Stony
El peso del instinto y la desconfianza
El aire en la cueva era denso, cargado con el olor a tierra húmeda, el aroma metálico del miedo y el persistente perfume a vino fino que emanaba de Tony, aunque ahora estaba amargado por la ansiedad. Steve Rogers, en su imponente forma humana, permanecía de pie a la entrada de la cavidad natural, con los hombros tensos y la mirada azul fija en la escena que se desarrollaba ante él.
Sus instintos de alfa estaban en alerta máxima. Había escuchado historias sobre Anthony Stark: que era un omega calculador, un manipulador que había manejado los hilos detrás del anterior alfa, un ser agresivo que no dudaba en morder la mano que intentara guiarlo. Sin embargo, desde que la manada de Steve había tomado el control, Tony se había mostrado extrañamente dócil. Demasiado dócil. Esa sumisión inmediata durante el apareamiento obligatorio no había calmado las sospechas de Steve; al contrario, le hacían sentir que Stark estaba escondiendo un as bajo la manga.
Y ahora, el secreto estaba al descubierto.
Frente a él, dos cachorros se acurrucaban en el fondo de la cueva. El mayor, un niño de cabello castaño revuelto y ojos grandes llenos de una valentía desesperada, mantenía sus brazos extendidos frente a una niña mucho más pequeña. Peter y Morgan. Los hijos del antiguo régimen. Los hijos de Tony.
Steve sintió una punzada de indignación al ver el estado en el que estaban. ¿Por qué esconderlos en una cueva fría? ¿Por qué no haberlos presentado como parte del tratado? Pero lo que realmente hizo que la sangre de Steve hirviera fue la reacción de Tony.
Morgan, la pequeña, sollozó y trató de dar un paso hacia su padre, buscando el refugio de sus brazos. Antes de que pudiera acercarse, Tony soltó un gruñido bajo, ronco y amenazante, mostrando los dientes mientras se interponía entre Steve y los niños.
—¡Atrás! —siseó Tony, con la voz quebrada por el pánico, aunque para Steve sonó a puro rechazo—. ¡No te acerques, Morgan! ¡Peter, llévatela al fondo!
Steve dio un paso adelante, sus ojos azules centelleando con una chispa de furia contenida.
—¿Cómo puedes hacer eso? —preguntó Steve, su voz resonando como un trueno en el espacio cerrado.
Tony se tensó visiblemente, su cuerpo atlético temblando bajo la delgada ropa que vestía. No miró a Steve a los ojos; mantenía la cabeza baja, pero su postura era la de un animal acorralado que protege su vida, o eso creía Steve.
—No es asunto tuyo, Alfa —respondió Tony con un rastro de su habitual sarcasmo, aunque el temblor en sus manos lo delataba—. Solo... mantente alejado de ellos.
—Son tus cachorros, Stark —dijo Steve, avanzando otro paso. El olor a alfa dominante llenó la cueva, una advertencia silenciosa—. Y les estás gruñendo como si fueran extraños. Como si no los quisieras cerca. ¿Tanto te molesta su existencia ahora que tienes que servir a una nueva manada?
Tony soltó una carcajada seca, carente de humor, que terminó en un jadeo.
—No entiendes nada, Rogers. No tienes ni la menor idea.
—Entiendo lo que veo —replicó Steve, sintiendo que su paciencia se agotaba—. Veo a un omega que escondió a sus hijos en la suciedad y que ahora los rechaza con agresividad. ¿Es este el "omega manipulador" del que me hablaron? ¿Uno que desprecia a su propia sangre para salvar su pellejo?
Tony se giró finalmente, y por un segundo, Steve vio algo que no esperaba: terror puro. No era el odio lo que brillaba en los ojos marrones de Tony, sino una desesperación tan profunda que le cortó el aliento. Pero Tony rápidamente enmascaró su expresión con una mueca de desdén.
—Piensa lo que quieras. Eres el alfa, ¿no? Se supone que eres el que tiene todos los músculos y ninguna de las neuronas. Solo déjalos en paz. Haz conmigo lo que quieras, úsame de escudo, de trofeo, de lo que sea, pero a ellos no los toques.
Steve frunció el ceño, confundido por la contradicción.
—No voy a lastimar a unos cachorros, Anthony. Mi manada no asesina niños, ni los maltrata. ¿Qué clase de monstruo crees que soy?
Tony retrocedió hasta chocar con la pared de la cueva, manteniendo siempre a los niños detrás de él. Peter, el cachorro mayor, observaba la interacción con una mezcla de asombro y miedo.
—Eso dicen todos al principio —susurró Tony, casi para sí mismo—. El anterior también decía que los omegas eran "tesoros", hasta que dejabas de ser útil o hasta que los cachorros hacían demasiado ruido.
Steve se detuvo en seco. Las palabras de Tony golpearon algo en su interior. Recordó los informes sobre el alfa anterior de esa manada, un hombre que gobernaba con puño de hierro y que veía a los omegas como simples herramientas de cría o desahogo. Miró a Tony, notando por primera vez las pequeñas cicatrices en sus muñecas y la forma en que evitaba cualquier contacto físico que no fuera estrictamente necesario.
—Tony... —empezó Steve, suavizando su tono.
—No me llames así —lo interrumpió el castaño, recuperando su tono mordaz—. Para ti soy Stark. O el omega de turno. Vamos, saca a los niños de aquí si es lo que vas a hacer, pero no esperes que te dé las gracias por "limpiar" mi desorden.
Steve sintió una oleada de rabia, pero esta vez no era contra Tony, sino contra la situación. Era evidente que Tony estaba proyectando sus traumas pasados. El gruñido a la pequeña Morgan no había sido por desprecio, sino un intento desesperado de mantenerla lejos del "peligro" que Steve representaba. Tony creía que si los niños se acercaban a él, Steve los vería como una molestia y actuaría con violencia.
—Peter —llamó Steve, ignorando las protestas de Tony.
El niño dio un paso al frente, protegiendo a su hermana con una valentía que recordó a Steve a sí mismo cuando era joven.
—No le haga daño a mi papá —dijo el cachorro con voz firme, a pesar de que sus piernas temblaban—. Él solo está asustado.
—¡Peter, cállate! —exclamó Tony, su voz llena de pánico—. No le hables, no lo mires.
Steve se arrodilló, tratando de reducir su imponente estatura para no parecer tan amenazante. Sus ojos azules buscaron los del niño.
—No voy a hacerle daño a nadie, Peter. Ni a él, ni a Morgan, ni a ti. He venido a llevarlos a casa. A una casa de verdad, con camas calientes y comida. No tienen que esconderse más.
Tony se abrazó a sí mismo, temblando.
—Es una trampa —murmuró—. Es demasiado amable. Los alfas no son así de amables sin querer algo a cambio.
—Lo único que quiero a cambio, Anthony, es que dejes de tratar a tus hijos como si fueran una carga que ocultar —dijo Steve, volviendo a ponerse en pie. Se acercó a Tony, quien se encogió esperando un golpe—. No te gruñí porque estuviera enojado con ellos. Me enojé porque pensaba que no los amabas. Pero ahora veo que tienes tanto miedo que prefieres que te odien con tal de que se mantengan a salvo.
Tony sollozó, un sonido pequeño y roto que rompió el corazón de Steve. El olor a vino fino se volvió dulce y triste, llenando la cueva con una fragancia de vulnerabilidad.
—No puedes protegerlos —dijo Tony, mirando al suelo—. Nadie puede. En cuanto se den cuenta de que son cachorros de un alfa caído, los tratarán como parias. O peor.
—No en mi manada —sentenció Steve con una autoridad que no admitía réplicas—. A partir de hoy, están bajo mi protección personal. Cualquiera que los mire mal tendrá que responder ante mí. Y eso te incluye a ti, Anthony. No volverás a gruñirles para alejarlos. Si tienes miedo, ven a mí. Si necesitas protegerlos, úsame a mí.
Tony levantó la vista, encontrándose con la mirada sincera y firme del rubio. Por un momento, el sarcasmo y las defensas del omega flaquearon. Vio al hombre detrás del alfa, al lobo dorado que buscaba proteger en lugar de someter.
—¿Por qué? —preguntó Tony en un susurro—. Apenas me conoces. Me odias. Crees que soy un manipulador.
—Creo que eres un hombre que ha pasado por el infierno y ha construido muros tan altos que ya no sabe cómo bajarlos —respondió Steve, extendiendo una mano, pero sin tocarlo, dándole el espacio que necesitaba—. Y creo que esos cachorros merecen un padre que no tenga que esconderse en las sombras.
Morgan, aprovechando el momento de distracción, se soltó del agarre de Peter y corrió hacia Tony, abrazando sus piernas. Tony se quedó paralizado por un segundo, mirando a Steve con ojos suplicantes, esperando la reacción violenta. Cuando Steve solo le dedicó una sonrisa triste y alentadora, Tony finalmente se derrumbó.
Se dejó caer de rodillas y envolvió a Morgan en un abrazo asfixiante, ocultando su rostro en el cuello de la pequeña mientras los sollozos lo sacudían. Peter se acercó también, uniéndose al abrazo familiar. Steve se mantuvo a una distancia respetuosa, sintiendo una mezcla de alivio y una determinación renovada.
Había ganado una guerra y una manada, pero se dio cuenta de que la verdadera batalla sería ganarse la confianza de ese omega herido.
—Vamos —dijo Steve después de unos minutos, cuando el llanto de Tony se convirtió en respiraciones entrecortadas—. Está empezando a refrescar y los niños necesitan comer.
Tony se puso en pie con dificultad, cargando a Morgan en sus brazos. Peter se mantuvo a su lado, agarrando la camiseta de su padre. El omega miró a Steve, y aunque todavía había sospecha en sus ojos marrones, el miedo paralizante parecía haber disminuido un poco.
—Si esto es un truco, Rogers... —empezó Tony, tratando de recuperar su tono mordaz.
—Si esto fuera un truco, Stark, ya habría terminado —lo cortó Steve con suavidad—. Camina. Yo iré detrás de ustedes.
Mientras salían de la cueva, el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de naranja y violeta. El camino de regreso a la aldea de la manada fue silencioso. Steve observaba la forma en que Tony caminaba: rápido, ágil, siempre alerta a cualquier ruido en la maleza. Era un lobo pequeño, pero Steve podía ver la fuerza que residía en él, una fuerza que no provenía de los músculos, sino de una voluntad inquebrantable de sobrevivir.
Al llegar al asentamiento, los miembros de la manada de Steve se detuvieron para observar. Los murmullos comenzaron a extenderse al ver al nuevo omega del alfa cargando a dos cachorros desconocidos. Steve soltó un gruñido de advertencia, un sonido bajo que vibró en el pecho de todos los presentes, haciendo que bajaran la cabeza en señal de respeto y silencio.
Llevó a la familia a la cabaña más grande, la suya. Era un lugar espacioso, con pieles suaves en el suelo y una chimenea que ya estaba encendida, proporcionando un calor acogedor.
—Esta será su casa a partir de ahora —dijo Steve, señalando el interior.
Tony entró con cautela, dejando a Morgan en un montón de pieles cerca del fuego. Peter exploró los alrededores con curiosidad infantil, aunque no se alejó demasiado de su padre.
—Es... grande —comentó Tony, mirando las vigas de madera y las herramientas de construcción en una esquina—. Tienes cosas de buena calidad aquí. Podría mejorar ese sistema de ventilación de la chimenea, está desperdiciando calor.
Steve soltó una pequeña carcajada, sorprendido por el cambio repentino.
—Me dijeron que eras inteligente. Supongo que no mentían.
Tony se encogió de hombros, sentándose junto a sus hijos.
—Es lo único que el anterior alfa valoraba de mí, aparte de... bueno, ya sabes. Me dejaba construir cosas para la manada siempre y cuando no intentara usarlas contra él.
—Aquí podrás construir lo que quieras, Tony. No solo lo que yo te pida.
El omega lo miró fijamente, buscando la mentira. Al no encontrarla, suspiró y se relajó un poco más contra las pieles.
—Mañana hablaremos de las reglas y de cómo integraremos a los niños —dijo Steve, dirigiéndose a la puerta para darles privacidad—. Por ahora, descansen. Traeré algo de comida en un momento.
—¿Rogers? —llamó Tony antes de que saliera.
Steve se giró.
—Gracias. Por no... por no hacer lo que yo esperaba.
—No soy él, Tony. Y nunca lo seré.
Steve salió de la cabaña, cerrando la puerta con suavidad. El aire nocturno era fresco, y por primera vez desde que se convirtió en el líder de las dos manadas unidas, sintió que el peso en sus hombros era un poco más ligero. Sabía que el camino por delante sería difícil. Tony era agresivo porque había sido herido, era manipulador porque era su única defensa, y era sarcástico porque el humor era su escudo.
Pero Steve era un alfa que sabía esperar. Sabía que, con el tiempo, el aroma a vino fino de Tony dejaría de oler a miedo y comenzaría a oler a hogar. Y mientras caminaba hacia las cocinas de la manada, Steve se prometió a sí mismo que protegería esa pequeña y rota familia con cada fibra de su ser, incluso si Tony Stark le gruñía cada paso del camino.