Stony 2
Entre el Metal y la Mentira
El taller de Tony Stark siempre había sido su santuario, un lugar donde las leyes de la física eran las únicas que importaban y donde el metal no tenía prejuicios ni castas. Sin embargo, desde que Peter se había ido, el taller también se había convertido en su centro de operaciones para una red de engaños que cada vez le pesaba más. Tony seguía manteniendo la fachada de omega sumiso y asustadizo ante la mayor parte de la manada, pero en la penumbra de su mesa de trabajo, sus manos no dejaban de crear.
Estaba terminando un pequeño transmisor de frecuencia baja, una maravilla de la ingeniería que había ocultado dentro de un collar de cuero aparentemente inofensivo. Era su forma de mantenerse conectado con Visión, para saber si Peter había llegado a las tierras del norte. Si Steve lo descubría, no solo vería que Tony poseía una inteligencia superior que había ocultado, sino que confirmaría que el omega nunca había dejado de conspirar a sus espaldas.
—¿Otra vez trabajando hasta tarde, Tony? —La voz de Steve, cálida y profunda como el eco de una montaña, lo hizo saltar.
Tony cubrió rápidamente el dispositivo con un trozo de tela sucia y se giró, bajando la vista de inmediato y encogiéndose de hombros, adoptando esa postura de vulnerabilidad que se había convertido en su segunda piel.
—Solo... solo intentaba arreglar una de las bisagras de la puerta principal, alfa —susurró Tony, forzando un leve temblor en sus manos—. No quería que te molestaras porque la casa no estuviera en perfectas condiciones.
Steve suspiró y entró en el taller, su presencia llenando el espacio con ese aroma a pino y aire fresco que solía calmar a Tony, pero que ahora le provocaba una punzada de culpa. El rubio se acercó y puso una mano suave sobre el hombro del castaño.
—Te he dicho mil veces que no me llames así si no te sale del corazón, y que no tienes que disculparte por trabajar —dijo Steve con ternura—. Me preocupa que no descanses. Tus ojos tienen ojeras profundas. ¿Es por Peter?
Tony asintió con rapidez, aprovechando la excusa perfecta.
—Lo extraño cada segundo. Sueño con que tiene frío o hambre. Me aterra pensar que el bosque se lo haya tragado.
Steve lo rodeó con sus brazos, atrayéndolo hacia su pecho musculoso. Tony apoyó la mejilla en el pectoral del alfa, escuchando el latido rítmico de su corazón. Era un sonido tan honesto que Tony sintió ganas de gritarle la verdad, de decirle que Peter estaba a salvo, que él mismo era un genio capaz de construir armas que podrían cambiar el destino de las guerras entre manadas. Pero el miedo era un veneno de acción lenta; el recuerdo de su anterior alfa, aquel que lo golpeaba cada vez que Tony mostraba un destello de iniciativa, lo mantenía encadenado a la mentira.
—Pronto tendremos noticias, lo presiento —murmuró Steve, besando la coronilla de Tony—. Bucky ha ampliado el radio de búsqueda. No nos rendiremos.
Tony cerró los ojos, sintiéndose la peor persona del mundo. Estaba usando la bondad de Steve como un escudo para sus propios secretos.
Sin embargo, fuera del taller, oculto entre las sombras de los pinos, alguien observaba. No era Bucky, ni Natasha. Era alguien que conocía los secretos de las sombras tan bien como Tony conocía los del metal.
Al día siguiente, mientras Steve lideraba una partida de caza para abastecer las reservas de invierno, Tony se escabulló hacia el límite sur del campamento. Tenía que recoger una entrega de componentes que Visión había dejado ocultos en el hueco de un árbol centenario. Era un riesgo, pero necesitaba esos cristales de cuarzo para estabilizar la señal de su transmisor.
Se movía con la agilidad de un lobo pequeño, evitando las patrullas con una facilidad pasmosa. Cuando llegó al árbol, sus dedos tantearon el interior de la madera podrida hasta que encontraron una pequeña bolsa de tela.
—Es una técnica impresionante para alguien que supuestamente no sabe ni cuidar de sí mismo.
Tony se congeló. Su olor a vino fino se volvió agrio de golpe. Se giró lentamente y se encontró cara a cara con una mujer de cabellos oscuros y ojos que brillaban con una inteligencia maliciosa. Era una beta de la manada Rogers, pero no una cualquiera. Era Maria Hill, la jefa de inteligencia y seguridad, alguien que rara vez se dejaba ver pero que lo sabía todo.
—Hill —dijo Tony, tratando de recuperar su compostura de omega asustado—, me has dado un susto de muerte. Solo estaba... buscando unas hierbas que me recomendó la curandera para dormir.
Maria Hill soltó una risa seca y dio un paso hacia él, cruzándose de brazos.
—No me vengas con cuentos, Stark. Llevo observándote semanas. He visto cómo tus manos se mueven cuando crees que nadie te mira. He visto cómo tus ojos analizan las defensas del campamento no con miedo, sino con el ojo de un estratega. Y esa bolsa... no contiene hierbas.
—No sé de qué hablas —insistió Tony, retrocediendo hasta chocar con el tronco del árbol—. Soy solo un omega, Maria. Por favor, no me metas en problemas con el alfa.
—¡Deja de actuar! —le espetó Hill, su voz cortante como un cuchillo—. A Steve podrás engañarlo porque está cegado por su nobleza y por ese instinto protector que le nubla el juicio cuando se trata de ti. Pero yo no soy Steve. Yo veo lo que eres: un mentiroso que está usando a nuestro líder.
Tony apretó la bolsa en su mano, su respiración volviéndose errática. El sarcasmo, su verdadera defensa, empezó a asomar por las grietas de su máscara.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Ir a contárselo? —Tony enderezó la espalda, perdiendo por un momento la postura encorvada—. Steve no te creerá. Está convencido de que soy una criatura frágil que necesita su protección constante.
—Oh, me creerá cuando le enseñe esto —dijo Hill, sacando de su cinturón el pequeño transmisor que Tony había dejado a medio terminar en el taller la noche anterior—. Lo encontré esta mañana mientras estabas en el río. No sé qué es esta brujería de metal, pero sé que no es algo que un "omega asustadizo" sabría fabricar.
A Tony se le detuvo el corazón. Había sido descuidado. Su arrogancia intelectual le había jugado una mala pasada.
—Devuélveme eso, Maria. No entiendes lo que está en juego.
—Entiendo que estás ocultando algo sobre el cachorro —dijo Hill, sus ojos entrecerrándose—. Entiendo que mientras Steve se desgasta los pulmones llamando a Peter en el bosque, tú estás aquí jugando a los inventores. ¿Dónde está el niño, Stark? ¿Lo vendiste? ¿Lo enviaste con los enemigos de la manada?
—¡Jamás le haría daño a mi hijo! —gritó Tony, olvidando por completo su papel—. ¡Lo salvé! ¡Lo alejé de este mundo de alfas dominantes y reglas absurdas!
—Entonces admite que has estado manipulando a Steve desde el primer día —dijo Hill con frialdad—. Admite que tu sumisión es una farsa para que él no te haga preguntas, para que te deje vía libre.
Tony guardó silencio, apretando los dientes. La verdad era más compleja. Sí, había empezado como una táctica de supervivencia, pero los sentimientos que Steve despertaba en él eran reales. El problema era que ya no sabía cómo separar la mentira del afecto.
—Si se lo dices, lo destruirás —susurró Tony—. Él confía en mí. Es lo único que lo mantiene en pie después de la desaparición de Peter.
—Lo que lo destruirá será seguir viviendo en una mentira —replicó Hill—. Tienes hasta el anochecer para decírselo tú mismo. Si no lo haces, le entregaré esto y le contaré que su precioso omega es un espía que se burla de él en su propia cara.
Hill se dio la vuelta y desapareció entre los árboles con la misma eficiencia silenciosa con la que había llegado, llevándose consigo la prueba de la traición de Tony.
Tony se dejó caer al suelo, hundiendo las manos en la tierra húmeda. El pánico lo invadía. Si le contaba la verdad a Steve, el alfa se sentiría traicionado, humillado ante su manada. Si no se lo contaba y Hill cumplía su amenaza, las consecuencias serían peores. Steve podría desterrarlo, o peor aún, entregarlo a su antigua manada como castigo por la alianza rota.
Regresó al campamento con el corazón en un puño. Cada mirada de los betas y alfas que se cruzaba con él parecía cargada de una nueva sospecha. Entró en la cabaña y encontró a Steve sentado frente al fuego, limpiando su escudo. El rubio levantó la vista y sonrió, una sonrisa tan pura que hizo que a Tony le doliera el pecho.
—Ven aquí, Tony. Te he echado de menos hoy —dijo Steve, extendiendo una mano.
Tony se acercó y se sentó en el suelo, entre las piernas de Steve, permitiendo que el alfa le acariciara el cabello.
—Steve... —empezó Tony, su voz temblando de verdad.
—¿Qué pasa, pequeño? —preguntó Steve, notando la tensión en su cuerpo—. Estás muy frío. ¿Ha pasado algo en el taller?
Tony abrió la boca para confesar, para decirle que Peter estaba con Visión, que él era un genio de la tecnología y que lo amaba, pero que le tenía miedo a su propia naturaleza. Sin embargo, en ese preciso momento, la puerta de la cabaña se abrió de golpe.
No era Hill. Era Bucky, y traía una expresión que Tony no supo descifrar: una mezcla de urgencia y advertencia.
—Steve, tenemos un problema en la frontera norte —dijo Bucky, lanzando una mirada fugaz a Tony—. Unos rastreadores de la antigua manada de Tony han sido vistos merodeando. Dicen que buscan algo que les pertenece.
Steve se puso en pie al instante, su instinto de alfa protector activándose como un resorte.
—¿Buscan a Tony? —preguntó Steve, su voz volviéndose peligrosa.
—No —respondió Bucky, manteniendo la mirada fija en Tony—. Buscan al cachorro. Dicen que tienen pruebas de que no se lo llevó ningún animal. Dicen que alguien de dentro lo ayudó.
El mundo de Tony se desmoronó. Si su antigua manada estaba cerca, significaba que Visión podría estar en peligro, o que habían interceptado algún mensaje. El engaño de Tony ya no solo lo afectaba a él y a Steve; ahora ponía en riesgo la vida de Peter.
—Tony, quédate aquí —ordenó Steve, tomando su capa—. Bucky y yo iremos a ver qué quieren. No dejaré que te toquen, ni a ti ni al recuerdo de nuestro hijo.
—¡Steve, espera! —gritó Tony, agarrándolo de la manga.
Pero Steve ya estaba en modo guerrero. Besó la frente de Tony con rapidez y salió de la cabaña seguido de Bucky.
Tony se quedó solo en el silencio de la estancia, con el fuego crepitando como una burla. Sabía que Hill estaba esperando el momento justo para actuar, y ahora, con la presión de su antigua manada en las fronteras, la situación era una bomba de relojería.
—Tengo que irme —susurró Tony para sí mismo—. Si me quedo, Hill me delatará y Steve sufrirá. Si me voy, quizás pueda atraer a mi antigua manada lejos de aquí y proteger a Peter.
Empezó a recoger sus cosas con movimientos frenéticos. Metió herramientas, algunos componentes electrónicos y un pequeño cuchillo en una mochila. Pero cuando se disponía a salir por la ventana trasera, una sombra bloqueó la luz de la luna.
—¿Huyendo otra vez, Stark? —Maria Hill estaba apoyada en el marco de la puerta, jugueteando con el transmisor de Tony—. Realmente eres predecible.
—Déjame pasar, Maria. Si esos alfas están aquí, es por mi culpa. Tengo que alejarlos de Steve.
—Lo que tienes que hacer es dejar de decidir por los demás —dijo Hill, entrando en la cabaña—. Steve merece saber quién es el hombre al que le ha entregado su corazón. Y lo sabrá ahora mismo, porque he enviado a un mensajero para que lo traiga de vuelta.
—¿Qué has hecho? —preguntó Tony, horrorizado—. ¡Hay enemigos en la frontera! ¡Si lo distraes ahora, lo matarán!
—Steve Rogers no muere tan fácilmente —replicó Hill—. Pero su ceguera respecto a ti es un peligro para toda la manada. Prefiero que sufra ahora por una traición que ver cómo esta manada cae porque su líder confía en una sombra.
En ese momento, el aullido de un lobo resonó en la distancia. No era el aullido de Steve. Era un grito de guerra, un sonido gutural que Tony reconoció con pavor. Era el alfa de su antigua manada. Habían cruzado la frontera.
—Ya están aquí —dijo Tony, su voz recuperando toda su fuerza y autoridad—. Y mientras tú juegas a los espías conmigo, Hill, ellos van a masacrar a tus centinelas. Devuélveme ese transmisor. Ahora.
Maria Hill se sorprendió por el cambio en el tono de Tony. Ya no había rastro del omega sumiso. Frente a ella había un hombre con la mirada de acero, alguien que parecía capaz de comandar ejércitos.
—¿Y qué vas a hacer con esto? —preguntó ella, aunque su mano vaciló.
—Voy a sobrecargar la frecuencia para crear un pulso electromagnético que aturda sus sentidos de lobo. Es la única oportunidad que tienen Steve y Bucky si los emboscan —explicó Tony, acercándose a ella con paso firme—. Puedes odiarme todo lo que quieras después, Maria, pero si quieres que tu alfa viva, dame esa maldita cosa.
Hill, tras un segundo de duda, le entregó el dispositivo. Tony se lanzó sobre la mesa de trabajo, sus dedos moviéndose con una velocidad sobrehumana, soldando cables y ajustando circuitos con herramientas improvisadas.
—Necesito una batería de alta densidad, la que está en el generador de la cocina —ordenó Tony sin mirar atrás.
Hill obedeció, contagiada por la urgencia del castaño. En cuestión de minutos, Tony había transformado el delicado transmisor en una pequeña bomba sónica.
—Escúchame bien —dijo Tony, mirando a Hill a los ojos—. Voy a salir ahí fuera. Voy a activar esto cerca de los invasores. Steve se enfadará, se sentirá traicionado y probablemente me odie por haberle mentido tanto tiempo, pero estará vivo para odiarme.
Tony no esperó respuesta. Salió de la cabaña corriendo hacia el norte, hacia el sonido de la batalla. Su corazón latía con fuerza, no por el esfuerzo físico, sino por la certeza de que su vida tal como la conocía había terminado. La mentira se había roto, y lo que quedara después de la batalla sería, por fin, la verdad desnuda.
A lo lejos, pudo ver la silueta del lobo dorado de Steve rodeado por cuatro lobos grises, mucho más grandes y feroces. Steve luchaba con nobleza, pero estaba en desventaja.
—¡Steve! —gritó Tony, aunque sabía que en el fragor del combate no lo escucharía—. ¡Perdóname!
Tony activó el dispositivo y una onda de choque invisible barrió el claro. Los lobos invasores cayeron al suelo, aullando de dolor mientras sus oídos hipersensibles eran bombardeados por un ruido insoportable. Incluso Steve se tambaleó, volviendo a su forma humana por el impacto del dolor sensorial.
Tony llegó al centro del claro, jadeando, con el dispositivo aún emitiendo un zumbido eléctrico en su mano. Steve, arrodillado y sujetándose la cabeza, levantó la vista. Sus ojos azules, antes llenos de amor, ahora estaban nublados por la confusión y el dolor.
Vio a Tony de pie, firme, rodeado de tecnología que no debería existir, habiendo salvado su vida con una magia de metal que nunca le había mencionado.
—¿Tony? —preguntó Steve, su voz apenas un susurro roto.
Tony Stark no bajó la cabeza. No se encogió. Se mantuvo erguido frente a su alfa, con las lágrimas rodando por sus mejillas pero con la barbilla en alto.
—Hola, Steve —dijo Tony—. Supongo que es hora de que hablemos de quién soy realmente.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier batalla. La mentira había muerto, pero el precio de la verdad apenas empezaba a cobrarse. Maria Hill llegó al claro poco después, observando la escena. El secreto de Tony estaba a la vista de todos, y el corazón de la manada Rogers nunca volvería a ser el mismo.