spideypool
Ecos de sumisión y fortuna
El refugio de Wade en el Upper West Side no se parecía en nada al vertedero sórdido que la mayoría imaginaría para un mercenario despiadado. Gracias a los pagos exorbitantes de corporaciones corruptas y tiranos de poca monta, Wade poseía un piso amplio, cálido, decorado con muebles de diseño caro que él mismo había desgastado con el uso descuidado de sus armas y sus cajas de pizza. Sin embargo, en aquella madrugada, el espacio parecía demasiado vasto y frío para contener el temblor que sacudía el cuerpo de Peter.
Wade cruzó el umbral cargando al chico en brazos, protegiéndolo contra su pecho blindado como si estuviera hecho de porcelana a punto de fracturarse. Peter mantenía los ojos entrecerrados, su rostro pálido contrastaba con el carmesí de sus mejillas afiebradas y el desorden de rizos castaños que caían sobre su frente empapada de sudor frío. Su respiración era corta, entrecortada por un dolor punzante que parecía concentrarse en la parte baja de su abdomen.
—Ya estamos en casa, Petey —murmuró Wade con una suavidad extraña en él, depositándolo sobre el colchón de la habitación principal—. Nadie va a entrar aquí. Les volé la cabeza a los tres idiotas que intentaron seguir la furgoneta. Tienes mi palabra de honor, y créeme, mi palabra vale... bueno, al menos unos cuantos miles de dólares.
Peter soltó un quejido ronco, arqueando la espalda de manera espasmódica en cuanto su peso se asentó sobre la cama. Sus manos se aferraron con fuerza a la fina túnica de lino que los traficantes le habían colocado.
—Wade... me quema... —susurró Peter con un hilo de voz, sus ojos avellana nublados por las lágrimas—. Por favor, haz que pare...
Wade se quitó la máscara de un tirón, dejando al descubierto su rostro surcado de cicatrices profundas y sus ojos celestes, vidriosos pero afilados por una preocupación genuina. Se arrodilló junto al colchón, alcanzando con cuidado el dobladillo de la prenda rasgada.
—Déjame ver qué te hicieron esos cerdos, mocoso —dijo con voz grave, desprovista de su habitual tono burlón.
Al levantar la tela para revisar las heridas, el mercenario se quedó completamente congelado. Un gruñido sordo y gutural vibró en el fondo del pecho de Wade, una respuesta biológica y puramente alfa que amenazaba con romperle el autocontrol. La piel blanca y suave de los muslos de Peter estaba amoratada por la presión de las correas mecánicas, pero lo peor era la sangre reseca y el lubricante sintético que manchaban su entrepierna.
Allí, incrustado con crueldad quirúrgica en la estrecha entrada del menor, había un dilatador de silicona densa y metal, un dispositivo rígido que los tratantes utilizaban para forzar la apertura del conducto del omega, manteniéndolo vulnerable y expuesto para la inspección de los compradores.
—Hijos de la gran perra... —masculló Wade, cerrando los puños con tanta fuerza que sus nudillos crujieron—. Siguen haciéndote daño incluso después de muertos.
—Wade, no... no mires... —suplicó Peter, intentando cerrar las piernas en un acto reflejo de pura vergüenza y humillación, pero el espasmo muscular solo le provocó un alarido de dolor.
—Tengo que sacártelo, niño —explicó el mercenario, obligándose a suavizar el tono mientras extendía las manos enguantadas, retirándose el cuero para usar solo sus palmas desnudas—. Si lo dejamos ahí adentro, se va a infectar y el tejido se desgarrará más. Confía en mí. Va a ser rápido.
Sin embargo, en cuanto los dedos de Wade rozaron la base del objeto para iniciar la extracción, la psique de Peter colapsó.
El trauma acumulado durante horas de cautiverio, las drogas que aún nublaban su torrente sanguíneo y el pánico ciego de un omega profundamente vulnerado hicieron cortocircuito en su cabeza. Su parte racional se desvaneció, aplastada por un instinto animal de supervivencia violento y desesperado.
Peter soltó un bufido feral, enseñando los dientes.
—¡Aléjate! —gritó, lanzando una patada con una fuerza aterradora que impactó de lleno en el pecho de Wade.
El golpe arrojó al mercenario contra la pared opuesta, quebrando el yeso tras el impacto de sus ciento ochenta centímetros de masa muscular. Wade tosió, sintiendo dos costillas fracturarse al instante antes de que su factor regenerativo comenzara a soldarlas a toda velocidad.
—¡Peter, soy yo! —advirtió Wade, incorporándose con rapidez.
El chico no escuchaba. Sus pupilas estaban dilatadas hasta casi cubrir el avellana de sus ojos, transformados en dos pozos oscuros y aterrorizados. Con la agilidad innata de su mutación, Peter se arrastró de espaldas hasta la esquina más lejana de la cama, acurrucándose como un felino acorralado. Sus uñas se clavaban en las sábanas, desgarrando la tela, mientras su olor dulce a lavanda y ozono se volvía ácido, acre, cargado con las feromonas amargas del terror absoluto.
—¡No me toques! ¡Te voy a matar, juro que te voy a matar si vuelves a tocarme! —desvariaba Peter, temblando de forma incontrolable, lanzando zarpazos al aire cada vez que Wade intentaba dar un paso al frente.
Wade no retrocedió, pero tampoco adoptó una postura de combate. Sabía que no estaba lidiando con Spider-Man el justiciero, sino con un omega roto por el maltrato, atrapado en una pesadilla sensorial donde cada roce era sinónimo de ultraje.
—No voy a lastimarte, Peter —dijo Wade con calma absoluta, elevando la intensidad de sus propias feromonas.
No utilizó el olor dominante y opresivo de un alfa que busca someter por la fuerza; en su lugar, liberó una estela cálida, densa y protectora, con notas de cuero gastado, lluvia fresca y un toque metálico que Peter había aprendido a asociar con la seguridad de patrullar las calles.
Avanzó despacio, ignorando las advertencias del chico. Cuando estuvo lo bastante cerca, Peter se abalanzó sobre él con la furia ciega de un animal herido, clavando los dientes directamente en el hombro de Wade. La carne se desgarró bajo la mordida desesperada, pero el alfa no emitió una sola queja. Envolvió sus brazos masivos alrededor del cuerpo tembloroso del castaño, atrapándolo contra su torso en un abrazo firme e inamovible que no buscaba asfixiarlo, sino contener el frenesí.
—Muerde todo lo que quieras, bebé araña —susurró Wade al oído de Peter, acariciando con una mano pesada y callosa los rizos empapados de la nuca del chico—. Yo me curo, ¿recuerdas? Puedo soportar esto toda la noche. Pero tú necesitas que te ayuden.
Peter forcejeó unos segundos más, emitiendo sollozos roncos contra el cuello de Wade, hasta que la calidez del abrazo y el aroma protector comenzaron a calar hondo en su instinto exhausto. La mandíbula del chico cedió, liberando la carne sangrante del hombro del alfa. El llanto contenido durante todo el secuestro finalmente estalló en un mar de lágrimas descontroladas.
—Me duele... Wade, por favor, me duele mucho... —gimoteó Peter, enterrando el rostro en el pecho del mercenario, rindiendo por completo su guardia.
—Lo sé, pequeño. Ya pasó lo peor. Ahora déjame hacer mi trabajo.
Aprovechando la sumisión momentánea y el agotamiento del omega, Wade acomodó a Peter sobre su regazo con extrema delicadeza. Con una mano firme sobre la cadera del chico para inmovilizarlo sin brusquedad, utilizó la otra para sujetar la base del dilatador. Peter se tensó de inmediato, soltando un gemido agudo al sentir la presión invertida.
—Respira hondo, Peter. A la de tres. Una...
Wade no esperó a contar hasta tres. Tiró hacia afuera con un movimiento fluido, preciso y constante, extrayendo el objeto de una sola vez para no prolongar la agonía.
Peter gritó, arqueándose contra Wade mientras un espasmo violento sacudía su pelvis. El dolor del tejido distendido fue lacerante, pero casi de inmediato, la ausencia de la invasión mecánica trajo consigo un alivio profundo y anestésico. Peter se desplomó hacia adelante, desmadejado, apoyando la frente sudorosa en el hombro de Wade mientras su respiración se ralentizaba en un jadeo tembloroso.
Wade arrojó el dispositivo manchado contra la pared, donde se estrelló con un ruido metálico antes de rodar por el suelo. Limpió con cuidado los restos de sangre de Peter usando una toalla húmeda que tenía a mano, vistiéndolo luego con uno de sus propios suéteres de lana oscura, una prenda holgada que le quedaba inmensa al muchacho y que estaba impregnada con el aroma a salvo de su salvador.
—Ya está —susurró Wade, arropándolo con el edredón más grueso de la casa—. Todo terminó. Duerme.
Peter no tardó más de un minuto en caer en un sueño profundo y sin sueños, vencido por el agotamiento biológico de su condición.
***
A la mañana siguiente, el olor a café recién hecho y el crujido de tocino en una sartén sacaron a Peter de su letargo.
Al abrir los ojos, parpadeó varias veces, desorientado. La luz del sol entraba a través de los amplios ventanales del ático, iluminando una sala de estar moderna y espaciosa. Se sentó con cuidado en la cama; el dolor en su cadera y en su interior seguía presente, como un moretón punzante, pero la pesadez tóxica del día anterior casi había desaparecido gracias al metabolismo acelerado de su organismo arácnido.
Llevaba puesta la enorme sudadera de Wade, cuyas mangas cubrían por completo sus manos. El olor a alfa era tan denso en la tela que Peter inhaló profundamente de manera inconsciente, sintiendo un calor reconfortante en la boca del estómago. Aún no estaba marcado por nadie —su cuello seguía intacto y virgen de cualquier mordida territorial—, pero su biología parecía haberse aferrado a la presencia de Wade como a un ancla en medio de la tormenta.
Al deslizar los pies hacia el suelo de madera, un murmullo de risas proveniente del salón llamó su atención.
—...y entonces le dije que si no duplicaba la tarifa, la próxima vez dejaría que el tanque le pasara por encima —decía la voz inconfundible de Wade desde la cocina, acompañada de su clásica risa rasposa.
—Siempre tan diplomático, Wilson. Me sorprende que no te hayan ejecutado en diez estados distintos todavía.
La segunda voz era femenina, suave, con un matiz de ironía fría y una seguridad aplastante.
Peter frunció el ceño. Apoyándose en las paredes con pasos cautelosos para no forzar sus músculos adoloridos, avanzó por el pasillo hasta asomarse al marco que daba a la cocina abierta.
Allí estaba Wade, vistiendo solo unos pantalones de chándal grises que dejaban al descubierto su torso musculoso, cubierto de cicatrices pálidas que contaban historias de cientos de batallas. Frente a él, sentada sobre la encimera con una taza humeante entre las manos, había una mujer de piel extremadamente blanca y cabello negro corto, con una mancha circular oscura alrededor de su ojo izquierdo. Llevaba una chaqueta de cuero ajustada y miraba a Wade con una familiaridad indiscutible.
Era Domino. Neena Thurman. La mercenaria mutante cuya suerte alteraba las probabilidades a su favor en cualquier situación.
—Sabes que la suerte me sonríe, Wade —decía Domino con una sonrisa lánguida mientras estiraba un brazo para darle un pequeño empujón juguetón en el hombro desnudo del alfa—. Y hoy parece que tienes un humor excelente. ¿A qué se debe el desayuno gourmet? ¿Finalmente mataste a alguien importante o encontraste una moneda de veinticinco centavos en la secadora?
—Mucho mejor que eso, Neena —respondió Wade, sirviendo una pila de tortitas en un plato—. Rescaté a una princesa arácnida de un castillo de pervertidos. Una jornada de trabajo bastante noble para un tipo con mi historial.
Domino soltó una carcajada baja y se inclinó hacia adelante, apoyando una mano sobre el bíceps tenso de Wade, invadiendo su espacio personal con la naturalidad de alguien que compartía un pasado estrecho con él.
En ese instante, algo oscuro, primitivo y visceral ardió en el pecho de Peter.
El sentido arácnido no zumbó con una advertencia de peligro físico; fue su condición de omega la que reaccionó de manera explosiva. Aunque Peter Parker era un chico tímido, educado y reflexivo, su instinto biológico —aún hipersensible por el trauma de la noche anterior— percibió la cercanía de Domino como una amenaza directa a su territorio. Wade lo había rescatado. Wade lo había curado. El olor de Wade estaba sobre su piel.
El aroma de Peter cambió de inmediato, transformándose de la lavanda suave a un ozono denso, picante y territorial que inundó la cocina como una corriente eléctrica invisible.
Domino se detuvo a mitad de su frase. Sus fosas nasales se dilataron levemente y sus ojos se desviaron hacia el umbral del pasillo, encontrándose con la mirada fija de Peter.
El castaño estaba de pie, con los rizos alborotados, la enorme sudadera colgando de su cuerpo esbelto y los ojos avellana encendidos con una intensidad feroz que contrastaba por completo con su apariencia dulce. Sus hombros estaban tensos y sus manos apretaban la tela del suéter contra sus muslos, emitiendo una hostilidad silenciosa pero palpable.
Wade se giró al notar el cambio drástico en el ambiente. Al ver a Peter, una sonrisa amplia y deformada por las cicatrices apareció en su rostro, pero sus instintos de alfa captaron al segundo el desafío que emanaba del muchacho.
—¡Hombre, la bella durmiente ha despertado! —exclamó Wade, dando un paso hacia él—. Justo a tiempo, hice tocino crujiente, el que te gusta y...
Peter no miró a Wade. Sus ojos permanecían clavados en la mano de Domino, que aún reposaba cerca del brazo del mercenario. Con pasos lentos pero deliberados, Peter cruzó la cocina. No había rastro de la timidez del estudiante universitario ni de la parálisis del cautivo; se movía con la gracia letal de un depredador que defiende lo que considera suyo.
Se detuvo justo entre Wade y Domino, interponiendo su cuerpo entre ambos con una falta de sutileza alarmante.
—Buenos días —dijo Peter con una voz tensa, demasiado educada para el veneno que cargaba en la mirada.
Domino alzó una ceja, claramente divertida, y retiró lentamente la mano del brazo de Wade, llevándose la taza de café a los labios.
—Vaya —murmuró Domino, recorriendo a Peter de arriba abajo, deteniéndose en la sudadera gigante y en el rastro inconfundible de feromonas entrelazadas—. Así que este es el famoso Spider-Man. No me dijiste que habías adoptado a un cachorro tan territorial, Wade.
—No soy ningún cachorro —espetó Peter con frialdad, plantando los pies en el suelo y dejando escapar un siseo bajo, casi inaudible para los humanos normales, pero perfectamente claro para los sentidos aumentados de los presentes.
Wade miró a Peter, luego a Domino, y de nuevo a Peter. Una chispa de comprensión brilló en sus ojos azules vidriosos, seguida por una satisfacción vanidosa que ningún alfa estándar habría podido disimular. A pesar de que Peter no llevaba su marca en el cuello, el chico estaba reclamando su espacio a su lado con uñas y dientes frente a cualquier intruso.
—Tranquilo, tigre —dijo Wade con una risita ahogada, colocando una mano pesada y tranquilizadora en la parte baja de la espalda de Peter, sintiendo cómo el chico se relajaba apenas un milímetro bajo su tacto—. Neena es una vieja amiga. Solo vino a traer información sobre los compradores que escaparon anoche. No muerde... a menos que le pagues por adelantado.
—Y hoy estoy fuera de servicio —añadió Domino con una media sonrisa, deslizándose con elegancia de la encimera hacia el suelo—. Tengo claro cuándo la suerte me dice que es momento de retirarme. No suelo pelear con omegas armados con telarañas y problemas de apego.
Domino dejó la taza en el fregadero y se dirigió a la salida, dedicándole a Peter un guiño burlón antes de cerrar la puerta del ático tras de sí con un chasquido suave.
El silencio volvió a instalarse en la cocina, roto únicamente por el chisporroteo residual de la sartén. Peter bajó la cabeza, dándose cuenta de repente de cómo había actuado. La adrenalina del momento se disipó, dejando paso a un rubor ardiente que tiñó sus mejillas y la punta de sus orejas. Se encogió sobre sí mismo, tirando de las mangas de la sudadera para ocultar sus dedos, sintiéndose repentinamente avergonzado por el arrebato irracional.
—Yo... lo siento —balbuceó Peter, mirando fijamente las baldosas del suelo—. No sé qué me pasó. Ella solo estaba hablando contigo y yo... actué como un idiota. No tengo derecho a...
Wade lo tomó suavemente del mentón con dos dedos enguantados, obligándolo a levantar el rostro. Los ojos celestes del mercenario no contenían burla ni reproche; solo una mezcla de ternura tosca y devoción sincera.
—Cállate, Peter —dijo Wade con voz suave, acariciando con el pulgar la piel rosada de su mejilla—. Tienes derecho a reclamar todo lo que quieras aquí adentro. Especialmente a mí. Ahora siéntate y come antes de que las tortitas se enfríen. Todavía tenemos mucho que hablar sobre cómo vas a vengarte de los imbéciles que nos arruinaron la semana.