Stony
El Eco de los Huesos Rotos
La primavera había llegado con una ironía cruel. El bosque, que antes vibraba con la vitalidad del alfa, ahora se burlaba de Tony con su estallido de colores y aromas dulces. Para el omega, el mundo se había vuelto un lienzo gris y borroso. Su mente, fragmentada tras la pérdida del cachorro y el rechazo absoluto de Steve, se refugiaba en los rincones más oscuros del delirio.
Tony ya no caminaba; se arrastraba. Sus manos, que alguna vez diseñaron sistemas complejos y armas de defensa, estaban cubiertas de llagas y tierra. Su marca de apareamiento, ahora una cicatriz negruzca y necrótica, era el testamento físico de un vínculo que lo estaba matando. El cuerpo de Tony rechazaba la vida porque su alfa le había negado el alma.
Bucky Barnes lo encontró junto al viejo granero, temblando violentamente a pesar del sol de la tarde. El alfa de brazo de metal se acercó con cautela, sosteniendo un cuenco de caldo caliente.
—Tony, tienes que comer algo —dijo Bucky, arrodillándose a su lado. Su voz era suave, cargada de una culpa que no le pertenecía—. Por favor.
Tony levantó la vista. Sus ojos marrones estaban nublados, desenfocados.
—¿Has visto a Peter? —preguntó con un susurro ronco—. Se dejó su manta en la cueva. Morgan tiene frío, Bucky. Tengo que llevarles la manta.
Bucky sintió un nudo en la garganta. Steve había ordenado a Wanda llevarse a los cachorros al extremo más alejado del territorio, bajo el pretexto de que el estado mental de Tony era contagioso y peligroso. Los niños estaban a días de distancia, llorando por un padre al que se les prohibía nombrar.
—Están bien, Tony. Wanda los cuida —mintió Bucky, intentando acercar la cuchara a los labios del omega.
Tony apartó la cabeza con un movimiento errático.
—No, no... ella no huele a hogar. Ella huele a magia y a bosque, pero no a mí. Se van a olvidar de mi olor, Bucky. Si no me huelen, morirán.
—Nadie va a morir, Tony. Pero tú sí si no comes.
Bucky era el único que realmente intentaba mantenerlo con vida. Natasha y Clint habían empezado a notar las irregularidades: cómo las herramientas de Tony aparecían rotas, cómo los suministros que él preparaba eran saboteados. Habían intentado hablar con Steve, pero el Gran Lobo Dorado estaba sumido en una ceguera voluntaria, convencido por los susurros de Carol y otros miembros de la manada de que Tony solo buscaba atención a través del victimismo.
Incluso cuando Steve pasaba y veía a un grupo de alfas rodeando a Tony en actitudes claramente agresivas, alguien siempre intervenía.
—Solo están jugando, Steve —le dijo una omega una tarde, mientras veía cómo Rumlow empujaba a Tony contra una pared—. Stark siempre ha sido de los que disfrutan de un poco de rudeza, ya sabes cómo son los omegas de ciudad.
Steve fruncía el ceño, pero seguía de largo. Su instinto le gritaba que algo estaba mal, pero su orgullo y el dolor de lo que él creía eran las mentiras de Tony sobre el embarazo perdido lo mantenían alejado.
La realidad era mucho más siniestra. Sin fuerzas para luchar y con el espíritu quebrado, Tony había dejado de resistirse. Cuando los alfas lo acorralaban en la oscuridad de los almacenes, él simplemente cerraba los ojos y se desconectaba. No había gritos, no había mordiscos. Solo un cuerpo vacío que recibía abusos sin alma. Si no fuera por Bucky, que lo encontraba a menudo en estados deplorables y lo llevaba de vuelta a limpiar sus heridas, Tony ya se habría colgado de una viga del techo. De hecho, Bucky ya había cortado tres cuerdas improvisadas en el último mes.
Una noche, Tony logró escabullirse hasta el río. Necesitaba lavarse. El olor de otros alfas sobre su piel, mezclado con el aroma a sangre seca de su pérdida, lo hacía vomitar bilis constantemente. Se metió en el agua helada, frotando su piel con una piedra hasta que estuvo en carne viva.
El agua arrastraba su propio olor, su esencia de vino fino, dejándolo como una cáscara incolora. Fue entonces cuando ella apareció.
Era una omega de la facción de Carol, una mujer joven y fuerte llamada Lyla. Sus ojos brillaban con un odio fanático.
—Mírate —escupió Lyla, acercándose a la orilla—. Un omega roto que ni siquiera puede mantener a su alfa interesado. Eres una mancha para la manada, Stark.
Tony no respondió. Seguía frotándose el brazo, con la mirada perdida en el reflejo de la luna sobre el agua.
—¿Sabes qué es lo mejor? —continuó ella, acariciando su propio vientre, que apenas empezaba a abultarse—. Yo sí le daré a la manada lo que tú no pudiste. Yo estoy cargando vida, mientras que tú solo cargas podredumbre.
Algo en la mente de Tony hizo cortocircuito. La palabra "vida" resonó como un disparo. Recordó el golpe de Carol, el dolor en su vientre, la sangre en la nieve y la cara de Steve llamándolo mentiroso.
Lyla se abalanzó sobre él, intentando hundir su cabeza en el agua para "darle una lección". Forcejearon en el lodo. Tony, impulsado por un estallido de adrenalina nacido de la locura pura, encontró una fuerza que no sabía que le quedaba. Sus manos se cerraron alrededor de una piedra grande en el lecho del río.
El golpe fue seco. Sordo.
Lyla cayó hacia atrás, su cabeza impactando contra una roca afilada mientras el golpe de Tony le hundía la sien. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el murmullo del agua. Tony se quedó mirando el cuerpo inerte. La omega estaba muerta. Y con ella, el cachorro que mencionaba.
No sintió remordimiento. No sintió miedo. Se limitó a empujar el cuerpo hacia la corriente más fuerte, dejando que el río se llevara el secreto. Como no había dejado rastro de su olor debido al agua helada y su propio estado anémico, nadie sospecharía de él. Al día siguiente, la manada pensaría que Lyla había resbalado y se había ahogado accidentalmente.
Tony regresó a su cabaña, arrastrando los pies, y se ovilló en un rincón.
Los días siguientes fueron un descenso acelerado hacia el abismo. Tony ya no podía ingerir sólidos; todo lo que comía terminaba en el suelo en medio de espasmos dolorosos. Wanda, desde la distancia, se negaba a enviar medicinas o ayuda si Steve no lo pedía explícitamente, y Steve seguía castigando a Tony con el silencio, convencido de que su "enfermedad" era una manipulación para recuperar a los niños.
—Está fingiendo, Steve —decían en el consejo—. Mira cómo se arrastra. Un omega de verdad tendría dignidad. Él solo quiere que te sientas culpable.
Un mediodía de mayo, Tony logró salir al claro principal. El sol brillaba con fuerza y las mariposas revoloteaban entre las flores de primavera. Tony se sentó en medio de un parche de margaritas. Con dedos torpes, tomó una flor y se la colocó tras la oreja, sonriendo a la nada.
—Mira, Peter —susurró, señalando una mariposa monarca—. Es un avión. ¿Ves las alas? Yo te construiré unas así algún día, cuando el alfa nos deje salir a jugar.
Natasha, que pasaba por allí, se detuvo en seco. Ver a Tony Stark, el hombre más inteligente que había conocido, delirando en medio de un campo de flores, con el rostro cadavérico y la marca del cuello supurando una sustancia oscura, le heló la sangre.
—Tony... —murmuró ella, acercándose lentamente.
—Shh, Nat —dijo Tony, llevándose un dedo a los labios—. No despiertes a Morgan. Se acaba de dormir. Ha llorado mucho porque tiene hambre, pero ya le he dicho que Steve traerá comida pronto. Steve siempre nos cuida, ¿verdad? Es un alfa tan bueno...
Natasha sintió ganas de llorar. El olor de Tony ya no era vino fino; era el aroma de las flores marchitas y la carne que se apaga.
—Steve no está aquí, Tony. Ven conmigo, vamos a la enfermería.
—No puedo —respondió él, con una lógica infantil y aterradora—. Si me muevo, los cachorros perderán mi rastro. Steve los mandó lejos para que aprendieran a ser lobos fuertes, pero yo soy el faro. Tengo que quedarme aquí para que vuelvan a casa.
En ese momento, Steve salió de la casa comunal. Se detuvo al ver la escena. Su corazón dio un vuelco al ver lo delgado que estaba Tony; las costillas se marcaban a través de su túnica andrajosa. Por un instante, el velo de la ira se rasgó y vio la realidad: Tony no estaba manipulando a nadie. Tony se estaba desvaneciendo frente a sus ojos.
Steve caminó hacia él, su aroma a alfa dominante intentando, tarde y mal, reclamar lo que había descuidado.
—Tony —dijo Steve, su voz temblando por primera vez en meses—. ¿Qué haces aquí fuera?
Tony levantó la vista y, por un segundo, sus ojos parecieron aclararse. Vio a Steve, el hombre que amaba, el hombre que le había quitado a sus hijos, el hombre que no le creyó cuando su vientre se vació de vida.
—Oh, hola, Alfa —dijo Tony con una cortesía vacía—. He puesto flores para ti. ¿Te gustan? Las omegas dicen que te gustan las cosas bonitas. Yo ya no soy bonito, así que he traído estas.
Steve se arrodilló frente a él, intentando tomar sus manos, pero Tony retrocedió instintivamente, un reflejo de los meses de abusos por parte de los otros alfas. Ese pequeño gesto de miedo absoluto golpeó a Steve en el pecho como un mazo de guerra.
—Tony, lo siento... yo no sabía... —empezó Steve, pero las palabras se le atascaron.
—¿No sabías qué? —preguntó Tony, volviendo a su delirio con una sonrisa radiante—. ¿Que los cachorros están en la luna? Wanda los llevó allí en un carro de fuego. Puedo oírlos reír a veces, cuando el viento sopla desde el norte. Pero ya no siento su olor, Steve. ¿Por qué ya no puedo oler a mis bebés?
Steve miró a Natasha, buscando una explicación, pero ella solo le devolvió una mirada de puro desprecio.
—Los enviaste al territorio fronterizo, Steve —dijo Natasha con voz cortante—. Están a trescientos kilómetros de aquí. Tony no ha sentido su aroma en semanas. Su lobo cree que han muerto. Y su cuerpo está siguiendo el mismo camino.
Steve intentó abrazar a Tony, forzar su aroma de alfa para estabilizarlo, pero el vínculo estaba tan deteriorado que el contacto solo le causó dolor al omega. Tony soltó un alarido, un sonido quebrado que no parecía humano, y comenzó a vomitar una mezcla de agua y sangre sobre las flores.
—¡Aléjate! —gritó Tony, presa del pánico—. ¡No me pegues más! ¡Ya se fue! ¡El bebé ya se fue, no hace falta que me pegues más!
Steve se quedó paralizado, con las manos en el aire. Las palabras de Tony sobre los golpes y el bebé perdido finalmente cobraron un sentido aterrador. Miró alrededor, a los miembros de la manada que observaban desde la distancia. Vio a Carol palidecer y desviar la mirada. Vio a Rumlow sonreír con suficiencia.
En ese claro, rodeado de la belleza de la primavera, el Gran Lobo Dorado se dio cuenta de que, en su afán por ser un alfa justo, había presidido un nido de monstruos, y que la mayor víctima era el único ser que se había entregado a él por completo.
Tony se desplomó hacia un lado, susurrando los nombres de Peter y Morgan entre espasmos. La flor en su cabello se desprendió, cayendo sobre el charco de sangre y bilis. El silencio volvió a caer sobre el claro, pero esta vez, era el silencio de una tragedia que ya no tenía vuelta atrás.