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Sucesos

El Arte de la Incisión y el Caos

El reloj de pared marcaba las once de la noche, pero en el apartamento de Aaron Hotchner, la energía no se parecía en nada a la quietud habitual de un hogar a esas horas. Sobre la mesa del comedor, que normalmente solo albergaba informes de autopsias y tazas de café negro, se desplegaba ahora un escenario que cualquier transeúnte desprevenido habría calificado de macabro.

Leah estaba inclinada sobre la superficie de madera, con el cabello recogido en un moño desordenado del que escapaban varios mechones oscuros. En sus manos sostenía un bisturí auténtico, su hoja brillando bajo la luz halógena. Frente a ella, un oso de peluche de color miel —un regalo irónico que Rossi le había enviado a Aaron por su cumpleaños— yacía "anestesiado" sobre un campo estéril improvisado con toallas de papel.

—Si el agente Rossi viera lo que le estás haciendo a su regalo, probablemente pediría una evaluación psiquiátrica inmediata para ambos —comentó Aaron, apoyado en el marco de la puerta de la cocina.

Había cambiado su traje por unos pantalones oscuros y una camiseta gris que se ajustaba a sus hombros, dándole un aspecto mucho más relajado y joven. Observaba a Leah con una mezcla de fascinación y esa chispa de diversión que solo ella lograba encender en su mirada habitualmente severa.

Leah ni siquiera parpadeó. Con una precisión que hacía honor a sus notas sobresalientes en la facultad de medicina, hundió la hoja en el pecho de felpa del oso.

—Rossi es un perfilador, Aaron. Debería saber que este oso está cumpliendo un propósito mucho más noble que acumular polvo en una estantería —respondió ella, ensanchando la incisión con un separador—. Está contribuyendo a la formación de la mejor cirujana que este país verá jamás. Además, el oso tiene una mirada condescendiente que me estaba irritando.

—Tiene una mirada de botón, Leah.

—Exacto. Condescendiente —ella dejó el bisturí y tomó las pinzas de disección—. Ahora, silencio. Estoy a punto de entrar en la cavidad torácica. Si daño el "algodón principal", el paciente se desangrará en fibra sintética.

Aaron se acercó lentamente, colocándose detrás de ella. No pudo evitar rodearle la cintura con los brazos, apoyando la barbilla en su hombro para observar el "procedimiento". Leah olía a desinfectante de manos y a esa persistente nota de vainilla que él ya asociaba con la paz mental.

—¿Y bien, doctora? ¿Cuál es el diagnóstico? —susurró él cerca de su oído.

—El paciente sufre de una sobredosis de ternura —declaró ella, metiendo los dedos en el relleno de poliéster para extraer un pequeño corazón de fieltro rojo que venía dentro del juguete—. Pero no te preocupes, voy a realizar una sutura continua simple para cerrar el trauma. Si te portas bien, te dejaré cortar el hilo.

Leah comenzó a trabajar con la aguja curva. Sus movimientos eran rápidos, decididos y carentes de cualquier titubeo. Aaron observaba sus manos; eran manos que habían estado atadas, manos que habían golpeado a un secuestrador con una fuerza nacida de la pura rabia y el instinto de supervivencia, y que ahora se movían con la delicadeza de una artista. Era esa dualidad lo que lo mantenía cautivado. Leah no se había roto; se había reconfigurado en algo mucho más afilado y resistente.

—Sabes que la mayoría de las chicas de tu edad estarían en algún bar o quejándose de que sus novios no las sacan a bailar —dijo Aaron, trazando círculos invisibles en su cadera.

—La mayoría de las chicas de mi edad no han pasado una semana en un sótano discutiendo con un psicópata sobre si el existencialismo de Nietzsche justifica el asesinato en serie —replicó ella sin perder el ritmo de la costura—. Y la mayoría de las chicas de mi edad tienen novios que se asustan si ellas dicen la palabra "sangre". Tú, en cambio, me traes kits de sutura profesionales y no te inmutas cuando digo que quiero abrirte para ver cómo late ese corazón de hielo que tienes.

—No es de hielo —corrigió él, dándole un beso corto en la nuca.

—Es de acero templado, entonces. Lo cual es mucho más difícil de suturar, por cierto.

Leah terminó la última puntada y, con un movimiento teatral, cortó el hilo con las tijeras. Se giró entre los brazos de Aaron, todavía con los guantes de látex puestos, y le dedicó una de sus sonrisas más astutas. Aquella que prometía problemas y placer a partes iguales.

—Listo. El oso vivirá para ser torturado otro día. ¿Ves esta cicatriz? —señaló el pecho del juguete, donde los puntos eran perfectos y simétricos—. Es una obra de arte. Deberías estar orgulloso de tener a una genio en casa.

—Lo estoy. Aunque me preocupa un poco tu fijación con los objetos punzantes —Aaron la atrajo más hacia él, sintiendo el calor de su cuerpo—. ¿Es una amenaza velada para cuando llegue tarde a casa por un caso?

—No es velada, Aaron. Es una promesa explícita —ella le rodeó el cuello con los brazos, ignorando el hecho de que todavía llevaba los guantes—. Si te retrasas porque estás salvando el mundo, te recibiré con una sonrisa. Pero si te retrasas porque te quedaste haciendo papeleo innecesario en Quantico, juro por mi título de medicina que practicaré una traqueotomía de emergencia en tu corbata de seda favorita.

Hotch soltó una carcajada, una de esas raras y profundas que solo salían a la luz cuando las paredes del edificio del FBI estaban a kilómetros de distancia.

—Entendido. Nada de papeleo extra si quiero conservar mis corbatas... o mi cuello.

—Me gusta que seas un hombre que aprende rápido —ella se quitó los guantes con un chasquido profesional y los arrojó a la basura—. Ahora, hablemos de ti. Te veo más pálido de lo normal. ¿Has comido algo que no sea café y barritas de cereales en las últimas doce horas?

Aaron dudó un segundo, lo que fue suficiente para que Leah entrecerrara los ojos.

—Lo sabía. Eres un desastre, Hotchner. Eres el mejor perfilador del país, puedes predecir los movimientos de un asesino a tres estados de distancia, pero no puedes recordar que los seres humanos necesitan nutrientes para funcionar.

—Tuvimos un sospechoso en custodia desde las seis de la mañana. No hubo tiempo para descansos —se justificó él, aunque sabía que con ella las excusas no funcionaban.

—El tiempo no se tiene, se hace —ella lo empujó suavemente hacia el sofá—. Siéntate. Voy a prepararte algo. Y no me digas que no tienes hambre, porque tu estómago acaba de hacer un ruido que suena a queja formal ante el sindicato de órganos internos.

Aaron obedeció, dejándose caer en el cuero del sofá con un suspiro de alivio. Verla moverse por la cocina con esa confianza descarada le recordaba por qué lo suyo funcionaba tan bien. Con Hayley, él siempre sentía que debía pedir permiso para existir fuera de su rol de esposo y padre. Con Leah, él era simplemente un hombre, con sus fallos y sus necesidades, y ella no tenía miedo de señalarlos con su lengua afilada.

—¿Cómo va la investigación del caso de Virginia? —preguntó ella desde la cocina, mientras se oía el sonido de una sartén—. ¿Sigue el ignoto jugando a las escondidas en los bosques?

—Lo atrapamos hace dos horas. Morgan y Reid lo interceptaron cerca de la frontera —respondió Aaron, cerrando los ojos por un momento—. Era un tipo joven. Inteligente, pero lleno de un resentimiento que no supo canalizar.

—Típico —bufó Leah—. El mundo me debe algo, así que voy a matar a gente inocente para equilibrar la balanza. Es tan aburrido, Aaron. A veces desearía que los criminales que atrapas tuvieran motivaciones más creativas. Al menos mi secuestrador intentaba recitar poesía, aunque fuera pésima.

—Prefiero que sean aburridos, Leah. Los creativos suelen ser los más peligrosos.

Ella regresó al salón unos minutos después con un plato de pasta sencilla pero humeante. Se sentó a su lado, no en el espacio vacío, sino prácticamente encima de él, obligándolo a sostener el plato mientras ella lo observaba como un halcón.

—Come. Si te desmayas por hipoglucemia, tendré que usar una aguja de gran calibre para ponerte una vía, y sabes que disfrutaré demasiado haciéndolo.

—Eres una mujer sádica —dijo él, pero empezó a comer, dándose cuenta de lo mucho que lo necesitaba.

—Soy una mujer práctica —corrigió ella, apoyando la cabeza en su pecho—. Y tú eres un hombre que necesita a alguien que no le tenga miedo a su cara de "estoy cargando con el peso del mundo". Por cierto, Morgan me envió un mensaje hoy.

Aaron se detuvo con el tenedor a medio camino.

—¿Morgan tiene tu número?

—Se lo robé de tu teléfono la semana pasada mientras te duchabas —dijo ella con total naturalidad—. Me cae bien. Dice que eres un dolor de cabeza cuando no duermes y me pidió que te diera una paliza de mi parte si te ponías demasiado autoritario en la oficina.

—Voy a tener que hablar seriamente con Derek sobre la cadena de mando.

—Oh, por favor. Tu cadena de mando termina en la puerta de este apartamento. Aquí, el rango más alto lo tiene la persona que sabe dónde están las llaves y quién va a heredar tu seguro de vida si "accidentalmente" te apuñalo practicando suturas.

Hotch dejó el plato a un lado y la tomó por la cintura, girándola para que quedara frente a él. La intensidad en sus ojos oscuros cambió, volviéndose más profunda, más dominante.

—¿Ah, sí? ¿Así que tú tienes el mando aquí? —preguntó con esa voz baja y vibrante que solía usar para interrogar a los sospechosos más difíciles, pero con un matiz de deseo inconfundible.

Leah no retrocedió. Al contrario, se inclinó hacia delante, desafiándolo con la mirada, su rostro a escasos centímetros del suyo.

—Tengo un bisturí a tres metros de distancia y sé exactamente dónde está tu arteria femoral, Aaron. Tú dime quién tiene el mando.

Él sonrió, una sonrisa predadora y satisfecha.

—Me gusta tu confianza, Leah. Pero recuerda que yo soy el que sabe cómo esposarte de manera que no puedas alcanzar ese bisturí.

—Promesas, promesas... —murmuró ella antes de lanzarse a besarlo.

El beso fue una batalla, como casi todo entre ellos. Había una urgencia cruda, una necesidad de reafirmar que estaban vivos, que el horror que ambos veían a diario —él en el trabajo, ella en sus libros de medicina y en sus propios recuerdos— no podía tocarlos mientras estuvieran juntos. Aaron la sujetó con fuerza, sus manos grandes perdiéndose bajo la camiseta de ella, sintiendo la piel suave que contrastaba con la firmeza de su carácter.

Leah se separó apenas un segundo, jadeando, con los ojos brillando de una manera que hacía que Aaron se sintiera veinte años más joven.

—A veces me pregunto —susurró ella, trazando la línea de la mandíbula de Hotch con el dedo— si me quieres por mi inteligencia o porque soy la única persona que se atreve a decirte que eres un idiota en la cara.

—Te quiero porque no me dejas ser otra cosa que yo mismo —respondió él con sinceridad brutal—. Y porque tu inteligencia es lo más sexy que he visto en mi vida, incluso cuando la usas para destripar peluches.

—Ese oso se lo merecía —insistió ella, soltando una risita—. Y tú te mereces un descanso. Deja de pensar en perfiles, deja de pensar en el equipo y, por el amor de Dios, deja de pensar en Strauss.

—¿Cómo sabes que estaba pensando en Strauss?

—Porque tienes esa arruga entre las cejas que solo aparece cuando piensas en política burocrática o cuando te digo que voy a dejar de estudiar para ser stripper.

Aaron cerró los ojos y apoyó la frente contra la de ella.

—Por favor, no seas stripper. No creo que mi corazón de acero templado aguante los celos.

—No te preocupes, Hotchner. Los clientes no me durarían nada. Al primer comentario estúpido que hicieran, terminarían en urgencias con un diagnóstico de "contusión por taconazo". Soy una inversión de alto riesgo.

—Lo sé. Y es la mejor inversión que he hecho nunca.

Él la levantó en brazos, haciendo que ella soltara una exclamación de sorpresa seguida de una carcajada. Mientras caminaba hacia el dormitorio, Aaron echó una última mirada al oso de peluche que yacía en la mesa, con su cicatriz perfecta de hilo quirúrgico.

Era un recordatorio de que la vida, al igual que la medicina, era sangrienta, complicada y a veces requería medidas drásticas para sanar. Pero mientras tuviera a Leah y su lengua afilada a su lado, sabía que cualquier herida, por profunda que fuera, podía ser suturada.

—Aaron —dijo ella mientras él la depositaba sobre la cama.

—¿Sí?

—Mañana tengo examen de neuroanatomía. Si me dejas marcas en el cuello, tendré que explicarle al profesor que mi "paciente" fue demasiado entusiasta durante la exploración física.

—Dile lo que quieras —respondió Hotch, desabrochándose la camisa con una calma deliberada—. Después de todo, eres la futura médico. Tú eres la experta en el cuerpo humano.

—Cierto —ella sonrió, estirándose como una gata—. Y tú, agente Hotchner, eres mi caso de estudio favorito. Prepárate, porque voy a ser muy minuciosa con esta práctica.

En la oscuridad del dormitorio, el silencio volvió a ser ese refugio compartido, lejos de los gritos de las víctimas y la frialdad de las salas de interrogatorio. Allí, Aaron Hotchner no era el hombre de hierro del FBI; era simplemente un hombre que había encontrado su libertad en la mirada desafiante de una chica de veintitrés años que no le tenía miedo a nada, ni siquiera a él.