Sumisa
El Dominio de la Indulgencia
La mañana en la Escuela Técnica de Hechicería de Tokio había comenzado con el caos habitual que Satoru Gojo traía consigo como si fuera una extensión de su propia técnica maldita. Sin embargo, para los observadores externos —especialmente para los alumnos de segundo año—, había algo que no terminaba de encajar en el rompecabezas de la nueva pareja estrella de la institución.
Maki Zen'in observaba desde el borde del campo de entrenamiento cómo Satoru revoloteaba alrededor de Shoko mientras ella intentaba cruzar el patio hacia la clínica. El peliblanco caminaba hacia atrás, gesticulando de forma exagerada, bloqueándole el paso con cada zancada larga, mientras soltaba una de sus risas estridentes que se escuchaban hasta en las puertas principales.
— Es increíble que Ieiri-san no le haya clavado ya un bisturí en el ojo —comentó Maki, ajustándose las gafas y apoyando su lanza sobre el hombro—. Yo ya lo habría hecho diez veces en lo que va de trayecto.
— Quizás es que tiene una paciencia infinita —aventuró Panda, rascándose la nuca—. Al fin y al cabo, ella es la que trata con cadáveres y heridos todo el día. Gojo-sensei debe parecerle un niño pequeño en comparación.
— No lo sé —intervino Inumaki, asintiendo con gravedad—. Atún.
Lo que los alumnos no podían ver, lo que nadie excepto Satoru Gojo era capaz de percibir con la precisión de sus Seis Ojos, era el sutil cambio en la química de Shoko cada vez que él decidía "molestarla".
Para el mundo, Shoko simplemente suspiraba, exhalaba humo de su cigarrillo y seguía caminando con sus párpados caídos y su aire de indiferencia crónica. Pero Satoru veía el ligero temblor en sus dedos cuando él rozaba su cintura "por accidente". Sentía el aumento de su temperatura corporal cuando él le susurraba una tontería al oído, y sobre todo, disfrutaba de ese brillo casi imperceptible en sus iris oscuros que delataba una verdad deliciosa: a Shoko le encantaba ser el blanco de sus atenciones, por muy irritantes que parecieran.
— ¡Shoko-chan! ¡Me estás ignorando! —exclamó Satoru, haciendo un puchero que habría resultado ridículo en cualquier otro hombre de su estatura—. He traído estos pastelitos de edición limitada desde Kioto solo para ti, ¿y ni siquiera me vas a dar las gracias con un besito?
Shoko se detuvo en seco, justo frente a la entrada de su laboratorio. Se quitó el cigarrillo de la boca y lo miró de arriba abajo, manteniendo esa expresión de "estoy a punto de pedir tu jubilación anticipada".
— Satoru, son las diez de la mañana —dijo ella con voz plana—. Tengo tres informes de autopsia pendientes y un estudiante de Kioto que viene para una revisión de rutina. No tengo tiempo para tus pasteles ni para tus berrinches.
— Oh, qué cruel —Satoru se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal sin ningún pudor—. Tan profesional, tan seria... ¿Es por eso que tus manos están temblando un poquito ahora mismo?
Shoko apretó el puño alrededor de su mechero, pero no retrocedió. Satoru se inclinó, su rostro quedando a escasos centímetros del de ella. La venda negra ocultaba sus ojos, pero la sonrisa ladeada y triunfante decía todo lo que necesitaba decir.
— Entra a trabajar, Shoko —le susurró, bajando el tono de voz hasta que solo ella pudo oírlo—. Pero recuerda que yo sé exactamente qué es lo que pasa cuando te pones así de "enfadada" conmigo. Te espero a la hora del almuerzo. No llegues tarde, o tendré que ir a buscarte... y sabes que no me importa quién esté mirando.
Shoko soltó un gruñido bajo, se dio la vuelta y entró en la clínica dando un portazo. Satoru se quedó en el pasillo, silbando una melodía alegre mientras lanzaba la caja de pasteles al aire y la atrapaba con una mano.
Una vez dentro, protegida por la esterilidad de su oficina, Shoko se apoyó contra la puerta cerrada y dejó escapar el aire que no sabía que estaba reteniendo. Sus mejillas ardían. Se miró las manos y, efectivamente, había un rastro de agitación que no tenía nada que ver con el exceso de cafeína.
— Maldito seas, Satoru —murmuró, aunque la comisura de sus labios se elevó en una sonrisa que jamás dejaría ver en público.
La jornada transcurrió con la lentitud propia de un día sin misiones críticas. Shoko trabajó mecánicamente, pero su mente volvía una y otra vez a la sensación del aliento de Satoru contra su oreja. Había algo profundamente adictivo en la forma en que él la desafiaba. Gojo era el hombre más fuerte del mundo; nadie podía tocarlo, nadie podía darle órdenes, nadie podía siquiera acercarse a él sin su permiso. Y sin embargo, cuando estaban a solas, o incluso en esos juegos públicos de seducción disfrazados de molestia, él la ponía en una posición donde ella no tenía que ser la doctora fuerte e imperturbable. Él la doblegaba con una caricia, con una palabra, con una mirada. Y ella, por extraño que pareciera, encontraba en esa sumisión un alivio que no podía explicar.
A las doce en punto, la puerta de la oficina se abrió sin previo aviso. Shoko ni siquiera levantó la vista del microscopio.
— Te dije que tenía trabajo, Satoru.
— Y yo te dije que vendría a buscarte —respondió él.
Esta vez no hubo bromas ruidosas. Satoru cerró la puerta con llave y activó un pequeño velo de privacidad, una técnica simple pero efectiva para asegurarse de que nadie pudiera sentir sus energías malditas desde el exterior. Shoko sintió el cambio en la presión del aire y finalmente levantó la vista.
Satoru se había quitado la venda. Sus ojos azules brillaban con una intensidad depredadora y juguetona a la vez. Se acercó a ella con la elegancia de un depredador que sabe que su presa no tiene intención de huir.
— ¿Sigues intentando convencerme de que te molesto? —preguntó él, rodeando el escritorio hasta quedar justo detrás de su silla.
— Eres la persona más irritante que conozco —respondió Shoko, aunque su voz ya había perdido la firmeza de la mañana.
Satoru colocó sus manos sobre los hombros de la doctora, apretando con la presión justa para deshacer los nudos de tensión. Luego, sus dedos se deslizaron hacia arriba, acariciando la línea de su cuello, justo donde el cabello castaño se encontraba con la piel pálida.
— Entonces, ¿por qué tu corazón late tan rápido cada vez que me acerco? —Satoru se inclinó, rozando su nariz con la de ella—. Puedo oírlo, Shoko. Puedo ver cómo tu energía maldita se agita cuando te hablo así.
Él comenzó a trazar círculos lentos en la base de su nuca, un gesto que siempre lograba que Shoko perdiera la compostura. Ella cerró los ojos, dejando que su cabeza cayera hacia atrás, apoyándose en el abdomen firme de Satoru.
— Es una reacción fisiológica al estrés —logró decir ella, aunque el tono era casi un susurro—. Eres un factor de estrés, Satoru.
— Soy mucho más que eso —rio él, bajando una mano para desabrochar el primer botón de la bata blanca de Shoko—. Soy el único que sabe lo que hay debajo de esta capa de frialdad. El único que sabe que, cuando te toco así... —Satoru presionó sus labios contra el lunar bajo su ojo derecho— ...te vuelves tan dócil como una gatita.
Shoko soltó un gemido ahogado. Odiaba que tuviera razón. Odiaba que él supiera exactamente dónde presionar, qué decir y cómo tocarla para que su voluntad se deshiciera como azúcar en agua. Pero al mismo tiempo, lo amaba. Amaba no tener que ser la que tiene el control por una vez en su vida. En un mundo donde ella era la encargada de remendar los cuerpos destrozados de sus compañeros, ser "puesta en su sitio" por Satoru era su único escape.
— Eres un tramposo —susurró ella, girándose en la silla para quedar frente a él, atrapada entre sus largas piernas—. Usas tus ojos para leerme... no es justo.
— En el amor y en la guerra, Shoko-chan... —Satoru la levantó de la silla con una facilidad pasmosa y la sentó sobre el escritorio, apartando los informes con un movimiento descuidado—. Y esto se siente un poco como ambas cosas, ¿no crees?
Él metió las manos por debajo de su bata, rodeando su cintura y atrayéndola hacia él. Shoko envolvió sus piernas alrededor de su cadera, sintiéndose pequeña y protegida. Satoru la miró fijamente, con esa mirada que parecía ver hasta el fondo de su alma.
— Di mi nombre —ordenó él, con una voz profunda que hizo que un escalofrío recorriera la columna de Shoko.
— Satoru... —obedeció ella, su mirada perdiendo la neblina del cansancio para llenarse de una devoción que solo él conocía.
— Otra vez. Pero esta vez, admítelo. Admite que te gusta cuando te molesto. Admite que te gusta que sea yo quien decida qué vamos a hacer ahora.
Shoko apretó los hombros de él, enterrando sus uñas ligeramente en la tela negra de su uniforme. El rubor en sus mejillas era ahora una marca de rendición absoluta.
— Me gusta —confesó ella, bajando la cabeza para esconder su rostro en el cuello de él—. Me gusta que seas tan idiota... y me gusta que me hagas sentir así.
Satoru soltó una carcajada triunfal, pero llena de una ternura genuina. La estrechó contra su pecho, besando su frente, su nariz y finalmente sus labios en un beso que reclamaba todo lo que ella acababa de admitir.
— Sabía que lo dirías —dijo él contra sus labios—. El "Más Fuerte" no puede ser controlado por nadie, Shoko. Pero tú... tú eres la única que tiene el privilegio de ser controlada por mí.
Se quedaron así durante un tiempo, en el silencio protegido del despacho médico. Para Shoko, esos momentos eran sagrados. Era el único lugar donde podía dejar caer la máscara de la doctora cínica y simplemente ser la mujer que encontraba paz en la abrumadora presencia de Satoru Gojo.
Sin embargo, la paz en la Escuela Técnica siempre era efímera. Unos golpes rítmicos en la puerta rompieron la burbuja.
— ¡Ieiri-san! ¡Soy Itadori! ¡Gojo-sensei me dijo que estarías aquí y que tenías los resultados de mi análisis de sangre!
Shoko se puso rígida al instante, intentando zafarse del agarre de Satoru, pero él no se movió ni un milímetro. Al contrario, apretó más su agarre, con una chispa de malicia pura en sus ojos azules.
— ¡Satoru, suéltame! —susurró ella desesperada—. ¡Es Yuji! ¡Va a entrar!
— La puerta está cerrada con llave, Shoko. Y el velo impide que sienta nada —dijo Satoru con total tranquilidad, aunque su voz era lo suficientemente alta como para que Shoko temiera que el chico la oyera—. Además, todavía no hemos terminado nuestra "sesión de terapia".
— ¡Satoru, hablo en serio! —Shoko estaba roja de la vergüenza, una imagen que Satoru guardaría en su memoria como un tesoro—. Si nos descubre, no podré volver a mirar a ese chico a la cara.
— Entonces quédate muy, muy calladita —le guiñó un ojo él, acercándose de nuevo a su cuello—. Si no haces ruido, pensará que no estás. Pero si te mueves demasiado... los frascos de cristal del escritorio van a tintinear. Y ya sabes lo curioso que es Yuuji.
Shoko lo miró con una mezcla de odio fingido y una sumisión real que la mantenía anclada a él. Estaba a merced de sus caprichos, y Satoru lo estaba disfrutando al máximo.
— ¡Ieiri-san! ¿Estás ahí? —insistió Itadori desde el otro lado—. ¡Juraría que escuché algo! ¡Quizás es una maldición infiltrada! ¿Debería derribar la puerta?
— ¡No! —gritó Shoko, antes de darse cuenta de su error. Satoru estalló en una risa silenciosa que hacía vibrar todo su cuerpo contra el de ella.
— ¿Ieiri-san? —la voz de Itadori sonaba confundida—. ¿Estás bien? Suenas un poco... agitada.
— Estoy bien, Itadori —respondió ella, intentando recuperar su tono profesional mientras Satoru comenzaba a hacerle cosquillas suaves en las costillas, justo en ese punto que la hacía retorcerse—. Solo... estoy ocupada con un procedimiento delicado. Vuelve en una hora.
— Ah, ¡entendido! ¡Perdón por interrumpir! —los pasos del chico se alejaron por el pasillo.
Shoko dejó caer la cabeza sobre el hombro de Satoru, soltando un suspiro de puro agotamiento emocional.
— Te voy a matar —murmuró—. Algún día, cuando estés durmiendo, te voy a inyectar algo que te dejará calvo para siempre.
— Pero antes de eso, vas a admitir que te ha encantado el riesgo —replicó Satoru, levantándole la barbilla para que lo mirara—. Mira qué ojos tienes, Shoko. Estás completamente a mi merced.
Ella no pudo negarlo. Sus ojos, usualmente apagados por la falta de sueño y la rutina de la muerte, brillaban con una vitalidad que solo Satoru lograba despertar. Se sentía viva, se sentía deseada y, sobre todo, se sentía increíblemente cómoda dejando que él llevara las riendas.
— Eres un monstruo —dijo ella, rodeando su cuello con los brazos de nuevo.
— Tu monstruo favorito —corrigió él, volviendo a besarla con una pasión que prometía que esa hora de "procedimiento delicado" iba a ser muy bien aprovechada.
Al final del día, cuando Shoko salió de la clínica para fumarse su último cigarrillo bajo la luz de la luna, se encontró con Utahime, que parecía estar buscándola.
— Shoko, ¿estás bien? —preguntó la profesora de Kioto con preocupación—. Itadori me dijo que estabas haciendo un procedimiento muy difícil esta mañana y que parecías... estresada. ¿Gojo te ha estado molestando otra vez? Si quieres, puedo ayudarle a ponerle límites. Ese idiota no sabe cuándo parar.
Shoko exhaló una larga nube de humo, mirando hacia las estrellas. Recordó la sensación de las manos de Satoru, su risa al oído y la forma en que su propia voluntad se desvanecía ante él.
— No te preocupes, Utahime —dijo Shoko con una voz tranquila, casi satisfecha—. Satoru es... Satoru. Ya estoy acostumbrada a sus tonterías. Sé cómo manejarlo.
Utahime suspiró, negando con la cabeza.
— Eres una santa, Shoko. De verdad. No sé cómo puedes aguantar que sea él quien siempre lleve la voz cantante. Todos pensábamos que tú serías la que lo pondría firme.
Shoko sonrió para sí misma, una sonrisa enigmática que Utahime no pudo descifrar.
— A veces —dijo la doctora, tirando la colilla y aplastándola con el tacón de su zapato—, ser la que supuestamente "pierde" es la mejor forma de ganar.
Caminó hacia los dormitorios, dejando a una Utahime confundida atrás. Shoko sabía que, en unos minutos, una ventana se abriría sin ruido y un hombre de cabello blanco entraría en su habitación para volver a "molestarla". Y ella, la doctora seria y reservada, estaría esperando con los brazos abiertos, lista para volver a ser, solo para él, la versión de sí misma que no necesitaba tener todas las respuestas, solo necesitaba sentir el Infinito envolviéndola una vez más.
Porque Satoru Gojo podía ser el más fuerte del mundo, pero solo ella conocía el secreto detrás de su poder: que su mayor victoria no era derrotar maldiciones, sino la forma en que ella se rendía ante él cada noche, encontrando en esa sumisión compartida la única libertad que realmente les quedaba.