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Stony

El peso de la obstinación

El sonido de la puerta del pasillo al cerrarse con un golpe seco apenas logró quebrar la atmósfera cargada del dormitorio. Bucky Barnes se había replegado hacia la cocina como si hubiera presenciado un aterrizaje alienígena, dejando tras de sí un rastro de manzanas rodando perezosamente sobre la madera vieja y el eco de su propia perplejidad.

Para Tony Stark, sin embargo, el mundo entero se reducía en ese instante a la superficie del colchón barato, al aroma sofocante de las velas de cera de soja y a la abrumadora presencia física del hombre que yacía inmovilizado bajo su cuerpo.

Steve no había dejado de mirarlo. Sus ojos, dos esquirlas de hielo pulido, brillaban con una intensidad abrasadora que oscilaba violentamente entre la humillación, la cólera y un desconcierto profundo. La parálisis neuromuscular lo mantenía clavado contra las sábanas raídas, con los tendones del cuello tensos como cables de acero en un intento inútil por recuperar el mando sobre su propia anatomía.

A Tony no le importaba en lo más mínimo que el compañero de piso estuviera al otro lado de la pared, ni que el decorado victoriano y decadente que había montado en aquel suburbio de mala muerte rozara lo patético. Lo único que le importaba era la victoria. El desagravio. Borrar de su memoria el recuerdo de Manhattan, donde este mismo gigante rubio lo había sometido como a un novato engreído antes de esfumarse entre las sombras del metro.

Con un movimiento deliberado de las caderas, Tony se hundió otro par de centímetros sobre la firmeza de Steve.

Un jadeo ahogado se escapó entre los dientes apretados del magnate. Por mucho que su mente brillante pretendiera calcular cada variable con frialdad milimétrica, su cuerpo de un metro sesenta y nueve no podía ignorar las leyes básicas de la física biológica. Steve era sencillamente enorme. Una masa compacta de músculo, densidad ósea y proporciones desmedidas que desafiaban la elasticidad de Tony. La invasión no era suave; ardía como metal incandescente, desgarrando cualquier ilusión de comodidad y enviando descargas de un dolor agudo y sordo a través de su pelvis.

Aun así, Tony se negó a vacilar. Arqueó la espalda delgada, exhibiendo el contorno del corsé de encaje color vino que le oprimía las costillas, y clavó las uñas pulidas en los hombros macizos del rubio.

—¿Qué pasa, Rogers? —provocó Tony con la voz rota por el esfuerzo, dejando que una gota de sudor le resbalara desde la sien cobriza hasta la comisura de los labios—. ¿Tu amigo no te enseñó a ser un buen anfitrión? No te quedes ahí tumbado como un mueble de segunda mano. Disfrútalo. Sé que tu cuerpo lo está haciendo.

Steve apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de sus mejillas temblaron visiblemente. Podía sentir el calor febril del vientre de Tony contra el suyo, la textura sedosa de las ligas rozándole la cara interna de los muslos y la presión implacable de esa estrechez que lo devoraba con una lentitud casi litúrgica. Era una tortura involuntaria. Su fisiología respondía por mero instinto primitivo a la fricción caliente y lubricada, traicionando la pureza de sus principios mientras su mente permanecía atrapada en un caparazón inerte.

—Tony... detén esto —articuló Steve en un susurro áspero, arrastrando las sílabas con dificultad debido a la rigidez que aún le atenazaba la laringe—. Te estás... haciendo daño a ti mismo. No eres... capaz de soportarlo.

Aquella advertencia, dicha con una preocupación genuina que sonaba a lástima, fue la gota que derramó el vaso del orgullo de Stark.

—Cállate —gruñó el magnate.

Apoyando las palmas contra el pecho amplio y esculpido de Steve, Tony se alzó unos centímetros solo para dejarse caer de nuevo, obligando a su anatomía a tragar más de aquella dureza inflexible. El dolor le arrancó un gemido agudo que resonó contra las paredes desnudas, nublándole la visión por una fracción de segundo. Sentía como si estuviera encajando una pieza de maquinaria sobredimensionada en un engranaje delicado; cada descenso le robaba el oxígeno, estirándolo hasta un límite peligroso. Pero mezclado con ese dolor punzante, una corriente eléctrica de adrenalina pura y lujuria desmedida le quemaba la sangre. Había algo embriagador en montar a la fiera, en dominar a la bestia de carga que creyó poder darle lecciones de moral en su propia torre.

Tony cerró los ojos, meciendo la pelvis con un ritmo entrecortado y demandante, devorando al rubio centímetro a centímetro, ignorando el temblor que sacudía sus propios muslos enfundados en medias negras.

***

En la cocina, a escasos metros por el corredor, James Buchanan Barnes permanecía apoyado contra la encimera de formica, con los brazos cruzados y el ceño fruncido en una línea profunda.

Había recogido mecánicamente las manzanas del suelo y las había dejado sobre la mesa, pero su mente no estaba en los víveres ni en el precio ridículo de la carne. Habían pasado casi diez minutos desde que abrió la puerta de par en par. Diez minutos de un silencio interrumpido únicamente por susurros sofocados, jadeos entrecortados y el crujido rítmico del somier de muelles baratos.

Al principio, la vergüenza y el desconcierto lo habían paralizado. Bucky sabía que Steve era reservado hasta el extremo, un hombre chapado a la antigua que jamás hablaba de su intimidad y que parecía más interesado en los turnos extras de trabajo que en buscar compañía. Verlo en su cama con el hombre más rico y extravagante del país vestido con lencería femenina de alta costura había sido un golpe surrealista.

Pero entonces, el entrenamiento de Bucky, ese instinto analítico forjado en años de supervivencia y peleas callejeras, comenzó a conectar los cabos sueltos.

Steve no se había movido. Ni un solo milímetro.

Cuando Bucky entró al cuarto, Steve tenía los brazos extendidos a los lados del torso, completamente inertes. Sus piernas colgaban sin apoyar los talones con firmeza. Sus dedos apenas temblaban contra la colcha. Steve medía casi un metro noventa y pesaba cerca de noventa y cinco kilos de puro músculo funcional; si un tipo de sesenta y tantos kilos intentara montarlo en contra de su voluntad, Steve lo habría lanzado contra el techo antes de que pudiera sacarse el cinturón.

A menos que no pudiera.

—Maldita sea —murmuró Bucky, abriendo los ojos de golpe al recordar el brillo inusual de los ojos de su amigo, la rigidez antinatural de su cuello y las gotas de sudor frío en su frente.

No era una aventura apasionada. Era una trampa.

Bucky se movió sin hacer el menor ruido. Deslizó la mano hacia la caja de herramientas que guardaba junto a la nevera y extrajo una cuerda de nailon reforzada, utilizada habitualmente para asegurar cargas pesadas en los remolques. Caminó de regreso por el pasillo descalzo, deslizándose como una sombra hasta alcanzar el marco entreabierto de la habitación.

El espectáculo continuaba, ajeno al peligro.

Tony Stark tenía la cabeza echada hacia atrás, el cabello cobrizo empapado en sudor y la boca abierta en un jadeo constante de sufrimiento y éxtasis desordenado. Tenía las manos apoyadas en el abdomen tenso de Steve, subiendo y bajando con una devoción casi febril, balanceándose con desesperación sobre la anatomía del rubio a pesar de que el esfuerzo evidente le hacía castañear los dientes. Estaba tan consumido por su propia cruzada de dominación que no escuchó el crujido imperceptible de la madera.

Steve, en cambio, vio la silueta de Bucky recortada contra la penumbra del pasillo. Sus ojos azules se abrieron de par en par, emitiendo una muda señal de alarma, pero fue incapaz de articular palabra antes de que Barnes actuara.

Bucky no perdió un segundo en cortesías. Cruzó la distancia en dos zancadas silenciosas y se abalanzó sobre la cama desde atrás. Sus manos —una de carne curtida y la otra con la fuerza implacable de una presa hidráulica— cayeron como un yunque sobre los hombros desnudos de Tony, apresándolo por los omóplatos con la firmeza de un cazador atrapando a una presa escurridiza.

El ataque tomó a Tony completamente desprevenido.

—¡¿Qué dem—?!

El grito de Tony fue violentamente interrumpido por la inercia del movimiento. Al intentar sujetarlo para neutralizarlo, el peso repentino de Bucky empujó el cuerpo del magnate hacia abajo en un desplome vertical incontrolable.

Tony cayó a plomo, sin ángulo ni preparación, encajándose de golpe hasta el fondo mismo del miembro viril de Steve.

El impacto fue tan brutal que el aire fue expulsado de los pulmones de Tony en un alarido mudo. Sus ojos marrones se abrieron desmesuradamente, perdiendo el foco mientras el dolor le atravesaba las entrañas como un cuchillo de hielo. Por un instante eterno, no hubo placer, no hubo juego de poder, no hubo ingenio sarcástico; solo la sensación abrumadora, asfixiante y colosal de haber sido empalado por completo por la bestia que pretendía dominar. La anatomía de Steve llenó cada rincón interno de Tony, tocando un límite físico que el millonario jamás creyó posible alcanzar sin quebrarse en dos. Un espasmo involuntario recorrió todo su vientre bajo, dejándolo sin fuerzas para oponer resistencia.

Antes de que Tony pudiera recuperarse del choque, Bucky tiró de él hacia atrás con un movimiento limpio y seco, arrancándolo del regazo de Steve.

Un desgarro sordo y húmedo acompañó la separación. Tony soltó un quejido agónico mientras era arrojado de espaldas sobre la alfombra de pétalos aplastados, golpeándose contra las patas de la mesilla de noche. El dolor de la entrada violentada palpitaba con una ferocidad que lo dejó completamente aturdido, encogido sobre sí mismo en posición fetal, jadeando con la frente pegada al parqué frío.

—¡Bucky, cuidado con él! —consiguió exclamar Steve desde la cama, su voz recuperando volumen de manera abrupta, aunque todavía cargada de una extraña resonancia metálica.

Barnes ignoró la advertencia. Se arrodilló sobre la espalda de Tony, inmovilizándole las muñecas tras la espalda en un giro profesional antes de que el millonario pudiera buscar el pequeño dispositivo esférico que yacía olvidado entre las sábanas. Con una velocidad implacable, Bucky enrolló la cuerda de nailon alrededor de las muñecas de Tony, bajó los lazos hacia sus tobillos enfundados en medias y aseguró un nudo marinero que no cedería ante ningún forcejeo.

—¡Suéltame, animal! —chilló Tony, escupiendo un mechón cobrizo que se le había pegado a la boca—. ¡¿Tienes idea de cuánto vale la ropa que estás arruinando?! ¡Te voy a comprar la maldita fábrica donde trabajas solo para despedirte y demolerla!

Bucky tiró del nudo con fuerza deliberada, asegurándose de que el magnate quedara firmemente empaquetado como un fardo al costado de la cama, entre los restos marchitos de las rosas que él mismo había comprado.

—Hablas demasiado para ser un tipo en lencería barata tirado en el suelo —respondió Bucky con una frialdad demoledora, limpiándose una gota de sudor de la frente con el antebrazo—. Steve, ¿estás bien? ¿Qué demonios te dio este lunático?

En el colchón, la rigidez que había mantenido cautivo a Steve comenzó a fracturarse como una capa de hielo bajo el sol de mediodía.

El cronómetro interno del inhibidor neuromuscular había alcanzado los quince minutos exactos.

Un hormigueo ardiente, doloroso y punzante, recorrió las extremidades del rubio, comenzando en la base de la nuca y extendiéndose como miles de pequeñas agujas eléctricas hacia sus dedos y sus pies. Steve dejó escapar un gruñido gutural mientras apretaba los puños por primera vez en casi media hora. La colcha de lino crujió bajo la fuerza recuperada de sus manos.

Lentamente, con una pesadez coordinada y majestuosa, Steve apoyó los codos sobre el colchón y se incorporó. Su torso ancho, perlado de sudor y marcado por las uñas de Tony, se alzó como una cordillera recuperando su lugar en el paisaje. Sus piernas respondieron al mandato de su voluntad; flexionó las rodillas, apoyó los pies descalzos sobre la madera y se puso de pie en toda su imponente estatura.

Medía un metro ochenta y seis, y en ese instante, bajo el parpadeo moribundo de las velas, parecía ocupar la totalidad del dormitorio.

Steve respiró hondo, llenando los pulmones con aire fresco, sintiendo cómo la sangre volvía a circular libremente por sus venas. Se subió la ropa interior y los pantalones de trabajo con movimientos deliberados, abrochándose el cinturón sin apartar la vista del hombre atado en el suelo.

Tony, a pesar de estar completamente reducido, con la lencería manchada y el cuerpo temblando por la sobrecarga física que acababa de sufrir, levantó la barbilla desde la alfombra de flores rotas. En sus ojos oscuros no había rastro de sumisión; ardía una insolencia pura, desafiante y venenosa.

—Vaya —escupió Tony con una sonrisa torcida, intentando recomponer su máscara de cinismo a pesar de que cada respiración le costaba un suplicio—. El bello durmiente despertó. Justo a tiempo para la cena.

Bucky se cruzó de brazos, mirando alternativamente a su amigo y al magnate inmovilizado.

—¿Llamo a la policía o simplemente lo tiramos al contenedor de basura del callejón? —preguntó Bucky con tono neutral, aunque la tensión en sus hombros indicaba que estaba listo para cualquiera de las dos opciones.

Steve levantó una mano, indicándole a su amigo que guardara silencio. Caminó dos pasos hacia adelante hasta quedar de pie justo sobre Tony. La diferencia de tamaño era ahora aplastante; la sombra del rubio cubría por completo al joven millonario, recordándole sin necesidad de palabras quién poseía la fuerza bruta en esa habitación.

Steve se arrodilló lentamente frente a él, manteniendo su serenidad habitual, aunque sus ojos de diamante brillaban con una severidad que no admitía réplica. Extendió la mano y recogió el pequeño inhibidor esférico que había rodado cerca del pie de la cama. Con un movimiento seco de sus dedos grandes y callosos, aplastó la carcasa de titanio hasta que los circuitos internos crujieron y el indicador azul se apagó para siempre.

Los restos cayeron sobre el pecho encorsetado de Tony con un tintineo metálico.

—Bucky —dijo Steve sin apartar la mirada de los ojos desafiantes de Tony—, déjanos un momento, por favor.

Barnes dudó una fracción de segundo, evaluando la postura de su amigo. Al notar que el control absoluto había retornado al cuerpo y a la voz de Steve, asintió brevemente.

—Estaré en la cocina. No hagas nada que nos obligue a mudarnos de estado otra vez —dijo Bucky antes de salir y cerrar la puerta tras de sí.

El silencio volvió a instalarse entre las velas parpadeantes.

Tony tragó saliva, sintiendo el ardor pulsante en su interior y la presión de las cuerdas en sus extremidades, pero mantuvo la mirada clavada en la de su captor.

—Si crees que esto te da la ventaja, Rogers... estás muy equivocado —susurró Tony con una altanería temblorosa—. Mis abogados...

—Sus abogados no están aquí, señor Stark —lo interrumpió Steve con una voz aterciopelada, grave y tan pausada que sonó como una sentencia—. Y su tecnología tampoco le servirá de nada ahora.

Steve se inclinó un poco más hacia adelante, apoyando una mano firme sobre la madera a escasos centímetros del rostro de Tony, atrapándolo en su espacio personal.

—Le advertí en Manhattan que no jugara con cosas que no comprende —continuó el rubio, y por primera vez, una sombra de diversión peligrosa cruzó sus labios rectos—. Vino hasta mi casa, se puso esa ropa ridícula y usó un arma experimental para obligarme. Pero olvidó un detalle fundamental, Tony.

—¿Cuál, genio de la moral? —escupió Tony, sosteniéndole la mirada a pesar de que el corazón le latía desbocado contra las costillas.

Steve deslizó dos dedos bajo el mentón afilado del millonario, obligándolo a levantar el rostro con una suavidad que resultaba infinitamente más intimidante que cualquier muestra de violencia.

—Que ahora el tiempo corre de mi lado —susurró Steve, con una calma gélida que hizo que un escalofrío recorriera la columna de Tony de arriba a abajo—. Y las cuentas entre nosotros todavía no están completamente saldadas.

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