Sully
Entre tarjetas rojas y noches de gloria
La temporada de fútbol estaba en su apogeo y, con ella, la paciencia de Megumi Fushiguro se ponía a prueba cada fin de semana. Sin embargo, algo había cambiado en la dinámica de la pareja. Yuji seguía siendo el mismo fanático ruidoso de siempre, pero ahora llevaba una especie de "freno de mano" emocional instalado cada vez que Megumi se sentaba a su lado en las gradas.
Esa tarde, el estadio estaba más lleno que de costumbre. No solo estaban ellos dos; Nobara Kugisaki y un par de antiguos compañeros del club de atletismo de Yuji se habían unido al plan.
— ¡Vamos, Itadori! ¡No me digas que vas a quedarte sentado mientras ese árbitro nos está robando en nuestra cara! —gritó Nobara, golpeando el asiento delantero con entusiasmo—. ¡Dile algo! ¡Saca ese orgullo de hombre!
Yuji abrió la boca, las venas de su cuello ya empezando a marcarse. Sus ojos estaban fijos en el juez de línea que acababa de pitar un fuera de juego inexistente. La adrenalina le recorría el cuerpo, instándolo a levantarse y soltar una letanía de insultos creativos que harían sonrojar a un marinero.
— ¡Pero es que es un...! —Yuji comenzó a levantarse, pero sintió una presión fría y familiar en su muñeca.
Megumi no desvió la vista del campo, pero su voz sonó clara por encima del rugido de la multitud.
— Siéntate, Yuji. Y baja el tono. Estás a un grito de que te ponga la mano encima yo mismo.
Yuji se congeló a mitad de camino. Como si sus resortes se hubieran roto, se dejó caer en el asiento con un suspiro pesado, cruzándose de brazos y haciendo un puchero que rozaba lo infantil.
— Sí, Gumi... Perdón —murmuró, bajando la cabeza.
Nobara soltó una carcajada estridente, señalándolo con el dedo mientras los otros amigos de Yuji intercambiaban miradas de incredulidad.
— ¡Pero miren esto! —exclamó Nobara entre risas—. ¡El gran Itadori, el tipo que aguantaba golpes de maldiciones de grado especial, ha sido domesticado! ¡Eres un mandilón de manual, Yuji!
— ¡No soy un mandilón! —protestó Yuji, aunque su rostro estaba más rojo que su camiseta—. ¡Es solo que respeto la opinión de mi esposo!
— "Respeto", dice —se burló uno de sus amigos—. Itadori, das pena. Fushiguro solo te mira de reojo y ya te pones a temblar. ¿Dónde quedó el tipo que se metía en peleas por defender su equipo?
Megumi finalmente giró la cabeza, dedicándoles una mirada tan gélida que los amigos de Yuji guardaron silencio al instante.
— Se quedó en el pasado, junto con su inmadurez —dijo Megumi con calma—. Y si alguno de ustedes quiere seguir fomentando su mal comportamiento, pueden irse a sentar con la barra brava. Yo no tengo problemas en quedarme aquí solo.
Yuji miró a Megumi con una mezcla de temor y adoración. Sus amigos podían llamarlo como quisieran, pero ellos no sabían lo que pasaba cuando llegaban a casa después de un partido donde él se había portado como un caballero. No sabían que el estoicismo de Megumi se derretía entre las sábanas, transformándose en una pasión posesiva y ardiente que solo se desbloqueaba cuando Yuji demostraba que podía ser el hombre maduro que Megumi necesitaba.
Sin embargo, la carne es débil y la pasión por el fútbol, a veces, es traicionera.
En el minuto ochenta y cinco, con el marcador empatado y la tensión al límite, el delantero estrella del equipo de Yuji fue derribado en el área pequeña. El árbitro, en lugar de pitar penalti, le sacó tarjeta amarilla al jugador por fingir.
El estadio se convirtió en un volcán en erupción. Miles de personas saltaron de sus asientos lanzando insultos. Yuji, en un arranque de furia ciega, olvidó todas las promesas, todas las reglas y la presencia misma de su esposo.
— ¡Pero qué haces, ciego de mierda! —bramó Yuji, subiéndose al asiento para que su voz llegara más lejos—. ¡Vete a revisar la vista! ¡Te han pagado, no tienes vergüenza! ¡Eres un corrupto, un...!
Antes de que pudiera terminar el siguiente epíteto, un sonido seco, como el estallido de un látigo, resonó incluso por encima de los gritos de la grada cercana.
La cabeza de Yuji giró violentamente hacia la derecha. El escozor fue instantáneo, una oleada de calor que le incendió la mejilla. El silencio que se produjo en su pequeño círculo de amigos fue sepulcral. Nobara se tapó la boca con ambas manos, abriendo los ojos como platos.
Megumi estaba de pie frente a él. Su mano aún estaba en el aire, temblando ligeramente. Pero lo que más dolió a Yuji no fue el golpe, sino ver las lágrimas que empezaban a acumularse en los ojos verdes de Megumi. Su esposo, el hombre que odiaba las escenas públicas y que valoraba su dignidad por encima de todo, estaba llorando de pura frustración y vergüenza.
— Te lo advertí —dijo Megumi, su voz quebrada pero cargada de una rabia gélida—. Te dije que no quería esto. Me prometiste que te controlarías.
— Gumi... yo... lo siento, fue la emoción... —Yuji bajó del asiento, tratando de acercarse, pero Megumi retrocedió un paso.
— No me toques. Me das vergüenza ahora mismo —espetó Megumi, limpiándose una lágrima traicionera con el dorso de la mano—. Quédate con tus amigos. Quédate con tu fútbol. Yo me voy a casa.
Megumi se dio la vuelta y comenzó a bajar las escaleras del estadio con paso firme, sin mirar atrás ni una sola vez.
— ¡Vaya bofetada, hermano! —susurró uno de los amigos, rompiendo el silencio—. Creo que esta vez sí que la fastidiaste de verdad.
Yuji no respondió. Se quedó allí, con la marca de los dedos de Megumi grabada en su piel y un vacío horrible en el estómago. El partido ya no importaba. El penalti no pitado era insignificante. Lo único que veía en su mente era la expresión de decepción en el rostro de la persona que más amaba.
— ¡Yuji, ve tras él, idiota! —le gritó Nobara, dándole un empujón—. ¡No te quedes ahí parado como un pasmarote! ¡Pídele perdón de rodillas si hace falta!
Yuji reaccionó. Salió corriendo, esquivando a la gente, bajando los escalones de tres en tres. Logró alcanzar a Megumi justo en la salida del estadio, cerca de la zona de los taxis.
— ¡Megumi! ¡Espera! —exclamó, jadeando. Lo tomó del brazo, pero con suavidad, temiendo que se soltara—. Por favor, escúchame.
Megumi se detuvo, pero no lo miró. Sus hombros estaban tensos y su respiración era irregular.
— ¿Para qué, Yuji? ¿Para que me digas que el próximo partido será diferente? ¿Para que me vuelvas a ignorar y a tratarme como si no existiera mientras te transformas en alguien que no reconozco? —Megumi finalmente lo miró, y su rostro estaba surcado por el llanto—. No es el fútbol. Es que me haces sentir que soy menos importante que un maldito juego. Que mi respeto no vale nada frente a tu rabia.
Yuji sintió que el corazón se le partía. Se acercó más, ignorando a la gente que pasaba a su alrededor.
— Tienes razón. Soy un idiota. Un niño grande que no sabe manejar sus emociones —Yuji tomó la mano de Megumi y la llevó a su mejilla, justo sobre la marca roja—. Me dolió la bofetada, pero me dolió más ver que te hice llorar. Gumi, te juro por mi vida que no volverá a pasar. No iré a más estadios si eso es lo que hace falta. Prefiero no ver un partido en mi vida a perderte a ti.
Megumi suspiró, su cuerpo perdiendo parte de la rigidez. Miró la marca en la cara de Yuji y sintió una punzada de culpa. Él era sensible, a veces demasiado, y odiaba recurrir a la violencia, pero Yuji lo llevaba al límite.
— No quiero que dejes de ir —susurró Megumi, acariciando la zona inflamada—. Quiero que seas mi esposo, no un fanático violento. Quiero que cuando estemos ahí, recuerdes que yo estoy a tu lado.
— Lo haré. Lo prometo —Yuji lo abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en su cuello—. Perdóname, por favor.
Megumi se hundió en el abrazo, dejando escapar el último resto de su angustia. El viaje de vuelta en el taxi fue silencioso, pero esta vez era un silencio de reconciliación, con sus manos entrelazadas con fuerza en el asiento trasero.
Al llegar al apartamento, el ambiente cambió. La tensión del estadio se transformó en una energía diferente, más densa y cargada. Yuji se sentía increíblemente arrepentido, pero también profundamente conmovido por lo mucho que a Megumi le importaba su relación.
Megumi entró en el dormitorio y comenzó a quitarse la bufanda y la chaqueta. Yuji lo observaba desde la puerta, sintiéndose pequeño.
— Gumi... ¿estás muy enojado todavía?
Megumi se giró. Sus ojos ya no estaban rojos, sino que brillaban con una intensidad oscura. Se acercó a Yuji lentamente, deshaciéndose de los botones de su camisa.
— Estoy agotado, Yuji. Pero también... —Megumi se detuvo frente a él, obligándolo a mirarlo a los ojos—. Me gusta que sepas cuándo has perdido. Me gusta que aceptes mi autoridad cuando te pasas de la raya.
Yuji tragó saliva. Conocía ese tono. Era el preludio de las noches en las que Megumi dejaba de ser el esposo sensible y llorón para convertirse en el dueño absoluto de su placer.
— He sido un chico muy malo hoy —admitió Yuji con voz ronca, rodeando la cintura de Megumi con sus brazos—. Merezco un castigo... o una forma muy larga de pedirte perdón.
Megumi sonrió, una sonrisa pequeña y peligrosa que hizo que a Yuji se le acelerara el pulso.
— La bofetada fue el castigo público —susurró Megumi al oído de Yuji, mordisqueando el lóbulo de su oreja—. Ahora viene la parte privada. Pero no creas que esto te da permiso para volver a gritar en el próximo partido.
— No lo haré —prometió Yuji, alzando a Megumi en vilo para llevarlo hacia la cama—. El próximo partido solo gritaré tu nombre.
Esa noche, el fútbol quedó en el olvido. En la penumbra del cuarto, Megumi recompensó el arrepentimiento de su esposo con una entrega que siempre dejaba a Yuji sin aliento. Era su forma de sellar el pacto: respeto y madurez en público, fuego y pasión en privado.
A la semana siguiente, los amigos de Yuji volvieron a llamarlo para ir al estadio.
— ¡Oye, mandilón! —le gritó Nobara por teléfono—. ¿Vas a venir hoy o tu dueño te tiene con la correa corta después del espectáculo del otro día?
Yuji miró a Megumi, que estaba sentado en el sofá leyendo un libro, luciendo perfectamente tranquilo y hermoso. El recuerdo de la noche anterior cruzó su mente y una sonrisa de suficiencia apareció en su rostro.
— Iré —dijo Yuji con voz firme—. Pero me sentaré al lado de mi esposo. Y no pienso abrir la boca para nada que no sea besarlo.
— ¡Qué asco das, Itadori! ¡Eres un caso perdido! —se quejó Nobara antes de colgar.
Yuji dejó el teléfono y se sentó junto a Megumi, pasando un brazo sobre sus hombros. Megumi cerró el libro y apoyó la cabeza en su pecho.
— ¿Era Nobara? —preguntó Megumi.
— Sí. Dice que soy un mandilón.
Megumi soltó una risita suave, una que solo Yuji tenía el privilegio de escuchar.
— Bueno... técnicamente lo eres.
— Puede ser —admitió Yuji, besando la coronilla de su esposo—. Pero ellos no saben que ser un mandilón tiene los mejores beneficios del mundo.
Megumi se sonrojó levemente y lo abrazó con más fuerza. Sabía que Yuji volvería a emocionarse con algún gol, y que él volvería a tener que reprenderlo, pero así era su vida. Un equilibrio perfecto entre la sensibilidad de uno y la energía desbordante del otro. Un equipo que, sin importar el marcador del estadio, siempre terminaba ganando el trofeo más importante en casa.