Sully
Tarjeta amarilla y un beso de reconciliación
La tregua duró exactamente tres semanas. Tres semanas en las que Yuji Itadori se comportó como el esposo modelo: preparó cenas elaboradas, se encargó de lavar los platos sin que se lo pidieran y, lo más importante, no mencionó la palabra "fútbol" ni una sola vez. Sin embargo, Megumi sabía que la temporada de la liguilla seguía su curso y que el equipo de Yuji, milagrosamente, había logrado remontar posiciones.
Por eso, cuando vio a Yuji sentado en el borde de la cama, mirando con ojos de perrito abandonado su camiseta de la suerte, Megumi suspiró y se cruzó de brazos bajo el marco de la puerta.
— Ni se te ocurra pedirlo, Itadori —dijo Megumi, aunque su tono carecía de verdadera severidad.
Yuji saltó, sobresaltado, y escondió la camiseta detrás de su espalda como si fuera contrabando.
— ¡Gumi! No te oí llegar. Yo solo... estaba comprobando si el tejido se había desgastado. Ya sabes, por el paso del tiempo.
— Han pasado veintiún días desde que casi nos divorciamos por un tiro de esquina —recordó Megumi, caminando hacia él—. ¿De verdad quieres volver a ese antro de gritos y mala educación?
— ¡Es el derbi local! —exclamó Yuji, incapaz de contenerse más. Se puso de pie y agarró las manos de Megumi con fervor—. Si ganamos este, estamos en la final. Prometo que me portaré bien. Seré un monje zen. Seré el epítome de la elegancia y el autocontrol. Por favor, Megumi, no es lo mismo verlo por la tele.
Megumi lo miró fijamente. Sabía que Yuji era una criatura de pasiones intensas. Su energía era lo que lo mantenía vivo a él, que tendía a la melancolía y al silencio. Negarle el fútbol era como pedirle al sol que no brillara, pero no iba a permitir que se repitiera lo de la última vez.
— Iremos —cedió Megumi, y antes de que Yuji pudiera celebrar, levantó un dedo índice—. Pero bajo mis reglas. Un solo grito fuera de lugar, una sola grosería hacia el árbitro o una sola mirada "técnica" a alguien que no sea un jugador, y nos vamos. Y esta vez, no conduciremos nosotros. Tomaremos un taxi.
Yuji asintió tan rápido que Megumi temió que se le dislocara el cuello.
— ¡Lo que digas, jefe! ¡Cualquier cosa!
El sábado llegó con un sol radiante que parecía burlarse de la ansiedad de Megumi. El estadio estaba a reventar. El ambiente era eléctrico, cargado de esa testosterona y fanatismo que a Megumi siempre le resultaba un poco asfixiante. Mientras caminaban hacia sus asientos, Yuji parecía estar haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener las manos en los bolsillos y la boca cerrada.
Se sentaron en la zona de preferencia, un poco más alejada de la barra brava, por insistencia de Megumi. Apenas empezó el partido, la naturaleza de Yuji comenzó a aflorar.
— ¡Árbitro, pero si eso ha sido falta clara! —empezó a decir Yuji, levantándose medio centímetro del asiento.
Megumi ni siquiera lo miró. Simplemente le puso una mano en el muslo y apretó con firmeza. Yuji se sentó de inmediato, soltando un gemido ahogado.
— Control, Itadori —murmuró Megumi—. Recuerda lo que hablamos.
— Es que... le ha dado en el tobillo, Gumi. Es física básica —susurró Yuji, apretando los dientes.
A mitad del primer tiempo, una de las chicas que vendía bebidas pasó por el pasillo frente a ellos. Llevaba unos pantalones cortos muy ajustados y una sonrisa profesional. Megumi notó, con esa visión periférica que solo los esposos desarrollan, cómo los ojos de Yuji bajaban por instinto hacia la curva de los glúteos de la joven.
Antes de que Yuji pudiera siquiera procesar el pensamiento, sintió unos dedos largos y fríos cerrarse alrededor de su barbilla. Megumi lo obligó a girar la cabeza con una fuerza sorprendente hasta que sus ojos se encontraron.
— El balón está en el campo, Yuji —dijo Megumi con una voz tan suave que resultaba aterradora—. ¿O es que de repente te interesa la venta de refrescos a domicilio?
Yuji tragó saliva, sintiendo el calor subirle a las mejillas. La mirada de Megumi no era de furia ciega, sino de una advertencia gélida y posesiva que le resultaba extrañamente intimidante (y, para su vergüenza, un poco excitante).
— No, no, para nada —balbuceó Yuji—. Solo estaba... viendo si tenía cambio. Tengo sed.
— Yo te compraré agua después —sentenció Megumi, soltándole la barbilla pero dejando su mano apoyada en la nuca de Yuji, como un recordatorio de quién tenía el control.
El partido se puso tenso. El equipo rival marcó un gol en el minuto cuarenta, y el estadio estalló en abucheos. Yuji estaba temblando de la rabia contenida. Sus manos estrujaban la bufanda y su rostro estaba volviéndose de un tono rojo alarmante.
— ¡Pero qué pedazo de animal! —gritó un hombre a unas filas de distancia—. ¡Ese defensa es un hijo de...!
Yuji, contagiado por el ambiente, abrió la boca para unirse al coro de insultos.
— ¡Sí, es un absoluto imbécil de...!
— Yuji —la voz de Megumi cortó el aire como un cuchillo—. Silencio.
— ¡Pero Gumi, ha sido un robo! ¡Es un inepto, un desgraciado que no sabe ni...!
Megumi se inclinó hacia su oído, su aliento rozando la oreja de Yuji, lo que hizo que el pelirrosa se estremeciera.
— Si terminas esa frase, nos levantamos ahora mismo y te juro que no volverás a ver un partido en vivo hasta que seamos abuelos. Compórtate como un adulto, no como un salvaje.
Yuji cerró la boca de golpe. Suspiró profundamente, intentando canalizar su energía hacia algo que no fuera el odio deportivo. Se hundió en el asiento, cruzándose de brazos.
— Esto es tortura —masculló—. El fútbol sin insultar no tiene el mismo sabor.
— El fútbol conmigo tiene el sabor del respeto —replicó Megumi, aunque por dentro sentía una pequeña chispa de diversión al ver a su marido tan dominado—. Mira, tu delantero favorito tiene el balón.
Yuji se olvidó de su berrinche al instante. La jugada fue rápida, limpia y terminó en un gol espectacular que empató el encuentro. Yuji saltó de su asiento, pero esta vez, en lugar de gritarle a la nada o insultar a los rivales, se giró hacia Megumi, lo tomó por las mejillas y le plantó un beso sonoro y lleno de alegría en los labios.
— ¡Gol! ¡¿Viste eso, Megumi?! ¡Fue increíble! —Yuji reía, con los ojos brillando de esa forma que siempre hacía que el corazón de Megumi diera un vuelco.
Megumi se limpió los labios, fingiendo molestia, aunque sus ojos lo delataban.
— Sí, lo vi. Fue una jugada decente. Ahora siéntate antes de que nos tiren cerveza encima.
La segunda mitad fue una montaña rusa. Yuji estuvo a punto de perder los papeles varias veces, especialmente cuando el árbitro anuló un gol por fuera de juego. Cada vez que Yuji empezaba a proferir un insulto creativo, la mano de Megumi encontraba su barbilla, su brazo o su rodilla, devolviéndolo a la realidad con un "shhh" autoritario o una mirada de advertencia.
— Eres como un domador de leones —se quejó Yuji cuando el partido terminó en un empate 1-1—. Me tienes a raya.
— Alguien tiene que hacerlo —respondió Megumi mientras salían del estadio mezclados con la multitud—. Si te dejara a tu aire, terminarías en una pelea callejera o arrestado por alteración del orden público.
— ¡No es para tanto! Es solo pasión —Yuji lo rodeó con el brazo por los hombros mientras esperaban el taxi—. Aunque debo admitir que me gusta cuando te pones así de... mandón. Especialmente lo de la barbilla. Me hace sentir que realmente te importo.
Megumi rodó los ojos, intentando ocultar el leve sonrojo que teñía sus mejillas.
— Te importa porque eres un exhibicionista, Itadori. Y no lo hice porque me gustara, lo hice para que no fueras un maleducado con la gente que solo está trabajando.
— Ya, ya... pero admitirás que me porté mejor hoy —dijo Yuji, deteniéndose frente a la puerta del taxi que acababa de llegar.
Megumi se detuvo también y lo miró de arriba abajo. Yuji estaba despeinado, con la cara un poco sudada y la camiseta del equipo arrugada, pero tenía esa sonrisa honesta que Megumi amaba. A pesar de su comportamiento de "fifa", Yuji seguía siendo el hombre que lo cuidaba cuando estaba enfermo y que siempre le dejaba el último trozo de pizza.
— Sí —concedió Megumi en voz baja—. Te portaste mejor.
— ¿Eso significa que hay premio? —preguntó Yuji con una ceja levantada y una sonrisa pícara.
Megumi suspiró, pero una sonrisa genuina finalmente apareció en su rostro. Se acercó a Yuji, acortando la distancia entre ellos, y le tomó suavemente de la barbilla una vez más, pero esta vez no para regañarlo.
— El premio es que no te di ninguna bofetada hoy —susurró Megumi antes de darle un beso corto y dulce—. Y que tal vez, solo tal vez, podamos pedir comida tailandesa para cenar.
— ¡Eso es! —celebró Yuji, subiendo al taxi con renovada energía—. ¡Gané el partido y gané la cena! ¡Soy el mejor!
— Has empatado, idiota —corrigió Megumi, entrando tras él—. Y la cena la pago yo, así que técnicamente sigo ganando yo.
— Mientras estemos juntos, Gumi, siempre ganamos los dos.
Megumi no respondió, pero entrelazó sus dedos con los de Yuji durante todo el camino a casa. Sabía que el próximo partido volvería a ser una lucha entre la pasión de Yuji y su propia paciencia, pero mientras Yuji lo mirara con esa adoración absoluta, Megumi estaba dispuesto a ir a todos los estadios del mundo, solo para asegurarse de que su "fifa" favorito nunca olvidara quién era el verdadero dueño de su atención.
Al llegar a casa, el silencio era un alivio bienvenido tras el estruendo del estadio. Yuji se quitó la camiseta y la tiró al cesto de la ropa sucia con un suspiro de satisfacción.
— ¿Sabes? —dijo Yuji mientras esperaba a que Megumi terminara de colgar su bufanda—. Me di cuenta de algo hoy.
— ¿De que el fuera de juego es una regla necesaria para el orden social? —preguntó Megumi con sarcasmo.
— No —Yuji se acercó a él y lo abrazó por la espalda, hundiendo la nariz en su cabello oscuro—. Me di cuenta de que me gusta mucho que me cuides. Incluso cuando me regañas. Me hace sentir que no estoy solo en mis locuras.
Megumi se relajó contra el pecho de su esposo, cerrando los ojos. Su naturaleza sensible, esa que a veces lo hacía llorar en secreto por miedo a ser una carga, se sentía segura en los brazos de Yuji.
— No estás solo —murmuró Megumi—. Pero en serio, Yuji... la próxima vez que te quedes mirando a una animadora, no te agarraré de la barbilla. Te agarraré de la oreja y te sacaré del estadio a rastras frente a todos tus amigos.
Yuji soltó una carcajada vibrante que llenó la habitación.
— Entendido, mi capitán. Prometo ojos solo para el balón... y para el esposo más guapo del mundo.
— Menos charla y más comida —sentenció Megumi, aunque no pudo evitar sonreír—. Tengo hambre y todavía tengo que explicarte por qué ese empate fue en realidad una derrota táctica.
— ¡Oh, no! ¡Ahora tú eres el experto! —bromeó Yuji mientras caminaban hacia la cocina—. ¡Esto sí que es un giro inesperado!
Y así, entre risas, alguna que otra reprimenda cariñosa y el calor de su hogar, Megumi y Yuji demostraron que, en el matrimonio, como en el fútbol, lo importante no es no cometer faltas, sino saber pedir perdón y jugar siempre en el mismo equipo.