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La falla en el sistema
El departamento de X era la definición física de la rendición. Un espacio de veinte metros cuadrados donde el aire olía a fideos instantáneos, humedad y ese aroma metálico de la ropa que lleva demasiado tiempo secándose a la sombra. No había cuadros en las paredes, solo manchas de moho que parecían mapas de continentes olvidados. No había libros, solo una pila de formularios de impuestos que X utilizaba como posavasos.
X se dejó caer en su cama, un colchón hundido que protestó con un chirrido metálico. Se quitó los zapatos sin usar las manos, dejándolos tirados en medio del camino. Tenía los ojos inyectados en sangre. El encuentro en la oficina había sido un terremoto silencioso que había agrietado los cimientos de su negación.
— Solo un par de horas —murmuró para sí mismo, cubriéndose los ojos con el antebrazo—. Si duermo, el mundo volverá a ser gris. Mañana volveré a ser nadie.
Pero el sueño no llegó. En su lugar, llegó el frío.
No era el frío del aire acondicionado, sino una presencia gélida y afilada que cortaba la pesadez del ambiente. X se tensó, pero no se movió. Conocía esa sensación. Era la presión atmosférica cambiando ante la llegada de una depredadora.
Un clic metálico resonó en la habitación. La ventana, que él siempre dejaba cerrada con doble cerrojo, se deslizó hacia arriba con una suavidad antinatural. La cortina barata de poliéster ondeó, dejando entrar la luz de neón de un cartel publicitario cercano, tiñendo el cuarto de un rojo violento.
— Tu seguridad es tan patética como tu vida, X.
La voz de Liu Yuwei era un susurro que llenó cada rincón. X se incorporó lentamente, sintiendo que sus huesos pesaban toneladas. Ella estaba allí, de pie sobre el marco de la ventana, con la silueta recortada contra el cielo nocturno de la ciudad. No llevaba el traje de empresaria de la tarde; vestía un conjunto de cuero negro, ajustado y funcional, que recordaba demasiado a su antiguo uniforme de combate.
— Las visitas se anuncian por la puerta, Yuwei —dijo X, su voz arrastrada por el cansancio—. Y a horas decentes.
— No hay nada decente en lo que has hecho —replicó ella, saltando al interior con la agilidad de una pantera. Sus tacones apenas hicieron ruido al tocar el suelo desvencijado—. He pasado tres horas observando este edificio. He visto a tus vecinos: gente rota, gente que sobrevive por inercia. ¿Esto es lo que querías para mí? ¿Para nosotros?
X se puso de pie, tambaleándose un poco. En la penumbra, su figura se veía aún más encogida frente a la magnificencia de Queen.
— Quería paz —respondió él, intentando mantener la calma—. Quería que el mundo dejara de sangrar.
— ¡El mundo no sangraba, el mundo vivía! —Queen dio un paso rápido, acortando la distancia entre ambos. Su rostro estaba a pocos centímetros del suyo, y X pudo oler de nuevo los lirios, un aroma que ahora le resultaba asfixiante—. Teníamos el mundo a nuestros pies. Éramos dioses entre hormigas. Tú tenías el poder de reescribir las leyes de la física, y yo... yo tenía el mando de ejércitos que habrían muerto por un gesto de mi mano.
— Ese es el problema —dijo X, cerrando los puños—. Estabas dispuesta a dejarlos morir por un gesto. Tu ego no tenía fin, Yuwei. El de nadie lo tenía.
— ¡Mientes! —Queen lo empujó con una fuerza que lo hizo retroceder hasta impactar contra la pared—. No lo hiciste por el mundo. Lo hiciste porque tenías miedo. Miedo de lo que sentías, miedo de no poder controlar el caos que nosotros mismos éramos. ¿Por qué nos borraste? ¡Dime la verdad!
Ella lo acorraló, colocando ambas manos contra la pared, una a cada lado de la cabeza de X. Su respiración era errática, cargada de una furia que rozaba la desesperación. Sus ojos buscaban en los de él una chispa del hombre que solía desafiarla, del héroe que la miraba de igual a igual en medio de los escombros de las ciudades.
— No hay nada más que decir —murmuró X, evitando su mirada—. El pasado es un error que ya corregí.
— Entonces, ¿por qué tiemplas? —preguntó ella, bajando la voz hasta convertirla en una caricia cruel.
Queen extendió una mano y le rozó la mejilla. Fue un contacto ligero, pero para X fue como si le hubieran conectado un cable de alta tensión directamente al cerebro.
El mundo a su alrededor se disolvió.
*Flashback*
*El olor a ozono y lluvia llenaba el aire. No estaban en una oficina, sino en la cima de un rascacielos medio derruido tras la batalla contra el "Ego de Hierro". X tenía el traje desgarrado y un corte en la frente que le nublaba la vista con sangre. A su lado, Queen reía. Era una risa salvaje, liberadora, impropia de su porte habitual.*
— *¡Lo hemos logrado! —gritó ella, limpiándose la sangre de los labios con el dorso de la mano—. ¡Mira hacia abajo, X! Todo esto es nuestro. Nadie podrá volver a cuestionarnos.*
*X la miró. En ese momento, a pesar del cansancio y el dolor, se sintió invencible. Ella se acercó y le puso una mano en el hombro, apoyando su peso con una confianza absoluta.*
— *Eres un perezoso, un desastre y un cínico —le dijo ella, con los ojos brillando de una forma que no era ambición, sino algo mucho más peligroso: afecto—. Pero eres el único que puede seguirme el ritmo. No me dejes sola en la cima, X.*
*Él sonrió, una sonrisa de verdad, y por un breve instante, la idea de gobernar aquel caos no parecía tan mala si ella estaba a su lado.*
*Fin del Flashback*
X soltó un grito ahogado y se llevó las manos a la cabeza. El dolor fue como un clavo ardiente atravesándole las sienes. La realidad del departamento regresó de golpe, pero la sensación de la mano de Queen en su hombro permanecía como una marca de hierro candente.
— ¡Basta! —rugió X, recuperando una fuerza que no sabía que aún poseía.
Con un movimiento brusco y frío, la empujó hacia atrás. Queen, sorprendida por la violencia del rechazo, tropezó con la pila de formularios y tuvo que apoyarse en la mesa para no caer.
— Vete, Yuwei —dijo X, respirando con dificultad. Sus ojos eran ahora dos pozos de frialdad absoluta, la mirada de alguien que ha decidido amputarse una parte de sí mismo para sobrevivir—. No arruines la paz de todos por tu egoísmo.
— ¿Egoísmo? —Queen se enderezó, su rostro era una máscara de incredulidad y dolor—. Te estoy ofreciendo devolverte tu vida. Te estoy ofreciendo recordarte quién eres.
— Sé quién soy —respondió X con una voz monótona que dolía más que un grito—. Soy un contable. Soy un hombre que quiere dormir. Tú no eres una reina, eres una anomalía. Eres la falla en el sistema que creé. Un error de cálculo que debería haber borrado junto con todo lo demás.
Las palabras flotaron en el aire como cenizas. Queen retrocedió un paso, como si las palabras de X hubieran tenido un impacto físico real. Su orgullo, esa armadura inquebrantable que la había mantenido en pie durante años de soledad, se agrietó visiblemente.
— ¿Un error? —susurró ella, y por primera vez, su voz tembló—. ¿Eso es lo que soy para ti ahora? ¿Un fallo que lamentas no haber eliminado?
— Exactamente —mintió X, apretando los dientes para que ella no notara el temblor de su mandíbula—. Vete. Si vuelves a acercarte a mí o a Smile, me aseguraré de que este "mundo perfecto" te olvide de verdad. Esta vez, no dejaré cabos sueltos.
Queen lo miró durante lo que pareció una eternidad. Buscó en su rostro alguna señal de duda, una grieta en la mentira, pero X se había convertido en el hombre gris que pretendía ser: plano, vacío y carente de cualquier emoción.
— Eres un cobarde, X —dijo ella al fin, recuperando una pizca de su antigua frialdad, aunque sus ojos estaban empañados—. Prefieres reinar en un cementerio de recuerdos que vivir en la realidad.
Sin decir una palabra más, se dirigió a la ventana. Se detuvo un segundo en el marco, mirando hacia la ciudad que X había "salvado".
— Si soy un error —dijo sin mirar atrás—, es porque fui lo suficientemente estúpida como para creer que te importaba más que tu preciada paz. Quédate con tu silencio. Te aseguro que terminará volviéndote loco.
Queen saltó hacia la noche y desapareció entre las sombras de los edificios.
X se quedó de pie en el centro de la habitación hasta que el sonido de sus pasos se perdió por completo. Solo entonces se permitió derrumbarse. Cayó de rodillas sobre el suelo frío, abrazándose a sí mismo mientras el dolor de cabeza regresaba con una intensidad redoblada.
— Lo siento —susurró hacia la oscuridad—. Lo siento, Yuwei.
En la esquina del cuarto, las sombras se movieron. Smile salió de la oscuridad del pequeño pasillo que llevaba al baño. No estaba haciendo poses, no gritaba, ni siquiera sonreía. Su rostro era un mapa de tristeza y preocupación. Había estado allí todo el tiempo, listo para intervenir, pero también siendo testigo del naufragio de sus dos amigos.
— Ha sido duro, ¿verdad? —preguntó Smile con suavidad, acercándose para poner una mano en la espalda de X.
X no se apartó esta vez. Necesitaba el ancla.
— He tenido que hacerlo, Smile. Si ella sigue tirando del hilo, el tejido se deshará. El mundo no está listo para volver a ser lo que era.
— ¿Y tú? —preguntó Smile, mirándolo a los ojos—. ¿Tú estás listo para vivir odiándote por haberla roto así?
X no respondió. Se limitó a mirar la ventana abierta, por donde aún entraba el aroma a lirios, mezclándose con el olor a smog y desesperanza de su pequeña utopía gris.
— Ella no se rendirá, X —continuó Smile—. La conozco. La conoces. Acabas de darle una razón para luchar, y Queen es más peligrosa cuando no tiene nada que perder más que su propio dolor.
— Lo sé —dijo X, levantándose con esfuerzo—. Por eso mañana... mañana tengo que empezar a prepararme.
— ¿Para qué?
X miró el cartel de neón rojo que parpadeaba afuera, el mismo que había iluminado el rostro de Queen minutos antes.
— Para el fallo del sistema —respondió X—. Porque ella tiene razón. El destino tiene memoria, y la mía está empezando a despertarse.
Smile suspiró y, haciendo un esfuerzo por recuperar su fachada habitual para animar el ambiente, flexionó un brazo.
— ¡Bueno! ¡Entonces necesitaremos más que café! ¡Mañana doble sesión de entrenamiento! ¡Si el mundo se va a romper, al menos que nos pille con unos deltoides de acero!
X esbozó una sonrisa amarga. Sabía que Smile solo intentaba evitar que cayera en el abismo, pero el abismo ya estaba allí, sentado a su mesa, esperando que el sol saliera para empezar otro día de mentiras.
Mientras tanto, en la calle, Queen caminaba bajo la lluvia que empezaba a caer. No sentía el frío. Solo sentía el vacío en su pecho, un agujero negro que antes estaba lleno de un propósito compartido. Se detuvo frente a un escaparate y vio su reflejo: una mujer hermosa, poderosa y absolutamente sola en una realidad que no le pertenecía.
— No soy un error, X —dijo para sí misma, apretando los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas—. Soy la única verdad que te queda. Y voy a hacer que la reconozcas, aunque tenga que destruir cada hoja de cálculo y cada oficina gris de este planeta.
La guerra de egos no había terminado. Solo se había vuelto personal. Y en el corazón de la ciudad, el sistema empezó a emitir su primer aviso de error crítico.