Sucesos
Cicatrices y Terciopelo
El silencio de la casa de los Hotchner en Virginia era una bendición que Leah no había sabido apreciar hasta ese momento. Después de dos semanas entre el pitido incesante de las máquinas y el olor a cloro, el aroma a madera, café y el perfume personal de Aaron era el mejor bálsamo para sus nervios alterados.
Aaron detuvo la camioneta frente a la entrada con una delicadeza casi exagerada. Se tomó su tiempo para apagar el motor y girarse hacia ella, observándola con esa intensidad protectora que se había vuelto su sombra constante desde el accidente.
—Llegamos, Leah —dijo él, su voz era un susurro grave que vibró en el espacio cerrado del vehículo—. Despacio. No quiero que hagas ningún esfuerzo innecesario.
Leah, que tenía el brazo derecho escayolado y una faja de compresión bajo su sudadera holgada, puso los ojos en blanco con una sonrisa juguetona.
—Aaron, me han dado el alta, no me han declarado inválida. Puedo caminar diez pasos hasta la puerta.
—Leah —la llamó él, usando ese tono de "jefe de unidad" que solía silenciar a toda una sala de conferencias—, no me desafíes hoy. Solo por hoy, deja que me encargue de todo.
Ella suspiró, pero no protestó cuando él rodeó el coche y abrió su puerta. Hotch la tomó en brazos con una agilidad sorprendente, ignorando sus propias costillas aún resentidas por el impacto de la explosión. La cargó como si fuera de porcelana fina, subiendo los escalones de la entrada mientras ella escondía el rostro en el hueco de su cuello, aspirando el aroma de su loción para después del afeitado.
Una vez dentro, el ambiente era cálido. Aaron la depositó con una suavidad infinita en el sofá de cuero del salón, rodeándola de cojines antes de que ella pudiera siquiera quejarse.
—Quédate aquí. Voy a buscar tus analgésicos y a prepararte algo de té —ordenó él, quitándose la chaqueta del traje y arremangándose la camisa blanca con movimientos precisos.
Leah lo observó alejarse hacia la cocina. Incluso cansado, con ojeras marcadas bajo sus ojos oscuros y el cabello ligeramente menos perfecto de lo habitual, Aaron Hotchner era el hombre más imponente que había conocido. Y ahora que lo tenía solo para ella, lejos de las miradas de Rossi, Morgan o la omnipresente García, su instinto de rebeldía empezó a transformarse en algo mucho más travieso.
Estar al borde de la muerte le había recordado que la vida era demasiado corta para seguir todas las reglas, especialmente las que su marido intentaba imponerle por su propio bien.
—¡Aaron! —gritó ella, fingiendo una voz un poco más débil de lo que realmente se sentía.
En menos de tres segundos, Hotch estaba de vuelta en el salón, con el rostro contraído por la alarma.
—¿Qué pasa? ¿Te duele algo? ¿Es el abdomen?
Leah hizo un pequeño puchero, extendiendo su mano sana hacia él.
—Me siento... incómoda. Estos cojines no están bien puestos. Y tengo frío, mucho frío.
Aaron se arrodilló frente a ella de inmediato. Sus manos, grandes y seguras, comenzaron a reajustar los almohadones con una eficiencia quirúrgica. Luego, se quitó su propia corbata y desabrochó los primeros botones de su camisa antes de ir a buscar una manta de lana.
—¿Mejor así? —preguntó él, cubriéndola hasta la barbilla.
—Un poco —murmuró ella, atrapando su mano antes de que pudiera retirarse—. Pero mis pies están congelados. ¿Podrías masajearlos un poco? El médico dijo que la circulación es clave para la recuperación.
Hotch la miró fijamente, entrecerrando los ojos. Conocía a Leah. Sabía cuándo estaba sufriendo y cuándo estaba trazando un perfil psicológico para conseguir lo que quería. Sin embargo, su amor por ella y la culpa residual de haber permitido que resultara herida eran mayores que su escepticismo.
—Está bien —cedió él, sentándose a los pies del sofá y tomando sus pies pequeños entre sus manos, frotándolos con cuidado.
Leah cerró los ojos, disfrutando de la atención. Le encantaba ver al hombre más serio del FBI, al que todos temían y respetaban, convertido en su enfermero personal.
—Sabes, Aaron... —comenzó ella, dejando que su voz se volviera más baja y aterciopelada—, el hospital fue tan solitario. Cada vez que cerraba los ojos, solo podía pensar en lo mucho que extrañaba tu contacto. No el contacto médico, ni el de las enfermeras. El tuyo.
Hotch se detuvo un momento, su pulgar acariciando el tobillo de su esposa.
—Yo tampoco dormí, Leah. Verte allí, conectada a esos tubos... fue el caso más difícil de mi vida.
—Entonces deja de tratarme como a una paciente de cristal —pidió ella, incorporándose con un poco de esfuerzo. El dolor punzante en su abdomen le recordó sus límites, pero lo ignoró—. Ven aquí. Cerca de mí.
—Leah, tienes puntos de sutura. Tienes fracturas que apenas están soldando. No es prudente que te muevas tanto.
—Es una orden, Agente Hotchner —replicó ella con una chispa de fuego en la mirada—. Y creo que ya establecimos que en esta casa, mando yo.
Aaron soltó un suspiro derrotado, pero con una sombra de sonrisa en los labios. Se desplazó por el sofá hasta quedar sentado junto a ella. Leah no perdió el tiempo; se apoyó contra su pecho firme, sintiendo los latidos constantes de su corazón.
—Mucho mejor —susurró ella.
Empezó a trazar círculos invisibles sobre la tela de la camisa de Aaron con su mano libre. Sus dedos descendieron lentamente desde su pecho hasta el abdomen, sintiendo los músculos tensos de su marido. Hotch contuvo el aliento.
—Leah...
—Shh. Solo estoy comprobando que mi esposo sigue siendo de acero —dijo ella, subiendo la mano para acariciar su mandíbula, donde la sombra de la barba de un día empezaba a asomar—. Te ves tan guapo cuando estás preocupado, pero me gustas más cuando te relajas.
Se inclinó hacia él, acortando la distancia. Aaron intentó retroceder por puro instinto de preservación hacia las heridas de ella, pero Leah fue más rápida. Capturó sus labios con un beso que no tenía nada de frágil. Era un beso hambriento, cargado de la adrenalina de haber sobrevivido y del deseo acumulado de semanas de abstinencia forzada.
Hotch gimió contra su boca, una mezcla de placer y protesta. Sus manos subieron para sostener el rostro de Leah, intentando suavizar el encuentro.
—Cariño, vas a hacerte daño —logró articular él entre besos—. Los puntos...
—Que se mueran los puntos —respondió ella con una risa traviesa entre sus labios—. Aaron, me siento viva por primera vez en semanas. No me detengas.
Ella profundizó el beso, usando su lengua para explorar la boca de él con una audacia que siempre lograba desarmarlo. Leah sabía exactamente qué botones presionar. Sabía que si pasaba su mano por la nuca de Aaron y tiraba ligeramente de su cabello, él perdería esa compostura de hierro que tanto se esforzaba por mantener.
—Leah, por favor... —la voz de Aaron era ahora una súplica ronca.
—¿Por favor qué? —preguntó ella, separándose apenas unos milímetros, sus ojos brillando con un desafío puramente femenino—. ¿Por favor detente? ¿O por favor no me dejes?
Aaron la miró, y en ese momento, el perfilador desapareció. Solo quedó el hombre que la amaba hasta la locura. Verla así, recuperando su fuego, era lo más excitante que había presenciado jamás.
—Sabes que no puedo decirte que no cuando me miras así —admitió él, su voz cargada de una derrota dulce.
—Entonces llévame a la habitación —susurró ella al oído, mordisqueando ligeramente el lóbulo de su oreja—. Y no quiero que me dejes en la cama y te vayas a dormir al sofá "para no molestarme". Quiero que te quedes conmigo. Quiero sentirte toda la noche.
—No voy a dejarte sola —prometió él, rodeando su cintura con cuidado pero con firmeza—. Pero vamos a ir con calma. Si te duele algo, te detienes. Es una orden directa del jefe de unidad.
Leah soltó una carcajada que iluminó la habitación.
—Entendido, señor. Pero le advierto que soy muy mala siguiendo órdenes.
Aaron la levantó de nuevo, esta vez con un propósito diferente. Subió las escaleras con paso firme, llevándola hacia el santuario de su dormitorio. Al entrar, la luz de la luna se filtraba por las cortinas, bañando la habitación en tonos plateados.
La depositó en la cama con una delicadeza que rozaba lo sagrado. Se tomó su tiempo para desvestirla, retirando cada prenda con una lentitud tortuosa que hacía que la piel de Leah se erizara. Cuando llegó a la faja médica y a los vendajes de su muñeca, sus dedos temblaron ligeramente. Se inclinó y besó la piel sana justo al lado de la cicatriz del abdomen.
—Eres hermosa —susurró él contra su piel—. Cada marca me recuerda que sigues aquí conmigo.
Leah sintió un nudo en la garganta. La vulnerabilidad de Aaron era su mayor tesoro. Ella lo ayudó a despojarse de su camisa, admirando el físico imponente que él mantenía a pesar del estrés del trabajo.
Cuando finalmente ambos estuvieron bajo las sábanas, Aaron se colocó de lado, permitiendo que Leah se acurrucara contra él de manera que sus heridas no sufrieran presión. Ella apoyó la cabeza en su brazo y entrelazó sus dedos con los de él.
—¿Ves? Esto es lo que necesitaba —dijo ella, cerrando los ojos con satisfacción—. Nada de enfermeras, nada de luces blancas. Solo tú.
Aaron la rodeó con sus brazos, creando un capullo de seguridad a su alrededor. Se quedó mirándola en el silencio de la noche, agradeciendo a cualquier poder superior que ella estuviera allí, desafiándolo, manipulándolo con sus besos y recordándole que la vida era mucho más que estadísticas criminales y perfiles de asesinos.
—Te amo, Leah —dijo él, besando la coronilla de su cabeza.
—Lo sé —respondió ella con esa arrogancia encantadora que a él tanto le gustaba—. Por eso me dejas ganar siempre.
—No siempre —corrigió él con una sonrisa pequeña en la oscuridad.
—Casi siempre —insistió ella, acomodándose mejor—. Y ahora, duerme, Aaron. Mañana quiero que me prepares el desayuno en la cama. Y quiero panqueques con chocolate.
Hotch soltó un suspiro largo, sabiendo que las próximas semanas de recuperación serían una batalla constante contra los caprichos de su esposa, pero por primera vez en mucho tiempo, se sintió completamente en paz.
—Panqueques con chocolate —repitió él—. Está bien. Pero solo si te tomas las vitaminas sin protestar.
Leah no respondió, pero la presión de su mano contra la suya fue promesa suficiente. En la tranquilidad de su hogar, el fuego y el acero se habían fusionado una vez más, creando algo que ni siquiera una explosión había podido destruir. Aaron cerró los ojos, dejándose llevar por el sueño, con el corazón finalmente tranquilo, sabiendo que su mundo estaba de nuevo en su lugar, justo allí, entre sus brazos.