Spencer
El susurro de la colmena
El aire en el jet privado de la UAC era denso, cargado con el olor a café recalentado y el silencio tenso que seguía a la resolución de un caso difícil. Spencer Reid estaba sentado en su lugar habitual, con la mirada fija en una página de un libro sobre neurología infantil, pero sus ojos no se movían. Su mente estaba a cientos de kilómetros de distancia, en una pequeña casa en Quantico donde Lia, con casi nueve meses de embarazo, lo esperaba.
— Reid, vas a perforar el papel si sigues mirándolo así —dijo Derek Morgan, sentándose frente a él con una expresión de cansancio pero con un brillo de burla afectuosa en los ojos—. Relájate, chico. Faltan menos de dos horas para aterrizar.
— El 85% de los partos de primerizas ocurren entre la semana 38 y la 41 —murmuró Spencer, cerrando el libro de golpe—. Lia está en la semana 39 y tres días. Estadísticamente, la probabilidad de que entre en labor mientras estoy a 35,000 pies de altura es significativamente alta. Además, mencionó un dolor sordo en la zona lumbar antes de que despegáramos de Seattle.
— Te habría llamado, Spencer —intervino JJ desde el asiento lateral, cerrando su computadora—. Sabes que Lia es fuerte. Si algo hubiera pasado, García ya nos habría interrumpido con sus campanas de alerta.
Spencer asintió, aunque sus dedos tamborileaban nerviosos sobre el reposabrazos. No podía evitarlo. El miedo que sentía no era el mismo que experimentaba frente a un asesino en serie; era una vulnerabilidad nueva, una que lo dejaba sin defensas lógicas. Había pasado de rechazar a Lia por miedo a que ella lo lastimara, a vivir con el temor constante de no ser lo suficientemente bueno para protegerla a ella y al niño que venía en camino.
De repente, el silencio del avión fue roto por el pitido agudo del teléfono satelital de Hotchner. Spencer se enderezó tanto que su columna pareció una vara de acero. Vio cómo Hotch escuchaba, asentía y luego dirigía su mirada hacia él.
— Reid —dijo Hotchner con una voz que intentaba ser neutral, pero que dejaba escapar una pizca de urgencia—, era García. Lia está en el hospital St. Jude. Su fuente se rompió hace cuarenta minutos.
El mundo de Spencer pareció entrar en un estado de cámara lenta. Los datos, las fechas y las probabilidades desaparecieron, dejando solo un vacío frío en su estómago.
— ¿Está bien? ¿El bebé está bien? —logró preguntar, su voz apenas un susurro.
— Está en buenas manos, chico —respondió Rossi, poniéndole una mano en el hombro—. Pero ese pequeño no quiere esperar a que el FBI termine sus informes.
El resto del vuelo fue una tortura de cálculos mentales sobre la velocidad del viento y la fricción del aire. Cuando el avión finalmente tocó tierra, Spencer fue el primero en bajar, corriendo hacia el coche que García ya les tenía preparado en la pista. Morgan condujo como un loco por las calles de Virginia, ignorando un par de semáforos mientras Reid, en el asiento del copiloto, apretaba las manos hasta que sus nudillos se volvieron blancos.
Al llegar al St. Jude, Spencer no esperó a que el coche se detuviera por completo. Entró en el hospital, su mente registrando el olor a antiséptico que le traía recuerdos amargos de cuando Lia fue víctima del Escultor. Pero esta vez era diferente. Esta vez no venía a recoger los pedazos de una tragedia, sino a presenciar un comienzo.
— ¡Habitación 312! —gritó García desde el mostrador de recepción, vestida con un conjunto de flores amarillas que parecía una explosión de alegría en medio del hospital—. ¡Corre, genio, corre!
Spencer llegó a la puerta de la habitación y se detuvo un segundo para recuperar el aliento. Sus manos temblaban. Cuando entró, el sonido que lo recibió no fue el de los monitores, sino un llanto agudo, fuerte y lleno de vida.
Lia estaba en la cama, con el rostro sudado y el cabello pegado a la frente, pero con una expresión de triunfo que Spencer nunca había visto. En sus brazos, envuelto en una manta azul con pequeñas abejas bordadas, había un pequeño bulto que se retorcía.
— Llegas tarde, doctor Reid —susurró Lia, su voz cansada pero cargada de una dulzura infinita.
Spencer se acercó lentamente, como si temiera que la escena fuera un espejismo. Se arrodilló al lado de la cama, manteniendo su sagrada distancia por un segundo, hasta que Lia extendió una mano y tomó la suya, guiándola hacia el bebé.
— Es un niño, Spencer —dijo ella, con lágrimas resbalando por sus mejillas—. Es tu hijo.
Spencer miró al pequeño. Tenía una mata de cabello castaño y, cuando abrió los ojos por un instante, Spencer pudo ver el mismo verde profundo de Lia. El bebé dejó de llorar en cuanto sintió el contacto de la mano de Spencer, como si reconociera instintivamente la calma que el genio siempre intentaba proyectar.
— Es... es biológicamente perfecto —logró decir Spencer, aunque su voz se quebró—. El test de Apgar debió ser de al menos nueve. Mira sus reflejos... su prensión palmar es excelente.
Lia soltó una carcajada débil.
— Solo tú darías un informe médico en lugar de decir que es hermoso.
— Es hermoso, Lia —corrigió él, inclinándose para besar la frente de ella—. Es lo más hermoso que he visto en toda mi vida. Perdóname por no estar aquí. El caso se complicó y el análisis geográfico...
— Shhh —lo interrumpió ella, poniendo un dedo sobre sus labios—. Estás aquí ahora. Eso es lo que importa. Las abejas siempre vuelven a la colmena, ¿recuerdas?
Spencer se sentó en el borde de la cama y, con un cuidado extremo, tomó al bebé en sus brazos. Era tan pequeño, tan frágil, y sin embargo, Spencer sintió que ese niño tenía el poder de reescribir todas sus leyes de la física. El miedo que lo había acompañado durante años —el miedo a ser como su madre, el miedo a ser abandonado, el miedo a no ser suficiente— pareció disolverse ante la calidez de ese pequeño cuerpo.
— ¿Cómo se llama? —preguntó Morgan desde la puerta, donde el resto del equipo se había reunido en silencio, respetando el momento.
Spencer miró a Lia, y ella asintió, dándole el honor.
— Se llama Nathaniel —dijo Spencer, mirando al bebé con una devoción absoluta—. Nathaniel Reid. Significa "regalo de Dios". Y aunque no soy un hombre de fe, la probabilidad de que algo tan puro nazca de dos personas tan marcadas por el dolor... bueno, es un milagro estadístico que estoy dispuesto a aceptar.
— Bien venido a la familia, Nate —dijo Rossi con una sonrisa paternal.
El equipo se fue retirando poco a poco, dejando a la nueva familia en la penumbra acogedora de la habitación. Spencer no soltó al bebé. Se quedó allí, meciéndolo suavemente, mientras Lia descansaba la cabeza en su hombro.
— Spencer —susurró ella, cerrando los ojos—, ¿te acuerdas de cuando me rechazabas? ¿De cuando decías que yo era mala para ti y que me fuera a buscar a alguien de mi mundo?
— Me acuerdo —respondió él, sintiendo una punzada de vergüenza—. Fui un idiota, Lia. Estaba tan asustado de que me lastimaras que casi pierdo la oportunidad de ser feliz.
— No me lastimaste, Spencer —dijo ella, tomando la mano pequeña de Nathaniel—. Me hiciste esperar, pero valió la pena. Mira lo que hemos construido.
Spencer miró a su esposa y a su hijo. Recordó las cicatrices en los brazos de Lia, las que ahora estaban ocultas bajo su bata, y pensó en las cicatrices invisibles que él mismo llevaba en el alma. Nathaniel no era solo un bebé; era la prueba de que el dolor no tiene por qué ser el final de la historia.
— ¿Sabías que los bebés recién nacidos no pueden producir lágrimas reales hasta las tres semanas de vida? —dijo Spencer de repente, sintiendo una lágrima propia rodar por su mejilla.
— ¿Y eso qué significa, genio? —preguntó Lia con una sonrisa.
— Significa que, por ahora, yo tendré que llorar por él —respondió Spencer, besando la cabecita del bebé—. Llorar de alegría, porque finalmente entiendo lo que significa estar en casa.
La noche cayó sobre Quantico, y en la habitación del hospital, el silencio solo era interrumpido por la respiración acompasada de Nathaniel. Spencer Reid, el hombre que vivía de la lógica y la realidad más oscura, finalmente se permitió creer en algo que no podía ser medido ni clasificado. En el zumbido suave de la vida, en la justicia de la colmena, y en el amor de una mujer que nunca se rindió, incluso cuando él mismo no creía merecerlo.
— Te amo, Lia —susurró él, cuando la respiración de ella se volvió profunda por el sueño.
— Te amo, Spencer —respondió ella entre sueños—. Y a nuestro pequeño zángano también.
Spencer sonrió, acomodando a Nathaniel contra su pecho. Por primera vez en su vida, el doctor Spencer Reid no tenía ninguna pregunta. Tenía todas las respuestas que necesitaba en sus brazos.