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Stony

El Jardín de las Sombras Olvidadas

El traslado de la manada fue un evento silencioso y cargado de una pesadez atmosférica que ni siquiera el sol de mediodía lograba disipar. Steve Rogers, el alfa que alguna vez fue sinónimo de rectitud y protección, no pudo soportar el peso de su propio fracaso. Cada vez que miraba a Tony, veía el reflejo de su propia ceguera. La presencia del omega, ahora reducido a una sombra errante que hablaba con las flores, era un recordatorio constante de que su justicia había sido, en realidad, una forma lenta de ejecución.

Bajo el pretexto de fortalecer las fronteras y unificar a la manada con el grupo de Wanda, Steve ordenó el traslado del campamento principal. Se llevaron las pieles, las herramientas y las provisiones, dejando atrás la cabaña donde Tony alguna vez intentó, desesperadamente, construir un hogar. Tony fue trasladado en una carreta, cubierto con mantas viejas, con la mirada perdida en las nubes, ajeno al hecho de que se alejaba del lugar donde sus manos habían trabajado hasta sangrar.

El nuevo asentamiento, cerca de los dominios de Wanda, era exuberante y verde, pero para Tony, el entorno no importaba. Su mente se había fragmentado en mil pedazos de cristal, y cada vez que intentaba recoger uno, se cortaba con el filo de un recuerdo doloroso.

La depresión de Tony no era un pozo, era un océano. En las semanas que siguieron al traslado, el omega intentó en varias ocasiones alcanzar el alivio definitivo. Una noche, Bucky lo encontró tratando de ingerir bayas venenosas de belladona; otra tarde, lo descubrió caminando hacia el desfiladero con una calma que helaba la sangre. Tony no gritaba, no lloraba; simplemente buscaba la salida más cercana de una existencia que ya no le pertenecía.

—Tony, por favor, abre la boca —suplicó Bucky una mañana, sentado junto al omega en un claro lleno de margaritas silvestres—. Es solo un poco de caldo. Tienes que estar fuerte para cuando veas a los niños.

Tony parpadeó, sus pestañas rozando sus pómulos hundidos.

—¿Los niños? —preguntó con voz quebradiza—. Los niños están en el sol, Bucky. Me lo dijeron los pájaros esta mañana. Dicen que allí no hace frío y que nadie les grita.

Bucky cerró los ojos, sintiendo un nudo de impotencia.

—No, Tony. Están aquí, con Wanda. Steve dice que pronto...

—Steve está enfadado —lo interrumpió Tony, acariciando el pétalo de una flor con una ternura infinita—. Está enfadado porque soy un omega roto. Los alfas no quieren juguetes rotos. Quieren cosas que brillen.

La conversación fue interrumpida por un revuelo en la orilla del río, a unos cientos de metros del campamento. Los gritos de los rastreadores rompieron la paz del bosque. Bucky se puso en pie de inmediato, alertado por el cambio en el aroma del aire: el olor metálico y dulce de la muerte prolongada.

Habían encontrado el cuerpo de Lyla.

El cadáver de la omega había quedado atrapado entre unas raíces sumergidas, hinchado por el agua y parcialmente devorado por los peces. La noticia corrió como pólvora. Steve llegó al lugar, con el rostro endurecido, observando cómo sacaban los restos de la mujer que todos creían que simplemente había huido o se había perdido. Cuando el sanador de la manada confirmó que Lyla estaba embarazada al momento de morir y que presentaba un traumatismo craneal severo, el campamento estalló en murmullos de sospecha.

—Fue un ataque —sentenció Rumlow, mirando de reojo hacia donde Tony solía sentarse—. Alguien la golpeó y la tiró al río.

Steve guardó silencio, su olfato buscando rastros, pero el agua y el tiempo habían borrado cualquier evidencia. Miró hacia el claro donde Tony permanecía sentado, ajeno a la conmoción. Tony ni siquiera recordaba el encuentro en el río; su mente había borrado el incidente como un mecanismo de defensa contra el horror de lo que había hecho. Para él, Lyla era solo un nombre que flotaba en el aire sin significado.

—No hay pruebas de quién lo hizo —dijo Steve, aunque su voz carecía de la autoridad habitual—. Pudo ser un accidente, un resbalón contra las rocas.

—¿Un resbalón que le hundió el cráneo? —replicó Carol, con la voz cargada de veneno—. Steve, sabemos quién odiaba a las omegas fértiles de esta manada.

Bucky se interpuso entre ellos, con los ojos grises centelleando.

—Stark apenas puede sostener una cuchara, Carol. ¿De verdad sugieres que tuvo la fuerza para matar a una cazadora como Lyla? Miradlo. Ni siquiera sabe en qué día vive.

La sospecha quedó en el aire, una nube tóxica que nadie se atrevía a disipar del todo, pero la falta de pruebas y el estado catatónico de Tony hicieron que la investigación se estancara.

Los días pasaron en una bruma de apatía. Tony pasaba las horas en el jardín de flores que Bucky le había ayudado a delimitar cerca de su choza. Allí, el omega parecía encontrar una paz precaria. Había olvidado muchas cosas: su pasado como inventor, el nombre de sus enemigos, incluso el dolor físico de su marca necrótica. Solo quedaba un niño en el cuerpo de un hombre, esperando a que alguien le dijera que todo estaba bien.

Fue en una tarde especialmente cálida cuando apareció Visión.

Visión era un cambiaformas de una raza antigua y rara, un hombre de piel pálida y ojos que parecían contener la sabiduría de los siglos. Era el compañero de Wanda, aunque sus deberes como protector de los límites del bosque lo mantenían alejado a menudo. Al regresar de una larga patrulla, Visión entró en el campamento y lo primero que vio fue a un hombre pequeño, de cabellos castaños revueltos, sentado en medio de un mar de flores amarillas.

Tony estaba concentrado, intentando trenzar tres tallos de margaritas con dedos temblorosos. Al sentir la presencia, levantó la cabeza y ladeó la coronilla, observando al recién llegado con una curiosidad pura y desprovista de malicia.

—¿Eres un espíritu del bosque? —preguntó Tony, con una sonrisa tenue—. Tienes colores muy bonitos.

Visión se detuvo, fascinado por la fragilidad que emanaba del omega. Había escuchado historias sobre Anthony Stark, el genio manipulador y el omega caído, pero el ser que tenía delante no encajaba en ninguna descripción.

—No soy un espíritu, pequeño —respondió Visión con una voz melódica y profunda—. Soy Visión. Busco a mi compañera, Wanda. ¿Sabes dónde puedo encontrarla?

Tony volvió a ladear la cabeza, un gesto que a Visión le pareció extrañamente adorable, casi como el de un cachorro que intenta entender un sonido nuevo.

—Wanda está con los niños de luz —dijo Tony, señalando hacia las cabañas del norte—. Ella los cuida porque yo perdí mi luz. ¿Quieres una flor? Son para el alfa, pero él nunca viene a por ellas, así que puedes llevarte una.

Visión se acercó y aceptó la margarita que Tony le ofrecía con una mano temblorosa. Al rozar sus dedos, Visión sintió el frío glacial de la piel de Tony y el latido débil de su corazón.

—Gracias, Anthony —dijo Visión, arrodillándose frente a él—. Es una flor muy hermosa.

—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó Tony, sorprendido.

—Las flores me lo han susurrado —mintió Visión con suavidad, incapaz de decirle que su nombre era sinónimo de tragedia en toda la manada.

Durante la siguiente semana, Visión se convirtió en un visitante frecuente del jardín de Tony. Mientras Steve se mantenía alejado, consumido por la culpa y el miedo a enfrentarse a lo que había destruido, Visión se sentaba con el omega y le hablaba de las estrellas, de la mecánica de las nubes y de los secretos de la tierra. Para Tony, Visión era un ancla, alguien que no lo miraba con lástima ni con odio, sino con una aceptación serena.

Sin embargo, la salud de Tony seguía deteriorándose. La marca en su cuello había empezado a oler a descomposición, y la fiebre lo consumía por las noches. Bucky finalmente irrumpió en la tienda de Steve una madrugada, derribando la mesa de mapas con un golpe de su brazo de metal.

—¡Va a morir, Steve! —rugió Bucky—. ¡Hoy o mañana, su cuerpo se va a rendir! La marca lo está matando porque tú lo has abandonado emocionalmente. Si no haces algo ahora, lo perderás para siempre.

Steve, con los ojos enrojecidos por la falta de sueño, se levantó lentamente.

—He intentado acercarme, Bucky. Pero cada vez que me ve, entra en pánico. Cree que voy a golpearlo.

—¡Porque lo permitiste! —gritó Bucky—. Pero eres su alfa. Eres el único que puede estabilizar ese vínculo. Si no reclamas esa marca, si no le das tu aroma y tu fuerza, su lobo se apagará y se llevará a Tony con él.

Esa misma tarde, Steve caminó hacia el jardín de flores. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de un naranja sangriento. Tony estaba acostado entre las margaritas, respirando con dificultad, con Visión sentado a su lado, sosteniendo su mano.

Al ver a Steve, Visión se puso en pie y le dedicó una mirada solemne.

—Llegas tarde, Rogers —dijo Visión—. Pero quizás no demasiado.

Steve se arrodilló junto a Tony. El omega no se movió; estaba demasiado débil incluso para sentir miedo. Sus ojos marrones estaban fijos en el cielo, vidriosos por la fiebre.

—Tony —susurró Steve, y su voz se quebró—. Tony, mírame.

El castaño giró la cabeza con lentitud extrema.

—¿Alfa? —murmuró, casi sin voz—. ¿Has venido a por las flores?

—He venido a por ti —dijo Steve, sintiendo que las lágrimas finalmente escapaban de sus ojos.

Con manos temblorosas, Steve apartó los harapos que cubrían el cuello de Tony. La visión de la marca era desgarradora. Estaba negra, rodeada de venas inflamadas que se extendían hacia la clavícula. Era el rechazo físico de un alma que ya no quería estar vinculada a su verdugo.

—Perdóname —sollozó Steve, acercando su rostro al cuello de Tony—. Perdóname por no creerte, por no protegerte... por ser el monstruo que juré no ser.

Steve dejó que su lobo aflorara, permitiendo que sus colmillos se alargaran y que su aroma a bosque y pino se intensificara, volviéndose denso y protector. Con una delicadeza que contrastaba con su fuerza bruta, Steve colocó sus dientes sobre la marca podrida.

Tony soltó un gemido ahogado cuando sintió el contacto.

—No... duele... —susurró el omega, intentando apartarse débilmente.

—Shh, descansa, Tony. Solo déjame entrar —pidió Steve.

El alfa mordió. No fue un ataque, sino una transfusión de voluntad. Steve vertió toda su energía vital, todo su arrepentimiento y todo el amor que había intentado enterrar bajo capas de prejuicios a través del vínculo. La marca negra comenzó a brillar con un destello azulado, la magia del alfa luchando contra la necrosis de la tristeza.

Tony arqueó la espalda, sus dedos enterrándose en la tierra del jardín. Por un momento, el dolor fue insoportable, una purga de fuego que recorría sus venas. Pero luego, el frío empezó a ceder. El aroma de Steve, que durante meses había sido una amenaza, se convirtió en una manta cálida que lo envolvía.

Steve no se retiró. Mantuvo la unión, lamiendo la herida con una devoción religiosa, limpiando la podredumbre con su propia saliva sanadora hasta que la piel empezó a recuperar un tono rosado, aunque la cicatriz seguiría siendo profunda.

Cuando Steve finalmente se separó, Tony estaba respirando de forma más rítmica. Sus ojos, aunque todavía cansados, tenían una pizca de claridad que no habían tenido en meses.

—¿Steve? —preguntó Tony, su voz sonando un poco más parecida a la del hombre que solía ser.

—Aquí estoy, Tony. No me voy a ir —respondió Steve, acunando la cabeza del omega en su regazo.

Tony lo miró durante un largo rato, procesando la calidez que emanaba del cuerpo del rubio. Luego, sus ojos se desviaron hacia Visión, que permanecía a unos metros, observando con una sonrisa triste.

—El espíritu del bosque dice que las estrellas son motores —murmuró Tony, volviendo a su fragilidad—. ¿Me ayudarás a construir un motor para las estrellas, Steve?

Steve apretó a Tony contra su pecho, escondiendo su rostro en el cabello castaño que olía a tierra y margaritas.

—Te construiré lo que quieras, Tony. Te construiré el mundo entero si me dejas.

—Solo quiero a mis cachorros —susurró Tony, cerrando los ojos mientras el cansancio lo vencía—. Solo quiero que vuelvan a casa.

—Mañana —prometió Steve, mirando hacia el horizonte donde el campamento de Wanda se ocultaba tras las colinas—. Mañana iré a por ellos. Y nadie volverá a separarlos de ti. Lo juro por mi vida.

Visión se acercó y colocó una mano en el hombro de Steve.

—El vínculo está renovado, pero su mente aún está en el jardín, Rogers. Necesitará más que una marca para volver del lugar donde lo enviaste.

Steve asintió, sabiendo que el camino hacia la redención sería largo y que, tal vez, Tony nunca volvería a ser el hombre sarcástico y brillante de antes. Pero mientras sostenía el cuerpo frágil de su omega bajo la luz de la luna, Steve se hizo una promesa: no importaba cuánto tiempo tardara Tony en recordar, él estaría allí para sostener cada pieza rota, incluso si tenía que pasar el resto de su vida en aquel jardín de margaritas y sombras.

Lejos de allí, en la quietud de la noche, Peter y Morgan se despertaron al mismo tiempo. Por primera vez en meses, el vacío en sus pechos se había llenado con un eco familiar.

—Papi —susurró Morgan, sonriendo en sueños.

El vínculo, aunque marcado y herido, volvía a latir. La manada estaba en silencio, pero en el corazón del bosque, la vida, obstinada y dolorosa, comenzaba a brotar de nuevo entre las cenizas.

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