Sucesos
Dientes, Pañales y Perfiles
El apartamento de los Hotchner-Vance, que alguna vez fue un santuario de minimalismo y orden casi quirúrgico, había sucumbido a la invasión de una fuerza de la naturaleza de seis meses de edad. En el centro de la alfombra del salón, rodeado de peluches con forma de órganos anatómicos —regalo de los compañeros de residencia de Leah— y mordedores de silicona de grado médico, se encontraba el Agente Especial en formación: Christopher "Kit" Hotchner.
El bebé era un espécimen perfecto: mejillas regordetas que parecían pedir a gritos ser apretadas, unos ojos azules heredados de su madre que destellaban con una inteligencia prematura y una sonrisa que, aunque desdentada en su mayoría, era capaz de desarmar al perfilador más experimentado del FBI.
Aaron Hotchner, el hombre que había negociado con terroristas y mirado a los ojos a la encarnación del mal, estaba actualmente en una posición de clara desventaja. Estaba de rodillas, con la corbata echada sobre el hombro para evitar que fuera víctima de los fluidos corporales del bebé, intentando que Kit soltara su dedo índice.
—Christopher, necesitamos establecer un perímetro de seguridad —murmuró Aaron con su voz de mando habitual, aunque suavizada por una ternura ridícula—. Morder a tu padre no es una táctica de negociación válida.
Kit, lejos de sentirse intimidado por el Jefe de Unidad de la UAC, soltó una carcajada burbujeante y apretó las encías con más fuerza sobre el nudillo de Aaron. Sus dos únicos dientes inferiores, recién estrenados y afilados como pequeñas dagas de marfil, se hundieron en la piel.
—¡Au! —Aaron soltó un quejido involuntario, aunque no retiró la mano—. Tienes la fuerza mandibular de un tiburón blanco, pequeño.
—¡Te lo dije, Hotchner! —La voz de Leah llegó desde la cocina, seguida del sonido de una cafetera funcionando a toda presión—. Te dije que ese niño no tiene sangre, tiene ácido sulfúrico. Es un depredador alfa.
Leah apareció en el umbral, luciendo su uniforme médico azul marino y el cabello recogido en una coleta alta y tirante. A pesar de haber dormido apenas cuatro horas tras una cirugía de emergencia en el hospital, se veía radiante. Se acercó al dúo en el suelo y observó la escena con una ceja arqueada, sosteniendo una taza de café negro en una mano y un informe médico en la otra.
—Déjame ver esa herida, Agente Especial Inepto —dijo ella, agachándose junto a ellos—. Si te ha roto la dermis, tendré que aplicar un protocolo de desinfección. Y tal vez ponerte una vacuna contra la rabia, porque este niño está claramente fuera de control.
Aaron logró liberar su dedo mientras Kit intentaba ahora alcanzar los cordones de sus zapatos.
—No ha roto la piel, pero ha dejado una marca de presión considerable —explicó Aaron, mostrando el dedo enrojecido—. ¿De dónde saca esa obsesión por morder todo lo que se mueve?
—Es una fase oral exacerbada por una genética agresiva —respondió Leah, tomando a Kit en brazos. El bebé inmediatamente intentó morderle el hombro de la bata—. ¡Eh! ¡Nada de eso, pequeño monstruo! Muerde tu hipocampo de peluche, a mamá no.
Kit soltó un gruñido de frustración y se conformó con balbucear algo que sonaba extrañamente parecido a una maldición en un idioma de bebés.
—Es astuto —observó Aaron, poniéndose de pie y ajustándose la chaqueta—. Se fija en los puntos débiles. Ha pasado toda la mañana intentando alcanzar mi reloj. Sabe que es una pieza mecánica compleja.
—Por supuesto que lo sabe —dijo Leah, dándole un beso sonoro en la mejilla regordeta al bebé—. Tiene mi cerebro y tu terquedad. Es una combinación letal. El otro día, la guardería me llamó porque Kit intentó morder la oreja de un niño que le quitó un bloque de construcción. No fue un ataque de ira, Aaron. Fue una represalia táctica. Lo esperó en la esquina del corralito.
Hotch suspiró, frotándose el puente de la nariz.
—Rossi dice que es un "pequeño Maquiavelo". Morgan ya le está enseñando a poner caras de sospecha. Y García... bueno, García le ha comprado un mono que dice "Futuro Director del FBI" en la parte trasera.
—García es una optimista —rio Leah, dejando a Kit en su andador especializado—. Yo le he comprado uno que dice "Futuro Jefe de Neurocirugía: Cuidado con mis incisiones".
El teléfono de Aaron vibró en la mesa. El sonido, ese tono específico que indicaba una emergencia en Quantico, cortó el momento doméstico como un bisturí. Leah y Aaron intercambiaron una mirada. En seis meses, habían perfeccionado este baile: la transición instantánea del caos de los pañales al caos del crimen organizado.
—Tengo que irme —dijo Aaron, tomando su maletín—. Parece que hay un tirador activo en un parque empresarial en Virginia.
—Ve —respondió Leah, caminando hacia él para darle un beso de despedida—. Yo tengo una consulta externa en veinte minutos. Dejaré a Kit con la niñera, aunque compadezco a la pobre mujer. Ayer terminó con marcas de dientes en el antebrazo.
Aaron se inclinó sobre el andador de Kit.
—Christopher, pórtate bien. Nada de interrogatorios agresivos a la niñera. Y mantén tus dientes lejos de cualquier extremidad humana.
Kit lo miró fijamente, con una seriedad impropia de un bebé, y luego, con una rapidez asombrosa, intentó morder la punta de la nariz de su padre. Aaron se retiró justo a tiempo.
—Buen reflejo, Hotch —se burló Leah—. Pero no te confíes. Él sabe que volverás cansado. Es ahí cuando atacará.
***
Doce horas después, Aaron Hotchner entró en el apartamento. El caso había sido agotador, una persecución tensa bajo la lluvia que había terminado con el sospechoso bajo custodia, pero con Aaron empapado y con el peso del mundo sobre sus hombros.
El apartamento estaba en penumbra, iluminado solo por la lámpara de la cocina y el resplandor de la televisión. Leah estaba tumbada en el sofá, todavía con el uniforme puesto, pero con Kit dormido profundamente sobre su pecho. El bebé, en su estado de reposo, parecía un ángel incapaz de lastimar a una mosca.
Aaron se acercó en silencio, quitándose la chaqueta mojada. Leah abrió los ojos y le dedicó una sonrisa cansada.
—¿Estás entero? —preguntó ella en un susurro.
—Físicamente, sí. Mentalmente... ha sido un día largo —respondió él, sentándose en el borde del sofá.
—Kit te ha estado esperando. Bueno, técnicamente ha estado esperando algo que morder, pero creo que te ha echado de menos —Leah le pasó el bebé con cuidado—. Cuidado, está en fase de sueño ligero. Si se despierta, querrá sangre.
Aaron tomó al pequeño bulto regordeto. Kit se removió, soltando un suspiro que olía a leche y a polvos de talco. El Jefe de Unidad cerró los ojos, dejando que la presencia de su hijo borrara las imágenes del tiroteo y los gritos de la tarde.
—Es increíble cómo algo tan pequeño puede ocupar tanto espacio en tu cabeza —murmuró Aaron.
—Es un parásito emocional, Hotchner. Te lo advertí —dijo Leah, estirándose—. Pero es nuestro parásito. Por cierto, Morgan llamó. Dice que Kit dejó un "regalo" en su chaqueta la última vez que lo visitamos en la oficina. Al parecer, el niño logró morder el forro de seda y arrancar un trozo.
Aaron soltó una carcajada baja.
—Morgan se lo merece por intentar enseñarle técnicas de flirteo a un bebé de seis meses.
De repente, Kit abrió los ojos. No lloró. Simplemente miró a su padre con una fijeza analítica. Sus manitas regordetas subieron hacia el rostro de Aaron, explorando la textura de su piel con una curiosidad casi profesional.
—Hola, campeón —susurró Aaron.
Kit sonrió, mostrando sus dos dientes, y antes de que Aaron pudiera reaccionar, el bebé se lanzó hacia adelante y hundió sus encías en la barbilla de su padre.
—¡Christopher! —exclamó Aaron, intentando apartarse sin dejarlo caer.
Leah estalló en carcajadas, sentándose en el sofá.
—¡Es un ataque directo al centro de mando! —exclamó ella—. ¡Te ha marcado, Aaron! Ahora eres de su propiedad.
—Tiene una fijación —dijo Aaron, frotándose la barbilla dolorida mientras Kit balbuceaba alegremente—. Realmente tiene una fijación con morder.
—Es su forma de conocer el mundo —explicó Leah, tomando al bebé y poniéndolo frente a ella—. Kit, escucha a mamá. Si vas a morder a la gente, tienes que ser estratégica. Apunta a los puntos de presión. No desperdicies energía en la barbilla, ve a por el trapecio.
—Leah, no le des consejos tácticos de combate —protestó Aaron, aunque no pudo evitar sonreír.
—Soy médico, Aaron. Sé dónde duele más —ella le guiñó un ojo—. Y como tu médico personal, te sugiero que te des una ducha caliente antes de que Kit decida que tu hombro es el postre.
Aaron se puso de pie, sintiendo que el cansancio del día se disipaba. Ver a Leah, con su lengua afilada y su inteligencia brillante, manejando a un bebé que era básicamente una versión en miniatura y más agresiva de ellos dos, le recordaba por qué valía la pena volver a casa.
—¿Sabes qué es lo que más me asusta? —preguntó Aaron mientras caminaba hacia el pasillo.
—¿Que termine trabajando para la CIA? —aventuró Leah.
—No. Que cuando empiece a hablar, sus primeras palabras sean una crítica a mi lenguaje corporal durante el desayuno.
Leah se rió, acomodando a Kit en su regazo.
—No te preocupes por eso. Sus primeras palabras serán "bisturí" o "evidencia". Pero ten por seguro que, diga lo que diga, lo dirá mientras intenta arrancarle un trozo de oreja a alguien. Es un Hotchner-Vance, Aaron. No esperábamos un niño normal, ¿verdad?
—En absoluto —respondió él.
Mientras Aaron se duchaba, Leah se quedó en el salón con Kit. El bebé estaba ahora concentrado en morder una jirafa de goma, sus ojos azules fijos en el fuego de la chimenea. Leah le acarició la cabeza, sintiendo esa oleada de protección feroz que solo Kit lograba despertar en ella.
—Tú y yo vamos a ser un problema para este mundo, ¿verdad, pequeño? —susurró ella—. Tu padre pone las reglas, yo las rompo, y tú... tú simplemente te las comes.
Kit la miró y, por un segundo, pareció entender perfectamente. Soltó la jirafa, agarró el dedo de Leah y, con una precisión quirúrgica, le dio un mordisquito rápido y cariñoso.
—Esa es mi técnica —sonrió ella—. Bien hecho, doctor.
Cuando Aaron regresó al salón, ya cambiado y con un aspecto más humano, encontró a su familia en una paz relativa. Se sentó junto a Leah y la rodeó con el brazo, mientras Kit se quedaba dormido de nuevo, esta vez con el dedo de Leah firmemente sujeto entre sus encías.
—Rossi quiere ser el padrino oficial —comentó Aaron al cabo de un rato—. Dice que Kit necesita una influencia italiana para suavizar su temperamento.
—Rossi solo quiere una excusa para darle vino cuando cumpla dieciocho años —replicó Leah—. Pero acepto, siempre y cuando le enseñe a cocinar. Si este niño va a morder a la gente, al menos que sepa distinguir un buen corte de carne.
Aaron negó con la cabeza, divertido. La vida con Leah nunca era predecible, y la llegada de Kit solo había añadido una capa de caos adorable y peligroso a su existencia. Pero mientras miraba a su esposa y a su hijo, supo que no cambiaría ni un solo mordisco por toda la tranquilidad del mundo.
—Te quiero, Leah —dijo él, besando su sien.
—Y yo a ti, Hotchner —respondió ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Pero si Kit se despierta a las tres de la mañana con hambre de venganza dental, es tu turno de lidiar con el sospechoso.
—Entendido, doctora. Prepararé el equipo de contención.
Y así, en el silencio de la noche de Virginia, el Jefe de Unidad y la Neurocirujana descansaron, sabiendo que mañana el mundo volvería a ser oscuro, pero que en su hogar, el futuro tenía mejillas regordetas, ojos brillantes y una dentadura incipiente lista para comerse el mundo, un mordisco a la vez.