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Sweet slumber~~

Ecos de Oro y Secretos de Azúcar

La mañana siguiente a la gran boda en el Reino del Acebo no comenzó con el habitual estruendo de los entrenamientos militares o el chocar de escudos. En su lugar, un silencio cálido y perezoso envolvía el castillo. Los primeros rayos de sol se filtraban por los vitrales de color carmesí, bañando la habitación real en una luz que recordaba al zumo de uva más dulce.

Hollyberry Cookie despertó con una sensación de pesadez que no tenía nada que ver con su armadura y mucho con la cantidad de barriles que habían vaciado la noche anterior. Soltó un ronquido suave, estirando sus brazos fuertes, pero se detuvo al sentir un peso ligero y delicado sobre su pecho.

Eternal Sugar Cookie estaba allí, profundamente dormida. Su cabello rosado se esparcía como una nube de algodón sobre las sábanas de seda, y sus alas blancas, algo despeinadas por la agitación de la fiesta, se movían levemente con cada respiración. Incluso en sueños, sus manos pequeñas se aferraban con fuerza a la túnica de Hollyberry, como si temiera que su esposa fuera a desvanecerse si la soltaba.

— Por las migas... —susurró Hollyberry con una sonrisa cargada de ternura—. Ni en el fragor de la batalla me he sentido tan atrapada, y sin embargo, no quiero moverme.

Se quedó un momento observando a su esposa. Había algo fascinante en la devoción de Eternal Sugar. Sabía que muchos en el consejo de los Ancients veían esa intensidad como algo inquietante, pero Hollyberry, acostumbrada a la dureza del campo de batalla, encontraba consuelo en ser el objeto de un amor tan absoluto. Para Eternal Sugar, Hollyberry no era solo una reina o una guerrera; era su universo entero.

Unos golpes rítmicos y metálicos en la puerta principal de la habitación rompieron la magia del momento.

— ¡Levántate, bola de masa rosada! —La voz de Golden Cheese Cookie resonó con una energía que resultaba casi insultante a esas horas de la mañana—. ¡El sol ya está alto y mi brillo se desperdicia en estos pasillos vacíos!

Hollyberry soltó una carcajada ronca, lo que provocó que Eternal Sugar abriera los ojos lentamente. Sus pupilas rosadas tardaron un segundo en enfocarse, pero en cuanto vieron el rostro de Hollyberry, se iluminaron con una adoración casi mística.

— Buenos días, mi vida, mi todo —susurró Eternal Sugar, ignorando por completo los gritos que venían del pasillo—. ¿Has soñado conmigo? Yo he soñado que conquistábamos un continente entero solo para plantar flores que combinaran con tus ojos.

— Ha sido un sueño precioso, mi dulce azúcar —respondió Hollyberry, dándole un beso rápido en la frente antes de sentarse en la cama—. Pero me temo que nuestra amiga alada no nos dejará disfrutar de la paz por mucho tiempo. ¡Pasa, Golden Cheese! ¡Antes de que eches la puerta abajo con tus joyas!

La puerta se abrió de par en par y Golden Cheese entró con la confianza de quien es dueño del mundo. Su capa dorada emitía destellos cegadores y sostenía una bandeja con frutas exóticas y copas de cristal tallado.

— He decidido que el desayuno es la comida más importante para mantener el cutis —declaró Golden Cheese, sentándose al pie de la cama sin invitación—. Y como Pure Vanilla se ha empeñado en dar un paseo espiritual con White Lily, y Dark Cacao está... bueno, siendo Dark Cacao en alguna sombra, me he tomado la libertad de venir a ver cómo sobrevive la pareja del año.

Eternal Sugar se incorporó, acomodándose el cabello con elegancia pero lanzando una mirada ligeramente afilada a la soberana del Reino de Oro. No le gustaba compartir el tiempo de Hollyberry, ni siquiera con su mejor amiga.

— Es muy amable de tu parte, Golden Cheese —dijo Eternal Sugar con una voz que era puro almíbar, aunque sus ojos decían otra cosa—. Aunque esperábamos un poco más de... privacidad en nuestra primera mañana.

— ¡Oh, por favor! —Golden Cheese agitó una mano restándole importancia—. Privacidad es lo que tienes cuando te entierran en una tumba de oro. Aquí estamos para celebrar. Además, Hollyberry, tenemos un asunto pendiente.

Hollyberry, que ya estaba devorando una de las frutas de la bandeja, alzó una ceja.

— ¿Qué asunto? Si es sobre la apuesta de quién bebió más anoche, ya acepté tus disculpas, aunque sé que me ganaste por poco.

— ¡No es eso! —rio Golden Cheese—. Se trata del torneo de caza. Habíamos quedado en que, después de la boda, iríamos a los límites del Bosque de las Bayas. Se dice que ha aparecido una criatura hecha de azúcar cristalizada que está causando estragos. ¡Imagina los trofeos! Oro, cristales... ¡y una buena pelea!

La mención de una batalla hizo que los ojos de Hollyberry brillaran con la vieja chispa de la aventura. Se palmeó el estómago y soltó una de sus risas estruendosas.

— ¡Eso suena a la luna de miel perfecta! —exclamó Hollyberry—. ¡Escudo, jugo y una bestia que derrotar! ¿Qué dices, Eternal Sugar? ¿Te apetece ver a tu esposa en acción?

Eternal Sugar, que hasta ese momento parecía molesta por la interrupción, cambió de expresión instantáneamente. La idea de ver a Hollyberry luchando, sudando y demostrando su fuerza era algo que alimentaba su obsesión de una manera casi febril.

— Iré a donde tú vayas, mi reina —respondió Eternal Sugar, acercándose a Hollyberry y acariciando su brazo con posesividad—. Pero con una condición: yo seré quien limpie tus heridas si esa criatura se atreve a tocarte. Nadie más puede tocar tu piel, Hollyberry. Nadie.

Golden Cheese puso los ojos en blanco, aunque mantenía una sonrisa divertida.

— A veces olvido lo intensa que eres, Sugar. Pero bien, prepárense. Nos vemos en el patio en una hora. He mandado a mis pájaros mensajeros a avisar a los demás. Incluso Cacao parece interesado; dice que necesita "estirar las piernas", lo cual es su código para "quiero golpear algo con mi espada".

Una hora después, el patio del castillo era un hervidero de actividad. Los cinco Ancient Cookies estaban reunidos, una imagen que rara vez se veía fuera de las crisis mundiales. Pure Vanilla Cookie conversaba con White Lily sobre las propiedades curativas de las flores locales, mientras Dark Cacao Cookie revisaba el filo de su gran espada con una expresión de concentración absoluta.

— Es un día inusualmente brillante —comentó Dark Cacao cuando Hollyberry y Eternal Sugar se unieron al grupo—. Espero que esta expedición sea productiva. Los informes dicen que la criatura es una amalgama de azúcar inestable.

— ¡Será pan comido! —gritó Hollyberry, cargando su enorme escudo de bayas al hombro—. Con este equipo, la bestia pedirá clemencia antes de que Golden Cheese termine de retocarse el brillo.

— ¡Oye! —protestó la reina dorada, aunque ya estaba montando en su montura alada—. ¡Mi brillo es parte de mi estrategia de intimidación!

El grupo partió hacia el este, donde el bosque se volvía más denso y el aire empezaba a oler a caramelo quemado. Eternal Sugar volaba cerca de Hollyberry, sus alas blancas batiendo con una gracia que contrastaba con el paso pesado y decidido de la guerrera. Durante el camino, Eternal Sugar no dejaba de susurrarle cosas al oído a su esposa, recordándole lo poderosa que era y cómo el mundo entero debería arrodillarse ante ella.

— A veces me pregunto —murmuró White Lily a Pure Vanilla mientras observaban a la pareja— si esa devoción de Eternal Sugar es saludable. Parece que no ve nada más que a Hollyberry.

— El amor toma muchas formas, Lily —respondió Pure Vanilla con su habitual calma—. Para algunos es un jardín que cuidar, para otros es una tormenta que te arrastra. Mientras Hollyberry sea feliz y su corazón de rubí siga latiendo con esa fuerza, debemos confiar en ellas.

De repente, un estruendo sacudió el suelo. De entre los árboles surgió una criatura colosal, una bestia que parecía un lobo hecho completamente de azúcar cristalizada y dura como el diamante. Sus ojos brillaban con un fuego azulado y cada vez que rugía, soltaba esquirlas afiladas.

— ¡Ahí está el postre! —gritó Hollyberry, adelantándose con el escudo al frente—. ¡Ancients, a sus posiciones!

La batalla fue una danza de poder coordinada. Pure Vanilla invocaba escudos de luz para proteger al grupo de las esquirlas, mientras White Lily utilizaba sus lianas para inmovilizar las patas de la bestia. Golden Cheese sobrevolaba al enemigo, lanzando ráfagas de flechas doradas que impactaban en los puntos débiles del cristal. Dark Cacao, con un grito de guerra, descargó un golpe devastador que agrietó el lomo de la criatura.

Pero fue Hollyberry quien se llevó la parte más peligrosa. Embistió directamente contra el pecho de la bestia, usando su escudo para absorber el impacto de las garras de cristal. El sonido del metal contra el azúcar duro resonaba en todo el bosque.

— ¡Vamos, pedazo de caramelo rancio! —rugió Hollyberry, empujando con todas sus fuerzas—. ¡He bebido jugos más fuertes que tú!

Desde el aire, Eternal Sugar observaba la escena con una mezcla de terror y éxtasis. Ver a Hollyberry así, dominante y heroica, hacía que su obsesión alcanzara niveles estratosféricos. Cuando vio que la bestia se preparaba para lanzar una ráfaga de cristales directamente hacia el rostro de su esposa, Eternal Sugar no lo dudó.

Se lanzó en picado, sus alas blancas brillando con una intensidad cegadora.

— ¡Nadie daña lo que es mío! —gritó Eternal Sugar.

Extendió sus manos y una ráfaga de polvo de azúcar fino pero denso envolvió la cabeza de la criatura, cegándola momentáneamente y desviando el ataque. Esa distracción fue todo lo que Hollyberry necesitó.

— ¡Buen trabajo, mi dulce! —gritó Hollyberry mientras cargaba su ataque final—. ¡ESCUDO DEL ACEBO!

Con un impacto demoledor, el escudo de Hollyberry atravesó el núcleo de la criatura, que estalló en miles de fragmentos brillantes que cayeron sobre el bosque como si fuera nieve de azúcar.

El silencio volvió a reinar, roto solo por la respiración agitada de los guerreros. Hollyberry se limpió un poco de polvo de la mejilla y soltó una carcajada triunfal.

— ¡Eso ha sido emocionante! —dijo, mirando a sus amigos—. ¿Vieron eso? ¡Casi me despeina!

Antes de que pudiera decir nada más, Eternal Sugar aterrizó a su lado y la rodeó con sus brazos y alas en un abrazo asfixiante. Empezó a revisar cada centímetro de su armadura y de su piel con manos temblorosas.

— ¿Estás bien? ¿Te duele algo? —preguntaba Eternal Sugar con voz urgente—. Ese monstruo... casi te toca. Debería haberlo destruido yo misma átomo por átomo. No permitiré que nada te raye, mi rubí. Eres demasiado preciosa para este mundo imperfecto.

Hollyberry la tomó suavemente por las muñecas, deteniendo su frenesí.

— Estoy bien, Sugar. Mírame. Soy Hollyberry Cookie, no me rompo tan fácilmente. Además, tú me has protegido. Eres mi pequeño ángel guardián.

Eternal Sugar se calmó un poco, apoyando su frente contra el pecho de Hollyberry.

— Soy tuya —corrigió Eternal Sugar en un susurro que solo Hollyberry pudo oír—. Y tú eres mía. Para siempre.

Golden Cheese se acercó, guardando sus flechas y mirando los restos de cristal con interés.

— Bueno, aparte de la escena melodramática, debo decir que ha sido una excelente forma de empezar la mañana. He recogido algunos fragmentos que brillarán de maravilla en mi sala del trono.

— Siempre pensando en el botín, Golden —dijo Dark Cacao, aunque por primera vez en el día, había una pequeña sombra de sonrisa en su rostro—. Pero admito que la coordinación no ha disminuido con los años.

Pure Vanilla y White Lily se acercaron también, compartiendo una mirada de alivio.

— Es bueno ver que, a pesar de los cambios en nuestras vidas, seguimos siendo un equipo —dijo Pure Vanilla—. Hollyberry, Eternal Sugar, su unión parece haber traído una fuerza nueva a nuestro grupo.

El grupo decidió acampar allí mismo para disfrutar de un pequeño banquete improvisado con las provisiones que Golden Cheese había traído (y que sus sirvientes habían transportado mágicamente). Mientras los demás reían y compartían anécdotas de batallas pasadas, Hollyberry se sentó en un tronco caído, con un barril de jugo de baya a un lado y a su esposa al otro.

Eternal Sugar no comía; simplemente observaba a Hollyberry con una sonrisa fija, acariciando distraídamente las coletas rosadas de la guerrera.

— Sabes —dijo Hollyberry, dándole un trago largo a su copa—, nunca pensé que la vida de casada incluiría cazar monstruos de azúcar con todos los Ancients. Pero no lo cambiaría por nada.

— Yo tampoco —asintió Eternal Sugar—. Mientras el mundo entienda que tú eres el centro y yo soy tu sombra, todo estará en orden.

Hollyberry rio, sabiendo que la obsesión de su esposa era algo que tendría que manejar con cuidado, pero también sabiendo que no había nadie en todo Earthbread que la amara con tanta ferocidad. Le ofreció un poco de jugo a Eternal Sugar, quien aceptó solo porque venía de las manos de su amada.

Bajo la copa de los árboles, rodeadas de sus mejores amigos y con el eco de la batalla aún fresco, Hollyberry y Eternal Sugar celebraron no solo su boda, sino su primer triunfo como compañeras de vida. El Reino del Acebo tenía una reina fuerte, pero ahora también tenía una protectora cuya dulzura era tan peligrosa como el filo de una espada.

— ¡Por la eternidad! —brindó Hollyberry, alzando su copa hacia el cielo.

— Por ti —susurró Eternal Sugar, sellando el brindis con un beso que sabía a azúcar y a una promesa inquebrantable.

La tarde cayó lentamente sobre el bosque, tiñendo todo de oro y rubí, mientras los cinco Ancients compartían historias bajo las estrellas, recordando al mundo que, incluso para los seres más poderosos de la creación, no hay tesoro más grande que la compañía de aquellos a quienes llaman familia.