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Stony

Cenizas en el Vínculo

El silencio en la cabaña de Tony no era el de la paz, sino el de la ausencia. Hacía meses que las risas de Morgan y las preguntas incesantes de Peter habían sido arrancadas de su lado. Steve, influenciado por los susurros venenosos de la manada que pintaban a Tony como una influencia inestable y peligrosa para los cachorros, había tomado la decisión más cruel: separarlos. Ahora, los niños vivían bajo la tutela de Wanda, una omega dulce y poderosa que intentaba ganarse su afecto con paciencia, pero los cachorros se marchitaban como flores sin sol, rechazando su aroma y llorando por las noches por el olor a vino fino de su padre.

Tony, mientras tanto, se estaba muriendo por dentro.

Se miró en el pequeño espejo de metal pulido que tenía en su mesa de trabajo. Sus ojos marrones, antes chispeantes de genio y sarcasmo, estaban hundidos y rodeados de sombras violáceas. Pero lo peor era su cuello. La marca de apareamiento, el lazo sagrado que debería brillar con la salud del vínculo, tenía un aspecto lamentable. La piel alrededor de los colmillos de Steve estaba grisácea, escamosa y enrojecida, como una herida que se negaba a sanar porque el cuerpo mismo estaba rechazando la conexión. Su lobo estaba de luto, y su lado humano apenas sostenía el peso de la existencia.

—Tengo que terminar esto —susurró Tony, con las manos temblando mientras intentaba ensamblar un nuevo sistema de filtrado de agua para la manada.

Era su forma de intentar comprar su lugar, de demostrarle a Steve que era útil. Pero cada vez que terminaba algo, las piezas desaparecían. Otros miembros de la manada, alfas y betas que disfrutaban viendo caer al "orgulloso omega de ciudad", escondían sus planos y destruían sus prototipos.

Cuando Steve llegaba por la noche, su expresión era de una decepción gélida.

—¿Otra vez sin hacer nada, Tony? —preguntó Steve al entrar, su aroma a bosque y libertad inundando la habitación, pero sin ofrecer consuelo—. La manada necesita que todos aporten. No puedes simplemente quedarte aquí sentado fingiendo que trabajas mientras Wanda se agota cuidando a tus hijos porque tú no eres capaz de controlarte.

Tony bajó la cabeza, sintiendo el aguijón de la injusticia. Quería gritar que Rumlow le había robado las piezas, que las omegas de la cocina se burlaban de él llamándolo "la ramera caída", que otros alfas lo acorralaban en los pasillos de la forja para soltarle comentarios lascivos y amenazas. Pero sabía que Steve no le creería. Steve, el alfa perfecto, el lobo dorado que trataba a todos con una gentileza que a Tony le estaba negada.

—Lo siento, Alfa —murmuró Tony, forzando su voz a sonar sumisa—. Mañana lo haré mejor.

—Eso dijiste ayer —Steve suspiró, desabrochándose la túnica—. Ven aquí.

Tony obedeció. Dejó que Steve lo tomara, que lo usara para desahogar su instinto de alfa. No había ternura, solo una necesidad biológica que Steve cumplía con una eficiencia mecánica. Tony cerraba los ojos y rezaba por sentir una chispa de la conexión que tuvieron en la cueva, pero solo sentía el frío del rechazo. Steve ni siquiera se quedaba a dormir; después de terminar, se vestía y se iba, a veces a patrullar, a veces a compartir el fuego con otros omegas de la manada que lo miraban con adoración, mientras Tony se quedaba solo, temblando bajo las pieles.

Fue a mediados del tercer mes cuando el mareo lo golpeó con la fuerza de un mazo.

Tony corrió hacia el linde del bosque, lejos de las miradas juiciosas, y cayó de rodillas tras un grueso roble. El contenido de su estómago, que no era mucho, terminó en la tierra húmeda. El dolor en su vientre era un tirón constante, una señal de alarma que su cuerpo debilitado apenas podía procesar.

—Si sigues así, te vas a desvanecer antes de que termine el invierno.

Tony se sobresaltó, tratando de ponerse en pie, pero sus piernas cedieron. Un brazo firme y frío lo sostuvo. Bucky Barnes, el segundo al mando de Steve y el único que parecía observar la manada con ojos que veían más allá de las apariencias, lo ayudó a sentarse contra el tronco.

—Déjame, Barnes —jadeó Tony, limpiándose la boca con la manga—. Solo... es algo que comí.

Bucky frunció el ceño, sus ojos grises analizando el rostro pálido del omega y luego descendiendo hacia su vientre. Como alfa, su olfato era agudo. Debajo del olor a enfermedad y tristeza, había una nota nueva. Una nota dulce, incipiente y frágil.

—Estás preñado —dijo Bucky, su voz era apenas un susurro cargado de asombro y preocupación.

Tony se abrazó el vientre, el pánico brillando en sus ojos.

—No se lo digas. Por favor, Bucky. No se lo digas a Rogers.

—Tony, es su cachorro. Tal vez si lo sabe, deje de escucharlos a todos y...

—¡No! —Tony lo agarró del brazo, con una fuerza desesperada—. Si lo sabe y cree que soy una mala influencia, me lo quitará también. Me lo quitará en cuanto nazca para dárselo a Wanda o a cualquier otra. No puedo perder a otro, Bucky. No puedo.

Bucky guardó silencio, viendo la marca podrida en el cuello de Tony. Sabía que el vínculo estaba al borde de la ruptura total. Si Steve no reclamaba a su omega pronto, el cuerpo de Tony simplemente se apagaría.

—No le diré nada —prometió Bucky, ayudándolo a levantarse—. Pero necesitas calor. Ven, te ayudaré a encender un fuego cerca del arroyo donde nadie te moleste.

Durante las semanas siguientes, Tony vivió en un limbo de terror y esperanza. El embarazo era su secreto más preciado, la única razón por la que seguía forzándose a comer las sobras que le dejaban. Pero el destino fue cruel.

Una tarde, mientras regresaba de la forja tras otro día de trabajo "desaparecido", fue interceptado en el camino por Carol, una omega de la manada que siempre había dejado claro su desprecio por él. Ella era fuerte, una de las favoritas de Steve para las tareas de caza, y su devoción por el alfa rayaba en el fanatismo.

—Hueles distinto, Stark —dijo ella, cerrándole el paso con una sonrisa cruel—. Hueles a algo que no deberías tener.

—Apártate, Carol —dijo Tony, tratando de rodearla. Su cuerpo estaba tan débil que cada paso era un esfuerzo.

—¿Crees que no nos hemos dado cuenta? —Ella lo empujó con fuerza, haciéndolo caer de espaldas contra el suelo pedregoso—. Estás intentando atrapar a Steve con un cachorro de reemplazo. Como si un despojo como tú fuera digno de portar su descendencia.

—¡No es asunto tuyo! —gritó Tony, protegiendo su vientre con los brazos.

—Steve no te quiere. Él mismo lo dice. Dice que eres una carga, una decepción. ¿Crees que este cachorro cambiará algo? Solo será otra vida que arruinarás.

Carol se lanzó sobre él. No fue una pelea, fue un ataque unilateral. Tony no tenía fuerzas para transformarse, y su lobo estaba demasiado exhausto para defenderse. Sintió los golpes, las patadas dirigidas con precisión maliciosa, y finalmente, un dolor agudo y desgarrador en su abdomen que le robó el aliento.

Cuando Carol se alejó, dejándolo sangrando en el barro, Tony supo que todo había terminado. El calor que sentía en su interior se estaba escapando, tiñendo la nieve de un rojo oscuro y aterrador.

No supo cuánto tiempo pasó hasta que Steve lo encontró. El alfa llegó con el rostro encendido por la ira, probablemente tras escuchar otra mentira sobre cómo Tony se había peleado con una omega "ejemplar" sin motivo.

—¡Basta ya, Tony! —rugió Steve, agarrándolo por los hombros para levantarlo sin notar inicialmente la sangre—. Carol ha venido llorando, dice que intentaste atacarla con una herramienta de la forja. ¿Es que no puedes pasar un día sin causar problemas?

Tony levantó la vista. Sus ojos estaban vacíos. Ya no había sarcasmo, ni miedo, ni súplica. Solo un abismo.

—Perdí al cachorro, Steve —susurró, su voz era un hilo que se quebraba.

Steve se congeló. Sus ojos bajaron y finalmente vieron la mancha de sangre que empapaba los pantalones de Tony y la tierra bajo él. Por un segundo, el horror cruzó el rostro del alfa, pero entonces la desconfianza, esa semilla que la manada había regado con esmero, volvió a brotar.

—¿De qué estás hablando? ¿Qué cachorro? —Steve soltó un gruñido confuso—. No me dijiste que estabas... Tony, si esto es otro de tus trucos para darme lástima porque te he prohibido ver a los niños...

—No es un truco —dijo Tony, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla sucia—. Era tu hijo. Y ella me lo mató.

—Carol no haría algo así. Ella es... ella es leal. Tú siempre estás buscando a quién culpar de tu propia negligencia —Steve lo soltó, retrocediendo como si el contacto con Tony lo quemara—. No puedo creerte. Ya no puedo.

—Steve, por favor... solo déjame ver a Peter y Morgan. Solo una vez. Necesito... necesito sentir que algo sigue vivo.

La expresión de Steve se endureció, convirtiéndose en una máscara de piedra.

—No estás en condiciones de ver a nadie. Estás delirando, Stark. Te quedarás en la cabaña bajo vigilancia hasta que decida qué hacer contigo. No dejaré que envenenes la mente de los cachorros con estas historias de embarazos y ataques imaginarios.

Steve se dio la vuelta y se marchó, ordenando a dos guardias que se aseguraran de que el omega no saliera.

Tony se quedó en el suelo, meciéndose lentamente mientras el frío del invierno y el frío de su alma se fusionaban. Su marca de apareamiento dio un último latido de dolor y luego se volvió negra, una cicatriz muerta en un cuerpo que ya no tenía razones para luchar.

En la cabaña de Wanda, lejos de allí, Peter se despertó gritando, sintiendo un vacío repentino en su pecho, un silencio donde antes resonaba el alma de su padre. Morgan comenzó a llorar sin consuelo, rechazando la leche caliente que Wanda le ofrecía.

—Papi... —sollozó la niña—. Papi se ha ido.

Wanda intentó abrazarlos, pero su aroma a flores dulces no podía ocultar el olor a cenizas que empezaba a cubrir a toda la manada, el presagio de una pérdida que ni siquiera el gran lobo dorado sería capaz de reparar cuando finalmente abriera los ojos. Pero para Tony, en la oscuridad de su encierro, el mundo ya se había apagado.

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