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Sweet slumber~~

Sinfonía de Rubí y Almíbar en la Penumbra

La puerta de la alcachofa real se cerró con un chasquido sordo, dejando fuera el eco de las olas de jugo de uva y el susurro del viento nocturno. Dentro, el aire estaba cargado con una fragancia embriagadora: una mezcla de bayas silvestres fermentadas y el aroma puramente dulce, casi cristalino, que emanaba de la piel de Eternal Sugar Cookie. La luz de las velas, que ya empezaban a consumirse, proyectaba sombras alargadas y danzantes sobre las paredes de piedra tallada, creando una atmósfera de secreto y devoción.

Hollyberry Cookie, despojada de su capa y de cualquier rastro de la guerrera impetuosa que el mundo conocía, se detuvo en el centro de la habitación. Sus ojos rosados, habitualmente brillantes por la sed de aventura o la risa, ahora ardían con una intensidad diferente, una que solo su esposa era capaz de provocar.

— Nunca pensé que el silencio pudiera sonar tan bien —susurró Hollyberry, su voz volviéndose más grave, más profunda—. Pero supongo que es porque estoy contigo.

Eternal Sugar no respondió de inmediato. Se limitó a deslizarse hacia ella, sus alas blancas rozando el suelo como si fueran jirones de nubes capturadas. Se detuvo a escasos centímetros, lo suficiente para que Hollyberry pudiera sentir el frío dulce que desprendía su presencia, un contraste perfecto para el calor ardiente que siempre emanaba de la reina del Acebo.

— El silencio es solo el espacio que espera ser llenado por nosotras, mi vida —dijo Eternal Sugar, alzando sus manos pálidas para acunar el rostro de Hollyberry—. Fuera de estas paredes, eres de tu pueblo, de tus amigos, de tus batallas. Pero aquí... aquí eres solo mía.

Hollyberry soltó un suspiro trémulo, cerrando los ojos ante el contacto. Las manos de Eternal Sugar eran delicadas, pero la forma en que la sujetaba denotaba una posesividad absoluta, una necesidad que bordeaba la locura y que, extrañamente, Hollyberry encontraba reconfortante.

— Soy tuya —confirmó Hollyberry, abriendo los ojos para encontrarse con la mirada rosada y febril de su esposa—. Siempre lo he sido, incluso antes de saber tu nombre.

Sin previo aviso, Hollyberry acortó la distancia final. Rodeó la cintura de Eternal Sugar con sus brazos poderosos, atrayéndola contra su cuerpo con una urgencia que hizo que el aire escapara de los pulmones de la pequeña Cookie. Eternal Sugar dejó escapar un jadeo de sorpresa que se transformó rápidamente en un gemido de satisfacción cuando los labios de Hollyberry reclamaron los suyos.

El beso comenzó como un choque de fuerzas elementales. Era apasionado, casi violento en su entrega, una colisión entre el fuego del rubí y la pureza del azúcar. Hollyberry besaba como luchaba: con todo su ser, con una honestidad brutal que no dejaba lugar a dudas. Sus labios sabían a las bayas más dulces y al licor más fuerte, una combinación que hizo que la cabeza de Eternal Sugar diera vueltas.

Eternal Sugar, por su parte, se entregó al contacto con una desesperación hambrienta. Sus dedos se enredaron con fuerza en el cabello rosado y suelto de Hollyberry, tirando levemente, queriendo fundirse con ella, querer ser una sola masa horneada en el mismo fuego. Sus alas blancas se agitaron con violencia por un momento antes de envolverlas a ambas, creando un capullo de plumas y seda que las aislaba del resto del universo.

— Más... —susurró Eternal Sugar contra los labios de su esposa cuando se separaron apenas un milímetro para tomar aire—. No te detengas, Hollyberry. Quiero que este momento me consuma. Quiero que tu fuerza me rompa y que tu amor me vuelva a armar.

— No te rompería nunca, mi dulce azúcar —respondió Hollyberry, su respiración agitada golpeando la piel de Eternal Sugar—. Pero voy a amarte hasta que olvides que existe un mundo fuera de esta habitación.

Hollyberry la levantó en vilo, haciendo que Eternal Sugar rodeara su cintura con las piernas. El peso de la pequeña Cookie no era nada para la guerrera, quien la llevó hacia la gran cama con pasos decididos. Al caer sobre las sábanas de seda, los pétalos de flores de acebo saltaron por los aires, creando una lluvia carmesí que se posó sobre sus cuerpos.

El beso se reanudó, esta vez más lento, más exploratorio, pero no menos intenso. Hollyberry recorrió con sus labios la línea de la mandíbula de Eternal Sugar, descendiendo por su cuello pálido, dejando un rastro de calor allí donde su piel tocaba la de su esposa. Eternal Sugar arqueó la espalda, soltando suspiros que eran como música para los oídos de Hollyberry.

— Eres tan hermosa que duele —gruñó Hollyberry, enterrando el rostro en el hueco del cuello de Eternal Sugar—. A veces me pregunto si no eres una trampa del destino para mantenerme de rodillas.

— Si soy una trampa, es una en la que caíste voluntariamente —rio Eternal Sugar con una voz entrecortada, acariciando los hombros anchos y fuertes de la guerrera—. Y si estás de rodillas, es solo para que yo pueda alcanzarte mejor.

Eternal Sugar tomó la iniciativa, girando sus posiciones con una agilidad sorprendente. Ahora ella estaba sobre Hollyberry, su cabello rosado cayendo como una cascada sobre el rostro de la reina. Sus ojos brillaban con una devoción que rozaba lo aterrador, pero Hollyberry solo veía amor puro e incondicional.

— Mírame, Hollyberry —ordenó Eternal Sugar con suavidad, aunque sus dedos se clavaban con firmeza en los brazos de su esposa—. Prométeme que este fuego no se apagará nunca. Prométeme que, incluso cuando las galletas se vuelvan migas y los reinos caigan, seguirás buscándome en la oscuridad.

Hollyberry extendió una mano para apartar un mechón de cabello del rostro de Eternal Sugar. Su expresión era inusualmente seria, despojada de su habitual jovialidad.

— Te lo prometo por mi escudo, por mi reino y por mi vida —dijo Hollyberry con una solemnidad que hizo vibrar el aire—. Mi amor por ti no es una chispa, Sugar. Es un incendio forestal. Y mientras yo respire, habrá calor para ti.

Eternal Sugar se inclinó de nuevo, sellando la promesa con un beso que sabía a eternidad. En la penumbra de la habitación, sus cuerpos se movían en una danza de sombras y luz, de fuerza y dulzura. Hollyberry exploraba cada rincón de la piel de su esposa como si fuera un territorio sagrado, maravillándose de la suavidad que contrastaba con su propia naturaleza robusta.

— Tu corazón late tan fuerte... —murmuró Eternal Sugar, apoyando la oreja contra el pecho de Hollyberry—. Es como un tambor de guerra.

— Toca solo para ti —respondió Hollyberry, rodeándola con sus brazos y apretándola contra sí—. Solo tú tienes el poder de acelerarlo o de calmarlo.

El tiempo pareció detenerse. En ese espacio sagrado, las etiquetas de "Ancient" o "Guerrera" o "Diosa" no significaban nada. Eran simplemente dos almas que se habían encontrado en la inmensidad de Earthbread y que habían decidido que no querían caminar solas nunca más. La pasión que compartían no era solo física; era la culminación de siglos de soledad que finalmente encontraban su respuesta.

Hollyberry acarició las alas de Eternal Sugar, sintiendo la delicadeza de cada pluma. Sabía que su esposa era alguien que podía ser fácilmente malinterpretada por su obsesión, pero en la intimidad, esa obsesión se traducía en una lealtad que Hollyberry valoraba por encima de cualquier tesoro de Golden Cheese.

— A veces —dijo Hollyberry en un susurro, mientras sus dedos jugaban con los flecos del vestido de noche de su esposa—, me da miedo que este amor sea demasiado grande para este mundo. Que seamos demasiado intensas para que la realidad nos sostenga.

Eternal Sugar se incorporó ligeramente, mirando a Hollyberry con una sonrisa llena de una sabiduría antigua y dulce.

— Entonces crearemos nuestro propio mundo, mi reina. Un mundo hecho de azúcar y rubíes, donde las únicas leyes sean las de nuestro deseo. No tengas miedo de la intensidad. El azúcar es más fuerte cuando se carameliza bajo el fuego más ardiente.

Hollyberry rio, una risa baja y llena de afecto.

— Siempre tienes las palabras adecuadas para convencerme, pequeña manipuladora.

— No es manipulación si es la verdad —replicó Eternal Sugar, volviendo a buscar los labios de su esposa—. Y la verdad es que te amo más de lo que las palabras pueden expresar.

Se besaron de nuevo, esta vez con una ternura que dolía, una entrega total que las dejó a ambas sin aliento. Las velas terminaron de consumirse, dejando la habitación sumergida en la suave luz de la luna que se filtraba por el balcón. En la oscuridad, el brillo rosado de sus ojos era lo único que permanecía visible, dos pares de gemas que se buscaban y se encontraban una y otra vez.

— Quédate así —pidió Hollyberry, envolviendo a Eternal Sugar en un abrazo que era tanto una caricia como una protección—. No te muevas. Quiero recordar esta sensación para siempre.

— No me iré a ningún lado —susurró Eternal Sugar, acomodándose en el hueco del brazo de Hollyberry—. Estoy exactamente donde pertenezco. En el centro de tu vida.

El silencio volvió a reinar en la villa, pero ya no era un silencio vacío. Estaba lleno de la presencia de ambas, del calor de sus cuerpos entrelazados y de la promesa silenciosa de que, a partir de esa noche, cada batalla sería librada por dos y cada victoria sería celebrada con la misma pasión que ahora las envolvía.

Hollyberry cerró los ojos, sintiendo el aroma a azúcar y flores que emanaba de su esposa. Se sentía invencible, no por su escudo o su fuerza, sino por el amor que latía contra su pecho. Sabía que los demás Ancients tendrían sus propias vidas, sus propios reinos y sus propias preocupaciones, pero ella... ella tenía a Eternal Sugar. Y en ese pequeño rincón del mundo, eso era más que suficiente.

— Te amo, mi dulce azúcar —murmuró Hollyberry antes de que el sueño empezara a reclamarla.

— Y yo te adoro, mi valiente rubí —respondió Eternal Sugar, velando el sueño de su esposa con una mirada que prometía que, incluso en la oscuridad más profunda, ella siempre sería la luz que la guiara de vuelta a casa.

La noche continuó su curso, pero en aquella alcoba, el tiempo se había rendido ante un amor que era, por definición, eterno. El Reino del Acebo podía esperar al amanecer; por ahora, el universo entero se reducía al latido compartido de dos corazones que habían encontrado su par ideal en la mezcla perfecta de fuerza y dulzura.