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spideypool

Fiebre de seda y silicio

El silencio en el ático de Wade era una presencia casi tangible, pesada y sofocante. Hacía tres días que el mercenario se había marchado a un encargo en el extranjero, una misión de limpieza en Europa del Este que le tomaría una semana entera. Peter se había quedado solo, prometiendo cuidar del lugar, pero su cuerpo tenía otros planes, mucho más caóticos y despiadados que cualquier contrato de sicarios.

Todo había comenzado con un calor sordo en la boca del estómago. Al principio, Peter intentó convencerse de que solo era el remanente de los fármacos que los traficantes le habían inyectado, o quizás el estrés postraumático pasándole la factura. Pero para el segundo día de soledad, el aire acondicionado al mínimo ya no aliviaba el ardor que le subía por el cuello.

Su celo había llegado.

No era un celo normal de un omega común. La picadura de la araña genéticamente modificada no solo le había otorgado reflejos sobrehumanos, fuerza proporcional y la habilidad de adherirse a las paredes; también había reconfigurado su sistema endocrino. Su metabolismo procesaba todo a una velocidad vertiginosa, multiplicando por diez las necesidades biológicas básicas. Sus ciclos eran espaciados, pero cuando se desataban, eran tormentas implacables de necesidad febril, y sin supresores disponibles —los cuales había tenido que abandonar tras los daños hepáticos—, su biología arácnida e instintiva estaba fuera de control.

El primer síntoma ineludible fue la urgencia ciega de construir un nido.

En un estado de semiconsciencia afiebrada, Peter había desvalijado los armarios de Wade. No le servían las mantas limpias que olían a detergente industrial; necesitaba el olor del alfa. Había arrastrado al centro del dormitorio principal tres chaquetas de cuero gastadas, todas las sudaderas viejas del mercenario, camisetas de franela que aún conservaban notas de tabaco, pólvora y ese almizcle terroso tan característico de Wilson. Apiló todo sobre el colchón en un círculo meticuloso, reforzando los bordes con sábanas enrolladas hasta formar una fortaleza acogedora, oscura y asfixiantemente impregnada de la presencia de Wade.

Pero el nido no bastaba. La ausencia de un alfa real quemaba en sus entrañas como ácido puro.

—Maldita sea... —jadeó Peter al tercer día, tumbado boca abajo en medio de su montaña de ropa, con las mejillas ardiendo en un carmesí violento y los rizos castaños pegados a la frente por el sudor.

El líquido transparente y espeso de su propio celo empapaba sus muslos, dejándolo con una sensación de vacío insoportable. Su anatomía exigía ser llenada, reclamada y anudada hasta el delirio. Su mutación amplificaba el dolor del apetito insatisfecho, provocándole calambres espasmódicos en el bajo vientre que le arrancaban quejidos roncos y desesperados contra las almohadas.

Con las manos temblorosas y la visión borrosa por las lágrimas de frustración, Peter gateó fuera del nido y alcanzó la computadora portátil que Wade había dejado abierta sobre el escritorio. Su mente analítica de científico estaba completamente anulada; solo quedaba el instinto puro y desvergonzado de un omega en celo buscando alivio inmediato.

Accedió a una tienda en línea de artículos para adultos con envíos ultrarrápidos para la zona metropolitana de Nueva York. Sin detenerse a mirar precios ni especificaciones técnicas, Peter se fue directamente a la sección para omegas de complexión resistente y especies mutantes.

—Grandes... necesito algo grande... —balbuceaba, mordiéndose el labio inferior hasta sacarse sangre mientras deslizaba el cursor.

Sabía perfectamente que Wade era descomunal; lo había visto en suficientes ocasiones con poca ropa como para tener una idea clara de la anatomía del alfa de alto rango. Sus ojos avellana, brillantes por la fiebre, se fijaron en los modelos de silicona médica de mayor calibre: juguetes con texturas pronunciadas, diseñados para imitar el nudo bulboso y expansivo de un alfa dominante, con longitudes y grosores que aterrorizarían a cualquier humano ordinario.

Peter añadió tres al carrito virtual: uno mediano para calentar, uno grande de textura estriada y un monstruo de silicona densa de casi veinticinco centímetros que prometía una dilatación extrema con base de ventosa y un falso nudo de bloqueo. Al momento de pagar, seleccionó el envío prioritario de dos horas y utilizó sin pensarlo la tarjeta de crédito corporativa vinculada a la cuenta de Wade, la cual tenía un límite de crédito absurdo y fondos ilimitados procedentes de cuentas suizas.

A Peter no le importó. En ese momento, si le hubieran pedido un millón de dólares a cambio de apagar el fuego en su interior, los habría pagado sin pestañear.

El mensajero especial tocó el timbre dos horas después. Peter apenas tuvo la fuerza para arrastrarse hasta la puerta, cubierto solo con una bata de seda que le quedaba inmensa, arrebató el paquete sellado de las manos del repartidor sin mediar palabra y cerró de golpe con el pestillo.

De regreso en el nido, rompió el cartón con sus propias uñas, dejando caer los juguetes sobre las sábanas empapadas.

El aroma en la habitación era abrumador. La lavanda dulce de su naturaleza omega se había mezclado con el ozono chispeante de su mutación arácnida, creando un perfume denso, pegajoso y almizclado que casi cortaba la respiración. Peter vertió una cantidad generosa de lubricante térmico sobre el primero de los juguetes, arqueando la espalda en cuanto la silicona fría tocó su entrada hipersensible.

—Ah... Dios... —gimió en la penumbra, empujando sus caderas hacia atrás.

El primer juguete apenas sirvió para aplacar el temblor inicial. Su cuerpo de héroe, curtido en batallas y capaz de soportar toneladas de escombros, devoraba la estimulación sin saciarse. Necesitaba más. Quería sentir esa presión asfixiante que borrara cualquier rastro del dilatador mecánico del secuestro y lo reemplazara con placer puro, con una invasión que emulara el peso de un alfa sobre él.

Pasó al segundo, retorciéndose sobre las sábanas mientras sus dedos se clavaban en la tela de una de las chaquetas de Wade, inhalando el cuero para engañar a su cerebro. Pero el vacío seguía ahí, latente, burlándose de su resistencia.

Con la respiración entrecortada y un gemido suplicante que sonó más animal que humano, Peter tomó el último juguete: la pieza más colosal de todas. Tenía un color negro azabache, pesado, con una base ancha diseñada para presionar la próstata de manera implacable.

—Por favor... haz que pare... —rogó a la nada, colocándose de rodillas en cuatro puntos en el centro del nido.

La inserción fue brutal, un choque entre el dolor de la dilatación extrema y un torrente de placer eléctrico que le hizo vibrar la columna vertebral. Peter soltó un grito ahogado contra el colchón cuando el falso nudo comenzó a forzar su paso a través del anillo muscular. Gracias a su fisiología aumentada y a la lubricación natural de su celo, sus tejidos cedieron centímetro a centímetro, tragándose la silicona con una avidez desesperada.

Cuando el nudo finalmente encajó en su interior, expandiéndolo por completo y presionando el punto exacto de su anatomía interna, Peter colapsó de lado sobre las prendas de Wade. Un orgasmo seco, violento e incontrolable sacudió su cuerpo en espasmos continuos, arrancándole sollozos entrecortados. Su mente, saturada por la sobredosis de endorfinas, la fiebre acumulada y el agotamiento físico de días sin dormir, simplemente no dio para más.

Con el enorme juguete aún profundamente encajado en su interior, estirando sus paredes y llenándolo de manera obscena, Peter cerró los ojos y cayó en un sueño comatoso, abrazando una de las camisetas sudadas del mercenario como si fuera su único salvavidas.

***

Tres pisos más abajo, el ascensor privado del edificio tintineó con un timbre suave.

Wade Wilson salió al pasillo arrastrando una bolsa de lona militar manchada de hollín. Llevaba su traje rojo y negro sin la máscara puesta, dejando a la vista su cabello rubio corto y la piel blanca llena de cicatrices que cubría la mitad de su rostro. Sus ojos celestes, habitualmente alertas y cargados de una energía maníaca, estaban fijos en la pantalla de su teléfono móvil.

El mercenario fruncía el ceño con una mezcla genuina de confusión y desconcierto.

—No tiene ningún sentido —murmuraba Wade para sí mismo, deslizando el dedo por el registro de transacciones de su banco—. Setecientos cincuenta dólares en *PleasureMutant Inc.* con entrega prioritaria. ¿Quién demonios hackeó mi cuenta? ¿Acaso Weasel abrió un negocio de burdeles virtuales? ¿O la vieja Al decidió que sus noches de bingo necesitaban un poco más de silicona de grado aeroespacial? Si fue Cable, juro por Dios que voy a soldarle el brazo cibernético a una tostadora.

Wade introdujo la llave en la cerradura blindada de su ático, esperando encontrar la casa en calma y a Peter durmiendo tranquilamente en la habitación de invitados o viendo algún documental aburrido sobre física cuántica en la sala.

Sin embargo, en el instante en que la pesada puerta de roble se abrió apenas un centímetro, el aire del interior golpeó a Wade de lleno en la cara.

El mercenario se congeló en el acto.

No era una brisa cualquiera; era una marea invisible, densa, sofocante y pura de feromonas de celo. El aroma a lavanda caramelizada, sudor dulce y ese ozono eléctrico tan particular de Peter inundaba cada rincón del ático, cargado de una humedad que solo un omega en su punto más álgido y desesperado podía producir.

El cerebro de Wade se apagó durante una fracción de segundo, reemplazado de golpe por el instinto primario y abrasador de su condición de alfa. Sus pupilas se dilataron hasta cubrir casi por completo el azul de sus ojos, sus músculos se tensaron bajo el kevlar y un gruñido sordo, grave y profundamente posesivo vibró en el fondo de su caja torácica.

—Petey... —dijo en un susurro ronco, tirando la bolsa de armas al suelo sin importarle el estruendo metálico que produjo.

Siguió el rastro olfativo como un sabueso siguiendo una pista de sangre, ignorando las luces apagadas y los platos limpios en la cocina. El aroma se intensificaba a medida que avanzaba por el pasillo principal, volviéndose casi tóxico de lo dulce y concentrado que estaba al llegar a la puerta entreabierta de su propia habitación.

Wade empujó la madera despacio, conteniendo la respiración.

El espectáculo que lo esperaba dentro lo dejó clavado en el umbral, con la mandíbula apretada y el pulso latiéndole con violencia en las sienes.

En el centro de su cama king size, un nido caótico hecho enteramente con sus propias prendas ocupaba casi todo el espacio. En medio de ese caos de cuero, lana y sábanas revueltas, yacía Peter Parker.

El chico estaba profundamente dormido, exhausto. La enorme sudadera gris de Wade apenas le cubría el torso, habiéndose subido hasta la mitad de su espalda debido a sus movimientos previos. Sus piernas largas y pálidas estaban flexionadas, ligeramente abiertas en una postura de abandono absoluto. Las mejillas de Peter brillaban con un rubor encendido, sus labios carnosos estaban entreabiertos dejando escapar suspiros tenues, y sus rizos castaños caían desordenados sobre una de las chaquetas de Wade que abrazaba contra su pecho como un niño pequeño.

Pero lo que hizo que la sangre de Wade hirviera a una temperatura peligrosa fue lo que vio entre los muslos del muchacho.

Allí, encajado hasta la empuñadura en la estrecha y sonrosada entrada de Peter, descansaba el gigantesco juguete de silicona negra que figuraba en la factura de su teléfono. El orificio del omega estaba estirado de manera impecable, brillante por una mezcla excesiva de lubricante y fluidos propios del celo que goteaban perezosamente sobre las sábanas. La base del objeto palpitaba tenuemente con cada respiración del

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