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Sucesos

Reflejos de una Obsesión

La oficina de la UAC en Quantico siempre tenía ese aire de urgencia contenida, un zumbido eléctrico de teclados, teléfonos y murmullos sobre perfiles criminales que nunca se detenía. Sin embargo, para Leah, ese lugar era simplemente "la oficina de Aaron". Ella no se sentía intimidada por los agentes armados ni por las miradas curiosas que recibía al caminar por los pasillos con su chaqueta de cuero y su paso decidido.

Ese día, Leah llevaba una bolsa de papel con el aroma inconfundible de la comida tailandesa que a Hotch tanto le gustaba. Sabía que él no se detendría a comer; lo conocía lo suficiente como para saber que, cuando un caso se complicaba, Aaron Hotchner se convertía en una máquina procesadora de datos que olvidaba sus necesidades biológicas básicas.

—Hola, ¿está el jefe de la unidad disponible o tengo que sobornar a alguien con estos fideos para pasar? —preguntó Leah al llegar al escritorio de Penélope Garcia.

La analista técnica levantó la vista, sus gafas de colores brillando con entusiasmo al ver a la joven.

—¡Leah! La salvadora de estómagos vacíos. Aaron está en la sala de conferencias con el resto del equipo. Están en medio de un "brainstorming" bastante intenso, pero conociéndolo, te dejará entrar aunque sea para evitar que te comas su almuerzo.

—Gracias, Penélope. Dile a Reid que si vuelve a dejar sus libros de medicina forense en el auto de Aaron, voy a empezar a cobrarle alquiler por el espacio —dijo Leah con una sonrisa mordaz antes de dirigirse a la sala acristalada.

Al llegar a la puerta, Leah no llamó. Simplemente entró con la confianza de quien se siente dueña de su espacio. El ambiente dentro de la sala era denso. Las pizarras blancas estaban cubiertas de fotografías de escenas del crimen, mapas y perfiles psicológicos. Hotch estaba de pie al frente, con las manos apoyadas en la mesa, escuchando a Morgan.

—Aaron, se te olvidó esto en la encimera. Si mueres de inanición, no podré practicar mis técnicas de reanimación contigo, y eso sería un desperdicio de mi tiempo —anunció Leah, dejando la bolsa sobre la mesa principal.

Hotch se giró, y por un breve segundo, la dureza de su expresión se suavizó. Sus ojos recorrieron la figura de Leah —su cabello negro azabache cayendo sobre sus hombros, su piel clara y sus ojos azules intensos— antes de asentir con una pequeña sonrisa de agradecimiento.

—Leah, no deberías haber venido hasta aquí —dijo él, aunque su tono carecía de reproche real.

—Alguien tiene que cuidar de ti, ya que tú pareces incapaz de hacerlo —replicó ella, cruzándose de brazos—. Hola, chicos. ¿Algún monstruo nuevo que necesite ser analizado?

—Estamos en ello, Leah —saludó Rossi con un gesto de cortesía—. Aunque parece que este es de los que se esconden a plena vista.

En ese momento, Leah se percató de que no estaban solos. En una de las esquinas de la sala, sentado en una silla y custodiado por un oficial, había un hombre joven. Tenía el cabello castaño claro y una expresión de timidez que no encajaba con el entorno. Cuando Leah lo miró, el chico se puso rígido y sus ojos se abrieron desmesuradamente.

—¿Toby? —preguntó Leah, genuinamente sorprendida—. ¿Qué haces tú aquí?

El joven, Toby Miller, tragó saliva con dificultad. Su mirada no era la de un criminal desafiante, sino la de alguien que acababa de ver un fantasma o un milagro.

—Hola, Leah —susurró él, su voz temblaba ligeramente—. No... no esperaba verte aquí.

Hotch se tensó al instante. Su instinto de perfilador se activó como una alarma de incendios. Miró a Leah y luego a Toby, analizando la conexión inmediata.

—¿Lo conoces? —preguntó Aaron, su voz ahora era fría y profesional, la voz del Jefe de Unidad.

—Sí, iba a la biblioteca de la universidad conmigo el año pasado —explicó Leah, frunciendo el ceño—. Es un chico amable, me ayudó con unos apuntes de bioquímica un par de veces. Toby, ¿por qué estás esposado? ¿Qué error cometiste con el sistema de préstamos de libros?

Toby no respondió. Sus ojos estaban fijos en Leah con una intensidad que rozaba lo religioso. Aaron, mientras tanto, se acercó a la pizarra donde estaban las fotos de las víctimas. Seis mujeres. Todas blancas. Todas de cabello negro. Todas con ojos azules. El patrón era tan evidente que le dolió no haberlo visto antes con esa claridad meridiana.

—Leah, sal de la sala —ordenó Hotch de repente. Su tono no admitía discusión.

—¿Qué? Aaron, acabo de llegar y...

—Leah, ahora —repitió él, dando un paso hacia ella—. JJ, acompaña a Leah fuera.

—No me voy a ir solo porque te pongas en modo alfa, Aaron —replicó ella, sacando a relucir su lengua afilada—. ¿Qué está pasando? ¿Toby es un sospechoso? Es absurdo, él apenas puede matar una mosca. Una vez me pidió salir y cuando le dije que no podía porque estaba saliendo con alguien, casi se pone a llorar.

Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. Rossi y Morgan intercambiaron una mirada cargada de significado. Toby, por su parte, bajó la cabeza, pero sus manos esposadas se cerraron en puños sobre sus muslos.

—Me dijiste que era un hombre mayor —dijo Toby, hablando por primera vez con una voz que ya no temblaba, sino que sonaba extrañamente plana—. Me dijiste que él no te entendía, que era un hombre de negocios aburrido. No me dijiste que era un agente federal.

Leah retrocedió un paso, sintiendo por primera vez una punzada de incomodidad real.

—Toby, yo no te dije nada de eso. Solo te dije que no estaba interesada.

—¡Me mentiste! —gritó Toby, intentando levantarse, pero el oficial lo mantuvo en su sitio—. Todas mienten. Todas dicen que están ocupadas, que tienen novios perfectos, pero ninguna es como tú. Intenté encontrarlas, Leah. Intenté buscar a alguien que tuviera tu misma luz, tu misma forma de despreciar al mundo... pero ninguna era lo suficientemente buena.

Aaron se interpuso físicamente entre Toby y Leah, protegiéndola con su cuerpo. Su rostro era una máscara de furia contenida.

—Llévenselo a la sala de interrogatorios —ordenó Hotch a los oficiales—. Morgan, Reid, vayan con ellos. Rossi, quédate aquí.

—Aaron, ¿qué está diciendo? —preguntó Leah, su voz por primera vez perdiendo su toque sarcástico—. ¿Qué hizo Toby?

Hotch esperó a que se llevaran al joven antes de girarse hacia ella. Sus manos se cerraron sobre los hombros de Leah, no con fuerza, sino con una necesidad de asegurarse de que ella estaba allí, de que estaba a salvo.

—Leah, escúchame bien —dijo Aaron, bajando la voz—. Toby Miller es el principal sospechoso de los asesinatos de Arlington. Ha matado a seis mujeres en los últimos tres meses.

Leah sintió un frío repentino recorrer su columna vertebral. Ella, que se jactaba de ser astuta y de haber sobrevivido a un secuestro previo, no había visto el monstruo que se sentaba a su lado en la biblioteca.

—¿Por qué? —susurró ella.

—Toby no buscaba víctimas al azar —intervino Rossi, acercándose a la pizarra y señalando las fotos—. Estaba buscando un sustituto. Estaba tratando de recrear una versión de ti que pudiera controlar. Cada una de estas mujeres tenía un rasgo que le recordaba a ti: el color de los ojos, la forma de hablar, incluso el perfume. Pero como ninguna era tú, terminaba "desechándolas".

Leah miró las fotos. Eran como espejos rotos de su propia imagen. Rostros pálidos, cabellos oscuros, ojos azules que ahora estaban apagados para siempre. Sintió una náusea violenta subir por su garganta.

—Él... él me traía café —recordó Leah, su voz apenas un hilo—. Me preguntaba sobre mis exámenes. Me decía que yo era demasiado inteligente para este mundo. Pensé que solo era un chico raro y solitario.

—Es un depredador, Leah —dijo Aaron, su voz cargada de una protección posesiva—. Y te ha estado acechando durante meses. El hecho de que estés aquí hoy, de que hayamos dado con él justo ahora...

Hotch no terminó la frase. La idea de lo que podría haber pasado si Toby hubiera decidido que ya no quería un sustituto, sino el original, era algo que Aaron no se permitía procesar por completo. El miedo, ese sentimiento que él mantenía bajo llave, estaba golpeando las paredes de su autocontrol.

—Me siento como una estúpida —dijo Leah, recuperando de repente su mordacidad, aunque sus manos temblaban—. La futura doctora, la chica que sobrevivió a un sótano, y no pude ver que el tipo que me prestaba sus apuntes de anatomía quería practicarla conmigo.

—No te culpes —dijo Rossi con suavidad—. Estos tipos son expertos en camuflarse. Se alimentan de la normalidad.

—Aaron —Leah lo miró fijamente a los ojos—, quiero entrar ahí.

—Absolutamente no —respondió Hotch de inmediato.

—No te estoy pidiendo permiso como tu novia, te lo estoy pidiendo como la persona que puede hacerlo confesar en cinco minutos —dijo ella, su lengua volviendo a ser el arma que él conocía tan bien—. Él está obsesionado conmigo. Si entro ahí, si le doy lo que quiere —mi atención—, se derrumbará. Sabes que tengo razón. Es lo que harías tú si estuvieras en mi lugar.

—Es demasiado peligroso, Leah. Es un asesino inestable.

—Y yo soy la perra testaruda que lo rechazó y que ahora tiene la oportunidad de terminar esto —ella le puso una mano en el pecho, justo sobre su corazón—. Confía en mí, Aaron. Me enseñaste a ser fuerte, me enseñaste a no ser una víctima. Déjame usar eso.

Hotch cerró los ojos, luchando contra cada instinto de preservación que tenía. Pero Leah tenía razón. El perfil indicaba que Toby era un narcisista vulnerable; la presencia de su objeto de deseo lo desestabilizaría por completo.

—Una palabra fuera de lugar, un solo movimiento que no me guste, y te saco de allí —sentenció Aaron—. Estarás detrás del cristal, y yo estaré justo a tu lado. No estarás sola ni un segundo.

—Nunca lo estoy contigo, Aaron —respondió ella, dándole un apretón en la mano antes de recuperar su compostura de acero.

Minutos después, Leah estaba sentada en la sala de interrogatorios frente a Toby. Aaron estaba al otro lado del cristal, con los auriculares puestos, sus nudillos blancos de tanto apretar el borde de la mesa.

—Hola, Toby —dijo Leah, su voz era dulce, pero con ese filo de hielo que solo ella sabía manejar—. Me han dicho que has estado muy ocupado desde la última vez que nos vimos en la biblioteca.

Toby levantó la vista. Su expresión cambió de la desesperación a una adoración enfermiza en un instante.

—Lo hice por ti, Leah. Quería que vieras que yo soy el único que te entiende de verdad. Ese hombre con el que estás... él solo ve tu superficie. Él ve una chica a la que proteger. Yo veo tu oscuridad. Yo veo lo que ese hombre en el sótano te hizo, y lo respeto.

Detrás del cristal, Aaron sintió una punzada de odio puro. ¿Cómo se atrevía ese tipo a hablar de Leah de esa manera?

—¿Ah, sí? —Leah se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa, como si estuvieran compartiendo un secreto—. ¿Y matar a esas mujeres era tu forma de respetarme? Me parece un poco falto de imaginación, Toby. Yo esperaba algo más... quirúrgico de tu parte.

Toby parpadeó, confundido por la reacción.

—Eran imitaciones baratas —escupió él—. Ninguna tenía tu lengua, Leah. Ninguna me insultaba con esa elegancia que tienes tú. Cuando las abría, esperaba encontrar algo de tu fuego, pero solo había carne y sangre común.

—Porque soy única, Toby —dijo ella con una sonrisa gélida—. Y cometiste el error de creer que podías duplicarme. ¿Sabes qué le pasa a los médicos que cometen errores en el quirófano? Pierden su licencia. Y tú acabas de perder tu libertad.

—¡Lo hice para que estuvieras orgullosa! —gritó Toby, golpeando la mesa—. ¡Soy mejor que ese agente estirado! ¡Yo sé lo que te gusta! ¡Sé que te gusta el peligro!

Leah soltó una carcajada seca que resonó en toda la sala.

—Toby, cariño. Me gusta el peligro, pero me gusta cuando viene con un traje de tres piezas y la inteligencia suficiente para no ser atrapado en una semana. Tú no eres peligroso, eres patético. Eres un error de cálculo en mi vida.

Toby comenzó a sollozar, un llanto histérico de alguien cuyo mundo se estaba desmoronando.

—Dime dónde dejaste el cuerpo de la chica que desapareció el martes —exigió Leah, su voz ahora era un látigo—. Si lo haces, tal vez le pida a Aaron que no sea tan duro contigo. Tal vez te visite en la cárcel... de vez en cuando.

Era una mentira, una manipulación clásica, pero Toby se aferró a ella como un náufrago.

—Está en el sótano de la casa de mi abuela... en Arlington —sollozó—. No la lastimé mucho, Leah. Prometo que intenté que fuera rápido.

Aaron no esperó más. Salió de la sala de observación y entró en el interrogatorio. No miró a Toby; su atención estaba totalmente en Leah. La tomó del brazo y la levantó de la silla con una firmeza que no admitía réplicas.

—Ya basta —dijo Hotch.

Sacó a Leah de la sala mientras Morgan y Rossi entraban para asegurar la confesión formal. Una vez en el pasillo, lejos de las cámaras y de los ojos de Toby, Aaron la acorraló contra la pared. No era un gesto agresivo, sino uno de pura necesidad territorial.

—Estás temblando —notó él, tomando sus manos entre las suyas.

—Es la adrenalina —mintió ella, aunque sus ojos azules estaban empañados—. Ese idiota... realmente pensó que éramos iguales.

—No lo son —dijo Aaron, su voz ronca de emoción—. Él es un monstruo que usa el dolor como excusa. Tú eres una mujer que convirtió su dolor en una armadura. Nunca vuelvas a decir que son iguales.

Leah apoyó la frente en el pecho de Aaron, dejando que el aroma a café y a seguridad la envolviera. El sarcasmo había desaparecido, dejando paso a la joven de veintitrés años que acababa de mirar a su propio reflejo en la mente de un asesino.

—Aaron, prométeme algo —dijo ella en voz baja.

—Lo que quieras.

—Si alguna vez me vuelvo así de aburrida y predecible como esas víctimas... apuñálame tú mismo. No dejes que un tipo como Toby lo haga.

Hotch la tomó del mentón, obligándola a mirarlo. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad feroz.

—Leah, tú nunca serás predecible. Y mientras yo respire, nadie volverá a tocarte. Ni un loco de biblioteca, ni un ignoto de sótano. ¿Entendido?

Ella asintió, y por un momento, la vulnerabilidad se desvaneció, reemplazada por esa chispa de malicia que Aaron tanto amaba.

—Bien. Porque ahora que hemos resuelto tu caso, todavía tienes que comerte esos fideos tailandeses. Y después, vas a dejar que practique mis nudos de sutura en tu brazo, porque después de este susto, necesito algo que me relaje.

Aaron suspiró, dejando escapar una pequeña sonrisa mientras la rodeaba con el brazo para sacarla del edificio.

—A veces olvido que mi novia es más peligrosa que la mitad de los criminales que persigo.

—No lo olvides nunca, Hotchner —le guiñó un ojo ella—. Es lo que nos mantiene vivos.

Caminaron juntos hacia la salida, dejando atrás el caos de la oficina. En el mundo exterior, el peligro seguía existiendo, pero en ese pequeño universo que habían construido entre suturas, sarcasmo y una lealtad inquebrantable, Aaron Hotchner finalmente sentía que tenía algo que valía la pena proteger con cada fibra de su ser. Leah no era una víctima, era su ancla, su fuego y, sobre todo, su libertad.