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Sweet slumber~~

El Sacrificio de la Reina y la Ofrenda del Azúcar

La primera luz del alba en la villa costera no trajo consigo el bullicio de la corte, sino una calma etérea, casi irreal. El aire estaba impregnado de una humedad dulce, una bruma que parecía azúcar glas suspendida sobre el océano de jugo. En la habitación real, el desorden de la noche anterior —pétalos marchitos, copas vacías y armaduras descartadas— contrastaba con la quietud de las dos figuras que permanecían entrelazadas en la vasta cama de seda.

Hollyberry Cookie se removió entre las sábanas, sintiendo el peso reconfortante de la plenitud. A pesar de su naturaleza vigorosa, esa mañana se sentía extrañamente lánguida, como si la intensidad de su unión con Eternal Sugar hubiera drenado hasta la última gota de su energía guerrera, reemplazándola con una satisfacción pesada y cálida.

A su lado, Eternal Sugar Cookie ya estaba despierta. No se movía; simplemente observaba a Hollyberry con una fijeza que habría resultado inquietante para cualquiera que no conociera la profundidad de su obsesión. Sus alas blancas, ahora secas y esponjosas, estaban extendidas sobre el colchón, enmarcando a Hollyberry como si fuera una reliquia preciosa en un altar de plumas.

— Has vuelto del mundo de los sueños, mi guerrera —susurró Eternal Sugar, su voz era un hilo de seda que acariciaba los oídos de Hollyberry—. Te he estado observando durante horas. Incluso dormida, tu rostro tiene la nobleza de una montaña y la fuerza de un incendio.

Hollyberry soltó una risa ronca, estirando sus extremidades con un crujido satisfactorio.

— Por las migas, Sugar... Me miras como si fuera a desaparecer si parpadeas —dijo Hollyberry, volviéndose hacia ella y apoyando la cabeza en su mano—. ¿Acaso no te cansas de contemplarme?

— Jamás —respondió Eternal Sugar, acercándose para rozar con la punta de sus dedos la cicatriz casi imperceptible que Hollyberry tenía cerca de la sien—. Cada segundo que paso sin grabarte en mi memoria es un segundo desperdiciado. Pero hoy... hoy no quiero que hagas nada. Hoy, mi reina, tú solo vas a recibir.

Hollyberry alzó una ceja, intrigada por el tono de determinación absoluta en la voz de su esposa.

— ¿Solo recibir? Sabes que no soy muy buena quedándome quieta, Sugar. Me gusta participar, me gusta el choque, me gusta el intercambio.

— Lo sé —dijo Eternal Sugar, incorporándose con una gracia sobrenatural—. Pero has pasado toda tu vida dando. Has dado tu fuerza a tu reino, tu escudo a tus amigos, tu sangre a la tierra en cada batalla. Incluso anoche, te entregaste con una ferocidad que me dejó sin aliento. Ahora es mi turno. Quiero ser yo quien te sostenga, quien te nutra, quien te adore hasta que olvides que alguna vez tuviste que ser fuerte.

Antes de que Hollyberry pudiera protestar, Eternal Sugar se deslizó fuera de la cama y regresó momentos después con una bandeja de plata que no estaba allí antes. Sobre ella había manjares que parecían sacados de un sueño febril: frutas del bosque bañadas en néctar de azúcar cristalizado, pequeños pasteles de crema de vainilla tan ligeros que parecían flotar, y una jarra de jugo de baya caliente, especiado con canela y clavo.

— Come —ordenó Eternal Sugar con una dulzura imperativa, tomando una de las frutas y acercándola a los labios de Hollyberry.

Hollyberry, un poco desconcertada pero divertida por el cambio de roles, abrió la boca y aceptó la ofrenda. El sabor estalló en su paladar, una mezcla de acidez y dulzor perfecto que pareció revitalizar sus sentidos.

— Está delicioso... —admitió Hollyberry, dejando que Eternal Sugar la alimentara pieza por pieza—. Pero me siento como una cría de pájaro en el nido.

— Eres mi fénix —corrigió Eternal Sugar, limpiando una gota de jugo de la comisura de los labios de Hollyberry con el pulgar—. Y esta es solo la primera parte de mi ofrenda.

Tras el desayuno, Eternal Sugar guio a Hollyberry hacia una silla tallada frente a un gran espejo de cristal pulido. Con una paciencia que rayaba en lo religioso, comenzó a desenredar el cabello rosado de la guerrera. No usó un peine; usó sus propios dedos, infundiendo cada movimiento con una energía suave que hacía que los músculos de Hollyberry se derritieran.

— Siempre llevas este cabello recogido para la guerra, apretado, listo para el impacto —murmuró Eternal Sugar, hundiendo el rostro en la melena rosada—. Pero aquí, es libre. Es como un río de rubíes.

Hollyberry cerraba los ojos, dejándose llevar. Era una sensación extraña para ella. En el campo de batalla, ella era el pilar. En el consejo de los Ancients, ella era la voz de la acción. Pero bajo las manos de Eternal Sugar, se sentía como una gema que estaba siendo pulida, como si su propia existencia fuera el único propósito del universo en ese momento.

— ¿Por qué haces esto, Sugar? —preguntó Hollyberry en un susurro—. Sé que me adoras, pero esto... esto se siente como un sacrificio de tu parte. Te estás desviviendo por mí.

Eternal Sugar se detuvo un momento, rodeando el cuello de Hollyberry con sus brazos desde atrás, uniendo sus mejillas en el reflejo del espejo.

— No es un sacrificio —dijo Eternal Sugar, y sus ojos en el espejo brillaban con una luz casi mística—. Para alguien como yo, dar es la forma más alta de posesión. Al cuidarte, al alimentarte, al adorarte, te hago más mía de lo que cualquier contrato o anillo podría hacerlo. Eres mi obra maestra, Hollyberry. Y cuidar de mi obra maestra es mi mayor placer.

Hollyberry se dio la vuelta en la silla, tomando las manos de su esposa.

— A veces me asustas un poco, ¿lo sabes? —rio Hollyberry, aunque su mirada era cálida—. Pero es un susto que me gusta. Es como saltar desde un acantilado sabiendo que el agua es profunda y dulce.

— Entonces salta —respondió Eternal Sugar, guiándola de nuevo hacia el centro de la habitación, donde había preparado un diván cubierto de pieles suaves—. La mañana es joven, y aún tengo mucho que darte.

Durante las horas siguientes, Hollyberry experimentó un nivel de atención que nunca habría imaginado. Eternal Sugar la masajeó con aceites esenciales que olían a flores de medianoche, recorriendo cada músculo tenso, cada marca de batalla, con una devoción que transformaba el dolor físico en un placer sordo y constante. No era solo un cuidado físico; era un asedio de afecto. Eternal Sugar le susurraba poemas que había compuesto en el silencio de sus siglos de soledad, palabras que hablaban de una sed que solo Hollyberry podía saciar.

Hollyberry recibía todo: los mimos, las palabras, el cuidado, la comida. Se sentía como si estuviera siendo sumergida en un océano de azúcar líquida, protegida del mundo exterior por la voluntad inquebrantable de su esposa.

— Me vas a malcriar, Sugar —dijo Hollyberry, recostada en el diván mientras Eternal Sugar le abanicaba suavemente con sus alas blancas, creando una brisa fresca y dulce—. Si vuelvo al reino así, no podré ni levantar mi escudo.

— Ese es el plan —bromeó Eternal Sugar, aunque había un rastro de verdad en sus palabras—. Si no puedes levantar tu escudo, tendré que ser yo quien te proteja. Y nada me haría más feliz que ser tu muralla.

— ¡Ja! —exclamó Hollyberry, recuperando por un momento su chispa habitual—. Me gustaría ver a los monstruos del bosque intentando pasar por encima de ti. Se quedarían pegados en tu dulzura antes de poder siquiera rugir.

Eternal Sugar se arrodilló entre las piernas de Hollyberry, apoyando sus manos en las rodillas de la guerrera. Su expresión se volvió más seria, más cargada de esa intensidad que era su marca personal.

— Hollyberry... —dijo en voz baja—. Sé que eres una fuerza de la naturaleza. Sé que no necesitas que nadie te cuide. Pero permíteme este egoísmo. Permíteme ser la que te dé todo lo que el mundo te ha negado por ser "la fuerte". Déjame ser tu descanso eterno.

Hollyberry sintió un nudo en la garganta. Se inclinó hacia delante, tomando el rostro de Eternal Sugar y obligándola a mirarla a los ojos.

— Lo permito, Sugar. Lo recibo todo. Pero no olvides que un escudo no solo protege; también abraza. Y aunque hoy me dejes ser la que recibe, mi corazón siempre estará dando vueltas alrededor del tuyo.

Eternal Sugar sonrió, una sonrisa que iluminó la habitación más que cualquier rayo de sol. Se inclinó y besó las manos de Hollyberry, una por una, con una reverencia que hizo que la guerrera se sintiera como una verdadera deidad.

— Entonces, continuemos —dijo Eternal Sugar, sus ojos rosados brillando con renovado fervor—. Aún no te he enseñado la sorpresa que he preparado en el jardín de las delicias. He hecho que los Sugar Gnomes cultiven una variedad de baya que solo florece bajo mi magia... y quiero que seas la primera en probarla.

Hollyberry se puso de pie, sintiéndose más ligera y, al mismo tiempo, más poderosa que nunca. No era la fuerza de la rabia o de la adrenalina de la batalla, sino la fuerza de alguien que se sabe profundamente amado, profundamente cuidado.

— Guíame, mi dulce obsesión —dijo Hollyberry, ofreciéndole el brazo—. Soy tuya para que hagas conmigo lo que desees hoy.

Mientras caminaban hacia el jardín, Eternal Sugar no soltaba el brazo de Hollyberry. Cada pocos pasos, se detenía para ajustar un mechón de su cabello o para besar su hombro, como si necesitara confirmar constantemente que la reina del Acebo seguía siendo real, que seguía siendo suya.

El jardín era un paraíso de colores imposibles. Las bayas brillaban como rubíes líquidos bajo el sol del mediodía, y el aroma era tan intenso que resultaba casi embriagador. Eternal Sugar guio a Hollyberry hacia un cenador cubierto de rosas blancas y rosadas.

— Aquí —dijo Eternal Sugar, haciendo que Hollyberry se sentara en un trono de mimbre tejido—. Aquí es donde el mundo se detiene.

Pasaron el resto de la tarde en una comunión perfecta. Eternal Sugar continuó con su ofrenda, sirviéndole las bayas mágicas que sabían a recuerdos felices y a promesas de futuro. Le habló de sus planes para el Reino del Acebo, de cómo quería llenar los valles de flores que nunca se marchitaran, para que Hollyberry siempre tuviera un paisaje hermoso que mirar desde su balcón.

Hollyberry escuchaba, recibiendo no solo la comida y el cuidado, sino también los sueños de su esposa. Se dio cuenta de que, para Eternal Sugar, dar era una forma de arte, una manera de esculpir la realidad para que fuera digna de su amada.

— Sabes, Sugar —dijo Hollyberry, mientras el sol empezaba a teñir el cielo de tonos anaranjados y violetas—, siempre pensé que el amor era un campo de batalla. Algo por lo que luchar, algo que conquistar. Pero hoy me has enseñado que el amor también puede ser un refugio. Una rendición.

— Rendirse no es debilidad, Hollyberry —respondió Eternal Sugar, sentada a sus pies y apoyando la cabeza en su regazo—. Rendirse a la persona adecuada es la mayor victoria que una Cookie puede alcanzar.

Hollyberry acarició las alas de su esposa, sintiendo la suavidad de las plumas y la fuerza que latía bajo ellas.

— Entonces he ganado la guerra más importante de mi vida —concluyó Hollyberry, inclinándose para darle un beso suave, lleno de gratitud y de una paz que no conocía fronteras.

Cuando la noche volvió a caer sobre la villa, Hollyberry no se sentía agotada, sino renovada. La entrega absoluta de Eternal Sugar había llenado los vacíos que siglos de batallas habían dejado en su espíritu. Había recibido tanto amor, tanta atención y tanta dulzura que sentía que podía enfrentarse a cualquier oscuridad, siempre y cuando tuviera a ese ángel rosado a su lado.

Regresaron a la habitación, pero esta vez, Hollyberry no dejó que Eternal Sugar hiciera todo el trabajo. La tomó en sus brazos y la llevó hacia el balcón, donde la luna de plata volvía a reinar.

— Has dado mucho hoy, mi azúcar —dijo Hollyberry, abrazándola por la espalda mientras miraban el mar de jugo—. Ahora, déjame darte algo a cambio.

— No necesito nada más que esto —susurró Eternal Sugar, recostándose contra el pecho firme de su esposa.

— Necesitas saber que, aunque hoy me hayas tratado como a una reina de cristal, sigo siendo tu guerrera. Y que todo lo que me has dado, lo guardaré aquí —Hollyberry señaló su corazón— para devolvértelo multiplicado por mil en cada día que nos quede de eternidad.

Eternal Sugar cerró los ojos, sintiéndose finalmente completa. Su obsesión había encontrado su ancla, y su necesidad de dar había sido recibida con una gracia que solo alguien con el corazón de Hollyberry podía poseer.

En el silencio de la noche, bajo el brillo de las estrellas y el aroma de las bayas mágicas, las dos Cookies permanecieron abrazadas. El intercambio de amor, de cuidado y de devoción continuaría por siempre, en un ciclo infinito donde una daba y la otra recibía, solo para intercambiar los papeles al amanecer siguiente. Porque en el Reino del Acebo, bajo el reinado de la fuerza y la dulzura, no había finales, solo un presente eterno hecho de rubí y azúcar.