Stony 2
El Peso del Silencio y el Filo de la Calumnia
La ausencia de Peter en la manada Rogers no solo dejó un vacío físico en la cabaña de Steve; abrió una grieta por la que comenzó a filtrarse el veneno de la sospecha. Para Tony, cada día era una batalla entre el alivio de saber a su cachorro lejos de las garras de los alfas y el tormento de una soledad que se volvía cada vez más asfixiante.
Steve había redoblado las patrullas, agotándose en búsquedas infructuosas que lo dejaban exhausto y con el corazón roto. Esa vulnerabilidad del líder fue la chispa que encendió el resentimiento en los miembros más conservadores de la manada. Para muchos, Tony Stark no era más que un omega forastero, una moneda de cambio de una alianza que solo traía problemas.
Los rumores comenzaron como susurros en las hogueras y terminaron convirtiéndose en verdades gritadas a espaldas del castaño.
—¿Vieron cómo lloraba? —comentó un beta mientras Tony pasaba cerca del taller de herrería—. Demasiado perfecto. Ningún padre pierde a su hijo así de fácil a menos que haya querido deshacerse de él.
—Es un manipulador —añadió un alfa joven, cruzándose de brazos con desprecio—. Dicen que en su antigua manada era igual. Los omegas como él solo traen desgracia. ¿Quién nos asegura que no mató al cachorro para no tener ataduras con Steve?
Tony escuchaba. Tenía el oído agudizado por años de supervivencia. Cada palabra era un golpe, pero él simplemente bajaba la cabeza y apretaba las herramientas en sus manos. Su taller, el único lugar donde su mente brillante encontraba paz creando dispositivos de defensa y sistemas de riego, se había convertido en el blanco de sabotajes constantes.
Una mañana, al entrar, encontró sus planos rasgados y el prototipo de una ballesta de repetición destrozado a martillazos. El aceite de motor se derramaba por el suelo como sangre negra.
—Solo es metal, Tony —se susurró a sí mismo, con las manos temblando—. Solo es metal. Peter está a salvo. Peter está libre. Eso es lo único que importa.
—Tony, ¿qué ha pasado aquí? —La voz de Natasha Romanoff, una beta de mirada afilada y lealtad inquebrantable a Steve, resonó en la entrada.
Tony se apresuró a recoger los restos, ocultando su frustración tras la máscara de sumisión que tanto odiaba, pero que tan bien conocía.
—Nada, Natasha —respondió él sin mirarla—. Fui torpe. Tropecé y tiré las cosas. El alfa Rogers se enfadará si ve este desorden. Debo limpiarlo.
Natasha se acercó y le arrebató suavemente una pieza de metal retorcida. Sus ojos verdes analizaron el daño.
—Esto no fue un tropiezo, Stark. Alguien entró aquí. Clint y yo hemos escuchado lo que dicen en el comedor. Steve no sabe nada de esto porque está demasiado ocupado buscándolo a él... —Hizo una pausa, observando la reacción de Tony—. Pero nosotros no somos ciegos.
—No digas nada —suplicó Tony, finalmente levantando la vista. Sus ojos marrones estaban inyectados en sangre por la falta de sueño—. Por favor. Si Steve se entera, habrá peleas. La manada se dividirá. Ya tiene suficiente con la pérdida de Peter. Déjalo así.
—No puedes dejar que te pisoteen de esta manera —gruñó Clint Barton, apareciendo desde las sombras del taller—. Ayer vimos a unos alfas escondiendo tus suministros médicos. Si seguimos así, esto escalará.
—Soy un omega —dijo Tony con una frialdad que heló la sangre de los dos guerreros—. Estoy acostumbrado a que el mundo sea así. No se preocupen por mí.
Pero la situación escaló, tal como Clint había predicho. Sin la presencia constante de Steve, que pasaba días enteros rastreando los bosques del norte, la disciplina de la manada comenzó a relajarse de la peor manera posible.
Una tarde, mientras Tony regresaba del río con varios cubos de agua, fue interceptado por tres alfas. No eran guerreros de élite, sino hombres resentidos que veían en la aparente debilidad de Tony una oportunidad para reafirmar su estatus.
—Mira qué tenemos aquí —dijo uno de ellos, un hombre corpulento llamado Rumlow—. El omega preferido del jefe. ¿Aún sigues fingiendo que te importa el cachorro, Stark? ¿O ya estás buscando cómo meterte en la cama de otro para asegurar tu lugar?
Tony intentó pasar de largo, pero Rumlow le bloqueó el paso, empujándolo contra un árbol. El agua de los cubos se derramó, empapando la túnica de Tony y marcando su silueta.
—Déjenme pasar —dijo Tony, su voz apenas un susurro. El miedo, ese viejo conocido, empezó a subir por su garganta como bilis.
—¿Y si no queremos? —Otro alfa se acercó, pasando una mano áspera por el cuello de Tony, justo sobre la marca de unión que Steve aún no había reclamado formalmente—. Tienes un olor interesante, Stark. A pesar de toda esa tristeza, hueles a vino caro. Es un desperdicio que Steve sea tan blando contigo.
La mano del alfa bajó con brusquedad, apretando la cadera de Tony. El castaño se quedó rígido. No luchó. No gritó. En su mente, los recuerdos de su anterior alfa se solaparon con el presente. Recordó las noches de dolor, el desprecio y la idea de que su cuerpo no le pertenecía, sino que era una propiedad que cualquier alfa superior podía reclamar.
—Haz lo que tengas que hacer —dijo Tony, cerrando los ojos y dejando caer los hombros—. Solo terminen rápido.
Los alfas se quedaron desconcertados por un momento ante la falta de resistencia. La sumisión absoluta de Tony, carente de cualquier chispa de vida, era inquietante. Rumlow soltó una carcajada ronca y le dio un tirón al cabello castaño de Tony, obligándolo a mirar hacia arriba.
—Eres patético. Con razón tu cachorro se perdió. Ni siquiera sirves para defender tu propia dignidad.
Antes de que la situación pasara a mayores, un gruñido profundo y gutural hizo vibrar el aire. No era un gruñido humano.
Desde la maleza, un lobo gigantesco de pelaje dorado y ojos azules encendidos como diamantes emergió con los colmillos al aire. Steve había regresado antes de lo esperado, y la escena que encontró hizo que su sangre hirviera con una furia ancestral.
Los alfas retrocedieron de inmediato, soltando a Tony como si quemara.
—¡Alfa! —exclamó Rumlow, palideciendo—. Solo estábamos... solo estábamos bromeando con él. Ya sabes cómo es Stark, siempre tan dramático.
El lobo dorado no esperó. Se transformó en pleno salto, y para cuando sus pies tocaron el suelo, Steve Rogers ya estaba en su forma humana, aunque sus ojos seguían manteniendo ese brillo animal y peligroso. No dijo una palabra. Simplemente caminó hacia Rumlow y, con un movimiento rápido y potente, lo agarró del cuello de la túnica, levantándolo del suelo.
—Vuelve a tocarlo —dijo Steve, su voz era un rugido contenido que hizo temblar las hojas de los árboles—, y te aseguro que no necesitarás preocuparte por tu lugar en esta manada, porque no quedarás vivo para reclamarlo. ¡Fuera de mi vista! ¡Todos!
Los alfas huyeron despavoridos. Steve respiró agitadamente, tratando de calmar a su lobo interno, que exigía sangre por el insulto hacia su pareja. Se giró hacia Tony, esperando encontrarlo llorando o indignado.
Pero Tony estaba simplemente arrodillado en el suelo, recogiendo los cubos vacíos con una expresión vacía.
—Lo siento, Steve —dijo Tony, sin mirarlo—. He desperdiciado el agua. Iré a por más. No te preocupes por ellos, tenían razón, fui torpe al cruzarme en su camino.
Steve sintió como si le hubieran clavado un puñal en el estómago. Se acercó a Tony y se arrodilló frente a él, obligándolo a soltar los cubos.
—Tony, mírame —pidió con una dulzura que contrastaba con la furia de hace un momento—. No fue tu culpa. Ellos te estaban agrediendo. ¿Por qué no te defendiste? ¿Por qué les dijiste que hicieran lo que quisieran?
Tony finalmente levantó los ojos. Estaban secos, desprovistos de la luz que Steve había visto alguna vez.
—Porque así son las cosas, Steve. Soy un omega. Tú eres un alfa bueno, quizás el único, pero el resto... el resto siempre es igual. Mi anterior alfa me enseñó que si no peleas, termina más rápido. Si les das la razón, el dolor es menor.
Steve tomó las manos de Tony entre las suyas. Eran pequeñas comparadas con las de él, y estaban llenas de callos por el trabajo duro y cicatrices de antiguos maltratos.
—Conmigo no es así —susurró Steve, acercando las manos de Tony a sus labios para besarlas con una reverencia casi religiosa—. Nunca permitiré que nadie te ponga una mano encima. Ni siquiera yo mismo. Eres mi igual, Tony.
—La manada no piensa lo mismo —respondió Tony, retirando sus manos suavemente—. Dicen que maté a Peter. Dicen que soy un monstruo. Quizás tengan razón. Lo alejé de mí... y ahora estoy solo.
—No estás solo —insistió Steve—. Bucky me ha contado lo que ha estado pasando en el taller. ¿Por qué no me dijiste nada?
—Porque no quería ser una carga —admitió Tony, su voz quebrándose finalmente—. Ya has perdido suficiente buscando a mi cachorro. No quería que perdieras también el respeto de tu manada por defender a un omega que no vale nada.
Steve se puso de pie y, con una fuerza delicada, levantó a Tony y lo estrechó contra su pecho. Tony se tensó al principio, esperando el golpe o la exigencia, pero solo recibió el calor reconfortante del aroma a pino y la seguridad de unos brazos que lo rodeaban como una fortaleza.
—Vales todo para mí, Tony Stark —dijo Steve contra su cabello—. Y si esta manada no puede ver eso, entonces no merecen ser liderados por mí. Vamos a casa.
Caminaron de regreso al asentamiento. Steve no lo soltó en ningún momento, manteniendo un brazo protector alrededor de su cintura, marcando territorio de una manera que no era posesiva, sino defensiva.
Al llegar al centro del campamento, Steve se detuvo. La mayoría de los miembros de la manada estaban allí, observando con curiosidad y algunos con desprecio. Bucky estaba apoyado en un poste, con los brazos cruzados, asintiendo levemente al ver a Steve.
—¡Escuchadme todos! —gritó Steve, su voz proyectándose con la autoridad de un alfa líder—. He oído los rumores. He visto los sabotajes. Y hoy he visto cómo algunos de vosotros tratáis a Tony.
El silencio fue absoluto.
—Peter Parker es mi hijo tanto como lo es de Tony por esta alianza —mintió Steve, asumiendo la paternidad del cachorro para proteger el honor de Tony—. Quien diga que Tony tuvo algo que ver con su desaparición, me está llamando asesino a mí también. Y quien toque a este omega, está retando al alfa de la manada a un duelo a muerte.
Tony sintió un escalofrío. Nunca nadie lo había defendido así. En su antigua manada, su alfa se habría reído mientras los demás abusaban de él, considerándolo una forma de "mantenerlo en su sitio".
—Tony Stark es el corazón de nuestro progreso —continuó Steve—. Sus manos construyen lo que nos protege. Su mente nos hace fuertes. A partir de hoy, cualquier falta de respeto hacia él será castigada con el destierro. ¿Ha quedado claro?
Hubo un murmullo de asentimiento general, nacido más del miedo a la furia de Steve que de una comprensión real, pero fue suficiente para calmar las aguas.
Esa noche, en la cabaña, el ambiente era distinto. Steve encendió la chimenea y preparó algo de té para ambos. Tony estaba sentado en la cama, observando al gran hombre rubio moverse con una agilidad sorprendente para su tamaño.
—¿Por qué lo hiciste, Steve? —preguntó Tony finalmente—. Podrías haber perdido el favor de tus guerreros.
Steve se sentó a los pies de la cama, manteniendo una distancia respetuosa.
—Porque el liderazgo no significa nada si no puedes proteger a quienes amas, Tony. Y yo... yo he empezado a quererte mucho más de lo que esta alianza exigía.
Tony bajó la mirada, sintiendo un calor extraño en sus mejillas. El aroma a vino fino de su piel comenzó a endulzarse, perdiendo el toque agrio del miedo por primera vez en semanas.
—Aún me da miedo —confesó Tony en un susurro—. A veces, cuando te acercas rápido, mi cuerpo espera que me golpees. No es por ti, es... es el hábito.
—Lo sé —respondió Steve con tristeza—. Y me tomará toda la vida, si me lo permites, enseñarte que mis manos solo están para sostenerte.
Tony se arrastró por la cama hasta quedar frente a Steve. Dudó un segundo, y luego, con una valentía que no sabía que aún poseía, extendió una mano y acarició la mejilla del alfa. La piel de Steve estaba tibia y un poco áspera por la barba de varios días. Steve cerró los ojos y se inclinó hacia el toque, suspirando de placer ante el contacto voluntario.
—Peter está a salvo, Steve —dijo Tony, las palabras saliendo de su boca antes de que pudiera detenerlas.
Steve abrió los ojos, sorprendido.
—¿Qué quieres decir?
Tony tragó saliva. Sabía que esta era la prueba definitiva. Si Steve era realmente diferente, aceptaría la verdad.
—Yo lo ayudé a escapar. Él es un omega, Steve. Sabía que si se quedaba, terminaría como yo... o peor. Aproveché la llegada de Visión para sacarlo de aquí. Los rumores de que desapareció son ciertos, pero no fue un accidente. Fue mi elección.
Steve se quedó inmóvil. Tony cerró los ojos, esperando la explosión de ira, el grito por haber sido engañado, el castigo por haber burlado la seguridad de la manada.
En lugar de eso, sintió unas manos grandes y cálidas rodeando su rostro.
—Gracias a los dioses —susurró Steve con una voz cargada de emoción—. Tony... he pasado noches sin dormir pensando que un lobo solitario lo había destrozado. Saber que está a salvo, que es libre... es el mejor regalo que me has podido dar.
Tony abrió los ojos, asombrado.
—¿No estás enfadado? Te mentí. Te hice buscarlo durante días.
—Estoy un poco dolido porque no confiaste en mí para ayudarlo —admitió Steve con una sonrisa triste—, pero entiendo por qué lo hiciste. Estabas protegiendo a tu cachorro de un mundo que solo te ha hecho daño. Tony, eso no te hace un manipulador. Te hace el hombre más valiente que he conocido.
Tony no pudo contenerse más. Se lanzó a los brazos de Steve, sollozando con una fuerza que sacudió todo su cuerpo. Eran lágrimas de alivio, de liberación, de un dolor que finalmente encontraba un lugar donde descansar. Steve lo acunó, meciéndolo suavemente, dejando que el omega vaciara todo el veneno que había acumulado.
—Shh, ya está, Tony. Estás a salvo. Aquí nadie te hará daño.
Mientras Tony se quedaba dormido en los brazos del alfa dorado, por primera vez en su vida no se sintió como una presa huyendo de un depredador. Se sintió como un lobo que, tras una larga y tormentosa noche, finalmente había encontrado su hogar.
Sin embargo, fuera de la cabaña, en las sombras de la manada, no todos estaban convencidos por las palabras de Steve. Rumlow y otros resentidos se reunían en secreto. Si no podían tocar a Tony directamente, buscarían la forma de demostrar que el omega era una debilidad para su líder.
Pero esa era una batalla para otro día. Esa noche, bajo el manto de las estrellas y el calor del fuego, el vino fino y el pino se mezclaron en una armonía perfecta, sellando una unión que ni la calumnia ni el miedo podrían romper tan fácilmente. Tony Stark había salvado a su cachorro, y en el proceso, sin saberlo, había comenzado a salvarse a sí mismo.