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Sucesos

Entre el Blanco y el Acero

El olor a antiséptico y el pitido rítmico de los monitores se habían convertido en la banda sonora de la vida de Aaron Hotchner durante los últimos siete días. El hospital de Seattle era un laberinto de paredes blancas y luces fluorescentes que parecían diseñadas para drenar la esperanza de cualquiera que pasara demasiado tiempo entre ellas. Para Aaron, cada minuto en esa habitación era un recordatorio de lo cerca que estuvo de perderlo todo.

Leah estaba viva. Los médicos lo llamaron un milagro, dada la proximidad a la explosión y la pérdida de sangre. Había sobrevivido a una cirugía de seis horas para reconstruir su abdomen y estabilizar su muñeca, pero el fuego que siempre la caracterizaba parecía haberse sofocado bajo las sábanas de algodón áspero del hospital.

Hotch estaba sentado en el sillón junto a la cama, con un expediente sobre el regazo que no había leído en horas. Su traje, aunque limpio y reemplazado por uno nuevo, se sentía como una armadura pesada. Sus ojos oscuros estaban fijos en Leah, que miraba por la ventana hacia el cielo gris de la ciudad.

Una enfermera entró silenciosamente y dejó una bandeja de plástico sobre la mesa auxiliar. El sonido del metal chocando contra la superficie hizo que Leah hiciera una mueca.

—Es hora de almorzar, señora Hotchner —dijo la mujer con una sonrisa profesional—. Necesita recuperar fuerzas.

Leah ni siquiera giró la cabeza. Sus ojos, que solían brillar con una rebeldía chispeante, estaban apagados.

—No tengo hambre —murmuró. Su voz era un hilo raspado, una sombra de la voz que solía desafiar a Aaron cada mañana.

—Leah, tienes que comer algo —intervino Hotch, dejando el expediente a un lado y acercándose a la cama. Su tono era suave, despojado de la autoridad que usaba en la UAC, pero cargado de una preocupación palpable.

—Mira eso, Aaron —dijo ella, señalando con su mano sana la bandeja. Había un puré de color indefinido, una gelatina roja que temblaba tristemente y un trozo de pollo que parecía cartón hervido—. Todo aquí es... feo. Todo es gris. Incluso la comida parece que ha perdido las ganas de vivir.

Hotch suspiró, sentándose en el borde de la cama, con cuidado de no mover los cables que la conectaban a las máquinas.

—Es comida de hospital, cariño. No esperamos una estrella Michelin, pero tu cuerpo necesita combustible para sanar. Las fracturas no se curarán si no te alimentas.

Leah finalmente lo miró. Su rostro estaba pálido, y la cicatriz que cruzaba su sien —un recordatorio permanente de la metralla— resaltaba contra su piel clara.

—No es solo la comida —dijo ella, y por un momento, el fuego habitual asomó en sus ojos, pero se extinguió rápidamente—. Es este lugar. Es el silencio. Son las paredes blancas. Siento que si como esto, me convertiré en parte del hospital. Me volveré blanca y estéril como todo lo demás. No quiero ser un paciente, Aaron. Odio ser la víctima.

Hotch sintió una punzada en el pecho. Sabía que para alguien como Leah, cuya identidad estaba construida sobre la base de la acción y el desafío, la inmovilidad era una tortura peor que el dolor físico.

—No eres una víctima, Leah. Eres una sobreviviente —le recordó él, tomando su mano sana entre las suyas. Sus dedos eran grandes y cálidos, un contraste absoluto con la frialdad de la habitación—. Y los sobrevivientes pelean. Incluso contra el puré de patatas insípido.

Leah soltó una risa seca que terminó en un jadeo de dolor al tensar los músculos del abdomen. Hotch se tensó de inmediato, su mano volando hacia el botón de la morfina, pero ella lo detuvo con un gesto débil.

—No. No más drogas. Me hacen sentir que floto en un vacío donde no puedo pensar. Prefiero el dolor a la niebla.

—Eres la persona más terca que he conocido —dijo Hotch, y por primera vez en una semana, una pequeña y genuina sonrisa curvó sus labios—. Y eso incluye a Rossi y a Gideon.

—Es por eso que te casaste conmigo —respondió ella, apoyando la cabeza en la almohada—. Para tener a alguien que no te diga "sí, señor" a cada momento. Pero ahora... ahora ni siquiera puedo levantarme para ir al baño sola. Todo es triste, Aaron. Miro por esa ventana y solo veo edificios que parecen tumbas.

Hotch se puso de pie. Caminó hacia la bandeja y la apartó con un gesto de desdén que habría sorprendido a su equipo.

—Tienes razón. Es horrible.

Leah parpadeó, sorprendida por el cambio de actitud de su esposo.

—¿Qué?

—He pasado siete días intentando ser el esposo modelo que sigue las reglas del hospital porque tengo miedo de que, si rompo una sola norma, algo malo pase —admitió Hotch, ajustándose la corbata, un gesto nervioso que delataba su agitación interna—. Pero he olvidado quién eres tú. Tú no sigues reglas. Tú creas el caos y luego lo dominas.

—Aaron, ¿qué estás haciendo? —preguntó ella, observándolo con una mezcla de curiosidad y alarma.

Hotch sacó su teléfono celular y marcó un número.

—García, necesito un favor. Y necesito que seas discreta. No, no es un caso. Es una emergencia logística. Necesito que averigües cuál es el mejor restaurante italiano de Seattle que haga entregas a domicilio, pero quiero que hables con el dueño. Dile que el Agente Especial a Cargo del FBI requiere un servicio especial. Y García... que traigan flores. Muchas flores. De colores. Nada blanco.

Leah lo miraba con la boca entreabierta mientras él colgaba el teléfono.

—Vas a meterte en problemas con la administración del hospital —dijo ella, aunque una chispa de diversión comenzó a bailar en sus ojos.

—Soy Aaron Hotchner —respondió él con esa seriedad imperturbable que solía usar para interrogar a asesinos seriales—. Que intenten sacarme.

Cuarenta minutos después, la habitación de hospital se había transformado. Morgan y Reid habían aparecido en la puerta, cargando bolsas de papel que olían a albahaca, ajo y pan recién horneado. Prentiss traía tres jarrones llenos de girasoles, tulipanes rojos y lirios morados, colocándolos estratégicamente para tapar la vista de las máquinas médicas.

—Órdenes del jefe —dijo Morgan con una sonrisa de lado, guiñándole un ojo a Leah—. Dijo que si no te hacíamos sonreír, nos pondría a revisar archivos de casos sin resolver de los años setenta por el resto del mes.

—¿Cómo te sientes, Leah? —preguntó Reid, acercándose con timidez y dejando un libro sobre la mesa—. Te traje algo de lectura. No es de perfiles criminales, es sobre la historia del arte. Pensé que te gustaría ver algo con color.

Leah sintió que la opresión en su pecho comenzaba a ceder. El olor de la lasaña auténtica y el bullicio de sus amigos llenaron el vacío estéril de la habitación. Miró a Aaron, que estaba de pie junto a la puerta, observando la escena con los brazos cruzados, manteniendo su fachada de líder pero con una suavidad en la mirada que solo ella conocía.

—Vayan a comer a la sala de espera —ordenó Hotch al equipo después de unos minutos—. Necesito hablar con mi esposa.

—Sí, jefe —dijeron casi al unísono, saliendo de la habitación con sonrisas cómplices.

Hotch cerró la puerta y regresó al lado de Leah. Preparó un plato pequeño con una porción de lasaña y lo acercó a ella.

—Esto no es gris —dijo él—. Y definitivamente no es triste.

Leah tomó un bocado pequeño. El sabor explotó en su paladar, recordándole que seguía viva, que el mundo exterior seguía girando y que ella todavía formaba parte de él.

—Está delicioso —susurró, sintiendo que las lágrimas, que no habían salido ni siquiera durante la explosión, comenzaban a agolparse en sus ojos—. Gracias, Aaron.

—No me des las gracias —dijo él, sentándose de nuevo y tomando su mano—. Lo que pasó... la explosión... fue mi responsabilidad. Debería haberte obligado a quedarte atrás.

—Oh, no empieces con eso, Hotchner —lo interrumpió ella, recuperando un poco de su mordacidad—. Si lo hubieras intentado, te habría ignorado de todos modos. Lo sabes. Yo elijo dónde estar. Yo elegí estar allí contigo.

—Y casi te pierdo por esa elección —la voz de Aaron se quebró ligeramente, una fisura en su armadura de acero—. Pasé tres años de mi vida intentando mantener el control de todo, creyendo que si seguía las reglas, si era el mejor en mi trabajo, podría proteger a los que amo. Pero cuando vi esa camioneta volar... cuando te vi en el suelo... entendí que el control es una ilusión.

Leah apretó su mano con toda la fuerza que pudo reunir, que no era mucha, pero fue suficiente para que él la mirara a los ojos.

—El control es aburrido, Aaron. Por eso me amas. Porque soy el elemento que no puedes predecir.

Hotch se inclinó y besó su frente, permaneciendo allí un momento, respirando su aroma, que ahora empezaba a oler menos a hospital y más a ella.

—Te amo porque eres el fuego, Leah. Pero incluso el fuego necesita oxígeno para arder. Así que come. Es una orden.

Leah puso los ojos en blanco, pero esta vez hubo una sonrisa real en su rostro.

—¿Una orden del jefe o del marido?

—De ambos —respondió él, cortando otro trozo de lasaña—. Y después de que comas, vamos a hablar de cómo vamos a atrapar a esos bastardos.

Leah se enderezó un poco más en la cama, ignorando el pinchazo de dolor en su abdomen. La mención del caso hizo que su mente de analista se encendiera de nuevo.

—Tengo un par de teorías sobre el detonador —dijo ella, su voz ganando fuerza—. No fue un temporizador simple. Estaban observándonos.

Hotch asintió, abriendo su expediente. Sabía que devolverle el trabajo, devolverle el desafío, era la mejor medicina para ella.

—Cuéntame —dijo él, acomodándose en el sillón.

Mientras el sol comenzaba a ponerse fuera, tiñendo la habitación de un dorado cálido que competía con los colores de las flores, Aaron y Leah Hotchner dejaron de ser un enfermero y una paciente. Volvieron a ser un equipo.

Leah comió, no porque la comida fuera perfecta, sino porque el hombre sentado frente a ella la miraba como si fuera lo más valioso del universo. Y Aaron, por primera vez en siete días, sintió que el nudo de su corbata no lo asfixiaba tanto.

—Aaron —dijo ella de repente, con la boca medio llena de pan de ajo.

—¿Sí?

—Cuando salgamos de aquí, sigo queriendo conducir el coche todo el mes. Lo dijiste cuando estaba en el asfalto. No creas que lo olvidé por el shock.

Hotch suspiró, frotándose la sien, pero la chispa de alegría en sus ojos era innegable.

—Lo dije. Y cumpliré mi palabra. Pero solo si prometes no intentar hacer un giro de 180 grados en medio de la autopista como la última vez.

—No prometo nada, jefe —respondió ella con un guiño.

En la penumbra de la habitación de hospital, rodeada de flores de colores y el aroma de la cocina italiana, Leah Hotchner volvió a encenderse. El fuego no se había apagado; solo había estado esperando a que alguien recordara que, para arder, a veces solo se necesita un poco de amor y una desobediencia bien dirigida.

Hotch la observó hablar, gesticulando con su mano sana mientras explicaba su teoría, y supo que, sin importar cuántas cicatrices quedaran, ella seguía siendo su Leah. La mujer que desafiaba a la autoridad, la mujer que lo mantenía humano, la mujer que había regresado de las cenizas solo para llevarle la contraria una vez más.

Y él no lo habría querido de ninguna otra manera.