spiderman en mi villano faborito 1
Alianzas de Telaraña y Algodón de Azúcar
La travesía hacia la juguetería resultó ser mucho más complicada de lo que Peter Parker había anticipado. No porque hubiera villanos acechando en cada esquina, sino porque mantener a tres Minions en línea era como intentar arrear gatos hiperactivos que acababan de descubrir el azúcar.
Kevin, el "ejecutivo", insistía en caminar con un aire de importancia que hacía que su traje gigante tropezara con cada bache de la acera. Stuart, con su vestido amarillo y su peluca mal puesta, se detenía en cada escaparate de comida para lamer el cristal si veía algo que se pareciera a un plátano. Y Bob... bueno, Bob seguía disparando telarañas imaginarias desde su cochecito, haciendo ruiditos de "¡thwip, thwip!" con la boca.
—Chicos, en serio —suspiró Peter, tirando del carrito de Bob justo antes de que este rodara hacia una alcantarilla—, si queremos llegar a la tienda antes de que cierre, tenemos que concentrarnos. El unicornio. ¿Recuerdan? ¡El unicornio!
—¡Papoy! —gritó Bob, señalando emocionado hacia una tienda de dulces.
—No, Bob, eso es una piruleta gigante. No es un unicornio —explicó Peter, sintiendo que su paciencia de superhéroe se ponía a prueba más que cuando luchaba contra el Duende Verde.
De repente, el sentido arácnido de Peter vibró. No era una amenaza de muerte, sino esa punzada familiar de "alguien está a punto de hacer una estupidez". Peter levantó la vista y vio a un grupo de adolescentes con chaquetas de cuero que rodeaban a una anciana cerca de un callejón. Uno de ellos intentaba arrebatarle el bolso.
Peter miró a los Minions. Kevin y Stuart estaban ocupados peleándose por quién debía llevar el maletín.
—Escuchen, quédense aquí. No se muevan —ordenó Peter con tono firme—. Tengo que hacer algo de "vecino amistoso".
Peter se escabulló detrás de un quiosco de periódicos, se quitó la sudadera para revelar el traje rojo y azul, y se puso la máscara en un movimiento fluido. Con un salto ágil, se impulsó contra la pared y aterrizó silenciosamente detrás de los asaltantes.
—Saben, en mi ciudad, los chicos de su edad suelen estar en casa jugando videojuegos o quejándose de la tarea —dijo Spider-Man, cruzándose de brazos—. Robar bolsos a las abuelitas es tan... de la década pasada.
Los delincuentes se giraron, asustados.
—¿Quién diablos eres tú? —preguntó el líder, sacando una navaja.
—Soy el tipo que va a hacer que te arrepientas de no haber ido a clase de ética —respondió Peter.
Antes de que el joven pudiera reaccionar, una telaraña le selló la mano a la pared. Peter se movió como un rayo, desarmando a los otros dos con patadas precisas y envolviéndolos en un capullo de seda antes de que pudieran parpadear.
—Aquí tiene, señora —dijo Peter, devolviéndole el bolso a la anciana con una reverencia—. Tenga más cuidado la próxima vez.
—Oh, gracias, joven... ¿insecto? —respondió la mujer, confundida.
—Es una araña, en realidad. Los insectos tienen seis patas y yo... bueno, olvídelo.
Peter escuchó un aplauso frenético. Se giró y vio a Kevin, Stuart y Bob mirando la escena desde la acera. Bob estaba de pie en el carrito, agitando sus bracitos amarillos con júbilo. Stuart intentaba imitar la pose de Spider-Man, pero terminó enredado en su propio vestido.
—¡Spidery-man! ¡Spidery-man! —corearon los tres a la vez, olvidando por completo el concepto de "pasar desapercibidos".
—¡Shhh! ¡Silencio! —susurró Peter, saltando de regreso hacia ellos y llevándolos a la sombra de un callejón—. Se supone que soy un secreto. Bueno, no un secreto, pero... ¡ah, da igual!
Se quitó la máscara y volvió a ponerse la ropa de civil. Los Minions lo rodeaban ahora con una mirada de adoración absoluta. Kevin le tocó el emblema de la araña en el pecho con asombro.
—Sí, sí, muy impresionante —dijo Peter, un poco sonrojado—. Ahora, por favor, el unicornio. Agnes está esperando.
Finalmente llegaron a "La Guarida del Juguete", una tienda inmensa que parecía un búnker lleno de colores neón. Al entrar, los Minions se dispersaron como confeti.
—¡No se separen! —gritó Peter, pero fue en vano.
Stuart había encontrado una sección de pistolas de burbujas y estaba iniciando una guerra unipersonal contra un estante de peluches. Kevin estaba tratando de "negociar" con un robot de juguete que repetía la misma frase una y otra vez. Peter, suspirando, corrió hacia la sección de animales mitológicos.
Allí estaba. En el estante más alto, brillando bajo una luz halógena, el último Unicornio Esponjoso de Edición Limitada. Era blanco, con un cuerno dorado y una expresión de felicidad perpetua que solo Agnes podría amar.
—Lo tengo —murmuró Peter, estirando la mano.
Pero justo cuando sus dedos rozaron la caja, una mano enguantada de negro la sujetó por el otro lado. Peter miró hacia arriba. Era un hombre alto, con un traje de villano de bajo presupuesto, una capa raída y un casco que parecía una pecera invertida.
—¡Atrás, civil! —bramó el hombre con una voz impostada—. ¡Este unicornio es propiedad del Gran Malvado... Destructor-Bot!
Peter parpadeó, incrédulo.
—¿En serio? ¿Destructor-Bot? ¿Ese es tu nombre? —Peter no pudo evitar reírse—. Mira, amigo, tengo prisa. Este peluche es para una niña que está muy triste. Suéltalo.
—¡Jamás! ¡Mis sobrinos lo quieren para su colección de destrucción! —El villano tiró de la caja.
Peter sintió que su sentido arácnido le advertía de algo que venía por detrás. No era un peligro, era... una masa amarilla.
—¡BEE-DOO! ¡BEE-DOO! —gritó Stuart, que había encontrado un casco de bombero y dos sirenas de juguete.
Stuart y Kevin embistieron las piernas del villano como si fueran pequeños proyectiles. Destructor-Bot perdió el equilibrio, soltando la caja del unicornio. Peter la atrapó en el aire con un reflejo felino.
—¡Mis tobillos! —chilló el villano mientras Bob, que acababa de aparecer, le lamía la bota por pura curiosidad—. ¡Quítenme a estos limones mutantes de encima!
—Vámonos, chicos —dijo Peter, agarrando a Kevin y Stuart por los cuellos de sus disfraces y metiendo a Bob de nuevo en el carrito—. ¡Lo tenemos!
Salieron de la tienda a toda prisa, dejando al villano quejándose en el suelo. Una vez en la calle, Peter se aseguró de que el unicornio estuviera a salvo. Los Minions estaban eufóricos, saltando y chocando las manos (o lo que fuera que hacían con esos guantes de tres dedos).
—Muy bien —dijo Peter, recuperando el aliento—. He cumplido mi parte. Ahora, llévenme con Gru. Necesito hablar con él sobre... bueno, sobre cómo volver a Queens.
Los Minions se pusieron serios de repente. Kevin miró a sus compañeros y asintió. Hicieron un gesto para que Peter los siguiera y se adentraron en los barrios más pintorescos de la ciudad, donde las casas se volvían más oscuras y puntiagudas.
Finalmente, se detuvieron frente a una casa negra, alta y estrecha, que destacaba entre las demás como un pulgar dolorido. El jardín estaba muerto y había un cartel que decía "Cuidado con el perro", aunque Peter sospechaba que lo que hubiera allí dentro era mucho peor que un perro.
—¿Aquí vive? —preguntó Peter, mirando la imponente estructura—. Es... acogedora. De una forma gótica y aterradora.
Kevin tocó un timbre oculto en una gárgola. La puerta se abrió con un chirrido dramático.
Al entrar, Peter se quedó impresionado. El interior era una mezcla de mansión victoriana y laboratorio de alta tecnología. Había armas extrañas colgadas en las paredes y estatuas que parecían mirarte con ojos malévolos.
—¡MINIONS! —Una voz retumbó desde el fondo del pasillo. Era una voz profunda, con un acento europeo muy marcado—. ¡Espero que traigan el unicornio o Agnes va a inundar la casa con sus lágrimas!
Gru apareció caminando a grandes zancadas. Vestía su característico jersey de cuello alto negro y su bufanda a rayas grises. Se detuvo en seco cuando vio a Peter Parker parado en medio de su sala de estar, sosteniendo la caja del unicornio.
—¿Quién es este chico delgado y por qué tiene el juguete? —preguntó Gru, entrecerrando los ojos y sacando un rayo congelante de su abrigo—. ¡Minions! ¿Trajeron a un intruso?
—¡No, no! —exclamó Peter, levantando las manos rápidamente—. Soy Spider-Man... bueno, Peter. Ayudé a tus... amigos amarillos a conseguir esto.
Kevin se lanzó a los pies de Gru, gesticulando salvajemente y señalando a Peter, luego imitando sus movimientos de pelea y señalando el unicornio.
Gru bajó lentamente el arma, aunque seguía mirando a Peter con sospecha.
—¿Spider-Man? He oído hablar de ti en las noticias —dijo Gru, acercándose para examinar a Peter como si fuera un espécimen de laboratorio—. Dicen que detuviste a Vector esta mañana. Ese tipo es un idiota, pero sus robots no son fáciles de romper.
—Fue un calentamiento —dijo Peter, tratando de sonar seguro—. Mira, señor Gru, no soy de aquí. No soy de esta ciudad, ni de este mundo, creo. Necesito tecnología avanzada para encontrar una forma de volver a casa, y parece que usted es el único que tiene algo que no funciona con vapor o magia.
En ese momento, una niña pequeña de cabello negro y ojos enormes salió corriendo de detrás de una estatua.
—¡Mi unicornio! —gritó Agnes, viendo la caja en manos de Peter.
Peter se agachó y le entregó el juguete con una sonrisa amable.
—Aquí tienes, pequeña. Es nuevo y, según la caja, es "indestructible".
Agnes abrazó el peluche contra su pecho con una fuerza increíble.
—¡Es tan blandito que me quiero morir! —exclamó, antes de mirar a Peter—. Gracias, chico araña.
Gru suspiró, y por un momento, la dureza de su rostro se relajó. Guardó su rayo congelante por completo.
—Has hecho feliz a la pequeña —dijo Gru, cruzándose de brazos—. Eso no te hace mi amigo, pero al menos hace que no quiera congelarte la cara ahora mismo.
—Me conformo con eso —respondió Peter.
—Ven —dijo Gru, haciendo un gesto hacia un ascensor oculto tras una chimenea—. Bajemos al laboratorio. Si de verdad eres de otra dimensión, el Dr. Nefario querrá pincharte con agujas muy grandes. Y yo... bueno, yo tengo un plan para robar la Luna, pero supongo que puedo dedicar cinco minutos a ver qué le pasa a tu realidad.
Peter tragó saliva.
—¿Robar la Luna? —preguntó mientras el ascensor descendía hacia las profundidades—. ¿Es una metáfora?
—No —respondió Gru con una sonrisa maliciosa—. Es un objetivo muy sólido. Literalmente.
El ascensor se abrió para revelar un laboratorio subterráneo que dejó a Peter sin aliento. Cientos, quizás miles de Minions corrían de un lado a otro, trabajando en cohetes, misiles y máquinas de formas imposibles. En el centro, un hombre muy anciano en un scooter motorizado los esperaba.
—¡Nefario! —gritó Gru—. Tenemos un visitante. Dice que viene de otro universo.
El Dr. Nefario se acercó, ajustándose sus enormes gafas.
—¿Otro universo? —dijo el doctor con una voz ronca—. Interesante. Estaba trabajando en un rayo que convierte el queso en oro, pero esto suena mucho más productivo.
Peter miró a su alrededor, sintiendo una mezcla de esperanza y temor. Estaba en la guarida de un supervillano, rodeado de criaturas amarillas que cantaban canciones sin sentido y un científico que probablemente quería diseccionarlo.
—Solo quiero volver a Nueva York —murmuró Peter para sí mismo.
—Nueva York es aburrida —dijo Gru, caminando hacia una pantalla gigante—. Aquí tenemos robots, rayos encogedores y... galletas. ¿Quieres una galleta? Las niñas las hicieron. Tienen forma de misil.
Peter aceptó una galleta que le ofreció Bob. Al morderla, se dio cuenta de que, a pesar de lo extraño de la situación, había algo en este lugar que no era del todo malvado.
—Gracias, señor Gru —dijo Peter—. ¿Por dónde empezamos?
Gru señaló un mapa estelar en la pantalla.
—Primero, analizamos tu ADN arácnido. Segundo, calibramos el colisionador. Y tercero... —Gru hizo una pausa dramática—, me ayudas a entrar en el laboratorio de Vector para recuperar mi rayo encogedor. Si me ayudas con mi villanía, yo te ayudo con tu ciencia. ¿Trato?
Peter miró a los Minions, que lo miraban con expectación. Miró a Agnes, que jugaba con su unicornio. Sabía que ayudar a un villano estaba mal, pero Gru no parecía un villano común. Era un villano con una familia.
—Trato —dijo Peter, estrechando la mano de Gru.
La alianza más extraña del multiverso acababa de sellarse. Spider-Man estaba a punto de descubrir que ser un héroe en el mundo de Gru requería mucho más que solo lanzar telarañas; requería paciencia, sentido del humor y, sobre todo, aprender a hablar un poco de "Minion".
Mientras tanto, en las sombras de la ciudad, una brecha dimensional comenzó a parpadear. Algo más había cruzado desde el universo de Peter, algo que no tenía intenciones de comprar unicornios ni de hacer galletas. Pero por ahora, en la guarida de Gru, el caos era extrañamente reconfortante.
—¡Bello! —gritó Bob, saltando sobre el hombro de Peter.
—Sí, Bob —rio Peter—. Bello. Muy bello.