Sumisa
Entre el humo y el Infinito
La fachada de Shoko Ieiri era una obra maestra de la ingeniería emocional. Ante los ojos de los alumnos de la Escuela Técnica, ella era el pilar de la lógica, la mujer que diseccionaba maldiciones con la misma frialdad con la que encendía un cigarrillo. Para Utahime, era la única aliada cuerda en un mundo de hombres infantiles. En público, su relación con Satoru Gojo parecía un duelo de resistencia: él intentaba invadir su espacio personal con bromas pesadas y ella lo repelía con una mirada de hastío o un suspiro cargado de nicotina. Si Satoru le robaba un beso en la mejilla frente a Megumi o Nobara, Shoko simplemente se limpiaba la cara con el revés de la mano, murmurando algo sobre "lo antihigiénico que era el contacto físico no solicitado".
Pero las paredes de los aposentos privados de Gojo no sabían de fachadas.
Eran pasadas las dos de la mañana. El silencio en el campus era absoluto, roto solo por el croar de las ranas en los estanques lejanos. Dentro de la habitación de Satoru, la atmósfera era radicalmente distinta. No había rastro de la doctora cínica ni del hechicero arrogante.
Satoru estaba sentado en el borde de su cama, todavía con los pantalones del uniforme pero con la camisa blanca desabrochada. Shoko, por su parte, se había despojado de su bata blanca hacía horas. Ahora vestía una de las camisetas de algodón de Satoru, que le quedaba absurdamente grande, y se encontraba sentada entre las piernas de él, con la espalda apoyada en su pecho y la cabeza inclinada hacia atrás, buscando el contacto de su piel.
— Satoru —murmuró ella, con una voz que no era ni seca ni monótona, sino suave, casi un arrullo.
— ¿Mmm? —Satoru bajó la vista, sus ojos azules brillando con una ternura que habría aterrorizado a los altos mandos del mundo de la hechicería—. ¿Qué pasa, Shoko?
— Tienes las manos frías —se quejó ella, aunque en lugar de alejarse, tomó las manos grandes de él y las presionó contra su propio vientre, bajo la tela de la camiseta—. Caliéntalas.
Satoru soltó una risita baja que vibró contra la espalda de la mujer. Era fascinante. En el hospital, Shoko era la que daba órdenes, la que mantenía la distancia, la que rechazaba cualquier muestra de afecto que considerara "empalagosa". Pero aquí, bajo el amparo de la noche y la seguridad de sus barreras, se convertía en una criatura necesitada de atención, una versión de sí misma que recordaba a la adolescente que alguna vez fue, antes de que el peso de los muertos se acumulara en sus hombros.
— Hace un momento me dijiste que te dejara en paz porque estabas cansada —recordó Satoru con tono burlón, mientras comenzaba a trazar círculos lentos sobre la piel de sus costados—. ¿Ya cambiaste de opinión?
— Cállate —respondió ella, girándose en sus brazos para quedar frente a frente—. Solo... no te muevas. Quédate así.
Shoko escondió el rostro en el hueco del cuello de Satoru, aspirando el aroma a jabón caro y a esa energía eléctrica que siempre lo rodeaba. Sus dedos, usualmente firmes con el bisturí, se enredaron con torpeza en el cabello blanco de él, tirando suavemente.
— Estás muy mimosa hoy —dijo Satoru, rodeando su cintura y atrayéndola más hacia sí, eliminando cualquier espacio entre ellos—. ¿Ha sido un día difícil en la morgue?
— Todos los días son difíciles, Satoru —susurró ella contra su piel—. Pero aquí no hay muertos. Solo estás tú. Y eres tan ruidoso que logras que mi cabeza se calle.
Satoru suavizó la expresión. Sabía que Shoko cargaba con el silencio de los que ya no estaban, una carga que incluso él, con sus Seis Ojos, apenas podía imaginar. Se inclinó y besó la coronilla de su cabeza, aspirando el aroma de su cabello, que por fin olía más a champú que a tabaco.
— Soy un excelente distractor, lo sé —presumió él, recuperando un poco de su arrogancia habitual—. El mejor del mundo, de hecho.
Shoko levantó la vista, sus ojos decaídos encontrándose con el azul infinito de los de él. En ese momento, no había rastro de la mujer que le daría un golpe por intentar abrazarla en el comedor. Sus manos subieron a las mejillas de Satoru, acariciando la línea de su mandíbula con una delicadeza casi reverente.
— Satoru... bésame. Pero hazlo bien. No como cuando intentas llamar la atención de los chicos.
— Tus deseos son órdenes, doctora —respondió él en un susurro.
El beso fue lento, profundo y cargado de una urgencia contenida. No era el juego de poder que solían tener en la oficina, sino una entrega mutua. Shoko se aferró a sus hombros, subiéndose prácticamente a su regazo, buscando fundirse con él. En la privacidad de su relación, ella no era la "cuchara grande", a pesar de lo que todos pensaban. Ella era la que se dejaba envolver, la que permitía que Satoru tomara el control, encontrando en su fuerza un descanso que no hallaba en ningún otro lugar.
Cuando se separaron, Shoko tenía las mejillas encendidas y la respiración entrecortada. Se quedó mirándolo un momento antes de apoyar la frente contra la de él.
— Si alguna vez le dices a Geto... —comenzó a decir, olvidando por un segundo que Suguru ya no estaba, antes de corregirse rápidamente—, si alguna vez le dices a alguien que me pongo así, te diseccionaré vivo.
Satoru sintió una punzada en el pecho ante la mención indirecta de su pasado, pero no dejó que su sonrisa decayera. Sabía que Shoko también lo sentía; esa nostalgia que los unía como los últimos restos de una era que se había desmoronado.
— Tu secreto está a salvo conmigo, Shoko-chan —prometió él, pasando un pulgar por el lunar bajo su ojo—. Aunque admito que me encantaría ver la cara de Nanami si te viera pidiéndome mimos de esta manera.
— Nanami me respetaría menos —bufó ella, aunque una pequeña sonrisa curvó sus labios—. Y yo me respeto bastante poco ahora mismo por estar haciendo esto.
— Oh, vamos, no seas tan dura contigo misma —Satoru comenzó a hacerle cosquillas suaves en la cintura, sabiendo que era su punto débil—. Te gusta que te cuide. Te gusta que sea el único que puede verte así.
— ¡Satoru! —chilló ella en un susurro, intentando atrapar sus manos—. ¡Basta!
— No hasta que lo digas.
— ¿Decir qué? —preguntó ella, retorciéndose entre risas contenidas.
— Que soy tu hechicero favorito. Y que me quieres más que a tus cigarrillos.
Shoko detuvo sus movimientos, mirando al hombre que el mundo entero consideraba un dios entre humanos. Para ella, él era simplemente el chico que solía robarle los dulces y que ahora, años después, era el único capaz de sostener su mundo cuando este amenazaba con derrumbarse.
— Eres un idiota —dijo ella, rodeando su cuello con los brazos y escondiendo el rostro de nuevo en su pecho—. Pero sí... eres mi favorito. Y por hoy, solo por hoy, te quiero más que al tabaco.
Satoru ensanchó su sonrisa, una de esas sonrisas reales que rara vez mostraba fuera de esas cuatro paredes. Se dejó caer hacia atrás en la cama, llevando a Shoko con él. Ella se acomodó de inmediato, buscando el calor de su cuerpo y entrelazando sus piernas con las de él.
— ¿Te quedarás aquí? —preguntó Satoru, pasando sus dedos por el cabello castaño de ella.
— Sabes que tengo que estar en la clínica a las siete —respondió ella con un suspiro de cansancio—. Habrá heridos, informes que firmar... y tendré que aguantar tus tonterías frente a los alumnos.
— Eso es dentro de cinco horas —calculó Satoru, cerrando los ojos y disfrutando del peso reconfortante de Shoko sobre él—. Cinco horas en las que no eres la doctora Ieiri y yo no soy el "Más Fuerte".
Shoko se acurrucó más, cerrando los ojos también. El ritmo del corazón de Satoru era constante, una brújula en medio del caos de sus vidas.
— Me gusta cuando no hay nadie mirando —admitió ella en un hilo de voz, casi quedándose dormida—. Me gusta no tener que ser la adulta.
— Lo sé —susurró Satoru, envolviéndola con sus brazos como si fuera el tesoro más preciado del mundo—. Por eso siempre bajaré las persianas para ti, Shoko.
El silencio volvió a reinar en la habitación, pero esta vez no era un silencio pesado ni cargado de muerte. Era el silencio de dos personas que, en medio de una guerra interminable contra las maldiciones, habían encontrado una tregua en los brazos del otro. Shoko se quedó dormida con una expresión de paz que nunca mostraba a la luz del día, y Satoru se quedó velando su sueño, agradecido de que, a pesar de todo lo que habían perdido, ella todavía estuviera allí, permitiéndole ser el único que conocía la suavidad que se escondía tras su bata blanca.
A la mañana siguiente, Shoko entraría en la morgue con su habitual expresión de cansancio y Satoru entraría en el aula con una broma ruidosa. Se cruzarían en el pasillo y ella apenas le dedicaría un asentimiento frío mientras él intentaba, sin éxito, robarle un beso. Los alumnos murmurarían sobre cómo Shoko tenía a Gojo bajo control, sin sospechar ni por un segundo que, apenas unas horas antes, ella había sido la que buscaba desesperadamente el calor de su mano.
Pero eso no importaba. Porque para Shoko y Satoru, el mundo podía seguir creyendo lo que quisiera. La verdad, al igual que el Infinito, era algo que solo ellos dos podían compartir de verdad.