección, pero ahora entiendo que se trata de pertenecer. De saber que, pase lo que pase fuera, en el mundo de los perfiles y la oscuridad, siempre hay un lugar donde el zumbido es constante y cálido.
Lia tomó la mano de Spencer y la apretó.
— Me llevó mucho tiempo convencerte de que me dejaras entrar en tu colmena, doctor Reid.
— Fui un necio —admitió él, bajando la vista hacia Nate, que soltaba un pequeño ronquido—. Estaba tan obsesionado con predecir el comportamiento humano para evitar el dolor que olvidé que el dolor es una variable necesaria para apreciar la felicidad. Si no te hubiera rechazado tantas veces, quizás no valoraría tanto este momento. Pero no volveré a cometer ese error.
Lia se puso de puntillas y le dio un beso suave, uno que sabía a chocolate y a futuro.
— Lo sé. Eres el mejor perfilador del mundo, Spencer, pero a veces necesitas que una modelo persistente te recuerde que la lógica no lo es todo.
— Tienes razón —dijo él, sonriendo—. Aunque, técnicamente, la persistencia es una conducta que puede ser perfilada...
— ¡Spencer! —lo cortó ella riendo.
— Está bien, está bien. Nada de perfiles esta noche. Solo abejas.
De repente, Nathaniel se movió en sueños y soltó un balbuceo que sonó sospechosamente como un "Ma".
— ¿Has oído eso? —preguntó Lia, con el corazón dándole un vuelco—. Ha dicho "Ma". ¡Spencer, ha dicho su primera palabra!
Reid activó su modo analítico por puro instinto.
— En realidad, a los seis meses, los fonemas nasales bilabiales como la 'm' son los más comunes debido a la facilidad de articulación. Es probable que sea un balbuceo aleatorio sin carga semántica todavía...
Lia lo miró con una ceja levantada.
— Spencer...
— Pero —corrigió él rápidamente—, dada la frecuencia de la repetición y el contexto emocional, la probabilidad de que esté intentando comunicarse contigo es de un ochenta y dos por ciento. Así que sí, ha dicho "Mamá".
Lia sonrió, satisfecha, y besó la cabecita de Nate.
— Gracias, genio.
Mientras regresaban al interior de la fiesta, Spencer sintió una oleada de gratitud tan intensa que casi le costaba respirar. Miró a su alrededor: a sus amigos, que eran su familia elegida; a su esposa, que era su ancla; y a su hijo, que era su esperanza.
Años atrás, Spencer Reid era un hombre solo en una habitación llena de libros, temeroso de que el mundo lo tocara y lo rompiera. Ahora, era un hombre disfrazado de abeja, con la ropa llena de babas de bebé y el corazón expuesto, y se sentía más fuerte que nunca.
— ¿Sabes, Lia? —dijo él mientras se preparaban para irse—. El año que viene, Nate tendrá dieciocho meses. Según su desarrollo motor, podrá caminar con total autonomía.
— ¿Y eso qué significa para Halloween? —preguntó ella, ayudándole a recoger el bolso de los pañales.
— Significa que podemos disfrazarnos de una colonia completa —dijo Spencer con un brillo de entusiasmo científico en los ojos—. Podríamos investigar la estructura jerárquica de las termitas o quizás de las hormigas tejedoras. Tienen un sistema de cooperación social que...
Lia lo detuvo con un beso largo y profundo justo en medio del pasillo, bajo la mirada divertida de Rossi y JJ.
— Vamos a casa, abeja reina —dijo ella cuando se separaron.
— Soy un zángano, técnicamente —corrigió él automáticamente—. Pero acepto el título por esta noche.
Salieron del edificio de García bajo el cielo estrellado. Spencer llevaba a Nate dormido en sus brazos, y Lia caminaba a su lado, con sus alas de gasa brillando bajo las farolas. Para cualquiera que pasara por allí, solo eran una familia volviendo de una fiesta de Halloween. Pero para Spencer Reid, eran la prueba viviente de que la estadística más importante de la vida no es la que predice el peligro, sino la que confirma que, contra todo pronóstico, el amor siempre encuentra el camino de vuelta a casa.
Y mientras subían al coche, el pequeño Nate soltó un suspiro profundo en sueños, un zumbido de paz que era, para Spencer, el sonido más perfecto de todo el universo.