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El eco de la perfección
El televisor de la sala de descanso de la oficina tenía una interferencia constante, un zumbido que a X le resultaba extrañamente reconfortante. Era un ruido que no exigía nada, a diferencia de las facturas apiladas en su escritorio. Sin embargo, esa mañana, el zumbido fue reemplazado por una fanfarria mediática que hizo que incluso los empleados más apáticos levantaran la vista de sus sándwiches de máquina.
— ¡Miren eso! —exclamó una de las secretarias, señalando la pantalla—. Dicen que es un enviado especial de la Unión Europea. Un "consultor de eficiencia".
X, que intentaba hundir su conciencia en una taza de té tibio, miró de reojo. En la pantalla, un hombre caminaba por la pista del aeropuerto con una gracia que desafiaba la gravedad. Era alto, de una complexión atlética que sugería poder pero no brutalidad, y su cabello rubio brillaba bajo el sol como si estuviera hecho de hilos de oro. Su sonrisa, captada en un primer plano, irradiaba una amabilidad tan pura que resultaba casi dolorosa de observar.
— Se llama Klaus —anunció el presentador de las noticias—. Viene de Alemania para supervisar la integración de los nuevos protocolos de la Agencia DOS. Un hombre que, según sus colegas, nunca ha cometido un error.
X sintió una punzada en la base del cráneo. No era un flashback, no todavía, pero era esa sensación eléctrica de cuando una pieza que no encaja es forzada dentro de un rompecabezas. Sus dedos, entumecidos por horas de teclear números, se cerraron alrededor de la taza.
— Demasiado brillante —murmuró X para sí mismo—. La gente no brilla así a menos que esté ocultando una sombra inmensa.
— ¡X! ¡Mi estratega de las sombras! ¡Deja de mirar la caja tonta y mira estos deltoides! —La voz de Smile retumbó en la pequeña sala, pero esta vez, tras el grito habitual, hubo un silencio tenso.
Smile se detuvo al lado de X, con los ojos fijos en la imagen de Klaus estrechando manos con los dignatarios locales. El gigante hiperactivo no hizo ninguna pose. Su mandíbula se tensó y su mirada, usualmente chispeante de locura controlada, se volvió gélida.
— Ese tipo... —susurró Smile, inclinándose hacia el oído de X—. Ese tipo es demasiado perfecto para ser real, hermano. Huele a laboratorio, a diseño, a... algo que no debería estar en este mundo gris que construiste.
— Es solo un consultor, Smile —dijo X, aunque su instinto de protección, ese que había intentado enterrar bajo toneladas de apatía, estaba gritando "peligro"—. El mundo necesita eficiencia. Eso es lo que queríamos, ¿no? Orden.
— El orden no brilla, X. El orden es aburrido. Ese tipo es un faro —replicó Smile, recuperando su tono ruidoso al notar que otros colegas los miraban—. ¡Pero no importa! ¡Nadie tiene una simetría muscular como la mía! ¡Mañana le retaré a un duelo de press de banca si se atreve a pisar nuestra oficina!
Mientras tanto, en la sede de la Agencia DOS, el ambiente era radicalmente distinto. Liu Yuwei, Queen, observaba desde el balcón interior cómo Klaus caminaba por el vestíbulo principal. A su lado, Lucky Cyan, su amiga y confidente —quien en este mundo reiniciado solo era una jefa de relaciones públicas con un instinto afilado—, suspiraba con una admiración que rozaba lo hipnótico.
— Es increíble, Yuwei —dijo Lucky Cyan, ajustándose sus gafas de montura azul—. No solo es guapo. He revisado sus informes de Alemania. Ha pacificado tres distritos industriales sin levantar la voz. Es... es como si supiera exactamente qué decir para que todos bajen las armas.
Queen no respondió de inmediato. Sus ojos, negros como el espacio profundo, analizaban cada movimiento de Klaus. Había algo en la forma en que el alemán se movía, una economía de movimientos que delataba a un guerrero de élite, alguien que no desperdiciaba ni un julio de energía.
— Es una herramienta —sentenció Queen con frialdad—. La Agencia DOS quiere una unión estratégica para consolidar el control global. Klaus es el envoltorio de regalo que nos envían para que aceptemos el contrato sin leer la letra pequeña.
— Pues es un envoltorio precioso —rio Lucky Cyan—. Incluso Nice parece encantado con él. Mira.
Abajo, Nice, el hombre que en otra vida había sido un pilar de la resistencia, estrechaba la mano de Klaus con una sonrisa genuina. Nice, que siempre había sido escéptico y reservado, parecía haber bajado todas sus defensas ante la calidez del recién llegado.
Klaus levantó la vista en ese momento, como si sintiera la mirada de Queen sobre él. Sus ojos azules se encontraron con los de ella. No hubo desafío, no hubo arrogancia. Solo una inclinación de cabeza respetuosa y una sonrisa que parecía decir: "Sé quién eres, y estoy aquí para ayudarte".
Esa misma noche, X se encontraba en su cubículo, rodeado de facturas que se negaban a cuadrar. El silencio de la oficina vacía era absoluto, roto solo por el clic-clic de su calculadora. De repente, una notificación saltó en su monitor. Era un boletín interno de la Agencia DOS: "Cena de gala para celebrar la Unión Estratégica. Invitado de honor: Klaus von Reinherz".
X cerró los ojos y, de inmediato, el perfume de Queen lo golpeó. Pero esta vez, el flashback fue diferente. No fue una batalla. Fue un recuerdo de un consejo de guerra, donde él y Queen discutían sobre la soberanía del mundo.
— "Si alguna vez permitimos que alguien de fuera dicte nuestras leyes, habremos perdido la guerra antes de empezarla" —susurró X, repitiendo las palabras que ella le había dicho siglos atrás, o quizás ayer.
La puerta de la oficina se abrió de golpe. Smile entró, pero no venía con su ropa de gimnasia. Llevaba una gabardina oscura y su rostro estaba serio.
— X, tenemos un problema —dijo Smile, caminando hacia el escritorio—. He estado siguiendo a Nice y a Lucky Cyan. Se han ido a cenar con Klaus. No es una reunión oficial. Es... amistoso. Ese tipo los está desarmando desde dentro.
— Son libres de hacer amigos, Smile —respondió X, aunque sentía un nudo en el estómago—. Ya no somos un equipo. Ya no hay héroes.
— ¡No me vengas con esa basura! —Smile golpeó la mesa, haciendo que la calculadora saltara—. Sabes tan bien como yo que Nice no confía en nadie. Y ahora está ahí fuera, riendo con un tipo que tiene la fuerza de un tanque bajo ese traje de seda. He visto a Klaus mover una caja de seguridad que pesaba media tonelada como si fuera una pluma, y lo hizo con una sonrisa, X. Sin sudar. Sin que se le moviera un pelo.
X se levantó lentamente, su camisa gris arrugada parecía pesarle más que nunca.
— ¿Qué quieres que haga? ¿Que irrumpa en la cena y le diga que yo solía ser el centro del universo? Me tomarían por loco.
— Quiero que dejes de esconderte en estas facturas —dijo Smile, agarrando a X por los hombros—. Queen está sola en esto. Ella sospecha de él, lo veo en sus ojos cuando lo mira. Pero si Klaus logra poner a Nice y a Lucky de su parte, ella quedará aislada. Y si la Agencia DOS se fusiona con lo que sea que Klaus representa... el mundo que creaste dejará de ser tuyo.
X se soltó del agarre de Smile y caminó hacia la ventana. Abajo, las luces de la ciudad formaban un río de oro y plata. En algún lugar de ese laberinto, Queen estaba enfrentándose a una amenaza que él no había previsto en su "ecuación de paz".
— Klaus es un ideal —murmuró X—. Es lo que la gente quiere. Alguien fuerte, amable y perfecto. Yo solo les di un vacío gris. Es lógico que corran hacia la luz.
— Esa luz quema, X —advirtió Smile—. He visto cómo mira cuando cree que nadie lo observa. No hay alma ahí dentro. Hay un programa.
El teléfono de X vibró. Era un mensaje anónimo, pero él conocía el código de encriptación. Solo una persona en el mundo podía saltarse sus protocolos de seguridad personal.
"Ven al mirador de la Torre DOS. Medianoche. Trae al perro musculoso si es necesario. El error de cálculo ha llegado y tiene ojos azules".
X guardó el teléfono. Su expresión no cambió, pero por primera vez en meses, el sueño desapareció por completo. La pereza que lo envolvía como una manta pesada se desvaneció, dejando al descubierto los músculos tensos de un hombre que había olvidado cómo relajarse.
— Smile —dijo X, ajustándose el cuello de su camisa gris—. Busca tu equipo. El que guardamos en el sótano del gimnasio.
— ¿El equipo? —Smile soltó una carcajada que hizo vibrar las ventanas—. ¡Sabía que este día llegaría! ¡Mis mallas de compresión están pidiendo guerra! ¿Vamos a patear traseros alemanes?
— Vamos a observar —corrigió X—. Pero si Klaus es lo que creo que es... vamos a tener que recordarle al mundo que la perfección es la mentira más peligrosa de todas.
Mientras caminaban hacia la salida, X pasó por delante de la fotocopiadora. El tóner que había comprado el día anterior estaba allí, en su caja sin abrir. Lo miró por un segundo y luego siguió de largo. Las facturas podían esperar. El balance del mundo, sin embargo, estaba empezando a dar pérdidas, y X era, después de todo, un contable que odiaba los números rojos.
En la cima de la Torre DOS, Queen esperaba bajo la lluvia. El agua resbalaba por su traje negro, pero ella no se movía. Frente a ella, la ciudad se extendía como un tablero de ajedrez.
— Han tardado —dijo ella sin girarse cuando escuchó los pasos de X y el pesado caminar de Smile.
— Había mucho tráfico —respondió X, colocándose a su lado. El olor a lirios y lluvia era casi embriagador—. ¿Qué has descubierto?
— Klaus no es un hombre —dijo Queen, girándose para mirarlos. Sus ojos brillaban con una intensidad feroz—. Es una manifestación. El mundo está intentando corregir tu reinicio, X. Como no permitiste que hubiera héroes, la realidad ha generado uno por sí misma. Un héroe perfecto, sin fallas, sin pasado. Y lo peor de todo...
— Lo peor de todo es que a la gente le encanta —completó X, mirando hacia abajo, donde los carteles publicitarios ya mostraban el rostro de Klaus junto al logo de la Agencia DOS.
— Nice y Lucky ya están bajo su influencia —continuó Queen, apretando los dientes—. Creen que es la solución a todos los problemas de gestión. Si firmo ese contrato mañana, Klaus tendrá acceso a la infraestructura global. Podrá reescribir la memoria del mundo de nuevo, pero esta vez, bajo su diseño.
— ¡Eso no ocurrirá mientras yo tenga un gramo de proteína en el cuerpo! —exclamó Smile, golpeando sus puños—. ¡Dime dónde está! ¡Le enseñaré que la perfección se rompe con un buen gancho de derecha!
— No es tan simple, Smile —dijo X, dando un paso hacia el borde del mirador—. Klaus es el síntoma de mi fracaso. Creí que el olvido traería paz, pero solo trajo hambre por algo en lo que creer.
— Pues dales algo en lo que creer —dijo Queen, acercándose a X hasta que sus hombros se tocaron—. Muéstrales que un hombre gris y cansado es más real que un dios de porcelana.
X miró a Queen. En la oscuridad, rodeados por el abismo de la ciudad, se dio cuenta de que el mundo perfecto que había construido era una cárcel no solo para ella, sino para él mismo.
— Mañana hay una presentación pública —dijo X, y su voz ya no era la de un contable, sino la del arquitecto de la realidad—. Klaus va a dar un discurso. Estaremos allí.
— ¿Como héroes? —preguntó Smile con esperanza.
— Como la falla en el sistema —respondió X—. Vamos a ser el error que Klaus no puede corregir.
La lluvia arreció, borrando las luces de la ciudad, pero en el mirador de la Torre DOS, tres sombras permanecían firmes. El contador de la oficina había quedado atrás; el juego de egos había regresado, y esta vez, el oponente era la perfección misma. X sabía que, a partir de mañana, el olor a tóner sería sustituido definitivamente por el olor a ozono y batalla. Y en el fondo, muy en el fondo, se sentía más despierto que nunca.