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El peso de las cadenas de cristal
— No entiendo por qué resistes lo inevitable, Yuwei —dijo Klaus, su voz deslizándose como seda sobre el mármol de la suite privada—. El mundo ya ha votado. Tu propia junta directiva ha firmado los anexos. Eres la cara de una era de perfección, y las caras no discuten, solo sonríen.
Liu Yuwei intentó levantarse del diván, pero un mareo violento la obligó a retroceder. El licor ámbar que Klaus le había servido no era solo alcohol; era una prisión líquida que entumecía sus nervios y nublaba su voluntad. Miró hacia la puerta blindada, sabiendo que afuera, el Jefe de la Agencia DOS —ese hombre gris que ella misma había ascendido por su supuesta lealtad— ahora montaba guardia para asegurarse de que nadie, ni siquiera X, interrumpiera la "consolidación" de la alianza.
— X vendrá —susurró ella, aunque su propia voz le sonaba lejana, como si perteneciera a otra persona—. Él no permitirá que conviertas este mundo en tu vitrina personal.
Klaus soltó una carcajada cristalina y se acercó a ella, atrapando un mechón de su cabello oscuro entre sus dedos enguantados.
— X es un fantasma que se aferra a una fotocopiadora, querida. Me habló de él, ¿sabes? Tu jefe me contó todo sobre el "contable gris" que causa problemas. X es el pasado, un error de sistema que estoy aquí para depurar. Pero tú... tú eres el motor.
Se inclinó sobre ella, su presencia irradiando una luz blanca que resultaba cegadora y estéril.
— Mañana, el mundo despertará con la noticia de nuestra unión definitiva. No solo estratégica, sino biológica. Una dinastía de perfección para un mundo que ya no quiere sangrar.
— No... —Yuwei intentó empujarlo, pero sus manos no tenían fuerza. Eran como pétalos marchitos contra un muro de acero.
— Shhh —susurró Klaus, sellando sus labios con un dedo—. Duerme ahora, Reina. Mañana empieza tu nueva vida como mi consorte.
Nueve meses después, la Torre DOS ya no era un centro de negocios. Era un templo.
X se encontraba en su pequeño cubículo, pero ya no había facturas sobre su mesa. Sus manos, antes manchadas de tóner, ahora temblaban sobre una tablet que mostraba el feed en vivo de la plaza central. El mundo que él había reiniciado para ser libre de egos se había convertido en una pesadilla de orden absoluto. No había guerras, es cierto, pero tampoco había alma. Todo era blanco, limpio y terriblemente silencioso.
— X, tienes que comer algo —dijo Smile, dejando un recipiente con arroz sobre el escritorio.
Smile ya no hacía poses. Sus músculos, antes vibrantes de energía, parecían haber encogido bajo el peso de una melancolía que no podía sacudirse. Su traje de oficina le quedaba grande ahora.
— Ha nacido —dijo X, su voz apenas un soplo—. La señal de la Agencia acaba de confirmarlo.
Smile se quedó helado. Ambos miraron la pantalla.
En el balcón de la Torre DOS, Klaus von Reinherz apareció ante una multitud que vitoreaba con una sincronía robótica. En sus brazos sostenía un bulto envuelto en sedas doradas. A su lado, Liu Yuwei permanecía de pie como una estatua de sal. Su rostro, antes lleno de fuego y orgullo, era una máscara de porcelana agrietada. Sus ojos estaban fijos en el horizonte, vacíos, como si su alma hubiera abandonado el cuerpo hacía mucho tiempo.
— Os presento a la heredera del Nuevo Orden —proclamó la voz de Klaus, amplificada por mil altavoces—. Ella es la prueba de que la humanidad ha superado sus fallos. Sin ego, sin dudas. Solo luz.
X sintió que el corazón se le partía en mil pedazos de cristal. Sabía lo que esa niña representaba. No era un milagro; era una herramienta. Klaus no buscaba amor; buscaba legar su programación a una forma biológica que pudiera gobernar cuando él se desgastara.
— Tenemos que sacarla de allí, Smile —dijo X, levantándose. Por primera vez en meses, sus ojos recuperaron ese brillo peligroso, el brillo del hombre que una vez borró el mundo—. Tenemos que salvar a Yuwei.
— X, mira bien la pantalla —dijo Smile, su voz quebrada por el horror.
La cámara hizo un zoom sobre el bebé. La niña no lloraba. No se movía. Sus ojos, abiertos de par en par, eran de un azul eléctrico tan intenso que resultaba antinatural. Pero lo más aterrador era su piel: bajo la luz del sol, no se veía como carne, sino como una superficie translúcida, casi sintética.
— No es una niña —susurró Smile—. Es un servidor biológico. Una extensión de Klaus.
En el balcón, Yuwei sintió el peso de la criatura en los brazos de Klaus como si fuera una montaña de plomo. Cada vez que la niña respiraba, Yuwei sentía una punzada de dolor en su propio pecho, una conexión parasitaria que Klaus había diseñado para mantenerla encadenada. Si ella intentaba huir, si intentaba rebelarse, la niña sufría, y ese sufrimiento se reflejaba en Yuwei con una intensidad insoportable.
— Mira qué hermosa es, Yuwei —dijo Klaus, sin mirarla, disfrutando de la adoración de las masas—. Se parece a ti. Tiene tu tenacidad, pero mi propósito.
— Es un monstruo —susurró Yuwei, las primeras palabras que pronunciaba en público en meses.
Klaus sonrió, una expresión que no llegó a sus ojos gélidos.
— Es el futuro que X no tuvo el valor de construir. Él te dio el olvido; yo te he dado la eternidad. Deberías estar agradecida.
Esa noche, X y Smile se infiltraron en los niveles inferiores de la Torre. Ya no eran héroes con trajes brillantes; eran sombras en un mundo de luz artificial. X usaba sus restos de poder para interferir las cámaras, creando pequeños bucles de tiempo que les permitían avanzar por los pasillos de mármol.
— El laboratorio está en el ático, justo debajo de las habitaciones privadas —susurró X—. Klaus mantiene a la niña allí durante la noche para "calibrar" su sistema.
— ¿Y Queen? —preguntó Smile, apretando los puños.
— Está en la habitación contigua. Están vinculadas, Smile. Si sacamos a la niña bruscamente, el choque sináptico podría matar a Yuwei.
Llegaron a las puertas del laboratorio. No había guardias humanos; Klaus no confiaba en la carne. Había drones de vigilancia que emitían una luz azulada idéntica a la de sus ojos. Smile, con un estallido de su antigua fuerza, saltó sobre el primer dron, destrozándolo con sus manos desnudas antes de que pudiera emitir una señal de alarma.
— ¡Ve! —rugió Smile—. ¡Yo los mantendré ocupados aquí abajo!
X corrió hacia el ascensor privado. Cuando las puertas se abrieron en el ático, el olor a lirios lo golpeó de nuevo, pero esta vez estaba mezclado con el olor acre de los antisépticos y el ozono.
Encontró a Yuwei en una silla frente al ventanal. No estaba atada, pero su postura era la de alguien que ha aceptado su ejecución. A su lado, en una cuna de cristal que zumbaba con energía estática, la niña dormía con una quietud sepulcral.
— Yuwei —susurró X.
Ella no se giró.
— Vete, X. Ya es muy tarde para las auditorías.
— No voy a dejar que esto siga así —dijo él, acercándose y poniendo una mano en su hombro. El contacto lo quemó; la piel de ella estaba ardiendo—. Vamos a sacarte de aquí. A las dos.
— No puedes —dijo ella, girándose finalmente. X retrocedió al ver las lágrimas de plata que surcaban sus mejillas—. Ella es parte de mí ahora. Klaus ha entrelazado nuestras funciones vitales. Si ella se aleja de la torre, mi corazón se detendrá. Si yo muero, ella se convertirá en una bomba de datos que borrará la mente de todos en esta ciudad.
X miró a la niña. Era hermosa de una forma cruel, una parodia de la vida.
— Klaus no es un hombre, Yuwei. Es un virus que la realidad creó para llenar el vacío que dejé. Y esta niña... esta niña es su forma de asegurar que el vacío nunca regrese.
— Entonces déjanos —suplicó ella, agarrando la mano de X con una fuerza desesperada—. Déjanos en esta prisión de cristal. Al menos aquí el mundo es estable. Al menos aquí nadie más tiene que sufrir por nuestras guerras de egos.
— ¡Eso no es vida! —gritó X, y por primera vez, su poder estalló de forma descontrolada. Las luces de la habitación parpadearon y los cristales de la cuna vibraron—. ¡Te borré la memoria porque quería que fueras libre de la carga de ser una Reina, no para que fueras la esclava de un simulacro!
— ¡Tú no tienes derecho a decidir qué es la vida para mí! —replicó Yuwei, poniéndose de pie, su antiguo fuego asomando por un instante entre las cenizas de su voluntad—. Me quitaste mi pasado, y ahora quieres quitarme mi presente, por muy cruel que sea. ¡Vete, X! ¡Vuelve a tu oficina y reza para que el tóner no se acabe, porque es lo único que puedes controlar!
En ese momento, la puerta se abrió. Klaus entró, rodeado de una aureola de luz blanca que hacía que las sombras de la habitación se retorcieran de dolor.
— Qué escena tan conmovedora —dijo Klaus, caminando con calma hacia la cuna—. El creador llorando sobre su obra fallida.
— Klaus —dijo X, poniéndose delante de Yuwei.
— X. El hombre que quiso ser Dios y terminó siendo un contable —Klaus extendió la mano hacia la niña, que se despertó al instante, sus ojos azules brillando con una intensidad terrorífica—. ¿Sabes por qué ella es perfecta? Porque no tiene recuerdos. No tiene remordimientos. Es una hoja en blanco en la que yo escribo las leyes del universo.
Klaus tomó a la niña en brazos. Al hacerlo, Yuwei cayó de rodillas, soltando un grito de agonía.
— ¡Basta! —rugió X, lanzándose contra Klaus.
Pero Klaus no se movió. Simplemente emitió un pulso de energía que lanzó a X contra la pared con la fuerza de un camión. X sintió sus costillas romperse, pero lo que más le dolió fue ver cómo Klaus usaba a la niña como un escudo y un arma al mismo tiempo.
— Cada vez que me atacas, la atacas a ella —explicó Klaus con una sonrisa gélida—. Y cada vez que ella sufre, Yuwei se desgarra. Es un sistema perfecto, X. Un círculo cerrado de dolor y control.
X se levantó, escupiendo sangre. Miró a Yuwei, que se retorcía en el suelo, y luego a la niña, que observaba la escena con una curiosidad mecánica, sin una sola emoción en su rostro de porcelana.
— Tienes razón, Klaus —dijo X, su voz volviéndose extrañamente tranquila—. Es un sistema perfecto. Y como contable, sé que la única forma de arreglar un sistema perfecto que está dando pérdidas... es declararlo en quiebra.
X cerró los ojos y se concentró en el tejido de la realidad. Ya no intentaba borrar a Klaus, ni salvar a Yuwei de forma individual. Se concentró en el vínculo. En esa cadena invisible que unía a la madre, a la hija y al usurpador.
— ¿Qué estás haciendo? —preguntó Klaus, su sonrisa desapareciendo al notar que la luz de la habitación empezaba a volverse gris, un gris denso y pesado que devoraba su resplandor blanco.
— Voy a darles lo que siempre quisiste, Klaus —dijo X, abriendo los ojos, que ahora eran dos pozos de oscuridad absoluta—. Voy a darles la integración total.
X extendió ambas manos. El espacio entre los cuatro personajes se contrajo violentamente. Smile, que acababa de entrar en la habitación tras derrotar a los últimos drones, se detuvo en seco al ver la distorsión.
— ¡X, no lo hagas! ¡Te destruirá a ti también! —gritó Smile.
Pero X no escuchó. El gris inundó todo. La niña empezó a brillar con una luz errática, sus circuitos biológicos sobrecargándose ante la paradoja que X estaba introduciendo en su código. Yuwei sintió que su dolor se desvanecía, reemplazado por una paz fría y absoluta.
— Si no podemos ser libres en este mundo —susurró X, mirando a Yuwei por última vez—, seremos el error que lo colapse.
Un estallido de silencio absoluto envolvió la Torre DOS. No hubo explosión, ni fuego. Solo una implosión de datos y voluntad que borró el ático de la existencia.
Cuando el humo gris se disipó, la habitación estaba vacía. Klaus había desaparecido, su perfección desintegrada por la imperfección humana de X. Pero Yuwei y la niña también se habían ido.
Smile se quedó solo en medio de los escombros, mirando hacia el cielo nocturno. En el suelo, encontró un pequeño objeto: un cartucho de tóner vacío, aplastado por el peso de la batalla.
— Lo lograste, hermano —susurró Smile, las lágrimas corriendo por sus mejillas—. Detuviste el sistema. Pero, ¿a qué precio?
A kilómetros de allí, en un pequeño parque de las afueras, una mujer despertó en un banco. No recordaba quién era, ni por qué vestía los restos de un vestido rojo de seda. A su lado, una niña de unos tres años jugaba con una flor. La niña tenía los ojos de un azul normal, llenos de la curiosidad y el caos de la infancia.
Un hombre se acercó a ellas. Vestía una camisa gris arrugada y parecía extremadamente cansado, como si hubiera caminado durante siglos.
— ¿Están bien? —preguntó el hombre, ofreciéndoles una botella de agua.
La mujer lo miró. Sintió una punzada de algo familiar, un eco de un perfume de lirios y el peso de una mano en una batalla que nunca ocurrió.
— Sí —respondió ella, aceptando el agua—. Solo... solo tenemos un poco de sueño.
— Yo también —dijo X, sentándose a su lado en el banco—. Yo también.
El mundo seguía siendo gris, y las facturas seguirían acumulándose en alguna oficina lejana. Pero mientras el sol empezaba a salir, X supo que esta vez, el sistema no era perfecto. Y por primera vez, eso era exactamente lo que necesitaban para ser felices. La narrativa cruel de Klaus se había disuelto en la mediocridad redentora de una vida común, donde el único peligro era que, quizás, algún día, volvieran a recordar. Pero por ahora, el silencio era suficiente.