Stony
Juegos de seda y voltaje
La orden debió haberse ejecutado en menos de tres segundos, pero el cuerpo humano, por más brillante que fuera la mente que lo habitaba, tenía límites biológicos insalvables.
—JARVIS... —consiguió articular Tony contra la seda revuelta de la almohada, con la garganta seca y un temblor residual recorriéndole la columna vertebral—. Bloquea... bloquea todas las salidas perimetrales. Despliega los protocolos de contención en el muelle de carga. No dejes... que cruce la última compuerta.
—Señor, el señor Rogers cruzó el perímetro exterior hace cuatro minutos y veintidós segundos —respondió la voz sintética con una calma que en ese instante resultó casi ofensiva—. Utilizó su tarjeta de mantenimiento anulada para desviar la alimentación de las esclusas secundarias hacia los generadores auxiliares. La señal de su transmisor desapareció en la red del metro subterráneo.
Tony dejó caer la frente contra el colchón, soltando una maldición entrecortada. Cada músculo de sus muslos y su cadera protestaba con una pulsación sorda. El tapón de silicona continuaba en su sitio, un recordatorio físico, firme e implacable de la audacia con la que aquel hombre rubio de modales intachables lo había desarmado, sometido y dejado atrás como si no fuera más que un capricho mal calculado.
—Maldita sea —gruñó Tony, apretando los puños con la poca fuerza que le quedaba—. Localízalo. No me importa cuánto cueste ni a cuántos satélites tengas que hackear. Encuéntralo, JARVIS.
—Comenzando rastreo global, señor. Sin embargo, le sugiero enfáticamente que solicite asistencia médica para retirar el dispositivo de retención antes de que sufra un edema muscular.
—Cállate, JARVIS —resopló Tony con una sonrisa torcida y adolorida—. Y apaga la maldita luz.
***
Treinta y dos días después, el otoño en una pequeña localidad industrial a las afueras de Filadelfia se sentía a un universo entero de distancia del ático acristalado de Manhattan.
Steve Rogers colgó su chaqueta de lona sobre el respaldo de una silla de madera desgastada y respiró el aire familiar de su nuevo apartamento. El lugar era modesto: dos habitaciones, un salón con suelo de parqué crujiente y una cocina diminuta que compartía con su mejor amigo de la infancia, Bucky Barnes. Tras huir de la Torre Stark con lo puesto y la escasa dignidad que había logrado rescatar al darle una lección a su arrogante exempleador, Steve había tardado casi dos semanas en encontrar un trabajo honrado. Ahora supervisaba los envíos pesados en un almacén de piezas mecánicas, un empleo que pagaba lo justo para cubrir el alquiler y mantener el refrigerador decentemente surtido.
Era una vida tranquila, predecible y, sobre todo, libre de multimillonarios consentidos con tendencias manipuladoras.
Steve se frotó la nuca, sintiendo el cansancio acumulado tras una jornada de diez horas cargando vigas y embalajes de acero. Aunque aparentaba una calma inquebrantable, la verdad era que la memoria de aquella noche en Manhattan no lo había abandonado del todo. A menudo, cuando intentaba conciliar el sueño, recordaba la mirada desafiante de Tony Stark, la textura suave de su piel bajo sus palmas y la forma en que aquel hombre diminuto y venenoso había intentado doblegarlo con un simple talonario y un juguete tecnológico. Steve había sido educado para ser respetuoso, paciente y mesurado, pero Stark había cruzado una línea que despertó en él una faceta dominante que ni siquiera sabía que poseía.
Sacudió la cabeza para disipar el recuerdo. Tenía que ducharse, cambiarse de ropa y preparar la cena antes de que Bucky volviera de su turno en el taller mecánico.
Caminó por el estrecho pasillo con pasos pesados y empujó la puerta de su dormitorio.
El picaporte giró con una suavidad inusual, y en cuanto la madera cedió, Steve se detuvo en seco en el umbral.
El aroma a serrín y aire húmedo que solía impregnar su cuarto había desaparecido por completo, reemplazado por la densa y embriagadora fragancia de aceite de rosas, cera caliente y un perfume cítrico y metálico que reconoció al instante.
Steve parpadeó, desconcertado.
Decenas de velas pequeñas ardían sobre la cómoda desvencijada, en el alféizar de la ventana y a lo largo del suelo, bañando la habitación en un resplandor dorado y oscilante. El suelo estaba cubierto por una alfombra espesa de pétalos de terciopelo carmesí, tan tupida que apenas se distinguía la madera bajo ellos. Pero lo verdaderamente alarmante no era la extravagante decoración de cortejo fúnebre o romántico, sino lo que reposaba en el centro de su modesta cama de noventa centímetros.
Allí, recostado sobre sus almohadas baratas con una indolencia casi felina, estaba Tony Stark.
El magnate no vestía ninguno de sus trajes italianos a medida ni su chándal manchado de grasa. En su lugar, llevaba un conjunto de lencería de seda y encaje fino en un tono rojo vino tan oscuro que parecía sangre bajo la luz de las velas. El corsé translúcido se ceñía con precisión a su cintura estrecha, remarcando la silueta atlética y compacta de su torso, mientras que las medias oscuras ascendían por sus muslos firmes, sujetas por finos tirantes de satén. Su cabello cobrizo estaba tan despeinado como siempre, y unos lentes de montura delgada descansaban sobre el puente de su nariz, reflejando el fulgor de las llamas.
En su mano derecha, Tony sostenía un pequeño dispositivo esférico del tamaño de una manzana, fabricado en titanio pulido con un indicador luminoso azul parpadeante.
—Llegas tarde, Rogers —dijo Tony con voz aterciopelada, quitándose los lentes con la mano izquierda y dejándolos sobre la colcha—. Y déjame decirte que este colchón es una atrocidad para la columna. Deberías demandar a quien te lo vendió, o mejor aún, dejar que te compre uno de verdad.
Steve se quedó petrificado, su mente procesando la escena con una mezcla de perplejidad e incredulidad absoluta.
—¿Cómo entraste aquí? —preguntó Steve con su habitual voz grave, aunque teñida por una rigidez defensiva—. Y más importante aún, ¿qué demonios crees que estás haciendo vestido así en mi casa?
—¿Entrar? Por favor, Steve, tienes una cerradura de tambor que cualquier colegial con una horquilla abriría en cuatro segundos —se mofó Tony, incorporándose lentamente hasta quedar sentado sobre los talones, acomodándose un mechón rebelde tras la oreja—. Y en cuanto a lo que estoy haciendo... creí que era bastante evidente. Teníamos una conversación pendiente. La última vez te fuiste con demasiada prisa y me dejaste con una deuda técnica. A mí nadie me deja con una cuenta por cobrar.
Steve suspiró profundamente, intentando mantener la compostura. Se cruzó de brazos, llenando el marco de la puerta con su imponente figura de un metro ochenta y seis.
—Señor Stark, le aconsejo que tome su ropa, apague este fuego antes de que active la alarma de incendios del edificio y se marche por donde vino. No tenemos nada de qué hablar. Lo que pasó en Nueva York fue un error.
—¿Un error? —Tony rio por lo bajo, una risa seca, burlona y cargada de una vibración peligrosa—. Un error fue pensar que podías burlarte de mí y esconderte en este suburbio miserable sin que mis satélites te encontraran en menos de cuarenta y ocho horas. Te di un mes de ventaja simplemente para ver cuánto aguantabas jugando al proletario virtuoso.
Steve dio un paso decidido hacia adelante, con la intención de tomar a Tony del brazo y sacarlo del apartamento sin contemplaciones.
—Suficiente. Se acabó el juego.
—Oh, no, grandulón —murmuró Tony con una sonrisa afilada—. Apenas está comenzando.
Antes de que Steve pudiera dar el segundo paso, Tony presionó el botón central del dispositivo esférico.
El artefacto emitió un pulso sónico inaudible, seguido de una descarga electromagnética miniaturizada que se expandió en una onda azulada invisible a simple vista. Steve no tuvo tiempo de esquivarlo. En una fracción de segundo, sus músculos se contrajeron de forma involuntaria; una corriente estática recorrió su sistema nervioso periférico, bloqueando sus reflejos motores al instante. El gigante rubio perdió el equilibrio y cayó de rodillas sobre la alfombra de pétalos con un ruido seco, incapaz de mover los brazos o levantar las piernas, aunque sus ojos de diamante permanecían abiertos de par en par, encendidos por una mezcla de rabia y estupefacción.
—¿Qué... qué me hiciste? —exigió Steve, con la mandíbula rígida y la voz apenas audible por el esfuerzo.
—Inhibidor neuromuscular de frecuencia localizada —explicó Tony con orgullo petulante, bajándose de la cama con una gracia calculada. Sus pies descalzos apenas hacían ruido sobre las flores marchitas—. No causa daño permanente, relájate. Solo bloquea la sinapsis voluntaria desde la base cervical durante unos quince minutos. Lo diseñé especialmente para ti, cariño. Sabía que si intentaba pedirte una revancha con palabras bonitas, tu moral puritana me arrojaría por la ventana.
Tony se acercó a Steve por la espalda. A pesar de la evidente desventaja de tamaño, el millonario demostró una fuerza sorprendente al aferrar a Steve por debajo de las axilas y tirar de él. Con esfuerzo y aprovechando la inmovilidad del rubio, Tony logró arrastrar el cuerpo pesado y macizo de Steve hasta el borde del colchón, obligándolo a recostarse boca arriba con las piernas colgando sobre los pétalos.
Steve intentó resistirse, tensando cada fibra de su cuello y su pecho, pero sus extremidades eran plomo inerte.
—Stark... esto es ridículo —jadeó Steve, observando cómo el rostro afilado de Tony se cernía sobre él—. No puedes obligarme a hacer esto.
—¿Quién dijo que voy a obligarte? —susurró Tony, subiéndose a horcajadas sobre los muslos inmóviles del rubio.
La lencería color vino apenas cubría lo indispensable. La tela suave rozaba la piel áspera de los pantalones de trabajo de Steve, y Tony se inclinó hacia adelante, apoyando las palmas en el pecho del hombre más grande. Podía sentir el latido violento y acelerado del corazón de Steve contra su caja torácica.
—Esa noche fuiste muy valiente, Rogers —murmuró Tony, acercando sus labios a la mandíbula tensa de Steve, rozándola con una caricia eléctrica—. Me diste una lección, ¿no es así? Me dejaste en el suelo, me sellaste como a un paquete y te fuiste creyendo que habías ganado la partida. Pero te olvidaste de un detalle fundamental: yo siempre, sin excepción, pago mis deudas. Y disfruto cobrármelas el doble.
Con movimientos ágiles y desprovistos de vacilación, las manos de Tony bajaron hacia la cintura de Steve. En cuestión de segundos, desabrochó el cinturón desgastado y bajó la cremallera del pantalón de lona. A pesar de la parálisis inducida y la furia que brillaba en los ojos azules de Steve, la proximidad del cuerpo cálido de Tony, su olor a rosas y la visión del magnate en ropa interior provocaron una reacción física inevitable, una traición involuntaria de la carne que ningún inhibidor muscular podía suprimir.
Tony sonrió con una satisfacción venenosa al notar la protuberancia endurecida bajo la ropa interior del rubio.
—Vaya, vaya... —susurró Tony con sorna—. Parece que tu cuerpo tiene mucho mejor criterio que tu moral, señor Rogers.
—Suéltame, Tony... —gruñó Steve, cerrando los ojos con fuerza para evitar mirarlo, mientras el sudor frío empezaba a perlarle la frente—. Esto no está bien.
—Mírame a los ojos cuando te lo cobre —ordenó Tony en un susurro demandante, tomándolo de la barbilla para obligarlo a girar el rostro.
Tony se despojó con lentitud de la parte inferior de su lencería de seda y se reacomodó sobre la pelvis de Steve. No había apresuramiento en sus movimientos; se movía con la precisión de un científico y la sensualidad calculadora de un hombre que se sabía dueño absoluto del momento. Lentamente, guiando el cuerpo con la palma de la mano, Tony comenzó a descender sobre la anatomía abultada del rubio, dejando que la presión cálida y estrecha de su entrada empezara a deslizarse milímetro a milímetro contra la dureza que Steve ya no podía ocultar.
La respiración de Tony se quebró en un suspiro entrecortado cuando el primer contacto profundo envió un escalofrío directo a su médula.
—Maldita sea... eres enorme... —gimió Tony en voz baja, arqueando la espalda mientras continuaba descendiendo, sus caderas oscilando con una lentitud tortuosa—. Pero esta vez... las reglas las pongo yo.
Steve apretó los dientes, sintiendo cómo el calor sofocante del cuerpo de Tony lo envolvía por completo. Cada fibra de su ser quería apartarlo o tomar el control como lo había hecho en Manhattan, pero la parálisis lo mantenía como un espectador cautivo de su propio deseo.
—Tony... basta... —intentó decir Steve, pero las palabras salieron como un gemido ronco cuando Tony descendió otro centímetro, suspirando de placer contra su cuello.
En ese preciso instante, la puerta principal del apartamento se abrió con un chasquido metálico y el sonido de unas llaves tintineando.
—¡Steve! —resonó una voz despreocupada desde el salón—. No vas a creer esto, en la tienda de la esquina tenían esa carne en oferta que tanto te gusta, pero el tipo de la caja me cobró dos veces las papas y tuve que...
Los pasos se acercaron rápidamente por el pasillo. La puerta del dormitorio ya estaba medio abierta.
Bucky Barnes empujó la madera con el hombro, sosteniendo dos bolsas de papel marrón repletas de víveres, con la mirada clavada en el recibo de compra arrugado en su mano metálica.
—...y además te traje esas manzanas que decías que no se encontraban en esta época del año, así que más te vale que hagas ese pastel de—
Bucky levantó la vista.
Las palabras murieron en su garganta.
La escena en el pequeño dormitorio era un cuadro surrealista que desafiaba cualquier lógica concebible. Decenas de velas iluminaban el suelo tapizado de rosas rojas. Su mejor amigo, el intachable, recto y formal Steve Rogers, yacía de espaldas sobre el colchón, con los pantalones a medio bajar y una expresión de agonía y vergüenza descomunal. Y montado directamente sobre su regazo, deslizándose lentamente con una pierna levantada y enfundada en encaje translúcido color vino tinto, estaba nada más y nada menos que Tony Stark, multimillonario de renombre internacional, mirándolo fijamente como si solo hubiera entrado un camarero inoportuno.
Bucky se quedó completamente inmóvil, con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta.
Una lata de conservas se deslizó por el fondo de una de las bolsas de papel y cayó sobre la alfombra de pétalos con un ruido seco y apagado.
Nadie se movió durante cinco segundos que parecieron durar un siglo.
Steve fue el primero en reaccionar, o al menos lo intentó; la vergüenza le tiñó las mejillas de un rojo tan intenso que rivalizaba con las velas.
—Bucky... —consiguió balbucear Steve con la voz estrangulada, cerrando los ojos con desesperación pura—. Bucky, sal de aquí... ahora mismo. No es lo que parece.
Bucky no se movió. Su mirada bajó involuntariamente por el torso pálido y fibroso de Tony, apreciando la delicadeza del encaje que apenas ocultaba la cintura del magnate, las medias oscuras y la posición comprometedora en la que ambos se encontraban trabados. Un rubor repentino e incontrolable trepó por el cuello de Barnes hasta teñirle las orejas de carmesí.
—Yo... —balbuceó Bucky, pestañeando rápidamente mientras apretaba las bolsas de comida contra su pecho—. Yo... las manzanas... estaban en descuento.
Tony, sin bajarse del regazo de Steve ni hacer el menor intento por cubrirse, inclinó la cabeza hacia un lado, evaluando al recién llegado con una mezcla de curiosidad descarada y diversión pura. Una ceja cobriza se arqueó lentamente sobre su ojo marrón.
—Vaya —dijo Tony con una calma absoluta y un tono burlón que resonó en la habitación silenciosa—. No sabía que el servicio doméstico de Rogers venía con un compañero de piso tan interesante. ¿Tú también sabes dar masajes o solo estás a cargo de la repostería?
Bucky abrió y cerró la boca sin emitir sonido, su rostro ardiendo por completo mientras retrocedía un paso hacia el pasillo, tropezando torpemente con el marco de la puerta.