spiderman en mi villano faborito 1
El Ascenso de la Luna y el Salto de Fe
Peter Parker se encontraba en el laboratorio subterráneo, ajustando los últimos parámetros de una máquina que el Dr. Nefario llamaba "El Localizador de Realidades". Según los cálculos, en pocos minutos se abriría un portal estable que lo devolvería directamente a su habitación en Queens. La mochila estaba al hombro, su traje de Spider-Man estaba perfectamente ajustado bajo la ropa y tenía una bolsa de galletas con forma de cohete que Agnes le había regalado como despedida.
—Bueno, señor Gru —dijo Peter, extendiendo la mano—, supongo que esto es todo. Gracias por no diseccionarme. Y gracias por la tecnología.
Gru, que estaba distraído revisando unos planos sobre el robo de la Luna, le estrechó la mano con un gruñido que intentaba ocultar cierto afecto.
—Sí, sí, vete ya, bicho saltarín. Tengo un satélite que robar y no necesito que un adolescente me dé lecciones de moral sobre el espacio exterior.
Peter sonrió y caminó hacia la plataforma del portal. Pero justo cuando el Dr. Nefario iba a accionar la palanca, el sentido arácnido de Peter no solo vibró; gritó. Fue una punzada violenta en la base del cráneo, una señal de peligro tan fuerte que lo obligó a agacharse por puro instinto.
—¡Espera! ¡No lo enciendas! —gritó Peter.
—¿Qué pasa ahora? —se quejó el Dr. Nefario—. El té se me va a enfriar.
De repente, una alarma estridente comenzó a sonar en toda la guarida. Las pantallas gigantes del laboratorio cambiaron de mostrar planos técnicos a una transmisión en vivo desde el exterior de la casa. Una nave gigantesca, con forma de pirámide invertida y un color naranja chillón, flotaba sobre el vecindario.
—¡Es Vector! —rugió Gru, golpeando la mesa—. ¿Qué hace ese idiota en mi espacio aéreo?
—¡Señor Gru! —gritó Margo desde la planta superior, pero su voz fue cortada por un estruendo.
En la pantalla, Peter vio con horror cómo un rayo tractor succionaba a Margo, Edith y Agnes hacia el interior de la nave naranja. Segundos después, la nave de Vector encendió sus propulsores y salió disparada hacia la estratosfera.
—¡Mis niñas! —el grito de Gru desgarró el aire. Ya no era el villano sarcástico; era un padre desesperado—. ¡Nefario! ¡Prepara la nave! ¡Ahora!
Peter no lo pensó dos veces. El portal a casa estaba allí, parpadeando, ofreciéndole una salida segura. Pero no podía irse. No después de que esas niñas lo hubieran tratado como a un amigo.
—El portal se cerrará en dos minutos, chico —advirtió Nefario—. Si no entras ahora, te quedarás atrapado aquí quién sabe cuánto tiempo.
Peter miró el portal y luego miró a Gru, que corría hacia su vehículo de combate mientras los Minions tropezaban entre sí para cargar armas.
—Nueva York puede esperar —murmuró Peter. Se quitó la ropa de civil, revelando el vibrante rojo y azul de su traje, y se puso la máscara—. ¡Señor Gru, espéreme!
Spider-Man lanzó una telaraña al alerón de la nave de Gru justo cuando esta despegaba a una velocidad vertiginosa. El viento golpeaba su rostro mientras se aferraba al metal frío, ascendiendo más allá de las nubes.
—¡Spider-Man! —gritó Gru desde la cabina, viéndolo por el retrovisor—. ¡Estás loco! ¡Vas a terminar como un mosquito en el parabrisas!
—¡Dígale eso a mi tía May! —respondió Peter por el comunicador—. ¡Concéntrese en Vector, yo me encargo de la cobertura exterior!
La persecución fue frenética. La nave de Vector era rápida, pero Gru pilotaba con una furia maníaca. Mientras subían, la Luna comenzó a verse extraña. El rayo encogedor que Gru había usado previamente estaba perdiendo efecto. La Luna, que Vector había robado y guardado en su nave, estaba empezando a crecer. Primero del tamaño de una pelota de playa, luego de una casa, y pronto sería un satélite real de nuevo.
—¡Nefario, la Luna está creciendo demasiado rápido! —advirtió Gru por la radio.
—¡Es la Ley de Nefario! —respondió el doctor desde la base—. ¡Cuanto más grande es el objeto, más rápido recupera su tamaño original! ¡Tienen que sacar a las niñas antes de que la Luna aplaste la nave de Vector desde dentro!
Spider-Man vio cómo la nave naranja empezaba a deformarse. El metal crujía y saltaban chispas. Vector, en un ataque de pánico, intentaba maniobrar, pero la masa de la Luna estaba alterando la gravedad a su alrededor.
—¡Tengo que entrar! —gritó Peter.
Usando sus telarañas, se impulsó desde la nave de Gru y voló por el vacío del espacio cercano. Gracias a las mejoras que Nefario había hecho en su traje minutos antes, Peter tenía una reserva limitada de oxígeno. Aterrizó en la superficie de la nave de Vector y buscó una entrada.
—¡Margo! ¡Edith! ¡Agnes! —gritó, golpeando el cristal reforzado de la escotilla.
Dentro, las niñas estaban atrapadas en una burbuja de energía, flotando peligrosamente cerca de la superficie de la Luna que crecía por segundos. Vector estaba en el asiento del piloto, gritando incoherencias mientras intentaba eyectarse.
Spider-Man usó toda su fuerza proporcional de araña para arrancar la escotilla. El aire silbó al escapar, pero Peter se ancló con telarañas y entró.
—¡Spider-Man! —gritó Agnes, abrazando a su unicornio—. ¡Sabía que vendrías!
—Hola, chicos. Siento llegar tarde, el tráfico espacial está fatal —dijo Peter, rompiendo el generador de la burbuja con un golpe preciso.
—¡Tú! ¡Arruinaste mi plan! —chilló Vector, apuntando a Peter con una pistola de pirañas.
—Amigo, tienes una luna del tamaño de un continente creciendo en tu sala de estar —dijo Peter, lanzando una red de telaraña que pegó a Vector a su asiento—. Tienes prioridades muy extrañas.
La nave de Vector comenzó a desintegrarse. La Luna ya ocupaba casi todo el espacio de carga. Peter agarró a las tres niñas.
—¡Sujétense fuerte! —ordenó.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Margo, asustada.
—Lo que mejor sé hacer: saltar.
Peter saltó por el agujero de la nave justo cuando un trozo del fuselaje explotaba. En el vacío, vio la nave de Gru acercándose. Gru estaba fuera de la cabina, sujeto por una cadena de Minions que se daban la mano unos a otros, formando una cuerda amarilla viviente.
—¡SALTA, MARGO! —rugió Gru, extendiendo su mano con desesperación.
Margo se soltó de Peter y saltó hacia su padre. Sus dedos se rozaron, pero la turbulencia de la Luna creciente los separó.
—¡NO! —gritó Gru.
Margo comenzó a caer hacia el abismo espacial, pero Peter reaccionó en una fracción de segundo. Disparó una línea de telaraña que atrapó a Margo por la cintura y, con un movimiento acrobático, la lanzó hacia los brazos de Gru.
—¡La tengo! —gritó Gru, abrazando a Margo contra su pecho. Kevin y los demás Minions tiraron de la cadena hacia adentro de la nave.
Sin embargo, Peter y las otras dos niñas seguían en peligro. La Luna creció de golpe, alcanzando su tamaño real. El impacto de la expansión lanzó la nave de Vector —y a Vector mismo— hacia la órbita lunar profunda.
—¡Adiós, Vector! —gritó Edith, saludando mientras el villano naranja quedaba varado en la superficie de la Luna, gritando de rabia mientras flotaba en la baja gravedad.
Peter usó su última carga de telaraña para impulsarse hacia la nave de Gru con Edith y Agnes bajo los brazos. Gru lo atrapó por el cuello del traje y lo metió a rastras en la cabina justo antes de que la presión exterior se volviera insoportable.
Todos cayeron en un montón sobre el suelo de metal de la nave. Hubo un silencio absoluto durante unos segundos, interrumpido solo por el sonido de la respiración agitada de Peter y los sollozos de alivio de Agnes.
Gru se levantó lentamente, mirando a las tres niñas. Margo lo abrazó con fuerza, y luego Edith y Agnes se unieron al abrazo. El villano, el hombre que quería robar la Luna, ahora solo parecía un hombre que había recuperado su mundo entero.
—¿Están bien? —preguntó Gru con voz temblorosa—. ¿Nadie tiene un rasguño? ¿Nadie necesita un psicólogo? Porque yo sí.
—Estamos bien, Gru —dijo Margo, sonriendo—. Gracias.
Gru miró a Peter, que estaba sentado contra la pared, quitándose la máscara para recuperar el aliento. El rostro del joven héroe estaba cubierto de sudor y hollín, pero sus ojos brillaban de satisfacción.
—Lo lograste, chico —dijo Gru, ofreciéndole una mano para levantarse—. Salvaste a mis niñas. Y... evitaste que la Luna aplastara mi jardín.
—Fue un trabajo en equipo —respondió Peter, aceptando la mano—. Aunque creo que los Minions hicieron la mayor parte del trabajo pesado.
—¡Bello! —exclamó Bob, abrazando la pierna de Peter.
—Sí, Bob. Muy bello.
La nave descendió lentamente hacia la Tierra. Al mirar por la ventana, vieron la Luna, ahora en su lugar correcto en el cielo, brillando con una intensidad hermosa. Ya no era un trofeo guardado en un bolsillo; era el faro de la noche, igual que siempre debió ser.
Cuando aterrizaron en el jardín de la casa de Gru, el Dr. Nefario los esperaba con el portal interdimensional encendido de nuevo.
—Esta vez es en serio —dijo el doctor—. El portal se cerrará definitivamente en cinco minutos. Si no cruzas ahora, Spider-Man, te quedarás para la cena, y hoy toca estofado de cosas que no quieres saber.
Peter se puso de pie y miró a la extraña familia que había conocido. Gru, el villano reformado; el Dr. Nefario; los cientos de Minions que ahora bailaban celebrando la victoria; y las tres niñas que lo miraban con tristeza.
—Supongo que esto es el adiós —dijo Peter.
—Espera —dijo Agnes, corriendo hacia él. Le entregó un pequeño unicornio de madera que ella misma había tallado malamente en el laboratorio—. Para que no te olvides de nosotros.
Peter tomó el regalo con ternura.
—Gracias, Agnes. No lo olvidaré.
Miró a Gru.
—Cuide de ellas, señor Gru. Ser un héroe es difícil, pero ser padre... eso sí que es para valientes.
Gru asintió solemnemente.
—Vete de aquí, Parker. Antes de que me ponga sentimental y decida robar tu ciudad también.
Peter Parker rió, se puso la máscara una última vez y saludó a todos. Con un salto ágil, atravesó el portal de energía azul.
En un parpadeo, el frío aire del espacio y el olor a metal del laboratorio de Gru fueron reemplazados por el aroma a pizza, smog y humedad de un callejón en Queens. Peter cayó sobre una pila de cajas de cartón, jadeando.
Se quedó allí tumbado un momento, mirando hacia arriba. Entre los rascacielos de Nueva York, la Luna brillaba, blanca y serena.
—No tienes ni idea de lo que acabas de pasar, amiga —le susurró Peter a la Luna.
Se levantó, se sacudió el polvo y revisó su mochila. Allí, junto a sus libros de física, estaba el unicornio de madera de Agnes y una galleta con forma de misil que milagrosamente no se había roto.
Peter sonrió bajo la máscara. Sabía que nadie en el Daily Bugle creería su historia, y que probablemente J. Jonah Jameson diría que Spider-Man se había aliado con alienígenas amarillos para aterrorizar el espacio. Pero no importaba.
Lanzó una telaraña a la cornisa de un edificio y se impulsó hacia el cielo nocturno.
—Bueno —dijo mientras se balanceaba entre las luces de la ciudad—, al menos ahora sé que, si alguna vez me quedo sin trabajo, siempre puedo ser niñera espacial.
Mientras Spider-Man se perdía en el horizonte de su hogar, a millones de kilómetros de distancia y en otra realidad, un grupo de Minions intentaba construir una réplica de su máscara usando solo pintura amarilla y cáscaras de plátano. Gru, sentado en su sillón, leía un cuento a tres niñas, mientras la Luna, recuperada y majestuosa, vigilaba sus sueños.
La aventura había terminado, pero la amistad entre un héroe arácnido y un villano con corazón de padre quedaría escrita para siempre en las estrellas de ambos universos.