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Sweet slumber~~

Entre Pétalos de Carmesí y Suspiros de Almíbar

El sol se ocultaba tras las montañas de azúcar candi, dejando que la luna de plata reclamara su lugar en el firmamento. Tras la emocionante cacería con los demás Ancients, Hollyberry Cookie había decidido que ya era hora de reclamar el verdadero premio: tiempo a solas con su esposa. Habían viajado hacia una villa privada en la costa del Reino del Acebo, un lugar donde las olas de jugo de uva espumoso rompían suavemente contra arenas de azúcar moreno.

La villa era un espectáculo de lujo y calidez. Las paredes de piedra de baya estaban cubiertas de enredaderas de flores dulces que brillaban en la oscuridad, y el interior estaba iluminado por cientos de velas con aroma a vainilla y frutos del bosque.

Hollyberry dejó caer su enorme escudo contra la pared de la entrada con un estruendo metálico que pareció vibrar en los cimientos. Se quitó las pesadas piezas de su armadura de combate, sintiendo cómo sus hombros se relajaban por primera vez en días.

— ¡Por fin! —exclamó Hollyberry, estirando sus brazos y soltando un suspiro de alivio—. Un escudo es un buen compañero, pero pesa más que un barril lleno cuando uno quiere descansar.

Eternal Sugar Cookie, que había estado observándola desde el umbral con una intensidad que habría intimidado a cualquiera, se acercó con pasos felinos. Sus alas blancas se arrastraban ligeramente sobre la alfombra de terciopelo rosa.

— Deja que yo me encargue de eso, mi reina —susurró Eternal Sugar, sus manos frías y suaves posándose sobre la nuca de Hollyberry—. No quiero que nada, ni siquiera tu propio peso, te cause molestia esta noche.

Hollyberry sintió un escalofrío recorrer su espalda. Estaba acostumbrada a la fuerza, a los golpes y al fragor de la guerra, pero la delicadeza obsesiva de su esposa siempre lograba desarmarla.

— Eres muy atenta, Sugar —rio Hollyberry, dándose la vuelta para tomar a la pequeña Cookie por la cintura—. Pero recuerda que estamos de luna de miel. Quiero que tú también te relajes. He traído una reserva especial del mejor jugo de baya real, envejecido en barricas de roble dulce.

— Mi único descanso es contemplarte —respondió Eternal Sugar, alzando la vista para clavar sus ojos rosados en los de Hollyberry—. Mi única embriaguez eres tú. No necesito jugo cuando puedo perderme en el brillo de tus ojos.

Hollyberry soltó una carcajada sonora, esa risa que llenaba los salones y daba valor a los soldados, pero esta vez era más suave, más íntima.

— ¡Vaya! Si sigues diciendo esas cosas, voy a terminar más roja que mis propias bayas. Vamos, ven al balcón. El aire del mar es perfecto esta noche.

Se dirigieron al balcón que daba directamente al océano de jugo. El sonido rítmico de las olas era hipnótico. En una pequeña mesa de cristal, ya esperaba el jugo fermentado y una bandeja de frutas bañadas en chocolate blanco. Hollyberry sirvió dos copas, aunque sabía que Eternal Sugar apenas probaría la suya; su esposa prefería alimentarse de la presencia de Hollyberry.

— ¿Sabes? —dijo Hollyberry, apoyando sus codos en la barandilla de mármol—, Golden Cheese me preguntó antes de venir si no me aburriría de estar a solas contigo en un lugar tan tranquilo. Ella siempre necesita el ruido, el oro y los elogios.

— ¿Y qué le respondiste? —preguntó Eternal Sugar, acercándose tanto que sus alas envolvieron a Hollyberry como un capullo de seda blanca.

— Le dije que ella no entiende nada —respondió la guerrera con firmeza—. Le dije que después de siglos protegiendo a los demás, lo único que quiero es estar con la única persona que me hace sentir que no tengo que ser un escudo. Que puedo ser simplemente Hollyberry.

Eternal Sugar sintió que su corazón, hecho de la más pura esencia de azúcar, latía con una fuerza renovada. Se puso de puntillas y acarició la mejilla de su esposa.

— Tú eres mi mundo, Hollyberry. Cada cicatriz que tienes es un mapa que quiero recorrer. Cada risa tuya es un himno que quiero memorizar. No hay nada en este continente, ni el oro de Golden Cheese ni la sabiduría de Pure Vanilla, que valga un segundo de tu tiempo.

Hollyberry dejó su copa a un lado y tomó el rostro de Eternal Sugar entre sus manos callosas. El contraste era absoluto: la fuerza bruta de una líder y la fragilidad etérea de un ser obsesionado.

— Entonces, deja de hablar tanto y bésame, mi dulce azúcar.

El beso fue lento y profundo, una mezcla de la calidez del jugo de baya y la dulzura refinada del azúcar. En ese momento, el resto del mundo desapareció. No había reinos que gobernar, ni monstruos que cazar, ni leyendas que mantener. Solo eran dos Cookies unidas por un vínculo que desafiaba la lógica de los demás.

Después de un rato, Hollyberry, con su habitual espíritu aventurero, señaló hacia la gran tina de hidromasaje que humeaba en un rincón del balcón, llena de agua tibia con esencias florales.

— ¡He oído que estas aguas relajan hasta los músculos de Dark Cacao! —bromeó Hollyberry—. ¿Qué dices? ¿Nos damos un baño bajo las estrellas?

Eternal Sugar asintió, su mirada brillando con un deseo posesivo.

— Te lavaré el cabello, Hollyberry. Lo desenredaré con mis propios dedos y me aseguraré de que brille más que cualquier rubí en Earthbread.

Se sumergieron en el agua templada. El vapor subía hacia el cielo nocturno, mezclándose con la bruma marina. Hollyberry se recostó, cerrando los ojos mientras sentía cómo el cansancio de años de batallas se disolvía. Eternal Sugar, fiel a su palabra, se colocó detrás de ella. Con una paciencia infinita, comenzó a soltar las icónicas coletas rosadas de la guerrera.

— Tu cabello es tan suave... —murmuró Eternal Sugar, pasando sus dedos por las hebras rosadas—. Es como la seda más fina, pero con la fuerza de las raíces de un árbol milenario.

— A veces es un desastre —rio Hollyberry entre dientes—. Se enreda con las ramas de los bosques y se llena de polvo de los caminos.

— Para mí es perfecto —insistió Eternal Sugar, vertiendo agua perfumada sobre los hombros de su esposa—. Todo en ti es perfecto. A veces me despierto en la noche solo para asegurarme de que sigues ahí, de que no eres un espejismo creado por mi propia hambre de belleza.

Hollyberry se dio la vuelta en el agua, quedando frente a frente con ella. El agua mojaba las alas de Eternal Sugar, que se pegaban a su espalda como pétalos húmedos.

— Estoy aquí, Sugar. Y no me voy a ir a ninguna parte. Has pasado demasiado tiempo sola en tu propio mundo de azúcar. Ahora tienes un hogar. Yo soy tu hogar.

Eternal Sugar rodeó el cuello de Hollyberry con sus brazos, hundiendo su rostro en el hueco de su hombro.

— Mi hogar... Sí. Mi único refugio. Prométeme que nunca dejarás que nadie se interponga entre nosotras. Ni siquiera los otros Ancients.

— Tienes mi palabra de guerrera —dijo Hollyberry con solemnidad—. Si alguien intenta separarnos, tendrá que enfrentarse a mi escudo... y ya sabes lo que pasa con los que intentan romper el escudo del Acebo.

Pasaron las horas en una burbuja de intimidad. Hablaron de cosas que nunca mencionaban frente a los demás: de sus miedos, de sus esperanzas para el futuro y de cómo imaginaban su vida en el Reino del Acebo una vez que la paz fuera definitiva. Hollyberry le contó historias de su juventud, de cómo aprendió a luchar y de los barriles de jugo que había ganado en apuestas. Eternal Sugar, a su vez, le confesó cómo la había observado desde las sombras mucho antes de que se conocieran formalmente, cautivada por su fuerza y su risa.

— ¿Me espiabas? —preguntó Hollyberry con una ceja levantada y una sonrisa pícara.

— No era espionaje —corrigió Eternal Sugar con una seriedad casi cómica—. Era... admiración a distancia. Sabía que estábamos destinadas a ser una sola. El azúcar necesita la fruta para ser un postre completo, Hollyberry. Y tú eres la fruta más vibrante que jamás ha existido.

Finalmente, el frío de la noche empezó a filtrarse a través del vapor. Hollyberry salió de la tina, levantando a Eternal Sugar en sus brazos con una facilidad asombrosa. La pequeña Cookie dejó escapar un suspiro de sorpresa y placer, aferrándose al cuello de su esposa.

— ¡A la cama! —anunció Hollyberry—. Mañana tenemos todo el día para no hacer absolutamente nada más que mirarnos y comer galletas de lujo.

Entraron en la habitación principal, donde la cama estaba cubierta de pétalos de flores de acebo. Hollyberry dejó a Eternal Sugar sobre las sábanas de seda y se acostó a su lado, atrayéndola hacia su pecho.

— ¿Eres feliz, mi pequeño terrón de azúcar? —preguntó Hollyberry en voz baja, mientras la luz de las velas comenzaba a apagarse.

Eternal Sugar se acurrucó contra ella, sintiendo el calor reconfortante del cuerpo de Hollyberry. Por primera vez en su existencia eterna, no sentía ese vacío voraz en su pecho. La obsesión seguía ahí, pero ahora estaba colmada de una paz que nunca creyó posible.

— Soy más que feliz —susurró Eternal Sugar, cerrando los ojos—. Soy tuya. Y eso es lo único que importa en toda la eternidad.

Hollyberry le dio un último beso en la frente y la rodeó con sus brazos protectores. Afuera, el mar de jugo seguía cantando su melodía eterna, y la luna de plata vigilaba el sueño de las dos reinas. En esa villa apartada, lejos de las miradas de Golden Cheese, Pure Vanilla y el resto del mundo, Hollyberry y Eternal Sugar descubrieron que la verdadera victoria no se encontraba en el campo de batalla, sino en la dulzura compartida de una noche que prometía no terminar jamás.

El Reino del Acebo podía dormir tranquilo; su soberana había encontrado el tesoro más valioso de todos, uno que no se guardaba en cofres ni se forjaba en metal, sino que se derretía suavemente en el corazón con el sabor del azúcar y la pasión del rubí.