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Sucesos

Pequeños Pasos y Grandes Desafíos

—Aaron, por favor, deja de mirarme como si fuera a desarmarme en cualquier segundo. Estoy perfectamente bien —dijo Leah, acomodándose en el sofá mientras intentaba ignorar la punzada sorda en su abdomen que aparecía cada vez que se movía demasiado rápido.

Hacía apenas un mes de la explosión en Seattle. Las cicatrices físicas estaban cerrando, dejando líneas rosadas sobre su piel joven, pero Aaron Hotchner seguía comportándose como si el mundo fuera un campo de minas diseñado específicamente para lastimar a su esposa. Él estaba de pie junto a la encimera de la cocina, con un paño de cocina en la mano y una expresión de duda que Leah conocía demasiado bien.

—El médico dijo que debías evitar esfuerzos innecesarios, Leah. Cuidar a un niño de un año no entra exactamente en la categoría de "reposo absoluto" —respondió Aaron, dejando el paño y caminando hacia ella.

—Es Henry, Aaron. El hijo de JJ. No es un sospechoso armado de la lista de los más buscados —replicó ella con una sonrisa traviesa—. JJ y Will necesitan una noche para ellos. Después de lo que pasamos en Seattle, todo el equipo ha estado bajo una tensión increíble. Se lo debemos. Además, me vendrá bien un poco de compañía que no me analice psicológicamente cada vez que suspiro.

Justo en ese momento, el timbre de la casa sonó. Aaron suspiró, sabiendo que la batalla estaba perdida. Cuando abrió la puerta, Jennifer Jareau estaba allí, con una bolsa de pañales colgada al hombro y un pequeño Henry de un año en brazos, que miraba el entorno con ojos curiosos y brillantes.

—¡Hola! Siento mucho si es una molestia —dijo JJ, entrando con una mezcla de gratitud y agotamiento en el rostro—. Will ya está en el restaurante esperando y Henry ha estado un poco inquieto hoy. De verdad, si Leah no se siente bien...

—Estoy genial, JJ —interrumpió Leah, levantándose del sofá con cautela y extendiendo los brazos—. Pásame a ese pequeño hombrecito.

En cuanto Henry pasó a los brazos de Leah, ocurrió algo inesperado. El niño, que solía ser algo tímido con la gente fuera de su círculo inmediato, se aferró a la camiseta de Leah con sus manos regordetas y escondió la cara en su cuello, soltando un suspiro de satisfacción.

—Vaya —murmuró JJ, sorprendida—. Normalmente le toma un rato acostumbrarse a Aaron, pero parece que contigo ha hecho una conexión instantánea.

—Es el encanto de los Hotchner —bromeó Leah, guiñándole un ojo a su marido, quien observaba la escena con los brazos cruzados y una ceja levantada—. O tal vez simplemente sabe quién tiene el control en esta casa.

Tras una serie de instrucciones sobre biberones, horas de sueño y juguetes favoritos, JJ se despidió, dejando a la inusual pareja a cargo del infante.

—Bien —dijo Aaron, acercándose una vez que la puerta se cerró—. Ponlo en el corralito, Leah. Necesitas descansar la espalda.

—Él está bien aquí, Aaron. ¿Verdad, Henry? —preguntó ella en voz baja. El niño respondió apretando más su agarre y soltando un balbuceo que sonaba sospechosamente a una negativa de soltarse.

—Leah, pesa casi diez kilos. Tus puntos de la cirugía...

—Están cerrados, paranoico —lo cortó ella con cariño—. Además, mírale la cara. Si lo suelto, va a llorar, y sabes que no soportas el llanto de los bebés. Te pone en modo "perfilador en crisis".

Pasaron las siguientes dos horas en una dinámica que Aaron encontraba fascinante y aterradora a la vez. Leah, a pesar de sus lesiones, parecía tener una paciencia infinita. Se sentó en la alfombra del salón con Henry, rodeada de bloques de colores y peluches. El niño no quería separarse de ella; incluso cuando Aaron intentaba distraerlo con un juguete para que Leah pudiera estirar las piernas, Henry gateaba de regreso hacia ella a una velocidad impresionante, trepando por su regazo como si fuera su puerto seguro.

—Es increíble —comentó Aaron, sentado en el sillón cercano, observándolos—. Te ve como su autoridad, pero también como su refugio.

—Los niños son mejores jueces de carácter que nosotros, Hotch —respondió Leah, acariciando el cabello rubio de Henry—. Él sabe que soy fuego, y a los niños les gusta el calor. Tú, en cambio, eres como un iceberg de traje oscuro. Le das un poco de miedo.

Aaron soltó una risa corta y seca, una de esas que rara vez mostraba en la oficina.

—No soy un iceberg. Solo soy... precavido.

—Eres un sargento, incluso con los bebés —dijo ella, riendo—. Deberías intentar relajarte. Ven aquí abajo con nosotros.

—Tengo que preparar su biberón —anunció Aaron, levantándose con la rigidez de quien prefiere enfrentarse a un interrogatorio que a un pañal sucio.

—Admítelo, tienes miedo de que se dé cuenta de que debajo de ese traje de tres piezas hay un hombre que sabe hacer voces de dibujos animados —le gritó ella mientras él se dirigía a la cocina.

—No sé de qué estás hablando —respondió la voz de Aaron desde la distancia, aunque Leah pudo jurar que lo escuchó sonreír.

Poco después, llegó el momento crítico: la cena y el sueño. Henry comenzó a frotarse los ojos y a emitir quejidos lastimeros. Aaron apareció con el biberón caliente, pero cuando intentó tomar al niño para alimentarlo, Henry estalló en un llanto ensordecedor, estirando sus brazos desesperadamente hacia Leah.

—¡No, no, no! —exclamó Leah, tomándolo de nuevo de inmediato—. Ya está, pequeño. Aquí estoy. Aaron, dámelo, no quiere soltarme.

—Leah, tienes que sentarte. Si vas a alimentarlo, hazlo en el sillón de orejas, te dará más apoyo —dijo Aaron, su tono de mando suavizado por la preocupación.

Él la ayudó a acomodarse. Leah sostuvo a Henry, quien se calmó al instante en cuanto sintió el calor de su cuerpo. El silencio volvió a la casa, solo interrumpido por el sonido del bebé succionando el biberón. Aaron se sentó en el reposapiés frente a ellos, observando la escena con una intensidad que hizo que Leah levantara la vista.

—¿Qué pasa? —preguntó ella en un susurro.

—Nada —respondió él, aunque sus ojos decían mucho más—. Solo... nunca te había visto así. Después de Seattle, después de verte en esa cama de hospital tan frágil... verte ahora, cuidando de él, me hace darme cuenta de lo mucho que hemos recuperado.

Leah sonrió, una expresión suave y genuina.

—Casi me pierdes, Aaron. Lo sé. Pero sigo aquí. Y sigo siendo la misma mujer que te saca de quicio. Solo que ahora tengo un pequeño guardaespaldas rubio.

Henry se quedó dormido a mitad del biberón, con su manita aún sujeta con fuerza a la camiseta de Leah.

—Hay que llevarlo a la cuna de viaje que trajo JJ —susurró Aaron—. Déjame hacerlo a mí, Leah. De verdad. Necesitas descansar.

—Va a despertar si lo mueves tú —advirtió ella—. Tiene un radar para los agentes del FBI demasiado serios.

—Intentaré ser... menos serio —prometió Aaron.

Con una delicadeza que habría asombrado a cualquier miembro de la UAC, Aaron se inclinó y deslizó sus manos bajo el pequeño cuerpo de Henry. El niño se removió, soltando un gemido de protesta, pero Aaron comenzó a balancearlo con un ritmo constante, susurrando palabras ininteligibles que Leah nunca le había oído decir. Sorprendentemente, el bebé se relajó y se dejó llevar.

—Lo lograste —susurró Leah, estirando sus músculos doloridos una vez que Aaron regresó del piso de arriba después de acostar al niño—. El gran Aaron Hotchner, encantador de bebés.

—No empieces, Leah —dijo él, aunque se sentó a su lado y la rodeó con el brazo, atrayéndola hacia su pecho—. Ha sido una noche larga.

—Ha sido una noche perfecta —corrigió ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Me hace pensar...

—¿En qué? —preguntó él, con un tono de sospecha juguetona.

—En que tal vez no seas tan mal padre después de todo. Algún día. Cuando dejes de intentar envolverme en plástico de burbujas.

Aaron guardó silencio por un momento, besando la sien de su esposa. El tema de los hijos era algo que rara vez tocaban, especialmente dada la diferencia de edad y la peligrosidad de sus trabajos, pero en la calidez de su hogar, con el eco del sueño de Henry en el aire, no parecía algo tan lejano o imposible.

—Si heredan tu terquedad, estaré en serios problemas —comentó él.

—Y si heredan tu capacidad para dar órdenes, la casa será un régimen militar —replicó ella, riendo bajito—. Pero serían valientes. Y tendrían un corazón enorme. Como el tuyo, aunque intentes esconderlo detrás de esos expedientes.

Se quedaron así, disfrutando de la quietud, hasta que el teléfono de Aaron vibró sobre la mesa. Era un mensaje de JJ diciendo que estaban a diez minutos de llegar.

—La paz se acaba —dijo Leah con un suspiro—. Volvemos a ser los tíos responsables.

—Tú eres la tía divertida que desafía las reglas —corrigió Aaron, levantándose para ayudarla a ponerse de pie—. Yo soy el que tiene que explicarle a JJ por qué su hijo ahora solo quiere estar en tus brazos y probablemente llore cuando vea a su madre.

—Eso es porque soy fuego, Aaron —dijo ella, rodeando su cuello con la mano sana y obligándolo a inclinarse para un beso—. Y a todo el mundo le gusta jugar con fuego de vez en cuando. Incluso a ti.

—Especialmente a mí —admitió él antes de sellar sus labios con los de ella, un beso que sabía a alivio, a futuro y a la promesa de que, sin importar cuántas explosiones enfrentaran, siempre encontrarían el camino de regreso al otro.

Cuando JJ y Will llegaron, Henry se despertó y, tal como Aaron predijo, soltó un pequeño llanto al ser separado de Leah, buscando su mano con desesperación.

—Vaya, Leah, creo que le has robado el corazón a mi hijo —dijo JJ, riendo mientras intentaba consolar al pequeño—. Tendremos que repetirlo más a menudo.

—Cuando quieras —respondió Leah, mirando de reojo a Aaron, quien ya estaba recogiendo la bolsa de pañales con su eficiencia habitual—. Pero la próxima vez, Hotch promete hacer voces de animales. Lo ha estado practicando toda la noche.

—¿Ah, sí? —preguntó Will, divertido.

Aaron se limitó a cerrar la puerta tras ellos con una expresión impasible, aunque el ligero rubor en sus mejillas no pasó desapercibido para su esposa.

—Te odio —murmuró él una vez que estuvieron solos.

—Me amas —corrigió ella, caminando hacia las escaleras con un poco más de energía—. Y ahora, Agente Hotchner, dado que he sido una niñera ejemplar a pesar de mis heridas de guerra, creo que merezco un masaje. Y nada de masajes médicos. Quiero algo... menos profesional.

Aaron la observó subir, admirando la fuerza que emanaba de cada uno de sus movimientos. Leah era descarada, rebelde y a veces absolutamente imposible, pero era su vida.

—A sus órdenes, señora Hotchner —dijo él, siguiéndola hacia el piso de arriba, dejando atrás el silencio de la casa para sumergirse en el fuego que solo ella sabía encender.